Historia

ALQUIMIA

Alquimia es el nombre dado a una ciencia antigua, predecesora y madre de la química y que tenía por objeto general el estudio de los fenómenos de la naturaleza y en particular la transmutación de los metales y la preparación o descubrimiento de la piedra filosofal y de la panacea universal, o sea el remedio contra todas las enfermedades.

El alquimista, de Joseph Wright de Derby
El alquimista, por Joseph Wright de Derby
La transmutación de los metales tenía por objeto transformar en oro y en plata los metales pobres o comunes, como el plomo y el cobre, y esta empresa suponía la idea de la unidad de la materia, y otras teorías filosóficas de orden metafísico que fueron el fundamento doctrinal de la alquimia. En sus comienzos, la alquimia, la magia y la astrología anduvieron mezcladas, confundidas y cultivadas por los mismos hombres, formando un solo cuerpo doctrinal con los conocimientos de medicina, de las virtudes de las plantas y aún de las matemáticas. Estas fueron las primeras que se separaron y formaron ciencia independiente; pero las primeras marcharon mucho tiempo unidas, no sólo durante largos siglos de la antigüedad, sino ya en nuestra era, hasta los mismos fines de la Edad Media. La historia de la alquimia es interesantísima, porque es una de las que mejor revelan el carácter del espíritu del hombre y los progresos humanos, con todas sus vicisitudes y contratiempos, no sólo en el terreno material, sino en el moral y filosófico y la que da la clave de la invención y desarrollo de la mayor parte de las industrias, singularmente de las llamadas químicas, base y fundamento principal de las comodidades y ventajas de la vida actual comparada con la de otras épocas. La alquimia fue mitológica y sacerdotal en Egipto y en Asiria; filosófica en Grecia y en las escuelas de Alejandría; perseguida y envuelta entre mil errores y extravagancias entre los romanos; libre, protegida y con un marcadísimo carácter científico y a la par práctico y de aplicación entre los árabes; ecléctica, variadísima en sus aspectos durante la Edad Media y principios de la Moderna. Entre sus adeptos se han contado sabios eminentísimos, observadores profundos, espíritus entusiastas, y alucinados, embaucadores y charlatanes. Los trabajos de los alquimistas no han sido actividad inútil gastada locamente tras las quimeras del arte de hacer oro, de buscar elixires para alargar la vida indefinidamente, o de encontrar la piedra filosofal; sino que constantemente han ido dando productos que ellos, los alquimistas, calificaban de secundarios, eso sí, pero que la humanidad ha recibido como de grande utilidad; tales oan sido la fabricación del jabón, del vidrio, de las pastas cerámicas, del arte de la tintorería, de muchas aleaciones metálicas, de importantes medicamentos, del vinagre, del alcohol, e infinidad de cuerpos, de los cuales fue sacando la sociedad mucho provecho. En fin, los alquimistas con todos sus trabajos, por desconcertados y desacertados que parezcan, son los que, acumulando hechos, prepararon los materiales para la constitución de la ciencia química moderna, pues bastaron dos o tres descubrimientos de fines del siglo XVIII, para que los hechos quedaran ordenados, racionalmente aplicados y constituida la química moderna.

Algunas interpretaciones de ciertos textos de las Sagradas Escrituras mezcladas con los libros de Hermes sobre la naturaleza, dicen, que algunos ángeles atraídos y subyugados por el amor hacia las mujeres de la tierra, descendieron a ésta y les enseñaron las obras de la naturaleza; los ángeles fueron expulsados del cielo y quedaron en la tierra, como señales de su paso, la raza de los gigantes que nacieron de su comercio con las mujeres terrestres y un libro en que se contenía sus enseñanzas. Este libro se llamó Kema, o sea la ciencia y el arte por excelencia. Así al menos lo dice Zósimo el Panopolitano en su libro Imuth, tratando de los orígenes de la alquimia. Aparte de estos orígenes mitológicos, donde se empiezan a encontrar las primeras huellas positivas de la alquimia es en Egipto, y todas las tradiciones están unánimes en atribuir su paternidad a Hermes Trimegisto, el inventor de las artes y ciencias de los egipcios. Veinte mil libros, según unos autores, treinta y seis mil, según otros, llevan su nombre y en ellos se desarrollaban todos los secretos sobre la magia, la astrología y la alquimia. Estos libros se sacaban en procesión solemne en las ceremonias religiosas. Isis y Agathodemon figuran también como reveladores de las ciencias misteriosas a los hombres. Lo cierto es que en sus comienzos los sacerdotes de Isis y Memfis eran los que cultivaban la alquimia, denominándola arte sagrado, ciencia divina, ciencia hermética, y que las prácticas de esta ciencia se mezclaban con las ceremonias religiosas, en los recintos más escondidos de los templos donde se hallaban establecidos los laboratorios y donde los sacerdotes ejecutaban sus operaciones misteriosas, a la vista de los iniciados cuya reserva absoluta garantizaban las penas más severas.

Los alquimistas egipcios distinguían ocho productos minerales que colocaban siempre en el orden siguiente: Nub, el oro; Asem o electrum, aleación de plata y oro; Hat, la plata; Kesteb o mineral azul, lapislázuli; Majek o mineral verde, esmeralda; Komt, el bronce o cobre; Men, el hierro, y Taht, el plomo. El estaño no figura en esta lista porque, sin duda, no fue conocido de los antiguos egipcios en estado metálico puro; lo mismo sucede con el mercurio, que tan importante papel desempeñó entre los alquimistas posteriores y que no fue conocido hasta el tiempo de los griegos. Pero los egipcios conocieron otra multitud de sustancias y las agruparon al lado de cada uno de los ocho productos minerales citados y llegaron a saber preparar multitud de productos, como la sosa, las sales amoniacales, el jabón, pastas cerámicas y colores, medicamentos y venenos, aleaciones y piedras preciosas artificiales, base todo ello de importantísimas industrias que en algún tiempo mantuvieron la prosperidad de Egipto.

La alquimia fue también cultivada en sus orígenes por los babilonios y caldeos, hasta el punto que éstos han sido considerados por muchos siglos en Oriente y después en Occidente como los maestros de las ciencias ocultas. La magia, la astrología, la alquimia, la medicina, la ciencia de los metales, de las piedras preciosas y de los jugos de las plantas, fueron cultivadas con predilección por los sabios de aquellas regiones, formando con todas ellas un cuerpo común. Los babilonios fueron los primeros que establecieron ese parentesco o relación tan célebre entre los metales y los planetas. El oro, la plata, todos los metales y las demás sustancias, decían, son engendradas en la tierra bajo la influencia de las divinidades celestes. El sol produce el oro; la luna, la plata; Saturno, el plomo; Marte, el hierro; Venus, el cobre; Hércules, el estaño.

Los alquimistas caldeos no se limitaban al arte de hacer oro, sino que estudiaron profundamente el arte de curar las enfermedades; Ostemés, el alquimista caldeo, cuyo nombre aparece al frente de los libros y trabajos de su región y de su época, habla del agua divina que cura todas las enfermedades; de donde tomó origen la concepción de la panacea universal, del elixir para alargar la vida, tan buscado después pro los árabes, herederos de la cultura persa y caldea.

La tradición alquímica se extendió más allá de Egipto y Asiria. En China apareció hacia el siglo III, al mismo tiempo que florecía en Egipto y entre los griegos alejandrinos. Las primeras indicaciones sobre los alquimistas chinos se encuentran en una gran enciclopedia, Pu-uen-yun-fú, que gozó en China de gran autoridad. Según este testimonio, el primero que en aquellas regiones se dedicó a la transmutación de los metales fue Ko-hong, que vivió en tiempo de la dinastía de los U, la cual reinó del año 222 al 277 de nuestra era. La iniciativa de los trabajos sobre alquimia corresponde en China, según otro diccionario, el Yun-fú-kiun-yú, a los seguidores de Lao-tsé. Los alquimistas chinos se dedicaron principalmente a transformar el estaño en plata, y la plata en oro, pero realizaron también muchos adelantos descubriendo el modo de preparar el salitre, el alumbre, muchas materias colorantes, la porcelana, el cristal y hasta la pólvora.

Los judíos han ejercido también gran influencia en la propagación de las ideas alquimistas, por su contacto con la civilización egipcia, caldea y griega. Hubo un período en que los judíos alejandrinos estuvieron a la cabeza de la ciencia y de la filosofía. La Cábala, obra caldeo-rabínica, ha estado relacionada durante toda la Edad Media con la alquimia. En el manuscrito alquimista de San Marcos, siglo IX, se encuentra un dibujo cabalístico del laberinto de Salomón; algunos papiros de Leiden traen muchas relaciones entre los judíos y la alquimia; uno de ellos contiene una obra de magia y astrología titulada El libro santo, llamado la octava mónada de Moisés, la clave de Moisés, el libro secreto de Moisés. En otros manuscritos se encuentra citada la química doméstica, de Moisés. La receta de Moisés para duplicar el peso del oro por transmutación se halla también citada en el manuscrito de San Marcos y en otros muchos. Uno de los autores o tratadistas fundamentales de la alquimia es María la Judía, a la cual, entre otras invenciones, se atribuye la del baño maría y de la cual se citan en el manuscrito de San Marcos estas palabras, refiriéndose a uno que deseaba ser iniciado en los secretos de la alquimia: «No toques con tus manos la piedra filosofal; tú no eres de nuestra raza; tú no eres de la raza de Abraham.»

De Egipto pasó también naturalmente la alquimia a Grecia, y transcurridos los primeros tiempos ya se presenta en este país con caracteres históricos más definidos que hasta entonces. La mayor parte de los personajes que se citan como cultivadores de la alquimia allá en su origen, en Egipto, y en las comarcas asiáticas, son seres mitológicos, pseudónimos o semifabulosos, siendo muy difícil determinar la parte real de la existencia de todos ellos. Los antiguos alquimistas Pammenes, Péteris, Petosiris y Panseris parece que han existido, pero lo cierto es que sus obras se han perdido. En Grecia ya las cosas cambian de aspecto; la mayor parte de los alquimistas griegos han dejado obras firmadas y con bastantes caracteres de autenticidad, siendo además conocidos por tradición continua desde el siglo V; sus nombres figuran en los polígrafos bizantinos y árabes, y muchos de ellos han desempeñado papeles importantes en la historia de su tiempo. La mayor parte de los sabios griegos cuyos nombres han pasado a la posteridad se ocuparon algo de las cuestiones alquímicas, dándoles gran impulso e imprimiéndoles verdadero carácter científico los que más adelante formaron y sostuvieron la famosa escuela de Alejandría. De todos ellos los más importantes fueron Demócrito, Zósimo, Africano, Sinesio, Olimpiodoro y Estéfano.

Demócrito de Abdera, muerto hacia el año 357 a. C., es uno de los filósofos griegos más célebres y menos conocidos, y que desempeñó un papel capital en el desenvolvimiento de la alquimia. Una inteligencia superior y esencialmente racionalista; escribió antes que Aristóteles, que lo cita con frecuencia, sobre todas las ramas de los conocimientos humanos; es el fundador de la escuela atomística, que más tarde desarrolló Epicuro; escribió tratados sobre los jugos de las plantas, sobre las piedras, los minerales, los colores, los metales, la tintura sobre el vidrio, etc. Descubrió procedimientos para ablandar el marfil, preparar la esmeralda artificial y teñir las materias vitrificadas; escribió cuatro libros sobre los elementos, y en suma, fue el que desarrolló las teorías que fueron el fundamento de las doctrinas alquímicas de la época, durante muchos siglos después. Zósimo escribió un conjunto de tratados teóricos y prácticos que forman una especie de enciclopedia alquímica. Africano escribió sobre obras históricas, geográficas, militares, médicas, agrícolas, de ciencias naturales y químicas, citándose entre otras un trabajo sobre la fabricación y conservación del vino. Sinesio fue astrónomo, agricultor, físico, alquimista notable, gran cazador, embajador en Constantinopla ante el emperador Arcadio, primero gentil y sin embargo grande amigo del patriarca Teófilo que le consagró obispo; entre sus escritos se encuentra la primera indicación conocida sobre el areómetro. Olimpiodoro dejó notables escritos y Estéfano fue autor de varias obras médicas y de un tratado de astrología, despertando sus obras sobre alquimia gran entusiasmo entre los adeptos.

Entre los emperadores romanos encontró la alquimia bastante oposición. Alquimistas, astrólogos, mágicos y matemáticos eran considerados todos como embaucadores perjudiciales y fueron perseguidos. Se publicaron edictos de expulsión y algunos fueron muertos como grandes criminales. Diocleciano mandó destruir todas las obras y trabajos de los alquimistas en oriente, especialmente en Egipto, con objeto, decía, de privar a estos países de los grandes elementos de riqueza que la alquimia les proporcionaba con el establecimiento de importantes industrias; de este modo suponía el emperador que imposibilitaba a dichos países de ser fuertes, rebelarse y hacer la guerra al imperio.

Llegó poco después la época de la destrucción de todos los centros de la civilización pagana por los cristianos triunfantes, y con ella el fin de la cultura helénica en Egipto y la destrucción de los laboratorios. Esta catástrofe se verificó después de violentas luchas entre los defensores del helenismo y los monjes sublevados por el arzobispo Teófilo; los primeros no cedieron mas que a una orden expresa del emperador Teodosio, orden que dio al mismo tiempo que el famoso edicto que ordenó la destrucción general de los templos paganos en todo el imperio ro- mano. Ningún acto más funesto para las artes y para las ciencias puede citarse en el curso de la historia, y él solo basta para echar el más negro borrón en la memoria de su autor. El Serapeum de Menfis, y el templo de Ptah, donde se encontraban los laboratorios médicos y técnicos de los alquimistas, fueron destruidos al mismo tiempo que los santuarios de Alejandría. La Biblioteca, o más bien sus restos, subsistieron algún tiempo aún, y las cátedras del Museo de Alejandría continuaron abiertas hasta la matanza de la sabia Hipatia, crimen infame ejecutado con particularidades atroces por los monjes amotinados a la voz del patriarca Cirilo, sobrino y heredero de Teófilo. Así desaparecieron las escuelas de Alejandría y su biblioteca, lo cual prueba que los fanatismos de todos los tiempos han sido igualmente ciegos y criminales. Los filósofos perseguidos huyeron a Atenas, donde se constituyó un centro de estudio y enseñanza que subsistió cerca de un siglo, hasta que un nuevo edicto de Justiniano, en 529, decretó la supresión de la ciencia y de la filosofía antiguas.

La alquimia, a pesar de estas terribles vicisitudes, no quedó enteramente aniquilado entre las ruinas de la civilización pagana. Dos causas lo sostuvieron: la utilidad de sus consecuencias prácticas, para las industrias de los metales, del vidrio, de la cerámica, de la tintorería, etc., trabajo muy desarrollado y apreciado en Constantinopla y además las esperanzas ilimitadas que las teorías alquimistas despertaban y mantenían entre los iniciados.

La alquimia práctica y teórica continuó cultivándose durante mucho tiempo en Constantinopla, como lo atestigua el fuego griego y los escritos de los monjes Cosmas, Psellus y Blemmydas, pero durante este tiempo la ciencia adquirió un desarrollo nuevo y capital entre los árabes. Efectivamente, en el siglo VII la expansión del pueblo árabe puso a este pueblo en relación con la ciencia griega. Los árabes, dueños de Alejandría y posesionados del espíritu y conocimientos de sus famosas escuelas, abrazaron con entusiasmo su estudio al que se prestaba admirablemente su rica fantasía y su codicia; cultivaron, pues, con gran éxito la alquimia y la hicieron progresar extraordinariamente en todos los países que ocuparon y especialmente en España, centro de su poderío en Europa.

Acudieron entonces a las escuelas de Córdoba, de Sevilla y de Granada, los sabios entusiastas procedentes de las más lejanas tierras, los cuales a su vez difundieron por occidente las tradiciones y prácticas de la alquimia, manteniendo y aun aumentando el fuego después de destruida la dominación árabe en España. Los alquimistas árabes realizaron trabajos admirables y de gran trascendencia. Una de sus glorias, Geber, el maestro de los maestros, empleó ya el método experimental para discurrir sobre los fenómenos de la naturaleza. «No trataremos, ni nos decidiremos -dice en una de sus obras- más que sobre lo que hayamos visto y tocado de una manera cierta y experimental.» Geber descubrió el agua fuerte, el agua regia, la piedra infernal, el sublimado corrosivo, el precipitado rojo y otros muchos cuerpos. Él fue el primero que dio una teoría completa sobre la composición de los metales que consideró formados de dos elementos, a saber: el azufre y el mercurio, que combinándose en diversas proporciones, engendran todos los cuerpos de la naturaleza. De forma que el problema de la transmutación de los metales estriba en la determinación de las proporciones de los componentes de cada metal.

El alquimista, por D. Teniers. Museo del Prado, Madrid
El alquimista, por D. Teniers. Museo del Prado, Madrid
Las doctrinas de los árabes españoles, esparcidas desde España y las que procedentes del oriente importaron en occidente los cruzados, desarrollaron la alquimia en toda Europa, y los alquimistas brotaron por todas partes, y los nombres de Alberto Magno, Tomás de Aquino su discípulo, Roger Bacon, Arnaldo de Vilanova, Bernardo de Tréveris, Raimundo Lulio y Basilio Valentín, resonaron por todas partes, no sólo entre los adeptos sino entre la sociedad entera, como en otros tiempos se celebraron los de Hermes, Ostánes, Moisés, Demócrito y Geber. Apareció entonces Teofrasto Paracelso que con sus aplicaciones de la alquimia a la medicina ocasionó una revolución que llevó su fama por toda Europa. Este hombre ejerció por su originalidad y por su audacia una influencia incontestable en todo el siglo XVI; con sus reformas la alquimia emprendió vías nuevas y dirigió todos sus esfuerzos al descubrimiento de la Panacea Universal, es decir, de un remedio para todas las enfermedades. Paracelso se ocupó poco de la composición de los metales; su objeto fue el ser humano, que consideró como un compuesto químico y todas sus tentativas y trabajos se dirigieron a la investigación de los medios apropiados para combatir las causas que tiendan a alterar aquel compuesto químico; pero la influencia de las antiguas teorías y procedimientos dominaba todavía el espíritu ardiente y entusiasta de Paracelso, de modo que se vio todavía que consideraba la magia como la ciencia por excelencia y la astrología como la base de su sistema médico.

Después de Paracelso, la alquimia y el ardor de sus adeptos parecieron amortiguarse un poco. Durante los siglos XVI y XVII viéronse aún algunos exaltados que proseguían con el mismo ardor y la misma ignorancia de las leyes de la naturaleza, la solución del gran problema de la transmutación de los metales. Para efectuar la anhelada transformación se necesitaba una sustancia capaz de producir un cambio molecular en los metales, tal que a su contacto, los metales pobres se cambiasen inmediatamente en oro. Encontrar o preparar esta sustancia era el gran secreto; esta sustancia era la piedra filosofal, llamada también polvo filosófico, gran elixir, gran magisterio, quinta esencia, etc. Paracelso asegura haberla visto, de color rojo, transparente, flexible y, sin embargo, más frágil que el vidrio; Van Helmont la conoció, pero en polvo y de color del zafiro; Berigardo de Pisa la encontró roja como las amapolas; Raimundo Lulio con el esplendor del carbunclo, y probablemente habrá sido descrita con todos los colores. Este era el parecer del árabe Kalib que decía: Est enim albus, rubens, rubicundissimus, citrinus, citrinissimus, celestinus, viridis; y así conciliaba todos los pareceres. Las virtudes de tan extraordinaria sustancia eran verdaderamente maravillosas, y pueden reducirse a tres: transmutación de los metales pobres en oro, curación de toda clase de enfermedades y prolongación de la vida mucho más allá de los limites ordinarios. Un átomo de la piedra filosofal, al decir de Raimundo Lulio, era suficiente para transformar masas enormes de metales viles en oro finísimo; un grano para colorar y abrillantar cantidades indefinidas por lo grande de otras materias; Mare tingerem si mercurius esset. Respecto a la curación de enfermedades, basta decir que disuelta una pequeña cantidad de la piedra en vino blanco en una copa de plata, tenía suficiente eficacia, según Daniel Zacarías, para vencer las más pertinaces alteraciones del organismo. Basilio Valentino e Isaac de Holanda se contentaban con afirmar que el uso de la piedra de los sabios preservaba al nombre de las enfermedades, manteniéndolo sano hasta el término dispuesto por Dios, con lo cual no arriesgaban mucho en la promesa; pero otros no se paraban en tan poco. El alquimista Artephius escribe en una de sus obras: «Yo mismo, Artephius, que esto escribo, hace dos mil años que estoy en este mundo, por la gracia de Dios Omnipotente y por el uso de esta admirable quinta esencia». Del mismo modo el alquimista veneciano Francisco Gualdo se atribuía la edad de 400 años.

El alquimista en su laboratorio, por Thomas Wyck
El alquimista en su laboratorio, por Thomas Wyck
Pero ¿cuáles eran los medios de fabricar tan preciosa sustancia? La oscuridad con que acostumbraban a velar los alquimistas sus procedimientos, el estilo figurado y enigmático de sus descripciones y el propósito de no ser comprendidos por los profanos, producen la mayor confusión sobre este punto y hacen dificilísima una relación clara y concreta de los medios que los alquimistas ponían en práctica para obtener su famosa piedra filosofal. Pero en general, desde fines del siglo XVI, se advierte una tendencia nueva en la marcha y objeto de los trabajos de los alquimistas; la mayor parte de ellos abandonaron en cierto modo los absurdos que perseguían y se dedicaron a fines más modestos, pero de utilidad práctica más inmediata que los grandes y transcendentales problemas que los anteriores alquimistas habían tratado de resolver. Siglos y siglos habían transcurrido en los cuales muchos hombres se habían ocupado sin descanso, y arrostrando a veces terribles persecuciones, en las más quiméricas tareas, pero éstas no dejaron sin embargo de ir dando sus frutos, bien diferentes por cierto de los que los alquimistas buscaban; pues en las mil investigaciones y tentativas sin cuento en que centenares de hombres de muchas generaciones consumieron su existencia, fueron obteniéndose un sinnúmero de cuerpos nuevos, estudiándose propiedades de estos y de los ya de más antiguo conocidos, amontonándose, en una palabra, la multitud de hechos que han servido de base a la química moderna para establecer sus generaciones, sus leyes y todos sus magníficos progresos. Así, por ejemplo, Geber enseñó a preparar el agua fuerte y el agua regia, demostró el poder disolvente de algunos ácidos y describió magistralmente algunos cuerpos muy usados luego, como el sublimado corrosivo, el precipitado rojo, el hígado de azufre y la piedra infernal. En el siglo siguiente Razes, también árabe, enseñó la manera de destilar el alcohol, dio a conocer el oropimente, el rcjalgar, el bórax y obtuvo algunos compuestos de arsénico y mercurio por vía indirecta. Alberto Magno dio el procedimiento para preparar la potasa cáustica, empleado luego en los laboratorios químicos; describió la copelación, obtuvo el cinabrio artificialmente, notó los efectos del calor sobre el azufre y dio reglas precisas para fabricar los acetatos de cobre y de plomo, la cerusa y el minio. Bacon estudió la deflagración del nitro y fue el primero que advirtió la influencia del aire en la combustión. Raimundo Lulio, vastísimo ingenio, que abrazó todos los conocimientos de su tiempo, descubrió el ácido sulfúrico (aceite de vitriolo) y perfeccionó la preparación del carbonato de potasa, del alcohol rectificado, de los aceites esenciales, del mercurio dulce y otros muchísimos cuerpos. Isaac de Holanda halló procedimientos para imitar artificialmente algunas piedras preciosas. Basilio Valentín descubrió el antimonio y la mayor parte de sus propiedades, obtuvo el ácido clorhídrico (espíritu de sal), dio a conocer las propiedades del oro fulminante y enseñó a preparar el éter sulfúrico. Paracelso reveló la existencia del zinc e introdujo, como ya queda indicado, en la materia médica los preparados químicos de algunos metales. Van Helmont encontró el modo práctico de aislar, recoger y estudiar los gases, constituyendo así la pneumática, que más tarde hubo de servir de base a la química positiva. Glauber obtuvo y estudió la sal admirable que lleva su nombre; Della Porta descubrió el modo de desoxidar los metales; Brandt demostró la existencia del fósforo en el cuerpo humano ; Bötticher hizo el estudio químico y perfeccionó la fabricación de la porcelana ; Becquer, coordinando muchos de los hechos descubiertos por sus predecesores, ideó una teoría para la explicación de todos ellos la cual sugirió al insigne Stahl el modo de constituir la verdadera ciencia química; Wenzel y Ricter dieron las primeras nociones de equivalentes químicos, formulando las leyes que llevan su nombre.

A fines del siglo XVI, los datos de esta clase que se habían ido acumulando, llegaron a ser numerosísimos; por virtud de ellos mismos y del progreso en los demás ramos del saber, las ideas y los conceptos acerca de las leyes naturales fueron haciéndose más claros, más concretos, más conformes con la realidad de las cosas, y entonces fue cuando muchos alquimistas, renunciando a los prodigiosos descubrimientos tras los cuales había corrido la humanidad, contuvieron sus vuelos y se dedicaron sencillamente a aumentar los conocimientos positivos, a relacionarlos unos con otros y a sacar de todo ello el mayor provecho posible. Figuran entre los iniciadores de esta reforma Van Helmont, Glauber, Kunckel, Boyle, Mayow, Federico Hoffmann, Wencel, Richter, Becquer y Stall, el autor de la teoría del flogístico. Llegó después con el fin del siglo XVIII, el fin de la alquimia. Los trabajos de Priestley, Cavendish y Dalton en Inglaterra, de Scheele en Suecia y de Lavoissier en Francia, dieron a conocer la existencia y naturaleza de los cuerpos más importantes para el conocimiento de los fenómenos químicos; como son el oxígeno, el hidrógeno y el cloro; los experimentos de Lavoissier y de Schule dieron a conocer la composición del aire y los de Cavendish la del agua, con lo cual se desterraron una porción de errores y se encontró la explicación racional de la mayor parte de las transformaciones químicas, entró en vías racionales la fisiología animal y vegetal, la higiene, la agricultura y otras muchas ciencias de aplicación, se adquirió la noción de los cuerpos simples y las leyes de la formación de los compuestos. La alquimia había muerto; pero apareció la ciencia química, con sus leyes, sus generalizaciones, sus procedimientos de análisis, etc.