Ampullæ (ampolla) es el nombre de un frasco para guardar líquidos. En el uso eclesiástico se emplearon para el agua y vino de la misa y para el óleo usado en el bautismo, confirmación y extremaunción.
Utensilios litúrgicos de los siglos V-VI. Derecha, botella de vidrio con cruz; izquierda, cántaro de vidrio con cruz. Museo Británico, LondresTales recipientes a veces eran de considerable tamaño, siendo de oro, plata, cristal u ónice. Hay ejemplos preservados en París, Colonia, Venecia y otras partes, existiendo uno en Reims del que se dice que fue milagrosamente proporcionado para el bautismo de Clodoveo en 496, que se conoce como la Santa Ampolla. Atención especial merecen las denominadas ampullæ sanguinolentæ, phiolæ cruentæ o rubricatæ ("ampollas de sangre"), frascos de cristal que contienen un sedimento rojizo que supuestamente es sangre de mártires. Se han encontrado casi exclusivamente en las catacumbas, cerca de la losa que sellaba la tumba o fijada a ella con argamasa. El primero que las mencionó fue Antonio Bosio, el explorador de las catacumbas, quien relata que en ciertas tumbas y en vasijas de cristal o barro, encontró sangre coagulada y seca, que al ser mezclada con agua asumía su color natural (Roma sotterranea, Roma, 1632, p. 197). Poco después un tal Landucci descubrió tales vasijas con un fluido acuoso o lechoso que, cuando se agitaba, asumía el color de la sangre (De Rossi, 619). El descubrimiento de una phiola rubricata se consideró prueba certeza de la tumba de un mártir y la Congregación de Ritos Sagrados decidió en 1668 cuando se levantaran dudas sobre la indicia martyrii trasladar las reliquias de las catacumbas. Sin embargo, al continuar las dudas, un jesuita, Victor de Buck, realizó la presentación más vigorosamente escéptica, argumentando sobre bases científicas (De phiolis rubricatis, Bruselas, 1855). Tras un nuevo hallazgo en el cementerio de San Saturnino en 1872, una comisión real emprendió una investigación microscópica exacta, que se suponía resolvería la presencia de la sangre. Los arqueólogos y teólogos católicos han admitido generalmente la posibilidad de que las afirmaciones puedan estar bien fundadas, aunque oponiéndose a las suposiciones no científicas y no sistemáticas de que todos los sedimentos rojos son sangre y exigiendo una investigación adecuada en cada caso.
Sin embargo, se han efectuado las siguientes objeciones concluyentes: (1) No hay testimonio literario de que la sangre de los mártires fuera preservada y no hay razón satisfactoria que se haya dado para que así se hiciera. (2) Un gran porcentaje de esas ampollas procede de tumbas de niños de menos de siete años de edad, que difícilmente sufrieron en las persecuciones de los cristianos; más aún, más de la mitad son del tiempo de Constantino o después.
(3) Se han encontrado tumbas de no cristianos con vasijas similares y sedimento rojo. (4) En ningún caso se ha probado que el sedimento sea sangre mediante un examen químico o microscópico. (5) Los ejemplos con inscripciones (tales como sang., sa. y semejantes) y el monograma de Cristo o la cruz son falsificaciones. El sedimento rojo es probablemente óxido de hierro producido por la descomposición del cristal. Se ha sugerido que se trata de restos del vino de la comunión, permitiendo el canon sexto del sínodo de Cartago de 397 esa idea, pero el análisis químico no la confirma (comp., sin embargo, Berthelot en Revue archéologique, xxxiii, 1877, p. 396). Hay ciertas costumbres paganas fúnebres que ofrecen analogías, en las que se usaba vino (comp. Schultze, Katakomben, páginas 52, 54, y nota 15) o aceite. El propósito y significado original de esas ampollas probablemente no era uniforme.