Historia

APOLOGÉTICA

Significado del término.
Desde Planck (1794) y Schleiermacher (1811), "apologética" ha sido el nombre aceptado para una de las disciplinas o departamentos de la ciencia teológica. El término se deriva del griego apologeisthai, que incorpora como noción central la idea de "defensa." Sin embargo, su aplicación presente ha desplazado su significado y hablamos por tanto de apologética y apologías en contraste entre sí. La relación entre ambas no es la de la teoría y la práctica (como en Düsterdieck), ni tampoco la de género y especie (como en Kübel). Es decir, la apologética no es una ciencia formal en la que se investigan los principios ejemplificados en las apologías, como se hace con los principios detectados en la preparación de un sermón en la homilética. Ni es meramente la suma de todas las apologías existentes o posibles, o su quintaesencia, o su presentación científica, al igual que la dogmática es la declaración científica de los dogmas. Las apologías son defensas del cristianismo, en su totalidad, en su esencia o en uno u otro de sus elementos o presuposiciones, ya sea frente a todos los atacantes, reales o concebibles, o frente a alguna forma particular o ejemplo de ataque; aunque, por supuesto, las buenas defensas se pueden elevar por encima de sí mismas y convertirse en vindicaciones. La apologética no se propone la defensa, ni siquiera la vindicación, sino el establecimiento, no estrictamente hablando del cristianismo, sino más bien de ese conocimiento de Dios que el cristianismo profesa y busca hacer eficiente en el mundo y que es responsabilidad de la teología explicar. Puede, por supuesto, entrar en la defensa y vindicación cuando en la persecución de su objetivo se encuentra con ideas opuestas y requiere establecer su propia noción o conclusiones. Las apologías pueden, por tanto, quedar abarcadas en la apologética y formar porciones auxiliares de su estructura, como puede también ser el caso de cualquier otra disciplina teológica. Más aún, es inevitable que tal o cual elemento o aspecto de la apologética sea más o menos subrayado, según se sienta su necesidad de tiempo en tiempo. Pero la apologética no deriva su contenido ni toma su forma o prestado su valor de la oposición prevaleciente, sino que preserva a través de todas las circunstancias variantes su carácter esencial como ciencia positiva y constructiva, teniendo que ver con la oposición solamente, al igual que cualquier otra ciencia constructiva, por refutar ideas opuestas que de tiempo en tiempo son incidentales a la construcción. La defensa o vindicación no abarca toda la esencia de la apologética, pues habría la misma necesidad de su existencia aunque no hubiera oposición en el mundo a la que enfrentarse y contradicción a la que vencer. En otras palabras, su fundamento más profundo no está en los accidentes que acompañan el esfuerzo de sembrar, sustentar y propagar la fe en este mundo, ni siquiera en el más poderoso y persuasivo de todos los accidentes, el accidente del pecado, sino en la necesidad fundamental del espíritu humano. Es incumbencia del creyente ser capaz de dar razón de la fe que está en él, siendo imposible ser creyente sin una razón para la fe que está en él y el propósito de la apologética es proporcionar esta razón claramente en su conocimiento y hacer constatar su validez. En otras palabras, es función de la apologética investigar, explicar y establecer las bases sobre las que es posible una teología -una ciencia o conocimiento sistematizado de Dios- y las bases sobre las que debe descansar toda ciencia que tiene a Dios por sujeto, si es que va a ser una verdadera ciencia que reclama un lugar dentro del círculo de las ciencias. Por tanto, necesariamente ocupa su lugar al frente de los departamentos de la ciencia teológica y halla su meta en el establecimiento de la validez de ese conocimiento de Dios que forma la materia de esos departamentos, pudiendo luego proceder a través de los sucesivos departamentos de la teología exegética, histórica, sistemática y práctica, para explicarla, apreciarlar, sistematizarla y propagarla en el mundo.

Lugar entre las disciplinas teológicas.
Ha de admitirse que ha reinado considerable confusión con respecto a la concepción y función de la apologética y su lugar entre las disciplinas teológicas. Casi todo escritor tiene una definición propia y describe el objetivo de la disciplina en una forma más o menos peculiar a sí mismo, habiendo apenas un espacio en la enciclopedia teológica en la que no haya sido situada. Planck le dio un lugar entre las disciplinas exegéticas; otros contienden que su esencia es histórica. La mayoría la asigna a la teología sistemática o práctica. Nösselt le niega todo derecho de existencia. Palmer confiesa su incapacidad para clasificarla. Räbiger la saca formalmente de la enciclopedia, pero la reintroduce bajo el nombre diferente de "teoría de la religión." Tholuck propuso que debería distribuirse en varios departamentos y Cave de hecho distribuye su material en tres departamentos separados. Mucha de esta confusión se debe a una confusión persistente de apologética con apología. Si la apologética es la teoría de la apología y su función es enseñar cómo defender el cristianismo, su lugar está, por supuesto, al lado de la homilética, catequética y pastoral en la teología práctica. Si simplemente es, a manera de eminencia, la apología del cristianismo, la vindicación sistemáticamente organizada del cristianismo en todos sus elementos y detalles, contra toda oposición o en su núcleo esencial contra la única oposición destructiva, por supuesto presupone el desarrollo completo del cristianismo mediante las disciplinas exegética, histórica y sistemática y debe tomar su lugar en el departamento culminante de la teología sistemática o en el aspecto intelectual de la teología práctica o como una disciplina interdependiente entre las dos. En este caso puede ser sólo artificialmente separada de la teología polémica y otras disciplinas similares; F. Duilhé de Saint-Projet distingue entre teología apologética, controversial y polémica, dirigidas respectivamente a los incrédulos, herejes y creyentes, mientras que A. Kuyper, distingue entre polémica, demostrativa y apologética, oponiendo respectivamente la heterodoxia, el paganismo y la falsa filosofía. No será extraño que, aunque separada de esas disciplinas próximas, quedara de nuevo unida a ellas, o a alguna de ellas, para formar un conjunto más amplio que el que le es dado en la misma posición enciclopédica. Esto es lo que hace por ejemplo Kuyper, quien une polémica, demostrativa y apologética para formar su grupo de disciplinas "antitético dogmatológico" y F. L. Patton quien, tras haber distribuido el material de la apologética en dos disciplinas separadas de teología racional o filosófica y apologética, une ésta con la polémica para constituir las disciplinas antitéticas, mientras que la teología sistemática va después de ambas como parte de las disciplinas sintéticas.

Fuente de ideas divergentes.
Sin embargo, mucha de la diversidad se debe también a las ideas variantes de lo que la apologética pretende establecer; si es, por ejemplo, la verdad del cristianismo o la validez de ese conocimiento de Dios que la teología presenta en forma sistematizada. Y aún más debido a las profundamente diferentes concepciones de la naturaleza y asunto de esa "teología", de la cual la apologética es un departamento. Si se piensa que la apologética es acometer la defensa o vindicación o incluso justificación de la "fe cristiana" es una cosa; si se piensa que es acometer el establecimiento de la validez de ese conocimiento de Dios que la "teología" sistematiza, puede ser otra cosa totalmente diferente. E incluso si existe acuerdo sobre la segunda concepción, permanecen las divergencias cortantes que acucian la definición de "teología" misma. ¿Se definirá como la "ciencia de la fe"? o ¿como la "ciencia de la religión"? o ¿como la "ciencia de la religión cristiana"? o ¿como la "ciencia de Dios"?. En otras palabras ¿será contemplada como una rama de la psicología, como una rama de la historia o como una rama de la ciencia? Manifiestamente los que difieren ampliamente en lo que la teología es, no pueden esperar acuerdo en cuanto a la naturaleza y función de cualquiera de sus disciplinas. Si "teología" es la ciencia de la fe o de la religión, su materia son las experiencias subjetivas del corazón humano y la función apologética es inquirir si esas experiencias subjetivas tienen alguna validez objetiva. Por supuesto, se deduce de la elucidación sistemática de esas experiencias subjetivas y constituye la disciplina culminante de la "teología." Similarmente, si "teología" es la ciencia de la religión cristiana, investiga la cuestión puramente histórica de qué creen aquellos que son llamados cristianos, siendo la función de la apologética seguir esta investigación indagando si los cristianos están justificados al creer esas cosas. Pero si la teología es la ciencia de Dios, no trata con una masa de experiencias subjetivas, ni con una sección de la historia del pensamiento, sino con un conjunto de hechos objetivos, siendo absurdo decir que los hechos deben ser asumidos y desarrollados hasta sus últimas implicaciones antes que dejemos de preguntar si son hechos. Por tanto, tan pronto como se concuerda que la teología es una disciplina científica y que tiene como su materia el conocimiento de Dios, debemos reconocer que debe comenzar por el establecimiento de la realidad que como hechos objetivos tienen los datos sobre los que está basada. Se puede llamar al departamento de la teología a la que esta tarea se entrega por cualquier nombre que parezca apropiado; puede denominarse "teología general" o "teología fundamental" o "teología principal" o "teología filosófica" o "teología racional" o "teología natural", o cualquier otro de los innumerables nombres que se han usado para describirla. La apologética es el nombre que más naturalmente surge y es el que, con más o menos seguridad de perspectiva, en cuanto a naturaleza y alcance de la disciplina, ha quedado consagrado para este propósito por un gran número de escritores desde Schleiermacher en adelante (por ejemplo, Pelt, Twesten, Baumstark, Swetz, Ottiger, Knoll, Maissoneuve). Se recomienda poderosamente a sí misma al indicar claramente la naturaleza de la disciplina, aunque igualmente puede ser aplicable a ella el alcance de la teología, que se propone fundamentar su exposición sobre una base segura. Ya sea que esa teología no reconozca otro conocimiento de Dios que el dado en la constitución y curso de la naturaleza, o derive sus datos de la plena revelación de Dios documentada en las Escrituras, la apologética se ofrece con igual disponibilidad para designar la disciplina por la que la validez del conocimiento expuesto de Dios es establecido. No necesita nada más que la teología natural para su fundamento; cuando la teología a la que sirve es, sin embargo, la teología completa de la revelación cristiana, guarda su unidad y la protege de la concepción fatalmente dualista que enfrenta teología natural y revelada entre sí, como entidades separadas, cada una con sus propias presuposiciones separadas exigiendo el establecimiento por el que la apologética se divide en dos disciplinas muy diversas, con un muy diferente lugar en la enciclopedia teológica.

Verdadero objetivo de la apologética.
La apologética puede definirse, de acuerdo con una costumbre muy prevaleciente (por ejemplo, Sack, Lechler, Ebrard, Kübel, Lemme) como "la ciencia que establece la verdad del cristianismo en tanto religión absoluta." La apologética ciertamente establece la verdad del cristianismo como religión absoluta. Pero la cuestión de importancia aquí es cómo lo hace. Ciertamente no es incumbencia de la apologética acometer cada principio del cristianismo y procurar establecer su verdad por una apelación directa a la razón. Cualquier intento de hacer esto, no importa sobre qué bases filosóficas comience la demostración o mediante qué métodos se persiga, nos trasladaría automáticamente a la estratosfera y nos entregaría en manos de los dispositivos taimados del antiguo racionalismo vulgar, cuya primera falta fue que preguntaba por una demostración racional directa de la verdad de cada enseñanza cristiana. El interés de la apologética es establecer la verdad del cristianismo como religión absoluta, solo directamente en conjunto y en sus detalles solo indirectamente. Es decir, no se comienza por desarrollar el cristianismo en todos sus detalles y sólo después que ese objetivo se ha cumplido preguntar si hay alguna verdad en todo ello. Comenzamos por establecer la verdad del cristianismo en conjunto y sólo entonces se procede a explicarlo en sus detalles, cada uno de los cuales, si es sólidamente explicado, tiene su verdad garantizada por su lugar de detalle en una entidad ya establecida en su totalidad. De este modo somos liberados de lo que es tal vez la cuestión más enredadora que ha sacado de quicio toda la historia de la disciplina. Al establecer la verdad del cristianismo se ha preguntado perennemente si vamos a tratar con todos sus detalles (por ejemplo, H. B. Smith), o meramente con la esencia del cristianismo (por ejemplo, Kübel). La verdadera respuesta es con ninguna. La apologética no presupone ni el desarrollo del cristianismo en su detalle ni la extracción a partir del detalle de su esencia. Los detalles del cristianismo están todos contenidos en el cristianismo: lo mínimo del cristianismo es nada más que cristianismo. Lo que la apologética se propone establecer es sólo este cristianismo mismo -incluyendo todos sus "detalles" e involucrando su "esencia"- en su totalidad inexplicada y sin comprimir, como religión absoluta. Tiene por objeto el establecimiento de los fundamentos sobre los que se construye el templo de la teología y por los que toda la estructura de la teología está determinada. Es el departamento de la teología que establece los principios constitutivos y reguladores de la teología como ciencia y al establecerlos define todos los detalles que se derivan de ellos por la sucesión de departamentos, en su sólida explicación y sistematización. De este modo establece el conjunto, aunque lo establece en masa, por así decirlo, y no en sus detalles, aunque en su totalidad y no en algún elemento aislado estimado por nosotros como su núcleo, su esencia o su mínima expresión.

División de la apologética.
Una vez que el asunto de la apologética ha sido determinado, se hace necesaria su distribución por partes. Habiendo definido la apologética como la prueba de la verdad de la fe cristiana, muchos escritores naturalmente la confinan a lo que comúnmente se conoce de algún modo ambiguamente como las "evidencias del cristianismo." Otros, definiéndola como "teología fundamental", igualmente la confinan a los principios primordiales de la religión en general. Otros, más justamente, combinan las dos nociones y de esta manera obtienen al menos dos principales divisiones. De ese modo Hermann Schultz demuestra "el derecho de la noción religiosa del mundo, contra las tendencias negadoras de la religión y el derecho del cristianismo como manifestación absolutamente perfecta de la religión, frente a los oponentes de su importancia permanente." Luego la divide en dos grandes secciones, con una tercera interpuesta entre ellas: la primera, "la apología de la noción religiosa del mundo", la última, "la apología del cristianismo", mientras que entre ambas permanece "la filosofía de la religión, la religión en su manifestación histórica." De algún modo menos satisfactoriamente, por una base menos firme de la idea de la disciplina, Henry B. Smith, contempla la apologética como "dogmática histórico-filosófica", encargada de la defensa de "todo el contenido sustancial de la fe cristiana", dividiendo el material en lo que él denomina apologética fundamental, histórica y filosófica. La primera de ellas se propone demostrar el ser y naturaleza de Dios; la segunda, el origen divino y autoridad del cristianismo y la tercera, de manera poco convincente como conclusión a tan alto argumento, la superioridad del cristianismo sobre todos los demás sistemas. Muy similarmente Francis R. Beattie la dividió en (1) apologética fundamental o filosófica, que trata con el problema de Dios y la religión, (2) apologética cristiana o histórica, que trata con el problema de la revelación de las Escrituras y (3) apologética aplicada o práctica, que trata con la eficiencia práctica del cristianismo en el mundo. La verdad fundamental de esas esquematizaciones yace en la percepción de que el asunto de la apologética abarca los dos grandes hechos de Dios y el cristianismo. Sin embargo, hay cierto fallo en la unidad de la concepción, que surge evidentemente de una deficiente captación de la peculiaridad de la apologética como departamento de la ciencia teológica y una consecuente incapacidad para permitir que como tal determine su propio contenido y el orden natural de sus partes constituyentes.

Noción de la teología como ciencia.
Si la teología es una ciencia, en ese hecho se suponen, como en el caso de las demás ciencias, al menos estas tres cosas: la realidad de su material, la capacidad de la mente humana para recibirlo y racionalmente reflejar ese material, la existencia de un medio de comunicación entre el material y la mente que lo percibe y entiende. No puede haber psicología donde no hay una mente a ser investigada, una mente que investigue y una autoconciencia por la cual la mente como objeto pueda ser puesta bajo la inspección de la mente como sujeto. No puede haber astronomía donde no hay cuerpos celestes que sean investigados, ni mente capaz de comprender las leyes de su existencia y movimientos o ningún medio de observar su estructura y movimientos. Del mismo modo, no puede haber teología, concebida de acuerdo a su propia naturaleza como ciencia de Dios, a menos que Dios sea su asunto, una capacidad de la mente humana para captarlo hasta donde puede Dios ser comprendido y algún medio por el que Dios se da a conocer al hombre. Para que una teología, como ciencia de Dios, pueda existir, por tanto, hay que comenzar por establecer la existencia de Dios, la capacidad de la mente humana para conocerlo y la accesibilidad del conocimiento sobre él. En otras palabras, la misma idea de teología como ciencia de Dios proporciona esos tres grandes temas que debe tratar en su departamento fundamental, con los que se ponen los fundamentos de toda la estructura: Dios, religión y revelación. Con esos tres hechos establecidos, se hace posible una teología como ciencia de Dios; con ellos por tanto, se puede completar una apologética. Pero eso únicamente siempre y cuando en esos tres tópicos se establezcan todas las presuposiciones subyacentes de la ciencia de Dios verdaderamente construidas en nuestra teología; por ejemplo, siempre y cuando se consideren todas las fuentes accesibles y medios de conocer a Dios. Ninguna ciencia puede arbitrariamente limitar los datos establecidos dentro de su esfera a la cual atiende. Bajo pena de cesar de ser la ciencia que profesa ser, debe abarcar los medios de información abiertos a ella y reducir a un sistema unitario el conjunto total de conocimientos de su esfera. Ninguna ciencia puede presentarse como la astronomía, por ejemplo, si arbitrariamente, se confina a la información sobre los cuerpos celestes obtenible sólo mediante el ojo humano, o que desprecia, sin sólida base debidamente aducida, la ayuda del telescopio. En la presencia del cristianismo en el mundo que presenta una revelación de Dios adaptada a la condición y necesidad de los pecadores y documentada en las Escrituras, la teología no puede avanzar un paso hasta que haya examinado esta afirmación y si la misma queda sustanciada, esta sustentación debe formar parte del departamento fundamental de la teología en la que se ponen los fundamentos para la sistematización del conocimiento de Dios. En ese caso, se añaden dos nuevos asuntos a la materia con la que la apologética debe tratar constructivamente: el cristianismo y la Biblia. Por tanto, yace en la misma naturaleza de la apologética en cuanto departamento fundamental de la teología, concebida como ciencia de Dios, que debe encontrar su objetivo en el establecimiento de la existencia de Dios, quien es capaz de ser conocido por el hombre y que se ha hecho a sí mismo conocido, no solamente en la naturaleza sino en las revelaciones de su gracia a los pecadores perdidos, documentadas en las Escrituras. Cuando la apologética ha puesto esos grandes hechos en nuestras manos -Dios, revelación, cristianismo, la Biblia- no es hasta entonces que estamos preparados para ir adelante y explicar el conocimiento de Dios traído a nosotros, trazar la historia de sus obras en el mundo, sistematizarla y propagarla en el mundo.

Cinco subdivisiones de la apologética.
Las subdivisiones primarias de la apologética son cinco: (1) La primera, que tal vez puede llamarse apologética filosófica, se propone el establecimiento del ser de Dios, como Espíritu personal, creador, preservador y gobernador de todas las cosas. A ella pertenece el gran problema del teísmo, con la discusión de las teorías anti-teístas. (2) La segunda, que puede ser llamada apologética psicológica, acomete el establecimiento de la naturaleza religiosa del hombre y la validez de su sentido religioso. Supone la discusión igualmente de la psicología, filosofía y fenomenología de la religión y por tanto incluye lo que generalmente se denomina "religión comparativa" o "historia de las religiones." (3) A la tercera pertenece el establecimiento de la realidad del factor sobrenatural en la historia, con la determinación involucrada de la auténtica relación en la que Dios está con su mundo y el método de su gobierno de las criaturas racionales y especialmente su modo de darse a conocer a ellas. Se centra en el establecimiento del hecho de la revelación como condición de todo conocimiento de Dios, quien como Espíritu personal puede ser conocido sólo en tanto se expresa a sí mismo, por lo que la teología difiere de las otras ciencias en que el objeto no está a disposición del sujeto sino viceversa. (4) La cuarta, que puede ser llamada apologética histórica, se propone establecer el origen divino del cristianismo como la religión de revelación en el sentido especial de esa palabra. Discute todos los asuntos que naturalmente caen bajo la noción popular de "evidencias del cristianismo." (5) La quinta, que puede ser denominada apologética bíblica, se propone establecer la fiabilidad de las Escrituras, que son el documento de la revelación de Dios para la redención de los pecadores. Tiene que ver especialmente con temas tales como el origen divino de las Escrituras, los métodos de la operación divina en su origen, su lugar en la serie de actos redentores de Dios y el proceso de la revelación, la naturaleza, modo y efecto de la inspiración y semejantes.

Valor de la apologética.
La estimación que ponen los eruditos sobre la apologética naturalmente varía con la noción que se tenga de su naturaleza y función. En el despertar del subjetivismo introducido por Schleiermacher, ha sido muy común hablar de una apologética tal que ha sido bosquejada con no poca sorna. Es una mala herencia, se nos dice, del antiguo supranaturalismus vulgaris, que 'tomó su punto de partida no de las Escrituras sino por encima de las Escrituras e imaginó que podía, con concepciones formales, desarrollar un "fundamento para la autoridad divina del cristianismo" (Heubner), y por tanto ofreció pruebas del origen divino del cristianismo, la necesidad de la revelación y la credibilidad de las Escrituras' (Lemma). Reconocer que podemos tomar nuestro punto de partida en las Escrituras sólo después de que tenemos las Escrituras, autenticadas como tales, para introducir nuestro punto de partida es, parece, un prejuicio trillado. La experiencia subjetiva de la fe es el hecho último y la única apologética legítima sólo la autojustificación de esta fe misma. Pues la fe parece, después de Kant, que no puede ser considerada un asunto de razonamiento y no descansa en bases racionales, sino que es un asunto del corazón y se manifiesta más poderosamente cuando no tiene razón fuera de sí misma (Brunetière). Si la repetición tuviera fuerza probativa, hace mucho tiempo que habría sido establecido que la fe, la religión y la teología yacen totalmente fuera de la esfera de la razón, prueba y demostración.

Sin embargo, desde el punto de vista del racionalismo y el misticismo el valor de la apologética es censurado. Dondequiera que las preconcepciones racionalistas han penetrado, la validez de las pruebas apologéticas han sido, en más o menos extensión, cuestionadas. Dondequiera que el sentimiento místico se ha filtrado, la validez de la apologética ha sido puesta en duda, con más o menos énfasis. En el siglo XIX, la tendencia racionalista más activa, tal vez, fue en la forma expuesta por Albrecht Ritschl. De esta manera golpea en las mismas raíces de la apologética, mediante la distinción que erige entre conocimiento teórico y religioso. El conocimiento religioso no es el conocimiento del hecho, sino una percepción de utilidad y por tanto es la religión positiva, que aunque puede estar históricamente condicionada, no tiene base teórica y no es por tanto el objeto de prueba racional. En importante paralelismo con ello, la tendencia mística se manifiesta en el día presente más distintivamente en poner a un lado la apologética en favor del "testimonio del Espíritu." Las convicciones del cristiano, se nos dice, no son el producto de la razón dirigida al intelecto, sino la creación inmediata del Espíritu Santo en el corazón. Por tanto, se afirma, podemos funcionar muy bien sin esas razones, si es que no son dañinas positivamente, por la tendencia a sustituir una fe viva por un intelectualismo árido. Parece olvidarse que aunque la fe sea un acto moral y don de Dios, es no obstante formalmente una convicción que pasa a ser confianza y que toda forma de convicción debe descansar en la evidencia, como su fundamento y no es la fe sino la razón la que investiga la naturaleza y validez de este fundamento. "El que cree" dice Tomás de Aquino, en palabras que se han convertido en un axioma "no creería a menos que viera que lo que cree es digno de ser creído." Aunque la fe es don de Dios, no se sigue que la fe que Dios da es irracional, esto es, una fe sin base conocible en la recta razón. Por supuesto que el mero razonamiento no puede hacer a nadie cristiano; pero eso no es porque la fe no es el resultado de la evidencia, sino porque un alma muerta no puede responder a la evidencia. La acción del Espíritu Santo al dar la fe no es aparte de la evidencia, sino junto con ella y en primer instancia consiste en preparar el alma para la recepción de la evidencia.

Relación de la apologética con la fe cristiana.
La apologética no hace a los hombres cristianos, pero suple a los cristianos el fundamento sistemáticamente organizado sobre el que descansa su fe. Toda esa apologética explicada en forma de prueba sistemática está implícita en cada acto de la fe cristiana. Donde quiera que un pecador acepta a Jesucristo como su Salvador, ha implicado en ese acto una convicción viva de que Dios existe, que es conocible por el hombre, al que se ha hecho a sí mismo conocido en su revelación mediante la redención de Jesucristo, tal como está expuesta en las Escrituras. No es necesario para su acto de fe que todos los fundamentos de su convicción sean elaborados en pleno conocimiento y les dé afirmación explícita en su entendimiento, aunque es necesario para su fe que haya una suficiente base para su convicción y trabaje en su espíritu. Pero sí es necesario para la vindicación de su fe ante la razón en la forma de juicio científico, porque las bases sobre las que descansa han de ser explicadas y establecidas. La teología como ciencia, aunque incluye en su disciplina culminante la teología práctica, una exposición de cómo ese conocimiento de Dios con el que trata objetivamente puede ser mejor hecho la posesión subjetiva del hombre, no es en sí misma un instrumento de propaganda; lo que se propone hacer es sistemáticamente exponer este conocimiento de Dios como el objeto de contemplación racional. Y al hacerlo, debe por supuesto comenzar por establecer su derecho de aspirar a tal rango. De no hacerlo, el conjunto de su trabajo se quedará colgado en el aire y la teología presentará el triste espectáculo de ser entre las ciencias la que reclama un lugar entre una serie de sistemas de conocimiento para una elaboración de afirmaciones puras.

Apologética antigua.
Al suplir una insistente necesidad del espíritu humano, el mundo nunca ha estado sin apologistas. Dondequiera que los hombres han pensado, lo han hecho sobre Dios y el orden sobrenatural y al hacerlo ha estado presente en sus mentes una variedad de más o menos sólidas razones para creer en su realidad. Para el ordenamiento de esas razones en un conjunto sistemáticamente organizado de pruebas había que esperar a una cultura avanzada. Pero la llegada de los apologistas no esperó a la llegada del cristianismo; no hay huellas de esta esfera del pensamiento discernibles sólo en las regiones iluminadas por la revelación especial. Los sistemas filosóficos de la antigüedad, especialmente los que derivan de Platón, están lejos de estar vacíos de elementos apologéticos y cuando en las posteriores etapas de su desarrollo la filosofía clásica se hizo peculiarmente religiosa, el material apologético se hizo casi predominante. Con la llegada del cristianismo al mundo, al hacerse más rico el contenido de la teología que había de definirse, también los esfuerzos para sustanciarla se hicieron más fértiles en los elementos apologéticos. No debemos confundir las apologías de la etapa cristiana antigua con la apologética formal. Igual que los sermones del tiempo, contribuyeron a la apologética sin serlo. El material apologético que desarrollaron los que se pueden denominar los más filosóficos de los apologistas (Arístides, Atenágoras, Taciano, Teófilo, Hermias, Tertuliano) ya era considerable y fue grandemente complementado por las labores teológicas de sus sucesores. En primera instancia el cristianismo, rodeado por un ambiente politeísta y llamado a contender con sistemas de pensamiento enraizados en afirmaciones panteístas o dualistas, tuvo que establecer su punto de partida teísta; y contra la enemistad de los judíos y la burla de los paganos (por ejemplo, Tácito, Fronto, Crescente, Luciano) evidencia su propio origen divino como don de gracia al hombre pecador. Junto con Tertuliano, los grandes alejandrinos, Clemente y Orígenes, son los más ricos depositarios del pensamiento apologético del primer período. Sin embargo, los más grandes apologistas de la era patrística fueron Eusebio de Cesarea y Agustín. El primero fue el más entendido y el segundo el más profundo de todos los defensores del cristianismo entre los Padres. Y Agustín, en particular, no meramente en su "Ciudad de Dios" sino en su escritos controversiales, acumuló un vasto material apologético que está lejos de haber perdido su importancia.

Apologética posterior.
Sin embargo, no fue hasta la edad escolástica que la apologética se ganó el derecho como ciencia constructiva. La actividad teológica de la Edad Media en conjunto fue tan auxiliar para la apologética, que su esfuerzo primordial fue la justificación de la fe por la razón. No solo fue rica en apologistas (Agobardo, Abelardo, Raimundo Martín), sino que cada teólogo era en un sentido un apologista. Anselmo en su comienzo, Aquino en su culminación, son ejemplos de toda la serie; ejemplos en los que todas sus diferencias están resumidas. El Renacimiento con su redescubrimiento del paganismo, naturalmente provocó una serie de nuevos apologistas (Savonarola, Marsilio Ficino, Luis Vives) pero la Reforma llevó la polémica al primer plano y desplazó la apologética a un segundo, aunque, por supuesto, los grandes teólogos de la Reforma llevaron su rica contribución a la acumulación de material apologético. Cuando, en el cansancio del siglo XVII, la irreligiosidad comenzó a expandirse entre el pueblo y el indiferentismo maduró en el naturalismo entre los dirigentes del pensamiento, la corriente de pensamiento apologético comenzó a fluir una vez más, creciendo como un gran río tal como la incredulidad prevaleciente se intensificó. Con un precursor en Philippe de Mornay (1581), Hugo Grocio (1627) se convirtió en el apologista típico de la primera porción de este periodo, mientras que su porción media fue iluminada por el genio de Pascal († 1662), culminando las riquezas de trabajo apologético en la obra de Butler, Analogy (1736) y en la simple pero poderosa argumentación de Paley. Al desplazarse el ataque contra el cristianismo de su base del deísmo inglés en la primera mitad del siglo XVIII al racionalismo alemán de su segunda mitad, del idealismo que dominó la primera mitad del siglo XIX y a partir de ahí al materialismo de sus últimos años, cada periodo estuvo marcado en la historia de la apología, cultivándose los elementos particulares de la apologética, que cambiaban con el pensamiento cambiante. Pero ninguna época estuvo marcada en la historia de la apologética misma, hasta que bajo la guía del intento de Schleiermacher de trazar el organismo de los departamentos de la teología, K. H. Sack expuso una científicamente organizada "Apologética Cristiana" (Hamburgo, 1829). Desde entonces hay una serie ininterrumpida de sistemas científicos de apologética que han salido de la imprenta. Difieren entre sí en casi cada forma concebible; en su concepción de la naturaleza, objetivo y lugar enciclopédico de la ciencia; en sus métodos de tratar con el material; en su concepción del cristianismo mismo, de la religión, de Dios y de la naturaleza de la evidencia de la que la creencia en uno u otro descansan. Pero todos concuerdan en el punto fundamental de que la apologética está concebida por todos como un departamento especial de la ciencia teológica, capaz de ir demandando un tratamiento separado. En este sentido la apologética llegó al fin, en los dos últimos tercios del siglo XIX, a ocupar un puesto propio con todo derecho. Los nombres importantes en su desarrollo son los de los alemanes Sack, Steudel, Delitzsch, Ebrard, Baumstark, Tölle, Kratz, Kübel, Steude, Franck, Kaftan, Vogel, Schultz y Kähler, a quienes se pueden añadir católicos como Drey, Dieringer, Staudenmeyer, Hettinger, Schanz y escritores de habla inglesa como Hetherington, H. B. Smith, Bruce, Rishell y Beattie.