Historia

ARCANO, DISCIPLINA DEL

Disciplina del arcano ("instrucción en el secreto [sagrado]", es decir, iniciación en el misterio) es el término aplicado por Dallæus y G. T. Meier a la práctica de mantener una estudiada reticencia (fides silentii) sobre la forma y carácter de introducción en la Iglesia, como si esto fuera algo análogo a la iniciación en los misterios del mundo pagano. La práctica se observó especialmente en los siglos cuarto y quinto. El bautismo y la Cena, con la fórmula bautismal y la oración del Señor, en tanto eran parte esencial en la introducción, se hicieron centro de los supuestos misterios. Según esta idea, tras el sermón, al cual todos podían asistir, al principio de la dominada missa fidelium, el diácono avisaba a todos los no iniciados que se fueran del servicio con las palabras: "Que ninguno de los catecúmenos, que ninguno de los oyentes, que ninguno de los incrédulos, que ninguno de los heterodoxos, esté presente" (Constituciones Apostólicas, 8:12).

Diversas teorías.
La disciplina del arcano se convirtió en objeto de polémicas confesionales al intentar demostrar el jesuita Emanuel von Schelstrate que fue instituida por Jesús y seguida por los apóstoles y que por esa razón la doctrina católica de los sacramentos (especialmente la transubstanciación), la veneración de imágenes y santos y otras enseñanzas de la Iglesia católica no aparecen en la Iglesia antigua. En réplica Tentzel demostró concluyentemente que hasta el año 200 la Iglesia no sabía nada de misterios que hubieran de ser guardados en secreto. Sin embargo, los estudiosos católicos, con pocas excepciones (por ejemplo Batiffol), se han propuesto defender la posición de Schelstrate. La detallada exposición de Justino del acto el bautismo y la celebración de la eucaristía (Apol., i. 61, 66, 67) es decisiva. La exclusión de los no bautizados era una necesidad interna (comp. Didaché, ix. 5) y no implica un carácter misterioso del culto; el secreto también concernía no tanto al dogma, directamente, sino a los símbolos y realización.

En esto concuerdan los protestantes, pero no sobre la naturaleza y origen de la disciplina. Casaubon atribuye sus principios a la influencia de los misterios paganos y a un préstamo de sus formas con propósitos de instrucción, aceptando los eruditos que le siguieron inmediatamente sus ideas. Frommann buscó la raíz en una imitación de la práctica judía con respecto a los prosélitos. Rothe fijó su atención en una relación con los catecúmenos de la Iglesia antigua y Credner en una relación con la doble división del culto, resultante de la concepción dogmático-mística de la Cena. T. Harnack reconoció en la disciplina una transformación sistemática del servicio divino en una forma de misterio, un fenómeno que tiene un paralelo en el hecho de que la Iglesia católica considere que el secreto de su poder yace en el acto místico-teúrgico de sus sacerdotes. Zezschwitz mantuvo, más en acuerdo con las ideas de Rothe, que el culto adquirió un carácter exclusivo y que la fides silentii surgió en la Iglesia por cautos motivos a causa de la persecución; cuando las persecuciones cesaron, el sermón era suficiente para las necesidades de los catecúmenos (audientes) y el pleno conocimiento de los secretos cristianos más elevados, así como de la participación en la parte vital del servicio, quedó reservada para un grado final de madurez (obtenido sólo por los competentes); las referencias a esos asuntos cesaron naturalmente. Se puede afirmar confiadamente que la disciplina del arcano no se encontró en la condición externa de la Iglesia ni en consideraciones pedagógicas, sino que fue una asimilación real, aunque inconsciente, de las ideas dominantes de los misterios. La noción de que la comunión con Dios era posible sólo por asimilación a Dios en un estado futuro de incorrupción a través de un medio que efectúa actos sagrados, desembocó tan naturalmente en la formación de una jerarquía, distinta del laicado y al que le brinda la esencia divina mediante actos sagrados, como en la transformación del servicio divino en una celebración de misterios que se supone incluían lo divino en símbolos y actos simbólicos. Anrich tiene razón, por tanto, al designar la disciplina como una analogía dentro de la Iglesia del sistema de iniciaciones eficaces entre los gnósticos y resultado natural de la teología de un Clemente y un Orígenes, influenciada por los misterios griegos (sin embargo, contra esta idea comp. Batiffol).

No anterior al siglo tercero.
Zahn (p. 326) ha demostrado que los comienzos de la disciplina del arcano no se pueden trazar antes del siglo tercero. Cuando Ireneo (Hær., III. iv. 1-2) exige que la confesión bautismal se transmita oralmente es sólo con el propósito de que, estando escrita en la memoria, pueda convertirse en una posesión interior. Tertuliano (Apol., vii; Ad nat., i. 7) habla de una fides silentii con referencia a los misterios cristianos, pero desde el punto de vista de un oponente. Hipólito (Ad Dan., i. 16, 18) habla del bautismo sin señalar el deber del silencio. Frases como "el conocimiento iniciado" en Orígenes no establecen la existencia de la disciplina del arcano, ya que no puede demostrarse que Orígenes representara el uso general. En Contra Celsum, iii. 59-61, no tiene actos cúlticos en mente; cuando destaca (Levit. hom., 9, 10; ix. 364), "el que está imbuido con los misterios conoce la carne y la sangre de la palabra de Dios" está pensando en los misterios de la gnosis (Anrich, 129, n. 2). Su referencia a la ansiedad de que algo del pan consagrado se caiga (Exod. hom., xiii. 3; ix. 156) es un aviso contra escuchar descuidadamente la Palabra y su referencia (Lev. hom., xiii. 3; ix. 403) a los ecclesiastica mysteria no prueba nada. Metodio no aplica No deis lo santo a los perros, ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las huellen con sus patas, y volviéndose os despedacen.[…]Mateo 7:6 a los hechos sagrados (Focio, Bibl., cod. 235), ni son tales actos "las orgías de nuestros misterios, los ritos místicos de aquellos que son iniciados" (Sympos., vi. 6).

En los siglos cuarto y quinto la disciplina del arcano estaba en su florecimiento; es característico la frecuente aparición en el sermón del "conocimiento iniciado", "el iniciado", siendo evidente la transferencia de la fraseología de los misterios a la Iglesia. "Iniciar" (griego, myeisthai) e "instruir" (katecheisthai) se convirtieron en términos intercambiables. El bautismo es llamado "el sello de la perfección mística" y "una purificación mística (katharmos) y lavamiento (katharsion)"; la Cena es "el misterio"; sus elementos son "símbolos." "Ser iniciado" (mystagogeisthai) significa ser competente para participar en los sacramentos y traicionar los misterios se expresa mediante el correspondiente exorcheisthai.

El objeto inmediato de la disciplina.
Es característico de la disciplina del arcano que el objeto inmediato del misterio no era el dogma y el don sacramental, sino los elementos y la realización del ritual. En el diálogo de Teodoreto Inconfusus (iv. 125) hay una tendencia ortodoxa a evitar nombrar abiertamente el pan y la copa no sea "que algún no iniciado esté presente", llamando ambiguamente al cuerpo y sangre del Señor un don. El deseo era, por supuesto, retirar incluso de los ojos de los iniciados el acto y los "símbolos místicos"; de ahí la exclusión de los no bautizados de la missa fidelium y la vigilancia en la puerta por parte de los ostiarios. El bautismo y la Cena fueron el objeto auténtico de la disciplina del arcano. Por supuesto, era imposible mantener a la gente en ignorancia, pero el silencio observado produjo la impresión de un misterio. El Padrenuestro y la Cena tuvieron la misma posición que la confesión en el bautismo; a ambos se les dio el carácter de objetos secretos (comp. Sozomeno, Hist. eccl., i. 20; Ambrosio, De Cain et Abel, I. ix. 37). Lo opuesto a la confesión del neófito era la renuncia, que también se mantenía en secreto. Todo lo que precedía y seguía al bautismo necesariamente participaba del secreto. La eucaristía, como cima de toda la mistagogía, es el misterio por excelencia. Los dogmas eran misterios (Basilio, De spir. sanc., xxvii. 66) sólo en tanto la Iglesia generalmente proclamaba poseer misterios maravillosos, especialmente el de la Trinidad a causa de su relación con el símbolo bautismal; pero no se pretendió hacer un secreto del dogma. Con la desaparición del catecumenado cesó la disciplina del arcano, aunque en la liturgia griega permaneció la fórmula al despedir a los catecúmenos, pero el culto de la Iglesia ortodoxa asume actualmente el carácter de un drama místico-alegórico, un misterio de tipo pagano, aunque de una clase superior.