Historia
ARRIANISMO
- Origen de la herejía
- Estallido de la controversia
- El credo niceno
- Reacción arriana. Atanasio
- Varios sínodos y facciones
- Vindicación de la ortodoxia
- Concilio de Constantinopla, 381
- El arrianismo posterior
- El arrianismo entre los bárbaros
- La enseñanza arriana
- Argumentos de los arrianos
- Refutación del arrianismo
- Sectas arrianas
Arrio negó que el Hijo fuera de la misma sustancia (griego homoousios) del Padre y le redujo al rango de una criatura, aunque preexistente antes del mundo. Ninguna herejía cristológica del cristianismo antiguo fue más tenaz y ampliamente aceptada. Durante una parte del siglo cuarto fue el credo dominante en la Iglesia oriental, aunque hubo vigorosas y constantes protestas por parte ortodoxa. Fue también la forma de cristianismo a la que la mayoría de los bárbaros se convirtieron al principio.

Origen de la herejía.
Las raíces del conflicto arriano yacen profundamente en las diferencias de la doctrina ante-nicena del Logos, especialmente en los elementos contradictorios de la cristología de Orígenes, que fue reclamada por ambas partes. Orígenes atribuyó a Cristo eternidad y otros atributos divinos, lo que llevó a la doctrina nicena de la identidad de sustancia, pero, por otro lado, en su celo por las distinciones personales en la Deidad, enseñó con igual énfasis una esencia separada y la subordinación del Hijo respecto al Padre, llamándolo "Dios secundario", mientras que el Padre es "el Dios"; el Logos es una criatura y ocupa una posición entre la naturaleza del Dios no engendrado (griego agennetos) y la naturaleza de todas las cosas engendradas (Contra Celsum, iii. 34). Orígenes enseñó la generación eterna del Hijo por la voluntad del Padre, pero la consideró la comunicación de una sustancia divina secundaria. En el este se discutieron y hallaron defensores esas diferentes descripciones, rechazando un sínodo en Antioquía (268) la doctrina de la identidad de sustancia. La escuela de Antioquía desarrolló la doctrina de la subordinación del Hijo. Luciano, el maestro de Arrio, y Eusebio de Nicomedia, ejercieron una influencia determinante sobre las ideas de Arrio; Harnack (History of Dogma, iv. 3) le llama "el Arrio antes de Arrio." El primer oponente de Arrio fue Alejandro, obispo de Alejandría, siendo el mayor enemigo doctrinal de la cristología arriana Atanasio.

Estallido de la controversia.
El origen de la controversia está envuelto en cierta oscuridad y los relatos no son fáciles de conciliar. La fecha más antigua para el choque de ideas es el año 318. La cuestión cristológica se había vuelto candente en Egipto. Alejandro tanto en la iglesia como en las reuniones presbiteriales había enfrentado y refutado falsas ideas, tal como Arrio después le recordó (Epifanio, Epist. Arii ad Alex.). Según Sócrates (i. 5), Alejandro dio el primer impulso a la controversia al insistir, en una reunión de presbíteros y otro clero, en la eternidad del Hijo, a lo que Arrio se opuso abiertamente y lo acusó de sabelianismo. Él razonó de esta manera: "Si el Padre engendró al Hijo debe ser más antiguo que el Hijo y por lo tanto hubo un tiempo cuando el Hijo no era; de esto se sigue que el Hijo tiene su subsistencia (griego hypostasis) de la nada." Los relatos de Sozomeno (i. 15) y Epifanio difieren al fechar el conflicto en discusiones entre los presbíteros y los laicos y Sozomeno presenta a Alejandro sin tomar al principio una posición decidida entre las dos opciones. En 320 o 321 Alejandro convocó un sínodo de unos 100 obispos egipcios y libios en Alejandría, que excomulgó a Arrio y a sus seguidores. Arrio encontró poderosos amigos en Eusebio de Nicomedia, Eusebio de Cesarea, Paulino de Tiro, Gregorio de Berito, Aecio de Lidia y otros obispos que o bien compartían su idea o al menos la consideraban inocente. Halló refugio en Nicomedia con Eusebio, donde había estado la residencia imperial desde Diocleciano, difundiendo sus ideas en una obra semi-poética, Thalia ("Banquete"), de la que Atanasio ha preservado fragmentos. Alejandro se defendió y avisó contra los arrianos en una carta que envió a muchos obispos (Epifanio, lxix. 4, 70; Sócrates inserta la carta, i. 6). Arrio apeló a Eusebio de Cesarea y a otros para conseguir su restauración como presbítero, yendo un sínodo en Tierra Santa tan lejos como para autorizarle a trabajar en Alejandría, sujeto a la autoridad del obispo Alejandro. En poco tiempo toda la Iglesia oriental era un campo de batalla metafísico. La atención del emperador Constantino se centró en la controversia y en una carta a Alejandro y Arrio la denominó una mera logomaquia, una cuestión de palabras sobre cosas incomprensibles; también envió a Osio de Córdoba a Egipto, para mediar entre las partes contendientes (Sócrates, i. 7, proporciona la carta, como también Eusebio, Vita Const., ii). Sin embargo, por consideraciones políticas, a sugerencia de ciertos obispos, convocó el primer concilio ecuménico de la Iglesia, para resolver la controversia arriana junto con la cuestión del tiempo de la celebración de la Pascua y el cisma meleciano en Egipto.

El credo niceno.
El concilio se reunió en Nicea en Bitinia. Asistieron 318 obispos (aproximadamente una sexta parte de todos los obispos del imperio), resultando en la condenación formal de Arrio y la adopción del "credo niceno", que afirma en términos inequívocos la doctrina de la deidad eterna de Cristo con estas palabras: "[Creemos] en un Señor Jesucristo, el unigénito de Dios, engendrado del Padre, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de una sustancia con el Padre, por el cual todas las cosas fueron hechas; quien por nosotros los hombres y por nuestra salvación, descendió y se encarnó y se hizo hombre; sufrió y al tercer día resucitó y ascendió al cielo; desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos." Al credo original niceno se añadió el siguiente anatema: "Y a los que dicen que hubo un tiempo cuando él [el Hijo] no era y que fue hecho de la nada o de otra sustancia o cosa, o que el Hijo de Dios es creado, o mudable, o alterable, los condena la santa Iglesia católica y apostólica." Este anatema se omitió en esa forma del credo niceno que usualmente, aunque incorrectamente, se traza hasta el concilio de Constantinopla de 381 y que tras el concilio de Calcedonia en 451, sustituyó enteramente al credo de Nicea de 325 en su forma primitiva.
Es posible que Alejandro y Osio llegaran a un entendimiento, antes de que el concilio se reuniera, sobre el uso del término homoousíos (Sócrates, i. 7, dice que discutieron la ousia e hypostasis); Harnack afirma lo mismo aunque Loofs lo duda. El credo fue firmado por casi todos los obispos, con Osio a la cabeza, e incluso por Eusebio de Cesarea, quien, antes y después, ocupó una posición intermedia entre Atanasio y Arrio. Este es el primer ejemplo de tal firma de un símbolo doctrinal. Eusebio de Nicomedia y Teognes de Nicea firmaron el credo pero no la fórmula condenatoria añadida, siendo por ello destituidos y desterrados durante un corto tiempo. Dos obispos egipcios, Teonas y Segundo, rechazaron persistentemente firmar y fueron desterrados, con Arrio, a Iliria. Se trata del primer ejemplo de castigo civil por herejía, abriendo una larga y oscura era de persecución hacia todos los que se apartaran de la fe católica u ortodoxa. Los libros de Arrio fueron quemados y sus seguidores etiquetados como enemigos del cristianismo. El credo niceno ha sobrevivido a todas las tormentas posteriores y en la forma mejorada reconocida en Constantinopla en 381, permanece hasta este día como el credo más aceptado de la cristiandad y si se eliminara la posterior inserción latina, el filioque, sería un lazo de unión entre las Iglesias griega, católica y protestante.
Reacción arriana. Atanasio.
No mucho después del concilio de Nicea tuvo lugar una reacción arriana y semi-arriana, teniendo durante un tiempo ascendencia en el imperio. El arrianismo entró ahora en la fase de su poder político. Comenzó un periodo de gran excitación en la Iglesia y el Estado: concilio tras concilio se celebraban; se elaboraba credo contra credo; se pronunciaba anatema contra anatema. "Los caminos" dice el historiador pagano imparcial, Amiano Marcelino, "estaban llenos de obispos viajeros." Las iglesias, teatros, hipódromos, fiestas, mercados, calles, baños y tiendas de Constantinopla y otras ciudades estaban saturados de disputas dogmáticas. En intolerancia y violencia los arrianos incluso excedieron a los ortodoxos. La interferencia de los emperadores y sus tribunales únicamente echó leña al fuego e incrementó el enconamiento de la lucha, al añadir la confiscación y el exilio al castigo espiritual de la excomunión. El indomable dirigente de la facción ortodoxa era Atanasio, un carácter puro y sublime, quien había estado en el concilio de Nicea cuando era un joven archidiácono en compañía de Alejandro, a quien sucedió como obispo (326); pero una y otra vez fue depuesto por el despotismo imperial, pasando 20 años en el exilio. Lo sacrificó todo por su convicción y tuvo el valor de enfrentarse al imperio (de ahí el lema: Athanasius contra mundum). Fue un hombre de una idea y una pasión, la divinidad eterna de Cristo, que él consideraba la piedra angular del sistema cristiano. El dirigente político-eclesiástico de la facción arriana fue Eusebio de Nicomedia, quien probablemente debido a la influencia del emperador Constantino (Sócrates, i. 25 etc.), fue llamado del exilio y bautizó a Constantino en su lecho de muerte. Constantino se inclinaba favorablemente hacia Arrio, aceptando una confesión que éste preparó y llamándolo del exilio, ordenando que fuera solemnemente restaurado a la comunión de la Iglesia católica en Constantinopla e incluso exigiendo su restauración en Alejandría por Atanasio; pero, en la víspera de su planeada restauración, el hereje murió súbitamente (336). Al año siguiente Constantino mismo murió y su hijo Constantino II llamó a Atanasio de su primer exilio. En el oeste la declaración nicena halló aceptación universal pero en el este, donde Constancio, el segundo hijo de Constantino el Grande, gobernó, la oposición a la fórmula nicena fue casi universal y se mantuvo con celo fanático por la corte y por Eusebio de Nicomedia, quien fue trasladado a Constantinopla en 338. Atanasio fue atacado con acusaciones personales con gran vehemencia por los eusebianos, quienes procuraban sustituir la doctrina del homoousios por métodos indirectos. Fue desterrado a la Galia en 335. Eustacio de Antioquía, un ayudante de Atanasio, había sido destituido en un sínodo en Antioquía en 330 (Sócrates, i. 23) por la acusación de defender el sabelianismo. Marcelo de Ancira, otro vigoroso defensor de la fe nicena, fue también destituido en un sínodo en Constantinopla. La muerte de Arrio sucedió un poco después, pero la tarea de castigar a sus oponentes siguió adelante. Atanasio fue destituido por segunda vez (339), hallando refugio en Julio de Roma, quien, con el conjunto de la Iglesia occidental lo estimó como un mártir.
Varios sínodos y facciones.
Es innecesario seguir los diversos destinos de las dos facciones y la historia de los concilios, que se neutralizaban unos a otros, sin avance material de los puntos en disputa. Los más importantes son el sínodo de Antioquía, 341, que estableció un credo ortodoxo pero destituyó a Atanasio; el sínodo ortodoxo de Sárdica, que declaró a Atanasio y Marcelo ortodoxos y el sínodo arriano de Filopópolis, 343; los sínodos de Sirmio, 351, que protestó contra la reinstauración de Atanasio en Alejandría; Arlés, 353; Milán, 355, que condenó a Atanasio en obediencia a Constantino; el segundo sínodo de Sirmio, 357; el tercero, 358; el de Antioquía, 358; el de Ancira, 358; el de Constantinopla, 360; el de Alejandría, 362. Ayudado por Constancio, el arrianismo, bajo la forma modificada representada por el término homoiousios ("similar en esencia", distinto del niceno homoousios y el estrictamente arriano heteroousios), obtuvo el poder en el imperio; incluso la sede papal en Roma durante un tiempo estuvo manchada por la herejía, durante el interregno arriano de Félix II. Pero la muerte de Constancio en 361, la indiferencia de su sucesor, el emperador Juliano, a todas las disputas teológicas (los obispos desterrados quedaron en libertad de volver a sus sedes, aunque él después desterró a Atanasio), la tolerancia de Joviano († 364) y especialmente las disensiones internas de los arrianos, prepararon el camino para un nuevo triunfo de la ortodoxia. Los eusebianos, o semi-arrianos, enseñaban que el Hijo era similar en sustancia (homoiousios) al Padre, mientras que los aecianos (de Aecio, diácono de Antioquía que revivió el arrianismo) y los eunomianos (de Eunomio de Cízico en Misia) enseñaban que era de sustancia diferente (heteroousios) y distinto (anomoios) al Padre en todo como también en sustancia (de ahí los nombres heteroousianos y anomeos). Varios sínodos y credos de compromiso se propusieron sanear esas disensiones, pero sin resultado permanente.
Vindicación de la ortodoxia.
Por otro lado, los defensores del credo niceno, Atanasio, y, tras su muerte en 373, los tres obispos capadocios, Basilio el Grande, Gregorio de Nacianzo y Gregorio de Nisa, vindicaron triunfalmente la doctrina católica contra todos los argumentos de la oposición. Los capadocios hicieron del homoousios el punto de partida de sus discusiones, como se desprende de la correspondencia de Basilio con Apolinar. Dámaso, el obispo romano, fiel a la política general de sus predecesores y de Julio en particular, había condenado al arrianismo en dos sínodos romanos, 369 y 377. Cuando Gregorio de Nacianzo fue llamado a Constantinopla en 379 sólo había una pequeña congregación nicena que no se había hecho arriana, pero sus capaces y elocuentes sermones sobre la deidad de Cristo, que le ganaron el título de "el teólogo", contribuyeron poderosamente a la resurrección de la fe católica. La influencia del monasticismo, especialmente en Egipto y Siria, se alió con la causa de Atanasio y de los capadocios y la porción más conservadora de los semi-arrianos se aproximó gradualmente a la ortodoxia, a pesar de las persecuciones del violento emperador arriano Valente.
Concilio de Constantinopla, 381.
Teodosio, español de nacimiento, fue criado en la fe nicena. Al llegar a Constantinopla removió a los arrianos de las iglesias y los sustituyó por la facción ortodoxa. Durante su reinado (379-395) se completó externamente la victoria que espiritual e intelectualmente la ortodoxia ya había alcanzado. Convocó el segundo concilio ecuménico de Constantinopla, 381, que consistió de sólo 150 obispos, siendo presidido sucesivamente por Melecio, Gregorio de Nacianzo y Nectario de Constantinopla. El concilio condenó la herejía pneumatómaca (que negaba la divinidad del Espíritu Santo), a los sabelianos, eunomianos, apolinaristas, etc., y virtualmente completó el dogma ortodoxo de la Trinidad. El credo niceno ahora en uso común (con la excepción de la cláusula latina filioque, que es de fecha posterior y rechazada por la Iglesia griega) no puede trazarse a este sínodo de Constantinopla, sino que existió en una fecha anterior; se encuentra en el Ancoratus de Epifanio (373) y se derivó por él de una fuente más antigua, esto es, el credo bautismal de la iglesia de Jerusalén. No está en las actas originales del concilio de Constantinopla, sino que fue posteriormente incorporado a ellas y pudo ser aprobado por el concilio. Hort lo deriva principalmente de Cirilo de Jerusalén, hacia 362-364. El emperador dio sanción legal a las decisiones doctrinales y cánones disciplinarios y en julio de 381 promulgó una ley por la que toda propiedad eclesiástica debería darse a aquellos que creyeran en la igual divinidad del Padre, Hijo y Espíritu Santo. Obispos como Ambrosio de Milán apoyaron al emperador e hicieron todo lo que pudieron para lograr la aceptación completa de la doctrina nicena.
El arrianismo posterior.
Tras Teodosio, el arrianismo cesó de existir como fuerza organizada en la teología y en la historia de la Iglesia; pero de tiempo en tiempo reapareció como opinión teológica aislada, especialmente en Inglaterra. Emlyn, Whiston, Whitby, Samuel Clarke, Lardner y muchos que se alineaban entre los socinianos y unitarios, tenían sentimientos arrianos. Pero Milton e Isaac Newton, aunque se aproximaban a la idea arriana de la relación del Hijo con el Padre, diferían ampliamente del arrianismo en espíritu y objetivos.
El arrianismo entre los bárbaros.
La legislación eclesiástica de Teodosio quedó confinada, por supuesto, a los límites del Imperio romano. Más allá, entre los bárbaros del oeste, que habían recibido el cristianismo en la forma de arrianismo durante el reinado del emperador Valente, se mantuvo durante otros dos siglos, aunque más por accidente que por elección y convicción. Los ostrogodos permanecieron arrianos hasta 553; los visigodos hasta el concilio de Toledo en 589; los suevos en España hasta 560; los vándalos, que conquistaron el norte de África en 429 y persiguieron furiosamente a los católicos, hasta 530, cuando fueron expulsados por Belisario; los burgundios hasta su incorporación al imperio franco en 534; los lombardos en Italia hasta mediados del siglo séptimo. Alarico, el primer conquistador de Roma, Genserico, el conquistador del norte de África, y Teodorico el Grande, rey de Italia, fueron arrianos y la primera traducción teutónica de las Escrituras, de la que quedan importantes fragmentos, vino del misionero arriano o semi-arriano Ulfilas.

La enseñanza arriana.
El Padre sólo es Dios; sólo él no es engendrado, siendo eterno, sabio, bueno, inmutable. Está separado por un abismo infinito del hombre. Dios no puede comunicar su esencia. El Hijo de Dios es preexistente, "antes del tiempo y antes del mundo" y "antes de todas las criaturas." Pero es un ser intermedio entre Dios y el mundo, la imagen perfecta del Padre, el ejecutor de sus pensamientos, incluso el creador del mundo. En un sentido secundario metafórico puede ser llamado "Dios." Pero, por otro lado, Cristo mismo es una "criatura", la primera criatura de Dios, por la que el Padre llamó a las otras criaturas a la existencia. Está "hecho" no de la "esencia" del Padre, sino "de la nada" por la "voluntad" del Padre, antes de todo tiempo concebible, pero en el tiempo. No es eterno y "hubo un tiempo cuando él no era." Tampoco es inmutable por creación, sino sujeto a las vicisitudes de un ser creado. Al seguir lo bueno ininterrumpidamente, se convirtió en inmutable. Con la limitación de la existencia de Cristo está necesariamente relacionada una limitación de su poder, sabiduría y conocimiento. Los arrianos afirmaron expresamente que el Hijo no conoce perfectamente al Padre y por tanto no puede revelarlo perfectamente. Es esencialmente diferente al Padre (heteroousios, en oposición a la fórmula ortodoxa, homoousios, "co-igual" y a la semi-arriana homoiousios, "similar en esencia"). Aecio y Eunomio después, más vigorosamente, expresaron esto mismo llamándolo distinto al Padre (anomoios). En cuanto a la humanidad de Cristo, Arrio le atribuyó sólo un cuerpo humano con un alma humana, pero no un alma racional. Se anticipó a Apolinar de Laodicea, quien sustituyó la razón humana por el Logos divino, aunque por distinto motivo, esto es, salvar la unidad de la personalidad divina de Cristo. El posterior desarrollo del arrianismo por Aecio y Eunomio no produjo nuevas características, salvo muchas inconsistencias y contradicciones. La controversia degeneró en una estéril guerra metafísica. Los 18 o más credos que el arrianismo y semi-arrianismo produjeron entre el primer y el segundo concilio (325-381) son hojas sin capullos y ramas sin fruto.
Argumentos de los arrianos.
Los arrianos apoyaban su doctrina en pasajes de la Biblia que parecen situar a Cristo con las criaturas (22 El SEÑOR me poseyó al principio de su camino, antes de sus obras de tiempos pasados. 23 Desde la eternidad fui establecida, desde el principio, desde los orígenes de la tierra. 24 Cuando no había abismos fui engendrada, cuando no había manantiales[…]Proverbios 8:22-25; Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.[…]Hechos 2:36; El es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.[…]Colosenses 1:15), o que atribuyen al Cristo encarnado (no al Logos preexistente) en su estado de humillación falta de conocimiento, debilidad, tristeza y otros cambios afectivos y estados de mente (Y Jesús crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres.[…]Lucas 2:52; Pero de aquel día o de aquella hora nadie sabe, ni siquiera los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre.[…]Marcos 13:32; 8 y aunque era Hijo, aprendió obediencia por lo que padeció; 9 y habiendo sido hecho perfecto, vino a ser fuente de eterna salvación para todos los que le obedecen, […]Hebreos 5:8,9; 27 Ahora mi alma se ha angustiado; y ¿qué diré: "Padre, sálvame de esta hora"? Pero para esto he llegado a esta hora. 28 Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Y le he glorificado, y de nuevo le glorificaré. […]Juan 12:27,28; Y adelantándose un poco, cayó sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, que pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú quieras .[…]Mateo 26:39), o que enseñan alguna clase de subordinación del Hijo respecto al Padre (especialmente Oísteis que yo os dije: "Me voy, y vendré a vosotros." Si me amarais, os regocijaríais porque voy al Padre, ya que el Padre es mayor que yo.[…]Juan 14:28, "el Padre es mayor que yo", que se refiere, no a la esencia natural, sino al estado de humillación). Arrio se vio obligado a admitir, en su primera carta a Eusebio de Nicomedia, que Cristo es llamado Dios (incluso "el pleno, unigénito Dios", según la famosa lectura disputada para "Hijo unigénito" en Nadie ha visto jamás a Dios; el unigénito Dios, que está en el seno del Padre, El le ha dado a conocer.[…]Juan 1:18). Pero redujo su expresión a la idea de una divinidad subordinada, secundaria y creada. Los argumentos dogmáticos y filosóficos eran principalmente negativos y racionalistas, resumiéndose así: la idea nicena de la deidad esencial de Cristo es irrazonable e inconsistente con el monoteísmo, con la dignidad y trascendencia del Padre y necesariamente lleva al sabelianismo o a los delirios gnósticos de la emanación.
Refutación del arrianismo.
Por otro lado, el arrianismo fue refutado por pasajes bíblicos que enseñan directa o indirectamente la divinidad de Cristo y su igualdad esencial con el Padre. La concepción de un creador creado, que existía antes del mundo, y que sin embargo comenzó a existir, quedó demostrado que era contradictoria e insostenible. No puede haber ser intermedio entre el creador y la criatura; ni tiempo antes del mundo, ya que el tiempo mismo es una parte del mundo, o la forma bajo la cual existe sucesivamente; ni puede la inmutabilidad del Padre, sobre la cual Arrio puso gran énfasis, ser mantenida, salvo sobre la base de la eternidad de su paternidad, que, por supuesto, implica la eternidad del Hijo. Atanasio acusó al arrianismo de diteísmo e incluso de politeísmo y de destruir toda la doctrina de la salvación. Pues si el Hijo es una criatura, el hombre todavía permanece separado, igual que antes, de Dios, pues ninguna criatura puede redimir a otras criaturas ni unirlas a Dios. Si Cristo no es Dios, mucho menos puede hacernos partícipes de la naturaleza divina y en ningún sentido verdadero hacernos hijos de Dios.
En el siguiente texto Alejandro de Alejandría proporciona un resumen procedente de las enseñanazas arrianas:
'Dios no fue siempre Padre, sino que hubo un tiempo en que Dios no era Padre. El Verbo de Dios no existió siempre; fue hecho de la nada: el que es Dios formó al que no existía de la nada; hubo, pues, un tiempo en que El no' era. El Hijo es una criatura, un producto; no es semejante al Padre en cuanto a substancia; ni es el Verbo verdadero y natural del Padre; ni es su verdadera Sabiduría. Es uno de los tantos seres creados y hechos. Se le llama Verbo y Sabiduría por abuso de lenguaje, puesto que El mismo ha sido creado por el verdadero Verbo de Dios y por la sabiduría que está en Dios, con la cual le creó Dios como creó los restantes seres. Por lo tanto, por propia naturaleza, puede variar y cambiar, igual que los demás seres racionales. El Verbo es también extraño, ajeno y distinto de la substancia del Padre. El Padre es inefable para el Hijo; pues el Verbo no puede conocer perfecta y adecuadamente al Padre, ni le puede ver perfectamente. El Hijo ni siquiera conoce su propia substancia tal como es. Fue creado por causa nuestra para 'que Dios nos creara por El como por un instrumento; y no hubiera existido de no haber querido Dios crearnos a nosotros. Alguien les preguntó si el Hijo de Dios podría cambiar, como cambió el demonio; no tuvieron reparo en afirmar que sí puede; siendo un ser creado y hecho, está, por naturaleza, sujeto a cambios.
Como los que rodean a Arrio dicen estas cosas y las sostienen desvergonzadamente, reunidos los obispos de Egipto y Libia en número de cien aproximadamente, los hemos anatematizado junto con sus seguidores.'
| NOMBRE | CREENCIAS | DIRIGENTES DESTACADOS |
|---|---|---|
| Anomeos | El Hijo es de naturaleza diferente (anomoios) al Padre | Arrio, Eunomio, Aecio |
| Homoiusianos | El Hijo es de naturaleza semejante (homoiousios) al Padre | Eusebio de Cesarea, Eusebio de Nicomedia, Eusebio de Emesa, Basilio de Ancira |
| Homoianos | El Hijo es semejante (homoios) según las Escrituras al Padre | Acacio de Cesarea |