Historia
BASILEA, CONCILIO DE
- Actitud hacia el papa
- Relación con los husitas
- Reforma eclesiástica
- Propuesta de unión con la Iglesia ortodoxa
- Declive y fin del concilio

detalle de un relieve de bronce por Filarete;
sobre las puertas de la basílica de San Pedro, Roma
Por el decreto Frequens del concilio de Constanza, se impulsó una repetición periódica de los concilios ecuménicos. El primero consecuentemente celebrado en Pavía y Siena, 1423-24, pasó sin lograr nada. Tras la ejecución de Jan Hus, sus victoriosos e indomables seguidores pusieron en grandes apuros a la Iglesia católica y al imperio alemán, sintiéndose obligado el papa Martín V a convocar un nuevo concilio ecuménico que se celebraría en una ciudad alemana, escogiéndose Basilea. El papa murió poco después, pero su sucesor, Eugenio IV, un veneciano, confirmó la convocatoria. Sus legados inauguraron el concilio en Basilea el 27 de agosto de 1431. Pero cuando se supo que el papa pensaba disolverlo, ya que no esperaba nada bueno del mismo, la desconfianza se apoderó de los miembros del concilio. El 15 de febrero de 1432 el concilio se declaró a sí mismo continuación del de Constanza y por tanto ecuménico, representando a la Iglesia católica y derivando su autoridad inmediata de Dios; por lo tanto podía sólo ser disuelto por sí mismo, de su propia voluntad libre. Al fijar el orden de los asuntos se desechó el que procedía del concilio de Constanza, en el que los miembros fueron agrupados según la nacionalidad, formándose cuatro comités: (1) Sobre materias de fe, (2) sobre asuntos políticos, (3) sobre reformas eclesiásticas y (4) sobre cuestiones generales. Esos comités se reunirían separadamente, teniendo cada uno su propio presidente. Se necesitaba el acuerdo de tres de ellos para llevar cualquier cuestión ante una sesión general. El concilio al principio estuvo presidido por el cardenal Cesarini o algún otro cardenal designado por el papa. Pero faltaba mucho para que la obra del concilio fuera efectiva; el papa desconfiaba de los padres de Basilea y éstos desconfiaban del papa; ambos estaban gobernados por el odio partidista y la pasión; el objetivo más elevado del concilio era la sumisión del papa. El 29 de abril de 1432 el papa y sus cardenales fueron invitados a ir a Basilea. Pero como no acudió se instituyó un proceso (6 de septiembre) contra él por contumacia. El concilio estaba en ese momento en la cumbre de su poder, ya que era reconocido por la mayoría de los Estados, teniendo Eugenio que someterse y reconocer expresamente al concilio el 1 de agosto de 1433.
Relación con los husitas.
Mientras tanto la autoridad del concilio había aumentado por sus negociaciones con los husitas. El 4 de enero de 1433 el husita Procopius, el terror de la cristiandad, y Jan Rokyczana, el entendido y fanático orador, junto con una numerosa y brillante asistencia, entraron en Basilea, no como herejes penitentes, sino con orgullo y aires de fuerza, como invitados del concilio. Las negociaciones con ellos resultaron en un acuerdo en 1434, incorporándose sus principales demandas en los denominados Compactata de Praga, entre otras el uso de la copa en la celebración de la Cena del Señor.
Reforma eclesiástica.
Al comienzo de 1435, el concilio consideró y emitió un número de decisiones que concernían a la reforma de la Iglesia en su cabeza y miembros y en la introducción de una mejor disciplina, pero esas medidas iban dictadas por el odio a la curia, más que por el entusiasmo por la reforma. Las anatas, el dinero del palio, la tasa sobre la confirmación papal de la promoción eclesiástica, la autoridad judicial del papa y las más ricas fuentes de ganancias de la curia fueron abolidas y declaradas simonía. Se presentaron las perspectivas de una compensación, pero no se fijaron. En lo que concierne a los oficios espirituales, la elección capitular canónica fue restaurada en su pleno derecho, las reservas papales, con unas pocas excepciones, quedaron abolidas y se hicieron provisiones estrictas sobre la dignidad moral de aquellos que fueran elegidos. Las problemáticas apelaciones a Roma quedaron limitadas, así como la elección y número de cardenales y sus prebendas. Pero la restricción de las fuentes de poder de la curia cuando necesitaba ganancias, suscitó la oposición de todos los oficiales que vivían de ellas. Se levantó en el concilio una pequeña pero fuerte facción, deseando evitar una ruptura con la curia, encabezada por el cardenal Cesarini.
Propuesta de unión con la Iglesia ortodoxa.
Pero otro asunto produjo una completa ruptura. El emperador griego Juan Paleólogo se había dirigido al papa y al concilio con la idea de obtener ayuda contra la amenaza turca, por medio de la unión de las Iglesias griega y católica. El papa no estaba dispuesto a que la gloria de tal unión con los griegos perteneciera a los miembros del concilio; él y la minoría en Basilea deseaban las negociaciones con los griegos en una ciudad de Italia, mientras que la mayoría antipapal en Basilea deseaba que las negociaciones fueran llevadas a cabo allí. La facción de los legados dejó el concilio en 1437 y externamente también se alineó con el papa. De los cardenales sólo se quedó Louis d'Allemand y las sedes vacantes de los obispos fueron ocupadas por clérigos de orden inferior. A estas alturas toda consideración hacia el papa se había perdido; el concilio abrió un proceso contra él y los cardenales, siendo depuesto el 24 de enero de 1438. El papa declaró que el concilio era una compañía de Satanás, excomulgó a sus miembros y convocó un concilio en Ferrara, que pronto trasladaría a Florencia, donde se encontró con el emperador griego y sus asistentes seculares y espirituales. Allí se produjo la denominada unión de Florencia, que en sí misma fue ilusoria e irreal, pero fortaleció grandemente la fama del papa a los ojos de sus contemporáneos, mientras que el concilio de Basilea le destituyó el 25 de junio como hereje.
Declive y fin del concilio.
Los gobernantes se aprovecharon de las diferencias de ambas facciones. En Francia, el sínodo de Bourges (1438) incorporó los decretos del concilio de Basilea a las leyes del reino, la llamada Pragmática Sanción de Bourges. Alemania declaró en 1439 que permanecería neutral y observó la neutralidad por algún tiempo, para gran detrimento de la curia. Sin embargo, finalmente casi todos los gobiernos europeos se pusieron del lado de Eugenio. El concilio de Basilea persistió en su oposición bajo la dirección de Allemand. El 5 de noviembre de 1439 eligió un antipapa en la persona del duque Amadeo de Saboya, quien tomó el nombre de Félix V y fue coronado en Basilea con gran pompa. No satisfizo las expectativas de los miembros en Basilea y no fue reconocido por los príncipes y naciones. El rey alemán, Federico III, fue especialmente adverso a él y el secretario del rey, Æneas Sylvius Piccolomini, secretamente influenció la política alemana eclesiástica en favor de Eugenio, quien vivió para saber, aunque moribundo, que el rey alemán y la mayoría de los príncipes alemanes se habían declarado en su favor el 7 de febrero de 1447. Se habían obtenido grandes concesiones del papa, que posteriormente serían modificadas o no tenidas en cuenta. El repique de campanas y fuegos artificiales anunciaron la victoria de Roma. El rey alemán retiró su apoyo al concilio, decretando el 25 de junio de 1448 que se reuniera en Lausana, donde el papa Félix V tenía su residencia. Diez meses más tarde el rey de Francia indujo al papa a dimitir y el concilio, cansado de un conflicto inacabable, nombró a Nicolás V su sucesor, a quien los cardenales en Roma habían designado tras la muerte de Eugenio. De esta manera intentó preservar al menos una imagen de autoridad, decretando en su última sesión el 25 de abril de 1449 su propia disolución. A pesar del fracaso del concilio, persistió la creencia de que la Iglesia necesitaba una reforma.
El siguiente pasaje muestra el decreto de Eugenio IV para trasladar el concilio de Basilea a Ferrara:
'[...] habida madura deliberación sobre todas y cada una de estas cosas con los citados venerables hermanos nuestros, con común consejo de todos ellos y asentimiento de muchos venerables hermanos nuestros arzobispos y los queridos hijos electos, abades, y con la aprobación de otros muchos prelados residentes en nuestra curia que han sido consultados, con deseo de impedir tantos males e inminentes peligros de escándalos y turbaciones a la Iglesia de Dios [...] por el tenor de la presente, con la autoridad apostólica, con pleno conocimiento, en virtud de la plenitud de potestad, designamos y señalamos la ciudad de Ferrara [...] como lugar al que trasferimos dicho concilio. Juzgamos dicho lugar grato a los griegos, útil para los asuntos que han de ser resueltos, idóneo y cómodo para todos los reyes y prelados, seguro y libre para todos los príncipes, que además está incluido en el decreto de los griegos y en relación con el cual están dispuestas y preparadas todas las cosas prometidas a los griegos. Trasferimos a este lugar el citado concilio de Basilea para todos los asuntos iniciados o que se han de iniciar y para aquellas causas para las que fue convocado el concilio de Basilea [...] y declaramos que allí ha sido y es trasladado. En cuanto a la causa de los bohemios, en el artículo referente a la comunión bajo ambas especies, queremos que sólo lo referente a este artículo siga siendo tratado en Basilea dentro del plazo de 30 días desde esta fecha, excepto si los bohemios prefieren venir a Ferrara, al concilio allí trasladado, en cuyo caso les recibiremos benignamente y les trataremos con toda humanidad y caridad posible y haremos que así sean tratados por los demás [...]
He mandado y ordenado a nuestros venerables hermanos y queridos hijos cardenales de la santa Iglesia romana, a los patriarcas, arzobispos, obispos, electos, abades y otros que, por derecho o costumbre, están obligados a asistir a los concilios generales, que se desplacen al lugar a que ha sido trasladado el concilio para tratar y concluir, para alabanza y gloria de Dios, los asuntos para cuya justa solución fue convocado el concilio de Basilea [...] además, con la citada autoridad y con el consejo y asentimiento de los citados, establecemos que quienes actúen contra lo dispuesto incurran ipso facto en las penas de excomunión y privación de dignidades, bienes y oficios, y de inhabilitación [...] prohibimos que desde ahora se celebre concilio o reunión en Basilea ni en otra ciudad que no sea Ferrara, tal como se ha dicho, [...] que ninguno de los citados ose acudir a otro lugar que no sea Ferrara por razón o en nombre de concilio [...]'
Dado en Bolonia, año de la Encarnación del Señor MCCCCXXXVII, decimocuarto día de las kalendas de octubre, año séptimo [18 de septiembre de 1437].
(Bula Doctoris gentium de Eugenio IV. Archivo General de Simancas. Estado, Francia, leg. K-1711, fols. 156r-161v. Transcripción y traducción de Vicente Ángel Álvarez Palenzuela).