Historia
BÁVAROS, CONVERSIÓN DE LOS
El origen del pueblo posteriormente conocido como bávaro es incierto. La hipótesis antigua de que proceden de un tronco celta ha sido abandonada. Durante un tiempo se pensó que eran un conglomerado de los restos de varias tribus pertenecientes a la familia goda. Pero ahora se acepta la idea expuesta por Zeuss (Die Herkunft der Bayern, Munich, 1857) de que han de ser identificados con los marcomanni, lo que tiene sólido apoyo en los hechos.
Primer contacto con el cristianismo.
A los marcomanni los menciona primero César (Bel. Gal., i, 51). En su tiempo vivieron en el alto Main. Tácito dice que habitaban en lo que ahora es Bohemia (Germ., xlii; comp. Annal., ii, 26 y sig.), donde estuvieron durante siglos y de donde procede el nombre Baiowarii o Baioarii. Durante este período el cristianismo se abrió paso entre ellos. Paulino, en su vida de Ambrosio (xxxvi), habla de una reina de los marcomanni llamada Fritigil quien fue convertida por un cristiano italiano errante, pidiéndole a Ambrosio enseñanza escrita de la fe, que él le dio en forma de catecismo. El relato continúa diciendo que ella fue a Milán, pero cuando llegó el obispo había muerto. Como murió el 4 de abril de 397, la reina debió haber cruzado los Alpes en el verano de ese año. Si la reina era cristiana es muy improbable que su fe pasara desapercibida para su pueblo. Por otra parte no es improbable que el arrianismo también alcanzara a los marcomanni por la influencia goda. Sea como sea, el grueso del pueblo era pagano cuando ellos se asentaron en el año 488, en la franja de territorio que los romanos les otorgaron entre los ríos Lech y Enns.
Trabajos de los misioneros.
El nombre de bávaros aparece primero en la lista franca de tribus perteneciente al primer cuarto del siglo sexto. El territorio que ocupaban no era un desierto desolado. En los valles alrededor de los lagos había una población agrícola que hablaba latín y sin duda también era de fe cristiana. No todas las ciudades fueron destruidas; Juvavum y Lauriacum estaban en ruinas, pero ni Castra Batava ni Castra Regina estaban sin habitantes y aquí también el cristianismo indudablemente tenía su población románica. Los cristianos y los paganos vivían por tanto como vecinos, lo cual era un punto de partida para los esfuerzos misioneros. La organización eclesiástica había quedado, es verdad, rota; sólo en el sur de Baviera mantenía su existencia un obispado fundado en tiempos romanos en Seben y la diócesis de Augsburgo atravesaba una parte del territorio bávaro. Bajo esas circunstancias fue de decisiva importancia que los bávaros ocuparan su nuevo hogar, quedando en una posición de dependencia del reino franco. La primera familia ducal, la de los Agilulfingos, era de origen franco y profesaban el cristianismo, procediendo los primeros foráneos que trabajaron por la difusión de la fe en Baviera del reino franco. Eustasio de Luxeuil, sucesor de Columbano, trabajó allí y dejó misioneros preparados por él cuando regresó a Burgundia. Más tarde, Ruperto, obispo de Worms, halló un amplio campo allí para su actividad; Emmeram y Corbiniano eran francos. Codo a codo con ellos parece que hubo en un período temprano algunos monjes escoceses-irlandeses, pero no hay registro de sus trabajos. El resultado de la operación combinada de esos factores, imperfectamente conocidos, fue la aceptación del cristianismo por el pueblo bávaro en conjunto, proceso terminado en el curso del siglo séptimo. Es un hecho notorio que no fue acompañado por la organización de un episcopado local; hasta donde sabemos la dirección de los asuntos eclesiásticos quedó en manos de los duques; es Teodo quien invita a Ruperto y quien trata con el papa respecto a las instituciones eclesiásticas. De este hecho se desprende que la profesión cristiana de los duques tuvo una parte decisiva en la conversión del pueblo en su conjunto. La existencia de la Iglesia sin obispos diocesanos fue posible porque monjes y misioneros errantes, que tenían frecuentemente órdenes episcopales, podían realizar las funciones estrictamente episcopales.
Organización de los obispados.
El anterior duque mencionado, Teodo, actuando en concordia con el papa, se propuso introducir una organización más regular. A este fin visitó Roma en el año 716 y llegó a un acuerdo con el papa Gregorio II en cuanto a las medidas a ser tomadas. Al menos cuatro diócesis serían fundadas, correspondiendo a las divisiones de la jurisdicción secular. El obispo del lugar más importante sería establecido como metropolitano a la cabeza de la Iglesia bávara, reservándose el papa el derecho a consagrarlo y si fuera necesario a nombrar un italiano. El orden se introduciría en los asuntos eclesiásticos por una visitación general; el uso romano sería el modelo en asuntos litúrgicos. Pero sus planes nunca se llevaron a cabo, supuestamente por la muerte de Teodo. La organización de los obispados bávaros, que supondría la terminación del período misionero, fue solamente realizada por Bonifacio, quien hizo una corta visita al país en el año 719 y regresó en el 735 o 736 para hacer una visitación formal, en virtud de lo que era prácticamente una jurisdicción metropolitana sobre toda Alemania, con el propósito de tener información plena sobre las condiciones prevalecientes. Su organización definitiva fue introducida por un breve (738 o 739) de Gregorio III para los obispos de Baviera y Alemania, invitándolos a recibir a Bonifacio con honores adecuados al ser su representante y para asistir a un sínodo convocado por él. En 739 acometió la creación de límites e instituciones diocesanas, proporcionando tres de los cuatro obispados de Baviera con obispos consagrados por él mismo: Erembrecht, hermano de Corbiniano, en Freising, Gavibald en Regensburgo y Juan, un recién llegado de Inglaterra, en Salzburgo, mientras que Vivilo, que había sido consagrado por el papa, se quedó en Passau. Gregorio III confirmó esos arreglos el 29 de octubre, quedando pronto organizadas las divisiones subordinadas de archidiaconados y parroquias. Las decisiones del sínodo de Reisbach (799) muestran el sistema parroquial en pleno funcionamiento.