Historia
BEGARDOS Y BEGUINAS
- Primeras comunidades
- Extensión durante el siglo XII
- Relación con las órdenes mendicantes
- Las comunidades masculinas
- Perseguidos como herejes
- Beguinatos supervivientes en los Países Bajos

Primeras comunidades.
La escasez de información sobre el primer período ha hecho que la importancia del movimiento sea infravalorada o malentendida. De hecho, la carrera de Lambert tiene muchos puntos de afinidad con las de sus contemporáneos más jóvenes Pedro Valdo y Francisco de Asís. Como ellos, renunció a su propiedad para dotar con ella al hospital de San Cristóbal en Lieja y al nuevo convento de beguinas en esa ciudad. Consideró que su misión especial era la predicación del arrepentimiento, lo que le puso en conflicto con las autoridades eclesiásticas al atacar los vicios del clero, aunque ejerció una influencia duradera especialmente sobre las mujeres de Lieja. En 1210 hay un testimonio contemporáneo de la existencia de "tropas de damas santas"; también el espíritu ascético se apoderó de mujeres casadas, quienes frecuentemente hacían votos de continencia. La efervescencia religiosa no dejó de producir fenómenos patológicos; se narran historias de visiones, profecías, convulsiones, llantos, pérdida del habla y semejantes. Probablemente entre 1170 y 1180 algunas de las seguidoras de Lambert, a quien sus oponentes dieron el nombre de beguinas en tono de burla, habían formado una especie de asociación conventual en una propiedad perteneciente a él. Por analogía de las beguinas posteriores, probablemente habitaron varias pequeñas casas agrupadas alrededor de la iglesia y el hospital de San Cristóbal y separadas por un muro del mundo exterior. Las primeras internas fueron principalmente mujeres de posición, quienes renunciaron a su propiedad y se sostenían por sus propios trabajos.
Extensión durante el siglo XII.
El impulso religioso dado por Lambert continuó tras su muerte (probablemente 1187) y familiarizó al pueblo de los Países Bajos con la idea del asceta que sigue a Cristo, antes de la llegada de las órdenes mendicantes. Por todo el país se sintió la necesidad de fundar instituciones similares para el gran número de beguinas, primero en Flandes y luego en las inmediaciones de los distritos franceses y alemanes. En Francia, Luis IX les mostró especial favor, construyendo un gran convento en París, modelado según el de Flandes; en 1264 surgieron otros, grandes o pequeños, en todas partes de Francia durante los siglos XIII y XIV. La extensión del sistema en los otros países latinos fue probablemente considerable, pero faltan datos exactos. En Alemania sólo unas pocas ciudades del bajo Rin, tales como Aix-la-Chapelle y Wesel, tuvieron beguinatos en el sentido estricto. Aquí la regla usual fue que las mujeres que deseaban renunciar al mundo vivieran al principio separadamente en sus propias casas o en lugares solitarios; al pasar el tiempo, lo hacían juntas en casas grandes o pequeñas puestas a su disposición por donativos piadosos, formando comunidades de tipo monástico. El crecimiento de sus conventos fue destacado y continuó desde el primer tercio del siglo XIII al comienzo del XV, tiempo en el cual la mayoría de las ciudades alemanas tenían sus conventos de beguinas. Los estatutos variaban mucho entre las diferentes casas; el número de internas era entre diez y veinte de media. No había una ropa uniforme, sino que la mayoría de los miembros llevaban capuchas y escapularios, recordando un hábito religioso. Algunas veces las que tenían propiedades seguían teniendo pleno control sobre ellas; en otros casos una porción quedaba para el convento cuando ellas morían o salían. El celibato se exigía mientras estuvieran allí, pero eran siempre libres de salir y casarse.
Relación con las órdenes mendicantes.
El nombre de "pobre voluntario", que muchos conventos llevaban, y las regulaciones de tales casas, mostraban la continuidad de la influencia de Lambert en favor del abandono del mundo y el ascetismo penitencial; pero las ideas franciscanas, muy similares en su tendencia, que se esparcieron ampliamente no mucho después, hallaron un campo fructífero. Ya en el siglo XIII una gran proporción de los begardos o beguinas de Francia, Alemania y norte de Italia estaban bajo la dirección de los franciscanos, dominicos y tan estrechamente relacionados con las fraternidades penitenciales asociadas a ambas órdenes, que los miembros de ellas (terciarias) fueron comúnmente conocidas en los países latinos como beguini y beguinæ, lo que ha causado mucha confusión en el estudio de la historia de las auténticas beguinas. Su desaprobación por las autoridades papales produjo una mayor identificación con las terciarias; muchas se unían a ellas por protección y en el siglo XV numerosos beguinatos quedaron transferidos a la orden agustina. Mientras que las beguinas originales se abstenían de mendigar, tal costumbre se hizo más común entre ellas en Francia y Alemania a comienzos del siglo XIII. Al igual que en los países latinos, las beguinas se encontraban entre las defensoras extremas del ideal franciscano de pobreza, por lo que hallamos frecuentemente entre las de Alemania la creencia de que su pobreza estricta las calificaba como verdaderas seguidoras de Cristo. De acuerdo a esta idea, se consideraban aptas para evitar la enseñanza del clero y escuchar más bien las exhortaciones de sus maestras o de predicadores ambulantes, en simpatía con sus creencias. Desarrollaron un sistema de extrema austeridad corporal y se perdieron en especulaciones místicas, incrementándose su tendencia a ver visiones y condenar los medios ordinarios de gracia; incluso parecía que no estimaban, en ocasiones, la ley moral. El impulso de entusiasmo apocalíptico, dado por Joaquín de Fiore, y esparcido por los franciscanos "espirituales" entre los laicos, así como el misticismo quietista de los Hermanos del Libre Espíritu, se abrió paso en sus casas antes de acabar el siglo XIII. A principios del siglo siguiente, el influjo de mujeres de alta posición social declinó más y más y las nuevas fundaciones tomaron el carácter moderno de instituciones de benevolencia. Para finales del siglo XV, en Alemania al menos, habían casi perdido completamente su primer fervor religioso y también mucho del respeto popular que anteriormente habían disfrutado.
Las comunidades masculinas.
En cuanto a los begardos o comunidades masculinas, la cuestión de si las primeras asociaciones conocidas por este nombre pueden ser directamente relacionadas con Lambert le Bègue o surgieron tras su muerte en imitación de las beguinas flamencas, no puede ser resuelta con nuestro conocimiento actual. Al principio se reunían en Lovaina (c. 1220) y Amberes (1228). Se les puso los nombres beguin y begard, de origen valón (flamenco usualmente bogardo, en alto alemán medio begehart y biegger), en manera insultante; otros nombres son lolardos (probablemente del holandés medio löllen, murmurar), (pobres voluntarios), boni pueri, boni valeti, etc. En el curso de los siglos XIII y XIV se esparcieron por toda Alemania, entrando en Polonia y los distritos alpinos, e incluso en los países latinos; pero sus números fueron mucho más pequeños que los de las beguinas. En el siglo XIII varias de sus casas se relacionaron también con los terciarios de las dos grandes órdenes mendicantes. Como las beguinas, muchos de ellos eran partidarios de las ideas de los "espirituales" franciscanos y fraticelli. Practicaron la mendicidad con ostentación, frecuentemente no teniendo morada fija y deambulando en pequeños grupos, mendigando y ganando adherentes para su causa. No abandonaron este modo de vida ni siquiera tras las prohibiciones papales dirigidas contra ellos, fortaleciéndose por la adhesión de simpatizantes que eran expulsados de los conventos y permaneciendo en estrecha relación con las beguinas, por quienes eran estimados como mártires del ideal franciscano de pobreza y canales de revelaciones místicas. En los Países Bajos en el siglo XV los begardos aparecen en su mayor parte como franciscanos terciarios regulares, organizados desde 1443 como una Congregatio Zepperensis beghardorum tertiæ regulæ S. Francisci separada, siendo el convento de Zepperen, cerca de Hasselt, su casa madre. Disensiones internas posteriores los dividieron en dos ramas. En el siglo XVII se unieron con la congregación lombarda de terciarios regulares y no sobrevivieron a la Revolución. La organización interna de sus casas se correspondía generalmente con la de las beguinas. Los primeros begardos holandeses fueron principalmente tejedores, que continuaron con su comercio; más tarde copiaron frecuentemente y vendieron manuscritos. Los begardos alemanes seguían una variedad de ocupaciones, pero a finales de la Edad Media mendigar era su principal fuente de ingresos. Un grupo especial fue el de los "voluntarios pobres" (también llamados hermanos pobres, cellites, alexianos; en los Países Bajos lolardos, matemans, cellebroeders), que requerían el abandono total de la propiedad para los miembros y se comprometían mediante votos permanentes. Su estricta organización, su entusiasmo por la pobreza y su celosa devoción en deberes caritativos, señalan a una tradición que retrocede al comienzo del sistema begardo. Además son contrastados con los begardos ordinarios porque se mantenían distantes en su mayor parte de la filiación franciscana, que había sido tan común. En el siglo XV se asociaron con los agustinos. La opinión pública, a finales de la Edad Media, era más desfavorable a los begardos que a las beguinas; tanto los satíricos como los predicadores populares hablan de ellos como begardos hipócritas, con tendencia al engaño y la inmoralidad, barriendo la Reforma los últimos restos de ellos en Alemania al menos.
Perseguidos como herejes.
La persecución de begardos y beguinas como sectas heréticas comenzó en la segunda mitad del siglo XIII, probablemente a consecuencia de su relación con los franciscanos "espirituales". Hacia 1300 el nombre beguinus se usó comúnmente en los países latinos como designación aceptada para la facción herética "espiritual" y los fraticelli, lo que naturalmente prejuició la opinión general de los conventos ortodoxos de begardos y beguinas. Todavía más dañino fue que los obispos alemanes, hacia el mismo tiempo, asumieron que la herejía panteísta de los Hermanos del Libre Espíritu tenía su principal apoyo en sus casas. Aunque de hecho era probablemente verdad sólo de una pequeña facción, el nombre de begardos quedó en Alemania asociado comúnmente a los adherentes de esa herejía. Durante el siglo XV se difundió la creencia de que en algunos conventos de begardos y beguinas había un círculo interior de "perfectos", que estaban alejados de las doctrinas de la Iglesia y de las leyes de la moralidad, al que los miembros más jóvenes eran admitidos sólo tras años de prueba. Fueran verdad o no esas acusaciones, lo que ahora es casi imposible determinar, la enconada hostilidad mostrada contra begardos y beguinas probablemente tenga su explicación más simple en los conflictos que surgieron a finales del siglo XIII entre el episcopado y el clero secular, por un lado, y las órdenes mendicantes, especialmente los franciscanos, por otro, ya que éstos obtuvieron sus seguidores laicos principalmente de las numerosas casas de begardos y beguinas. Varios concilios provinciales alemanes (Colonia 1306, Maguncia 1310, Tréveris 1310) aprobaron fuertes medidas contra ellos y el concilio de Vienne (1311) les atacó incluso más duramente, proponiéndose suprimirlos enteramente bajo la acusación de difundir doctrinas heréticas bajo un manto de piedad. La ejecución de los decretos de supresión, que tuvo lugar bajo Juan XXII, causó gran confusión en la Iglesia de Alemania, intentando defender a las beguinas los mendicantes y algunos magistrados. Ya que su supresión parecía impracticable, Juan XXII optó por hacer una distinción y otorgar tolerancia a las beguinas ortodoxas. Sin embargo, la persecución continuó y con el poderoso apoyo del emperador Carlos IV fue acometida una vez más por Urbano V y Gregorio XI. Sin discriminar los diversos sentidos de los nombres, todos los begardos y beguinas juntamente fueron condenados como herejes, excomulgados y puestos fuera de la ley. Sus propiedades servirían para propósitos piadosos, para el apoyo de los inquisidores o para reparar murallas de ciudades y caminos. Entre 1366 y 1378 arreció contra ellos una dura persecución por toda Alemania; pero incluso entonces encontraron defensores, especialmente entre los magistrados seculares, viéndose obligado Gregorio XI finalmente a repetir la distinción entre beguinas y begardos ortodoxos y heréticos y a tolerar a los primeros. Hacia 1400 se produjo otra convulsión, creada por los ataques del clero de Basilea, especialmente por parte del dominico Johannes Mülberg contra las beguinas de esa ciudad. En 1410 las beguinas en las diócesis de Constanza, Basilea y Estrasburgo fueron expulsadas de sus conventos. En el tiempo del concilio de Constanza (1414-18), que se mostró bien dispuesto hacia ellos, obtuvieron una victoria de cierta importancia cuando lograron la condenación como herético de un tratado dirigido contra ellos y contra los Hermanos de la Vida Común del dominico Matthæus Grabo. Los ataques continuaron, lo cual se aprecia porque el nombre "begardos" continuó durante el siglo XV aplicándose a las más variadas herejías, hasta adherirse permanentemente a los Hermanos Bohemios o Picardos.

En lo que ahora es Bélgica y Holanda, como ya se ha visto, el ejemplo de los primeros seguidores de Lambert fue ampliamente seguido; aquí principalmente florecieron las beguinas que han mantenido su existencia hasta el día de hoy. La larga serie de relatos de visiones místicas, de fenómenos histérico-estáticos y extremas austeridades muestran que el fuerte impulso religioso del principio permaneció vigente hasta después de la Reforma. El misticismo ético no estaba sin seguidores: En 1310 Margareta Porete, una vecina de Hainault y autora de un libro de aparente libertinaje panteísta, fue ejecutada en París y la mística Hadewich Blommaerdine de Bruselas († 1336) halló adherentes entre las beguinas de Brabante y Zelanda. Sin embargo, los obispos y príncipes protegieron a las comunidades en tiempos de persecución. En el siglo XIV la vida contemplativa se abandonó en gran proporción en favor del trabajo diligente por los enfermos y pobres y posteriormente por la educación de las niñas. La Revolución Francesa privó a esas instituciones de su carácter religioso, que volvieron a obtener en 1814.