Historia
BENEDICTINOS
- Primera etapa en la historia de la orden benedictina
- La historia de la orden desde el siglo noveno
- Siglo XIX

Primera etapa en la historia de la orden benedictina.
a un grupo de monjes;
de un manuscrito del siglo XII
La historia de la primera extensión de la sociedad de Benito está escasamente relatada. Según las tradiciones de Montecassino, el tercer abad, Simplicio, alcanzó gran éxito en esa tarea. Bajo el quinto, Bonito, la casa madre fue destruida en 589 por los lombardos, huyendo los monjes a Roma (refugio universal en esos días), llevando con ellos la copia de la regla escrita por la propia mano de Benito. Probablemente ya había allí un monasterio que seguía esta regla, el de San Andrés, fundado por el futuro papa Gregorio Magno en el año 575. Probablemente la asociación de Gregorio con la orden creció por la llegada de los fugitivos, quienes se asentaron en un lugar que les otorgó en Letrán el papa Pelagio. La misión de Agustín a los anglosajones desde el monasterio de San Andrés en el año 598 abrió un nuevo campo a la orden. Las reglas latinas de los obispos Isidoro de Sevilla († 636) y Fructuoso de Braga muestran huellas distintivas de familiaridad con la de Benito. Pero más importante fue su introducción en el reino franco en la primera mitad del siglo séptimo, ya que el intento se hizo para someter a todo el cuerpo monástico. Nada más ser introducida, se convirtió en predominante y tomó el lugar de las reglas de Columbano y Cesáreo. En un sínodo burgundio del año 670 se determinó, con los cánones, que fuera la única norma para los monasterios y similarmente en los sínodos celebrados bajo los auspicios de Carlomán y Bonifacio en 742 y 743 es denominada la norma para los conventos, tanto de monjes como de monjas. El lenguaje de los capitularios de 811 implica que sólo quedaban oscuras huellas de la existencia anterior de otras reglas, lo que muestra cuán completamente se había hecho con el terreno para el tiempo de Carlomagno.

Sin embargo, a pesar de esta supremacía y de la gloria irradiada sobre la orden por hombres tales como Aldhelmo y Beda, Alcuino y Pablo Diácono, un observador agudo podía ya percibir señales de decadencia. En algunos lugares los abades abusaron del poder que les confería la regla y en otros había comenzado a introducirse la laxitud. De ahí que fuera pertinente la actividad reformadora de Benito de Aniano, quien intentó no sólo restaurar el rigor original, sino complementar la regla mediante ordenanzas especiales con el propósito de procurar la uniformidad en la vida diaria de los monasterios francos. Su éxito, poderosamente secundado por el emperador Ludovico Pío, no perduró. El siglo noveno vio un considerable número de nuevas fundaciones, especialmente en Sajonia, que continuaron la actividad literaria promovida por Carlomagno; pero había muchas quejas no sólo por la entrega de monasterios a laicos sino por el decaimiento en la moralidad y en la estricta disciplina monástica. Además de todo eso, en muchos lugares las incursiones de los bárbaros fueron un factor añadido: Inglaterra por los daneses, Alemania septentrional y Francia por los normandos, en el sur de Alemania y el norte de Italia por los hunos y en la costa mediterránea por los sarracenos.
La historia de la orden desde el siglo noveno.
1. Desde el año 821 al 1200. Actividad ecuménica. Nuevas congregaciones.
Los brillantes días de la orden desde Benito de Aniano a Inocencio III (821-1200) se pueden denominar el tiempo de la actividad ecuménica. La familia de monjes que procedía de Montecassino controló con su influencia la civilización del orbe cristiano occidental. Los monasterios basilianos del sur de Italia y Sicilia, así como los monjes y ermitaños de la Iglesia celta en las islas británicas, pudieron mantener su independencia sólo durante un tiempo. Protegido y al mismo tiempo monopolizado por Roma, el carácter monástico benedictino se convirtió en el preceptivo en toda la cristiandad latina. Es verdad que desde el siglo noveno en adelante hubo notorias desviaciones del ideal del fundador, a consecuencia de las cuales, incluso después de la reforma de Benito de Aniano, se hicieron necesarios varios esfuerzos similares de reformas; pero la llamada a regresar al vigor original de la regla demostró su poder purificador y la influencia total de la orden se vio incluso aumentada por el creciente número de esas congregaciones reformadas.


El período que va desde Inocencio III al concilio de Trento (1200-1563) es un tiempo de creciente declive interior y de inútiles esfuerzos para reformar la orden. El primer intento para restaurar la disciplina en los monasterios de la orden, que se habían hecho muy mundanos, lo realizó en 1215 el cuarto concilio de Letrán bajo Inocencio III. Ordenó que cada tres años se celebrara un capítulo general y que las visitaciones prescritas por este capítulo las hicieran los abades cistercienses. Bajo esta regulación los arzobispos de Canterbury y York introdujeron las visitas trienales en los monasterios benedictinos de Inglaterra y las reforzaron en repetidos concilios provinciales. Para los monasterios del continente se dio especial importancia al edicto de Benedicto XIII, quien era cisterciense, tras introducir una estricta disciplina en su propia orden (1335), seguido al año siguiente por un edicto sobre los benedictinos. Esta constitución, conocida como Summa Magistri o Constitutio Benedictina, decretó que en cada monasterio se celebrara un capítulo general anual. Para cada una de las 36 provincias en las que la orden estaba dividida, se prescribían capítulos provinciales trienales. Pero a pesar de estas medidas, que tuvieron un efecto benéfico temporal, la espiritualidad declinaba constantemente. Las reformas introducidas después por el concilio de Constanza (1415), por un capítulo provincial de la provincia de Maguncia celebrado en Petershausen (1417), por la congregación de Bursfelde, organizada por los territorios alemanes septentrionales de la orden, así como por muchas congregaciones españolas (como la observante de Valladolid bajo Fernando el Católico, 1493), solamente trajeron una mejora temporal en las condiciones.

El período de la reforma tridentina (1563-1800) comenzó con el decreto De regularibus et monialibus aprobado en la sesión vigesimoquinta del concilio de Trento (3 de diciembre de 1563), que se oponía a los excesos dañinos de las exenciones, ponía a los miembros femeninos de la orden sin excepción y a los masculinos en su mayor parte bajo la supervisión de los obispos e insistía en la estricta observancia de las antiguas regulaciones sobre la celebración de capítulos generales, visitaciones, etc. Bajo la influencia de los decretos tridentinos surgieron varias congregaciones benedictinas nuevas; en Alemania una para Suabia (1564), una en Estrasburgo (1601), una en Salzburgo (1641), una para Baviera (1684); en Flandes la congregación de San St. Vedast cerca de Arras, fundada hacia 1590; en Lorena la de San Vanne y San Hidulfo, que el abad Didier de la Cour fundó en 1600, confirmándola el papa Clemente VIII en 1604. Un vástago de ésta fue la congregación de San Mauro, fundada en 1618 bajo la dirección del mismo abad Didier, quien la difundió por toda Francia, alcanzando el número de 180 monasterios y dirigiendo el trabajo de la orden hacia el saber, hasta alcanzar una prosperidad que nunca antes había tenido. Pero después de 1780 la secularización forzosa bajo José II y después la agitación de la Revolución en Francia y los países vecinos hasta el sur provocó la ruina de la orden.
Siglo XIX.
La época de la restauración, que coincide con el siglo XIX, solo pudo salvar unas 500 casas (con unos 4.300 monjes) de las 37.000 casas (abadías o prioratos) que la orden contó antes de las catástrofes del siglo XVIII. No obstante, en algunas de las congregaciones hubo una vigorosa y saludable vida en lo que concierne a la moral y la disciplina y también en cuanto a los logros en saber teológico y arte cristiano (pintura, escultura, etc.). En este último aspecto se distinguió especialmente la congregación alemana meridional de Beuron. Las otras dos congregaciones de Alemania del sur (la bávara y la suaba) y las de Francia septentrional y Bélgica (especialmente los monasterios de Solesmes y Maredsous) produjeron algunos notables eruditos y teólogos. Los benedictinos de la casa madre de la orden de Montecassino y las congregaciones americanas conectadas con ella han prestado también considerables servicios en la misma dirección.