Historia

CALENDARIO CRISTIANO

Origen del calendario cristiano.
El calendario cristiano es un índice del año arreglado según los meses y semanas, proporcionando una lista de fiestas, ayunos y días de los santos, a los que se pueden añadir datos de un carácter más variado.

Calendario flamenco, 1520-1525. Bayerische Staatsbibliothek, Clm 23638, Munich
Calendario flamenco, 1520-1525.
Bayerische Staatsbibliothek, Clm 23638, Munich
Al depender las fiestas de la cronología se hace necesario considerar los sistemas de reconocimiento del tiempo, especialmente porque las porciones cronológicas y litúrgicas del calendario fueron establecidas por la Iglesia y permanecieron en manos de los clérigos durante toda la Edad Media. En su aspecto más general de una lista anual de días y fiestas, el calendario cristiano procede de la Iglesia primitiva, que encuentra su modelo en la antigüedad clásica, particularmente entre los romanos. Se han preservado numerosos calendarios romanos del periodo imperial bien en totalidad o en parte, proyectados para uso público y abarcando esferas que van desde una localidad a todo un territorio. Esos calendarios contienen información astronómica así como listas de las festividades religiosas y celebraciones civiles, algunas de las cuales estuvieron relacionadas con el culto, tales como muchos de los juegos públicos, mientras que otros conmemoraban sucesos históricos. La transición del uso pagano al cristiano se puede apreciar en dos calendarios de mediados de los siglos cuarto y quinto. Uno de ellos fue elaborado en Roma en el reinado de Constantino II y es evidentemente una revisión de un calendario pagano, omitiendo todas las fiestas de carácter distintivamente religioso, tanto paganas como cristianas, pero reteniendo las fiestas puramente civiles. Sin embargo, la influencia cristiana es visible en el reconocimiento de las semanas cristianas además del sistema romano, ya que el año, que aquí comienza el 1 de enero, cae en dos divisiones regulares, una de ocho días de cada una (el nundinæ) representada por las letras A-H y la otra de siete días, indicada por A-G. El segundo calendario fue elaborado en el año 448 durante el reinado de Valentiniano III y aunque es pagano en fundamento, contiene por vez primera un pequeño número de festividades cristianas, teniendo cinco fiestas de Cristo y seis de los días de los santos. El calendario exclusivamente cristiano más antiguo es un fragmento gótico, supuestamente preparado en Tracia en el siglo cuarto, que contiene los últimos ocho días de octubre y todo el mes de noviembre. Siete días tienen el nombre de santos asociados a ellos, dos del Nuevo Testamento, tres de la Iglesia general y dos de los godos.

El calendario en la Iglesia antigua.
Aún antes de la inclusión de festividades cristianas en el calendario romano, la Iglesia tuvo listas de días de los santos ordenadas según la fecha de su celebración, aunque todavía no estaban incorporadas en un calendario formal. Hay alusiones a tales listas de días memoriales en Tertuliano y Cipriano, pero el más antiguo existente fue preparado en Roma a mediados del siglo cuarto. Consiste en una enumeración de doce obispos romanos y una lista de mártires para 24 días, incluyendo fiestas en conmemoración del nacimiento de Cristo y de Pedro (22 febrero), siendo todo el resto festividades de mártires, generalmente de origen local. El siguiente calendario más antiguo es una lista de las festividades de la Iglesia de Cartago, que aparentemente procede de finales del siglo quinto o comienzos del sexto y contiene nombres de obispos y mártires, la mayor parte de ellos nativos de Cartago. A partir de tales comienzos pronto se desarrolló una avalancha de calendarios en todo el mundo latino, recibiendo las listas de los días del mes una proporción creciente de material martirológico, hagiológico y heortológico. La relación mutua entre las iglesias, especialmente de Roma con África, Galia, España e Inglaterra, resultó en la adición de tal número de santos extranjeros que los que recibieron honor en toda la Iglesia excedieron a los santos de fama local y finalmente no hubo día del año que no tuviera uno o más santos. Ya que los mártires eran conmemorados en la Iglesia antigua especialmente en el lugar donde habían sufrido, cada comunidad originalmente tuvo su propia lista de fiestas y su propio calendario. Este uso fue de larga duración, a pesar del frecuente intercambio de nombres y del creciente prestigio del calendario romano y su lista de fiestas. La diversidad de calendarios aumentó con la reverencia dada a los santos locales de países y diócesis individuales, siendo un factor todavía más importante la discrepancia en la datación del comienzo del año.

Complicaciones en la datación.
El primero del año fue reconocido en nada menos que seis días: (1) La fiesta de la circuncisión (1 de enero; en conformidad con el calendario juliano); (2) el 1 de marzo (Francia merovingia, los lombardos, Venecia y durante un tiempo Rusia); (3) la fiesta de la Anunciación (25 de marzo; primero en Florencia y Pisa, de donde se extendió a Francia, Alemania, Inglaterra e Irlanda, siendo retenida en los dos últimos países hasta el siglo XVIII); (4) Pascua (especialmente en Francia); (5) 1 de septiembre (imperio bizantino y hasta tiempos modernos en Rusia); (6) Navidad (Francia carolingia, anglosajones, Escandinavia, Prusia, Hungría y porciones de Holanda, Suiza, etc.). El problema se complicó además por los diversos métodos de indicar el día del mes, del que al menos se usaron cinco sistemas simultáneamente: (1) El antiguo método romano de las calendas, idus y nones; (2) el greco-cristiano contando consecutivamente los días del mes, generalmente usado ahora; (3) el consuetudo Bononiensis, que dividía el mes en dos mitades, en una de las cuales (mensis intrans) los días se contaban hacia adelante desde el 1, mientras que en la otra (mensis exiens) se contaban hacia atrás desde el 30 o el 31, (4) el método de Cisiojano o Cisiano, que designaba los días del mes por las sílabas de versos mnemónicos arbitrarios (grandemente popular en Polonia y Alemania septentrional); (5) la designación del día por la fiesta celebrada en el mismo. Esta confusión se complicó por los diversos reconocimientos de la Pascua, mientras que las fiestas movibles basadas en ella y que funcionaban junto a las festividades fijas, o incluso entrecruzándose con ellas, añadió su cuota de perplejidad.

Primeros calendarios medievales.
En la Edad Media se multiplicaron los calendarios, parcialmente a consecuencia de las complicaciones cronológicas ya mencionadas y parcialmente por la necesidad universal de fechas eclesiásticas de este carácter. Es verdad que hay pocos calendarios todavía existentes que fueran elaborados con anterioridad al siglo octavo, pero esta deficiencia se suple en varias maneras, especialmente por los sacramentarios que proporcionan la lista de las fiestas, mientras que los libros litúrgicos, particularmente manuscritos del Salterio, tienen frecuentemente un calendario prefijado a ellos. Tales calendarios son usualmente perpetuos, esto es, disponibles para cualquier año, pero normalmente están preparados con métodos para la determinación de las fiestas movibles de cualquier año en particular. No sólo se repiten en ellos las letras A-G desde el 1 de enero para designar los días de la semana, sino que también contienen los dígitos 1-19 para denotar todas las lunas nuevas que caen, en el curso de un ciclo de 19 años, en el día del mes designado por uno de esos números. Por medio del calendario, cuando se dan a conocer la Carta Dominical y el Número Dorado del ciclo, se puede obtener el día de la semana de cualquier fecha y todas las lunas nuevas a lo largo del año. De ahí se deriva la fecha de la luna nueva de primavera, que proporciona, cuando el día de la semana sobre el que cae está determinado por la Carta Dominical, la fecha de Pascua. También se añadía frecuentemente a los calendarios una tabla pascual para una serie de años.

Calendarios griegos y eslavos.
Todos los calendarios de las iglesias griega y eslava comienzan su año eclesiástico el 1 de septiembre. La gran mayoría de las fiestas inamovibles están consagradas a los santos y la Virgen, mientras que varias fiestas movibles están consagradas a Cristo. Estas últimas, como los domingos del año, están divididas en tres períodos: Trioidion (comenzando por el décimo domingo antes de Pascua), Pentekostarion (desde Pascua al término de la segunda semana tras Pentecostés) y Oktoechos (extendiéndose desde el segundo domingo tras Pentecostés hasta la Epifanía occidental). El calendario de la Iglesia griega se caracteriza por sus numerosos ayunos, parcialmente de días aislados y parcialmente de varias semanas. A estos últimos pertenecen los cuatro "grandes ayunos." Dos de ellos son movibles, el ayuno de Pascua de siete semanas y el ayuno de los apóstoles, que dura desde la fiesta de todos los mártires en el domingo tras Pentecostés hasta el día de San Pedro y San Pablo (29 de junio). Los otros dos, el ayuno de la Virgen (1 al 15 de agosto) y el ayuno de Adviento (24 de noviembre a 24 de diciembre), son inamovibles. En varias de las más importantes fiestas el calendario griego armoniza con el occidental, pero se aparta en numerosos casos al fechar las fiestas de santos y mártires.

Calendario del mes de septiembre, del Libro de Horas de Enrique VIII
Calendario del mes de septiembre,
del Libro de Horas de Enrique VIII
Calendarios medievales posteriores.
En la Iglesia occidental la mayoría de los calendarios se redactaron en latín hasta el final de las Cruzadas. Entre ellos se debe hacer mención especial de la antigua lista de fiestas preparada en Roma durante los pontificados de Gregorio II y Gregorio III, proporcionando las estaciones romanas en las que se celebraban las fiestas y las lecturas pertinentes de los evangelios. Otros calendarios notorios incluyen uno preparado en 781 por Godescalco por mandato de Carlomagno, un calendario de Luxeuil en la segunda parte del siglo séptimo, un calendario de mármol elaborado en Nápoles por el obispo Juan IV entre 840 y 850 y un calendario del obispo Gundekar II de Eichstätt (1057–79). Entre otros calendarios alemanes se puede hacer mención de uno de Freising de la segunda parte del siglo décimo, de Salzburgo en el siglo once, de Regensburgo en el doce y de Passau y Augsburgo en el trece. Hacia finales de la Edad Media los calendarios latinos comienzan a ser traducidos a las lenguas vernáculas, aunque ya se había elaborado un calendario métrico en anglosajón antes de que acabara el siglo décimo. Un calendario francés del siglo trece todavía existe en manuscritos, pero los calendarios alemanes, que son tolerablemente numerosos, no se encuentran hasta cien años más tarde. La invención de la imprenta en el siglo catorce produjo importantes cambios en el calendario, aunque los primeros ejemplos impresos recuerdan los hechos en manuscritos y, como ellos, son perpetuos. El primer calendario para un año definido se imprimió en Nuremberg en 1475 en alemán y latín. Estaba preparado para los años 1475, 1494 y 1513 como el primero de un ciclo triple de 19 años cada uno, siendo elaborado así para que las fechas para otros años pudieran derivarse de esas tres, por lo que realmente se extendía desde 1475 a 1531. Sin embargo, las porciones eclesiásticas estaban en forma perpetua, ya que el calendario contenía, además de las letras A-G para los días de la semana, sólo los nombres de los santos durante un limitado número de días sin una división en semanas y sin las fiestas movibles. No fue hasta mediados del siglo XVI que entró en uso general el calendario ordenado según las semanas y fiestas de un año definido.

Errores en el cálculo de la Pascua.
El reconocimiento de la Pascua que se había empleado hasta entonces era extensamente considerado inadecuado, siendo la eliminación de los errores que este sistema había originado una de las tareas más urgentes que aguardaban solución al finalizar la Edad Media. Desde la segunda mitad del siglo tercero se había sido adoptado la norma, por la Iglesia alejandrina y confirmada por el concilio de Nicea, de que la Pascua caería en el domingo tras la luna llena de primavera, esto es, en el primer domingo después de la luna llena o el siguiente al equinoccio de primavera. La fecha de este equinoccio era la del 21 de marzo, mientras que la luna llena tenía que reconocerse según un ciclo de 19 años. Este sistema de reconocimiento lo introdujo en la Iglesia católica en el año 525 Dionisio el Exiguo y se difundió a partir de entonces por Italia, Galia y España, siendo transmitido a la Iglesia anglosajona por Beda en 729. Sin embargo, este método estaba viciado por dos fallos que no podían dejar de hacerse evidentes en el curso del tiempo. En primer lugar, al asumir que el equinoccio de primavera cae el 21 de marzo adoptó el sistema juliano que hace que el año tenga 365 días y cuarto e intercala un día cada cuatro años. En realidad este año es once minutos demasiado largo, por lo que hay que intercalar un día extra cada 128 años. En segundo lugar, al reconocer la luna llena de primavera según un ciclo de 19 años, de 235 meses o 6.939 días y tres cuartos, hizo el ciclo una hora demasiado largo, provocando una discrepancia del día entre la luna nueva real y la teórica cada 210 años. No fue hasta el siglo XIII que este error atrajo la atención, siendo la primera obra que lo denuncia el Computus de Maesse Conrad en 1200 (existente sólo en una revisión de 1396 en un manuscrito en Viena) y la obra similar de un autor anónimo de 1223 (preservada en gran parte por Vicente de Beauvais). El problema lo acometieron igualmente Johannes de Sacro-Busto hacia 1250 en su De anni ratione y Roger Bacon en un tratado dirigido a Clemente IV, De reformatione calendarii, mientras que entre los griegos el monje Isaac Argyros escribió sobre el problema en 1272. En el siglo XV se discutió la reforma del calendario en los grandes concilios de la Iglesia católica, especialmente por Pierre d'Ailly en Constanza y por Nicolás de Cusa en Basilea en 1436, proponiendo éste comenzar la corrección del calendario en 1439.

Gregorio XIII reforma el calendario.Archivo del Estado, Siena.
Gregorio XIII reforma el calendario.
Archivo del Estado, Siena.
La reforma gregoriana.
La reforma del calendario fue llevada a cabo por Gregorio XIII (1572-85) en conformidad con una resolución del concilio de Trento. En 1577 el papa designó un comité que celebró sus sesiones en Roma para ejecutar el plan propuesto por el astrónomo calabrés Aloigi Ligli, confirmando este calendario reformado, que fue llamado gregoriano en su honor, por una bula del 24 de febrero de 1582. La reforma tenía como propósito, por un lado, regular la Pascua con referencia al ciclo solar y lunar, restaurando de este modo el año del ciclo lunar según la fecha e intención del concilio de Nicea y, por otro, evitar cualquier futuro desplazamiento del equinoccio de primavera y la luna llena de primavera. Para restaurar el equinoccio de primavera al 21 de marzo, fueron dejados los diez días entre el 4 y el 15 de octubre, mientras que para la corrección de la luna llena de primavera se retrasaron tres días las lunas nuevas del 3 de enero al 31 de diciembre. Esas correcciones se asumieron reteniendo durante un siglo el sistema juliano de intercalación y el ciclo lunar de 19 años. El día intercalado se omitió tres veces en cuatro siglos y la luna nueva se retrasó de esta manera un día ocho veces en 25 siglos (siete veces cada 300 años y la octava vez cada 400).

Oposición al calendario gregoriano.
El calendario gregoriano fue adoptado en los países católicos bien inmediatamente o en el curso de unos pocos años. Pero los países protestantes se opusieron al mismo, parcialmente a causa de su hostilidad hacia Roma y parcialmente a causa de sus discrepancias cronológicas. Sus inexactitudes fueron reconocidas por el landgrave Guillermo IV de Hesse-Cassel y el calvinista Joseph Justus Scaliger, que lanzó repetidos avisos contra el mismo. Tras acabar el siglo XVI el calendario juliano existía en Alemania junto al gregoriano, siendo designados recíprocamente como antiguo y nuevo estilo. Las fiestas movibles de las dos creencias diferían por tanto y los defensores del nuevo estilo fecharon los días del mes diez días por adelantado respecto al antiguo hasta finales del siglo XVII. En vista de las discrepancias entre los dos sistemas, los protestantes alemanes idearon un tercer calendario, que no concordara ni con el gregoriano ni con el juliano y que tendría efecto en 1700. En su reconocimiento del tiempo concordaba con el gregoriano, pero sus fiestas se calculaban astronómicamente, según el meridiano de Uraniborg y las tablas Rudolfonianas de Kepler. El resultado fue un incremento de la confusión y del enconamiento entre católicos y protestantes, particularmente en 1724, 1744 y 1783, cuando hubo una divergencia de una semana entre el gregoriano y la Pascua astronómica. Este calendario protestante quedó finalmente suprimido por Federico el Grande en 1775 y el gregoriano se convirtió en supremo en toda Alemania.

Intento de reformar el calendario.
Las reformas evangélicas del calendario concernieron sólo a la cronología, sin considerar las listas tradicionales de santos y mártires. No obstante, entre los luteranos hubo una tendencia a revisar la hagiología de la Iglesia católica, en vista del escepticismo protestante sobre la existencia de muchos de los santos de la tradición y del cristianismo que les fue atribuido a otros. Además se sintieron ofendidos por los nombres de héroes de la Contrarreforma, tales como Ignacio de Loyola y otros similares, mientras que los protestantes prominentes deberían ser reconocidos en un calendario eclesiástico designado para uso luterano. Tal intento lo realizó Ferdinand Piper en su Evangelischer Kalender (publicado desde 1850 hasta 1870), en el que procuró transformar la hagiología de la Iglesia occidental según las ideas evangélicas. Para incrementar el interés del laicado en esta nueva lista de nombres, se añadieron breves biografías, publicándose las tales, 399 en número, posteriormente y separadamente bajo el título Zeugen der Wahrheit (4 volúmenes, Leipzig, 1874; traducción inglesa por H. M. MacCracken, 3 volúmenes, Boston, 1879). No obstante, el calendario de Piper no logró el reconocimiento oficial en ninguna iglesia alemana, aunque estuvo incluido en varias revisiones en diversos calendarios populares en Alemania.