Historia

CAPELO

Capelo es el sombrero encarnado, insignia de los cardenales. Es de paño, forrado de seda, con dos grandes cordones de seda entrelazados pendientes a los dos lados del escudo y formando separadamente lazos, con 15 borlas en cinco líneas, de una a cinco; todo es de color rojo.

Detalle del retablo mayor de Santo Tomás en Ávila, de Pedro Berruguete
Detalle del retablo mayor de Santo Tomás en Ávila,
de Pedro Berruguete
El capelo fue usado primitivamente por los enviados del papa (legati a latere). Inocencio IV lo concedió a los cardenales seculares en el concilio de Lyón de 1245. Gregorio XIV lo dio como insignia a los cardenales religiosos en 1391. En 1464 Pablo II exigió que el capelo fuera de seda, pero encontró viva oposición de parte de los empeñados en disminuir el lujo eclesiástico.

El símbolo de este sombrero se halla expresado en las palabras que pronuncia el papa en la imposición del mismo: "Estar dispuesto a la muerte y efusión de sangre (si es preciso) para la exaltación de la santa fe, paz y tranquilidad del pueblo cristiano, conservación y acrecentamiento de la santa Romana Iglesia." Lo recibe el cardenal de la persona del papa después de su creación. Al imponérselo, el papa abre la boca del promovido, con lo que da a entender que tiene voz y voto en los cónclaves. Después de celebrado el consistorio, el papa en la tarde de ese día, hace el envío oficial del capelo, con aparato, al palacio del nuevo cardenal, por medio de un vicedelegado. Cuando el recién purpurado se halla en país extranjero, el papa le remite el capelo por medio de un noble de su corte. El cardenal no puede vestir el hábito propio sin haber recibido el capelo, por más que sin ello puede usar el título de cardenal. Al morir el cardenal, se pone el capelo a los pies del lecho fúnebre en su palacio, y, en la iglesia, en la parte anterior del féretro, y luego se le suspende encima de la sepultura.