La caridad cristiana en tanto distinguida de la mera compasión, que puede ser una emoción transitoria o un deseo sin realización, requiere la cooperación de la voluntad y presupone una disposición permanente para ayudar al prójimo en necesidad.
En la Iglesia católica, de acuerdo al desarrollo de la ética desde Ambrosio en la forma de un sistema de virtudes y deberes, la caridad se considera bajo ambos encabezamientos. Tomás de Aquino la reconoce entre las denominadas "virtudes teologales", diciendo que es la más elevada de las virtudes que va en busca de nuestro prójimo. Enumera siete obras de misericordia corporales (alimentar al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, rescatar al cautivo, proteger a los desamparados, visitar a los enfermos y enterrar a los muertos) y siete espirituales (amonestar a los pecadores, instruir a los ignorantes, aconsejar a los perplejos, consolar a los afligidos, soportar los errores, perdonar las injurias y orar por vivos y muertos).