Historia
CARMELITAS
- Origen y primera etapa
- Hábito y escapulario
- Reformas dentro de la orden
- Controversias con otras órdenes
- Estado actual

La tradición carmelita traza su origen a una comunidad de ermitaños en el monte Carmelo que fue la sucesora de las escuelas de profetas en el antiguo Israel, aunque no hay registros fiables de monjes en ese lugar antes de la novena década del siglo XII.
El siguiente texto expone los orígenes legendarios de los carmelitas:
'Decimos en testimonio de la verdad que desde los tiempos de los profetas Elías y Eliseo, que vivieron piadosamente en el Monte Carmelo, algunos santos Padres del Antiguo y del Nuevo Testamento se sintieron atraídos a la soledad del mismo para la contemplación de las cosas celestiales. Allí, junto a la fuente de Elías, perseveraron laudablemente en santa penitencia, constantemente acompañada de actos de virtud. Alberto, patriarca de Jerusalén, en el tiempo de Inocencio III, reunió a sus sucesores en comunidad, y les dio una Regla, la cual Inocencio y muchos otros papas confirmaron con sus bulas y aprobaron. Nosotros, sus seguidores, observando esta misma Regla, servimos al Señor, hasta el día de hoy, en diversas partes del mundo.'
(Constitutiones cap. Londinensis anni 1231, edición de L. Saggi, Analecta Ord. Carm. 15 [1950], p. 231.)
Hábito y escapulario.
La regla original de la orden fue cambiada para conformarse a la de las órdenes mendicantes a iniciativa de Simon Stock y por mandato de Inocencio IV. Abandonaron su antiguo hábito de un manto con franjas negras y blancas o marrones y blancas, vistiendo el mismo que los dominicos, salvo que la capa era blanca. También tomaron mucho de las reglas dominica y franciscana. Su indumentaria distintiva fue un escapulario de dos tiras de tela gris, llevado sobre el pecho y la espalda y sostenido en los hombros. Según la tradición de la orden le fue dado a Simon Stock por la Virgen misma, quien descendió del cielo y le prometió que todo el que llevara el escapulario en este mundo, o al menos en la hora de su muerte, sería salvo, yendo ella misma cada sábado al purgatorio para rescatar a los que lo hubieran cumplido, lo que originó una fraternidad del escapulario que afilió a un gran número de laicos con los carmelitas. La orden quedó rápidamente infectada de arrogancia, contendiendo por la invención del rosario con los dominicos, denominándose a sí mismos hermanos de la Virgen y afirmando, sobre la base de su asociación tradicional con Elías, que todos los profetas del Antiguo Testamento, así como la Virgen y los apóstoles, habían sido carmelitas. Su segundo general, Nicolás de Narbonne (1265–70), protestó en vano, siendo desposeído de su cargo.

En los siglos XIV y XV los carmelitas entraron en declive, al igual que otras órdenes monásticas, haciéndose imperativa una reforma. Poco después de 1433 tres monasterios en Valais, Toscana y Mantua fueron reformados por la predicación de Thomas Conecte de Rennes y formaron la congregación de Mantua, que fue declarada independiente de la orden por Eugenio IV. En 1431 o 1432 el mismo papa sancionó ciertas modificaciones de la regla carmelita y en 1459 Pío II dejó la regulación de los ayunos a la discreción del general. Soreth, que entonces era general, y ya había establecido la orden de monjas carmelitas en 1452, quiso restaurar el ascetismo primitivo, pero murió envenenado en Nantes en 1471. En 1476 una bula de Sixto IV fundó los Carmelitas de la Tercera Orden, que recibieron una regla especial en 1635, modificada en 1678. En el siglo XVI hubo varias reformas de corta vida, pero no fue hasta la segunda mitad de ese siglo que una completa reforma de los carmelitas fue llevada cabo por Teresa de Ávila, quien, junto con Juan de la Cruz, estableció los carmelitas descalzos. En consciente oposición al protestantismo la orden se inspiró en un ascetismo y devoción hasta entonces desconocidos para ella. En 1593 los carmelitas descalzos tenían su propio general y en 1600 eran tan numerosos que se hizo necesario dividirlos en las dos congregaciones de España e Italia, o Santa Elisa, incluyendo esta última a todas las provincias salvo España. Desde entonces hubo cuatro generales carmelitas; el general de los observantes, el de la congregación independiente de Mantua y las de las dos congregaciones de los carmelitas descalzos.
Controversias con otras órdenes.
A mediados del siglo XVII los carmelitas habían alcanzado su cima. En este periodo, sin embargo, se vieron envueltos en controversias con otras órdenes, particularmente con los jesuitas. Los objetos especiales de ataque fueron el origen tradicional de los carmelitas y la fuente de su escapulario. La Sorbona, representada por Jean Launoy, se unió a los jesuitas en su polémica contra los carmelitas. Papebroch, el editor bolandista del Acta Sanctorum, fue contestado por el carmelita Sebastián de San Pablo, quien hizo tan serias acusaciones contra la ortodoxia de los escritos de su oponente que la misma existencia de los bolandistas se vio amenazada. Sin embargo, el peligro quedó conjurado y en 1696 un decreto de Rocaberti, arzobispo de Valencia e inquisidor general, prohibió toda controversia entre carmelitas y jesuitas. Dos años más tarde el 20 de noviembre de 1698 Inocencio XII emitió un breve que definitivamente acabó con la controversia bajo pena de excomunión y puso todos los escritos que violaran el breve bajo el Índice.
Estado actual.
La Revolución Francesa y el secuestro de monasterios en el sur de Europa supuso un duro golpe para la orden, que no obstante continúa en existencia en la mayoría de los países de Europa occidental y Medio Oriente, Latinoamérica y en Estados Unidos.