Historia

CARPOCRACIANOS

Carpocracianos es el nombre dado a la secta fundada en Alejandría a principios del siglo II, debiendo su nombre a Carpócrates, cuya doctrina siguieron sus adeptos. Enseñaban que no hay distinción entre el bien y el mal; se dieron a la magia y la hechicería; rechazaban todos los libros del Antiguo Testamento y creían que Jesús era un hombre totalmente igual a Pablo, pero que uno y otro estaban dotados de una gran virtud superior al resto de los mortales. Por esto ponían entre los miembros de la secta las efigies, pintadas o esculpidas, de Jesús y Pablo. Juntamente colocaban las de Homero, Pitágoras, Platón y Aristóteles, pero las de aquellos dos las coronaban de flores. Los carpocracianos se dedicaron al culto que Ireneo, principal adversario suyo, denunció como magia. Usaban, como los simonianos, el incienso delante de las imágenes de Jesús y Pablo. Las de Jesús decían que eran reproducciones de una ejecutada por orden de Pilato. Durante el pontificado de Aniceto (150-162), vivió en Roma una mujer afiliada a la secta, llamada Marcelina, y a ella se debió que se alistasen entre los carpocracianos gran número de nuevos discípulos. Tal vez ella es quien contribuyó notablemente a desarrollar el sincretismo teológico, que ya se observó en la doctrina de los carpocracianos. Epífanes, hijo de Carpócrates, llevó adelante el principio, ya sustentado por su padre y conforme con la República de Platón, de un comunismo anárquico. La doctrina de esta comunidad de bienes y mujeres fue el mayor obstáculo para la marcha de la secta, que tuvo poco tiempo de vida.