Historia
CÁTAROS
- Su difusión y nombres; cátaros, bulgaris, albigenses
- Precursores y fundaciones
- Doctrinas albigenses
- Doctrinas de los cátaros
- Campañas contra ellos

Su difusión y nombres; cátaros, bulgaris, albigenses.
Ya en el tiempo de Agustín y León Magno numerosas comunidades maniqueas se hallaban en el norte de África, España, Francia e Italia, de donde llegaron a Holanda y Alemania a comienzos del siglo XI. El dualismo maniqueo había penetrado en el norte de la Galia durante el siglo cuarto y hay registros de su amplia diseminación en Italia en los siglos sexto y séptimo. Aunque los priscilianistas españoles pudieron haber ejercido alguna ligera influencia en el desarrollo de este nuevo maniqueísmo en el oeste, su conexión con los bogomiles y euquitas orientales es indudable. Ciertos "pobres de Cristo" quemados por herejía en el bajo Rin en la primera mitad del siglo XII, afirmaban que sus doctrinas eran sostenidas en Grecia y otras partes, una declaración confirmada por la similitud de sus principios con los de los bogomiles. Además de ser llamados maniqueos y cátaros esos herejes fueron también conocidos como publicani o popelicani y (especialmente en el norte de Francia y Flandes) bulgari (francés bougres). Un gran número de cátaros fue igualmente denominado druguria (o drugutia o dugnthia) por un distrito de Tracia perteneciente al exarcado bizantino de Filópolis. En Italia septentrional fueron llamados patareni o paterini (un nombre trasladado de los seguidores anticlericales de Arialdo y Erlembaldo), albanenses (de la ciudad de Alba en el Piamonte), concorrezani (por Concorrenzo cerca de Monza) y bagnolesi (por Bagnolo cerca de Brescia). De alguna manera posteriormente las designaciones locales francesas meridionales se pusieron en uso, tales como albigenses (por Albi en el Languedoc), tolosates, agenenses, provenzales y tiserandos o texerantes ("tejedores"). El grupo se propagó en el oeste tanto por la inmigración causada por las medidas tomadas por la Commenæ contra los euquitas y bogomiles como también por sus misioneros itinerantes, que recorrieron el camino desde Bulgaria a través de Bosnia y Dalmacia al norte de Italia, desde donde algunos de ellos penetraron al sur de Francia o por el Rin hasta los Países Bajos. En todas partes encontraron el ambiente preparado, por los restos de antiguas comunidades maniqueas, escondidas durante siglos, que comenzaron a principios del siglo XI a resistir a la Iglesia.
Precursores y fundaciones.
Antes del surgimiento de los cátaros hay un período de desarrollo preliminar. Hacia el año 1000 un tal Leutardo intentó fundar una secta cerca de Châlons que estaba claramente influenciada por el maniqueísmo y en 1022 se descubrió en Orleáns un grupo del canónigo Esteban y el escolástico Lisoy que igualmente enseñaba principios tales como el docetismo, rechazaban el bautismo, la misa, la veneración de los santos y la doctrina de las buenas obras. Un grupo similar apareció hacia el mismo tiempo en las diócesis de Lieja y Arras, fundado por un italiano llamado Gundulfo y en 1030 surgió otro grupo en Monteforte cerca de Turín, que, además de la doctrina usual, exigía la comunidad de bienes y la oración constante día y noche. Ellos ejecutaron a varios colegas que estaban mortalmente enfermos, sosteniendo que una muerte violenta era el paso más seguro a la bienaventuranza. Al papa lo sustituyeron por otra cabeza, aunque se desconoce si era el Espíritu Santo o alguna cabeza secreta del grupo. Parecen haber rechazado también la doctrina de la Trinidad. Grupos similares aparecieron en Alemania septentrional, como en Goslar, donde Enrique III ejecutó a ciertos "maniqueos" en Navidad de 1052. En la segunda mitad del siglo XII eran poderosos en Flandes, Francia central y meridional e Italia septentrional, donde sus adherentes no sólo proclamaban abiertamente su dualismo sino que también intentaron organizarse formalmente. En 1152 los cátaros de Flandes fueron al menos tolerados por el arzobispo Enrique de Reims. Cinco años más tarde los cátaros celebraron un gran concilio en San Félix de Caraman, cerca de Toulouse, donde un "papa", Nicetas o Niquinta, venido de Constantinopla, consagró a varios obispos cátaros mediante el consolamentum, o el "bautismo del Espíritu" por imposición de manos. A partir de entonces se citan algunos obispos del grupo residiendo en diversas ciudades del sur de Francia, estando los cátaros de Italia central y meridional también organizados en "diócesis" hasta el siglo XIII. Bosnia es frecuentemente contemplada como sede del "papa" cátaro que parece haber estado representado por un diputado, especialmente en el sur de Francia. Cada "obispo" era ayudado por un "hijo anciano" y un "hijo joven", mencionándose también diáconos y diaconisas de los cátaros.


Pedro Berruguete, Museo del Prado, Madrid
Los albigenses del norte de Italia y sur de Francia mantuvieron un crudo dualismo. Sus doctrinas distintivas se pueden resumir como sigue: Desde toda la eternidad el Dios de la luz ha gobernado sobre todas las cosas invisibles y el príncipe de este mundo sobre todas las cosas visibles. Lucifer, el hijo del príncipe (o dios) de este mundo sedujo a algunos ángeles, las criaturas del Dios de la luz, a su mundo inferior. Por tanto, la obra de redención es restaurar a la libertad a esas "ovejas perdidas de la casa de Israel", que están mezcladas y son superficialmente similares a las criaturas carnales (es decir, procreadas) del dios de este mundo. Esta deidad, cuyo instrumento fue Moisés, ocultó la obra de redención mediante su ley tanto como pudo. Pero luego, la benéfica influencia del Dios bueno sobre la humanidad, Cristo, se ha hecho evidente en los Salmos y los profetas, quien siendo la más perfecta criatura celestial y jefe de los ángeles buenos completó la obra de redención al proclamar la verdad en un cuerpo etéreo, realizando obras maravillosas y regresando al mundo invisible del cielo tras una muerte aparente. Los albigenses extendieron su ascetismo a María, José y Juan el apóstol. Juan el Bautista, por otro lado, por su bautismo de agua ha sido el principal agente por el cual el príncipe de este mundo trabajó en oposición al Redentor. Por el bautismo de Jesús por el Espíritu, que los maestros de la verdad otorgaban por la imposición de manos, se realiza la salvación de todos quienes aceptan esta doctrina. Sin embargo, las almas errantes pueden regresar a su hogar celestial a través de la Iglesia de los cátaros y como muchos han muerto antes y después de Cristo sin conocer esta verdadera Iglesia, se asume una transmigración de las almas a través de varias formas de hombres y animales, viniendo la perfección sólo con el ingreso en la secta. Por tanto, los cátaros entran al cielo inmediatamente tras la muerte, pero para todos los demás la muerte significa sólo la entrada a un nuevo cuerpo para continuar la expiación todavía inacabada. Los concorrezani, estrechamente relacionados con los bagnolesi, modificaron este dualismo extremo, colocando a la cabeza de su sistema al creador supremo quien ha formado los mundos del espíritu y la materia, pero ha dejado la soberanía a su hijo mayor Lucifer (el demiurgo gnóstico y el Satanael bogomil). Lucifer, originalmente bueno pero caído del cielo por orgullo, es el Dios del Antiguo Testamento, y ha de ser rechazado. El malo creó los cuerpos de Adán y Eva, pero Dios creó sus almas. Aunque rechazaban la metempsicosis albigense y otras doctrinas escatológicas, los bagnolesi mantuvieron más o menos una cristología profética que fue rechazada por la mayoría de los concorrezani. Sin embargo, ambos parecen haber concordado con el sabelianismo de los bogomiles, aunque algunos fueron más o menos arrianos.
Doctrinas de los cátaros.
Los cátaros fueron más uniformes en culto y costumbres que en doctrina. Contemplaban como pecados mortales la posesión de propiedad terrenal, la asociación con hombres de este mundo, mentir, guerrear, matar animales (excepto serpientes y criaturas reptantes), comer carne animal (excepto pescado, ya que se suponía que no era producido ex coitu) y sobre todo la relación sexual bajo ninguna condición. La admisión al número de los "perfectos" era por imposición de manos (consolamentum) y sólo los "perfectos" podrían darlo a los "fieles" u otros miembros de la secta, o realizar alguna parte del culto. Más aún, los "perfectos" tenían que viajar y comer en compañía de un compañero, quien podía ser meramente uno de los "fieles". Ya que una sola transgresión tras recibir el consolamentum significaba la pérdida de la salvación, los "fieles" lo posponían tanto como era posible, mientras, que por otro lado, muchos de los "perfectos" escapaban del peligro del pecado mortal cometiendo suicidio, generalmente muriendo de hambre (la denominada resistencia, una costumbre que, hallada en Monteforte hacia 1030, parece haberse extendido desde el norte de Italia al sur de Francia, pero no trascendió los límites de los albigenses). Entre las características peculiares del culto de los cátaros, se puede hacer mención especial de la restricción del derecho a repetir el Padrenuestro a los "perfectos", oraciones por los "fieles" difuntos que no habían recibido el consolamentum y por lo tanto estaban condenados a la metempsicosis, la bendición del pan por la oración de los "perfectos", el partimiento del pan o apparellamentum (relacionado con la confesión de pecados mensualmente) y las ceremonias asociadas al consolamentum (como el beso de paz).
El siguiente texto muestra la doctrina de los dos principios:
'Por ello hemos de admitir necesariamente que hay otro principio, el del mal, el cual obra pérfidamente contra el Dios verdadero y su criatura; tal principio parece incitar a Dios contra su criatura y a la criatura contra su Dios: el mismo hace que Dios quiera y desee cuanto por sí mismo jamás habría querido. Así, a causa de la turbación provocada por el enemigo malvado, el propio Dios verdadero quiere y sufre, se arrepiente, sirve a sus propias criaturas y es por ellas ayudado. De ahí que el Señor diga a su pueblo por boca de Isaías: "Me has convertido en siervo con tus pecados y me has cansado con tus iniquidades" (No me has comprado con dinero caña aromática, ni con la grosura de tus sacrificios me has saciado; por el contrario me has abrumado con tus pecados, y me has cansado con tus iniquidades.[…]Isaías 43:24)...
La respuesta es fácil. Pues si Dios no quiere todas las cosas malvadas, ni mentir ni destruirse a sí mismo, resulta indudable que no puede hacerlas porque aquello que, como absoluto que es, no puede hacer, no lo quiere...
Por consiguiente, se ha de creer firmemente que, dado que Dios no es poderoso en el mal como para dar existencia a las cosas malvadas, hay otro principio, el del mal, que es poderoso en el mal y del cual provienen todas las cosas malvadas que fueron, son y serán.
Por este motivo, a juicio de los sabios, se debe creer firmemente que hay otro principio, el del mal, que es poderoso en la iniquidad y del cual derivan propia y primordialmente el poder de Satanás y el de las tinieblas, junto con todos los otros poderes contrarios al Señor Dios verdadero [...]'
(El libro de los dos principios)
'Y si tiene que ser "consolado" de inmediato, haga su melhorament y tome el Libro de manos del anciano. El anciano debe exhortarlo e instruirlo con testimonios de las Escrituras y con palabras apropiadas a un consolament. Háblele así: "Pedro, queréis recibir el bautismo espiritual, mediante el cual se da el Espíritu Santo en la Iglesia de Dios, con la santa oración, con la imposición de manos de los buenos hombres...
"Y si queréis recibir este poder y esta fuerza, hace falta que observéis todos los mandamientos de Cristo y del Nuevo Testamento, conforme a vuestras posibilidades. Y sabed que Él ha mandado no cometer adulterio, no matar ni mentir, no hacer ningún juramento, no tomar, no robar ni hacer a los demás lo que no queremos que hagan con nosotros, perdonar a quien nos hace daño, amar a nuestros enemigos, rezar por nuestros calumniadores y por nuestros acusadores y bendecirlos, poner la otra mejilla si nos agraden, dejar la capa si nos quitan la túnica, no juzgar ni condenar; a lo que se añaden muchos mandamientos más impuestos por el Señor a su Iglesia. Además es preciso que odiéis este mundo, sus obras y todo cuanto le pertenece...
El creyente dice entonces: "Tengo la voluntad, rogad a Dios por mí para que me dé la fuerza"... Luego deben "consolarlo": [que] el anciano tome el Libro y colóqueselo sobre la cabeza; cada uno de los otros buenos hombres impóngale la mano derecha, diga el "perdón", tres Adoramos y por último: "Padre santo, acoge a tu siervo en tu justicia y envía tu gracia y tu Espíritu Santo sobre él".'
(Ritual cátaro occitano de Lyón)

En el sur de Francia ni el brazo secular ni los intentos de la Iglesia, comenzado con Gregorio IX, pudieron frenar su crecimiento; en el norte de Italia se contaban por miles; en Florencia hacia 1228 casi una tercera parte de la población eran cátaros; no fue hasta finales del siglo XIV que la Inquisición logró extirpar la secta. Al fracasar en convertir a los cátaros mediante argumentos, Alejandro III envió una cruzada contra ellos en el Languedoc en 1181-82, pero con escasos resultados. A comienzos de siglo XIII casi todos los príncipes y barones de Francia meridional habían abrazado la herejía y la Iglesia católica se había convertido en una burla. Pero con el ascenso de Inocencio III las cosas cambiaron. Al principio se adoptaron medidas comparativamente suaves, pero con ocasión del asesinato del delegado Pedro de Castelnau en 1208, se formó una cruzada encabezada por Arnaldo de Citeaux contra Raimundo VI, conde de Toulouse, protector de los cátaros. Tras hacer una paz separada con Raimundo y así debilitar a los cátaros, los cruzados atacaron los territorios del vizconde Roger II de Beziers, saquearon Beziers y Carcasona y asolaron la tierra, que fue dada al comandante en jefe, el conde Simón de Monfort. Después de 1211 Simón invadió el dominio de Raimundo, que le fue formalmente entregado en el cuarto concilio de Letrán en 1215. Tras la muerte de Simón en 1218, Raimundo VI y su hijo, Raimundo VII, recuperaron sus territorios, pero a instancias de Honorio III, Luis VIII dirigió una nueva cruzada contra los albigenses y logró, antes de su muerte en 1226, recuperar una parte de Toulouse. Finalmente, en 1229, la paz de Toulouse puso fin a la guerra. Sin embargo, las condiciones fueron desastrosas para los albigenses, especialmente al establecerse una Inquisición permanente, viéndose obligado Raimundo VII a colaborar en la extirpación de sus antiguos protegidos. Los cátaros que se rebelaron contra él huyeron al castillo de Montsegur, pero fue sitiado por las tropas de Raimundo y no menos de 200 "perfectos" fueron quemados en la hoguera. Pero a pesar de esta catástrofe los albigenses se mantuvieron hasta mediados del siglo XIV, cuando finalmente desaparecieron. Sus últimos restos pueden ser los cagots de los Pirineos, quienes estuvieron marcados por cruces rojas y son evitados con horror como una especie de parias, recordando a los "fieles" convertidos durante las cruzadas albigenses.
