Historia
CEMENTERIO
- Nombres usados en tiempos antiguos
- Enterramientos cristianos y lugares de enterramiento general. Ideas fundamentales
- Arreglo, estructura y formación de los cementerios
- Equipamiento y decoración de las tumbas
Nombres usados en tiempos antiguos.
Entre los varios nombres con el que los cristianos de los primeros siglos designaron a los lugares de entierro de sus muertos, el más frecuente y probablemente el más antiguo es el griego koimētērion o el equivalente latino cœmeterium. No se encuentra ni en la Septuaginta ni en el Nuevo Testamento, pero el verbo koimasthai, "yacer para descansar", "dormir", ocurre tanto en sentido literal como metafórico, usualmente el segundo en el Nuevo Testamento (metafórico: y los sepulcros se abrieron, y los cuerpos de muchos santos que habían dormido resucitaron;[…]Mateo 27:52; Y cayendo de rodillas, clamó en alta voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado. Habiendo dicho esto, durmió.[…]Hechos 7:60;13:36; La mujer está ligada mientras el marido vive; pero si el marido muere, está en libertad de casarse con quien desee, sólo que en el Señor.[…]1 Corintios 7:39;15:6,18,20,51; Pero no queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como lo hacen los demás que no tienen esperanza.[…]1 Tesalonicenses 4:13; y diciendo: ¿Dónde está la promesa de su venida? Porque desde que los padres durmieron, todo continúa tal como estaba desde el principio de la creación.[…]2 Pedro 3:4; literal: diciendo: Decid esto: "Sus discípulos vinieron de noche y robaron el cuerpo mientras nosotros dormíamos."[…]Mateo 28:13; Y Jesús les dijo: Los reyes de los gentiles se enseñorean de ellos; y los que tienen autoridad sobre ellos son llamados bienhechores.[…]Lucas 22:25; Y esa noche, cuando Herodes estaba a punto de sacarlo, Pedro estaba durmiendo entre dos soldados, sujeto con dos cadenas; y unos guardias delante de la puerta custodiaban la cárcel.[…]Hechos 12:6). Mientras que la palabra koimētērion es de uso raro en el griego clásico (la aplicaron los cretenses, según Ateneo, a una habitación para el entretenimiento de los huéspedes), fue constantemente usada por cristianos y judíos para sepulcros individuales y familiares y para terrenos más grandes de enterramiento, ya fuera encima de la tierra o bajo ella. Por otro lado, hay sólo un caso dudoso de su uso en una inscripción pagana para un lugar de enterramiento (CIL, viii. 7543), frente a miles en las que se usan otros términos. Que la expresión fue reconocida como un término distintivamente cristiano y judío es evidente por la forma en la que se usó como término no familiar en los edictos de los emperadores romanos (Eusebio, Hist. eccl., VII. xi. 13). Los cristianos de habla latina también emplearon ocasionalmente el término accubitorium, que originalmente significó (de la costumbre romana de reclinarse en la mesa) comedor. Esas palabras muestran su relación con la esperanza cristiana, que veía en el muerto sólo a un durmiente. Además de esas expresiones específicamente cristianas las inscripciones proporcionan varias otras, de una naturaleza más general, además de algunas de importancia menor, estando, por ejemplo hypogæum (o en un lugar katagaion) para designar pequeños lugares de enterramientos subterráneos de cristianos y paganos. Los eruditos modernos frecuentemente emplean ese término para designar lugares de enterramientos subterráneos, no importa su tamaño o arreglo. La palabra area también se encuentra entre los hablantes latinos, especialmente en el norte de África, y se hizo costumbre, siguiendo a De Rossi, usarla para todos los lugares de entierro de la Iglesia antigua sobre la superficie.

Ideas fundamentales.
El entierro de Cristo en el huerto fue tomado como modelo para el de sus discípulos. El hecho de que nunca en la literatura cristiana más antigua (incluyendo el Nuevo Testamento) y no mucho después haya una prohibición de la cremación, habiendo ausencia de huellas de cremación, urnas funerarias y semejantes, demuestra que el entierro en la tierra era la ley no escrita. Basado originalmente sobre el ejemplo de Cristo, se afirmó posteriormente por el razonamiento la relación de la resurrección del cuerpo con su entierro. Sin embargo, Minucio Félix prefiere el entierro a la incineración meramente por ser "la costumbre más antigua y mejor" (Octavius, xxxiv. 11). Agustín (De civitate Dei, i. 22; De cura pro mortuis, iii, etc.) da por sentado el entierro y lo mismo hace Orígenes en el este (Contra Celsum, v. 23, viii. 49; De principiis, ii. 10). Es imposible decidir cuántos cristianos de la edad apostólica fueron enterrados en cuevas judías y paganas; pero posteriormente se estableció una estricta línea de demarcación, al menos ya en el tiempo de Tertuliano. Las tumbas cristianas no tenían que estar a una distancia grande, pero tenía que haber un intervalo entre ellas y las paganas, quedando el entierro de cristianos en cuevas paganas estrictamente prohibido y viceversa. El cristianismo primitivo fue por tanto tan exclusivo en la muerte como en su adoración durante la vida.

Pedro y Marcelino, Roma. Siglo IV
Mientras que la antigüedad cristiana concordó en condenar la cremación, no intentó implantar la uniformidad en la manera del entierro. Se emplearon ambos métodos antiguos de sepultura, sobre y bajo tierra. La elección entre ambos estuvo determinada parcialmente por la conformación geológica del lugar, aunque tal vez no en tanta medida como se ha asumido normalmente. Otras razones predominantes se han de buscar en las costumbres de los tiempos pre-cristianos sobre la disposición de los cadáveres. Que los primeros cristianos se propusieran, en ausencia de cualquier prescripción definida, establecer líneas totalmente nuevas para sí mismos en este asunto es improbable, especialmente porque no intentaron hacerlo en asuntos análogos, como la construcción de sus hogares e iglesias. Por tanto, adoptaron naturalmente en cada lugar la costumbre local prevaleciente, siguiendo los cristianos hebreos de Tierra Santa el modo judío y los cristianos gentiles de Sicilia el de sus vecinos paganos. A medida que crece nuestro conocimiento de los cementerios antiguos cristianos y paganos más se confirma esa teoría, no sólo respecto a la elección mencionada anteriormente, sino igualmente tocante a la forma, decoración y equipamiento de los sepulcros. Se puede destacar, sin anticipar demasiado lo que se dirá después, que criptas privadas, conteniendo un pequeño número de cuerpos, son características del primer período del entierro cristiano. En cuanto a inscripciones y otras indicaciones, se restringirían a los miembros de la familia, sus amigos, etc., con la adición (como en la familia del período imperial) de libertos cristianos y su descendencia. No es tan cierto si ya en esa época (en analogía a la costumbre romana más antigua y posterior cristiana) los individuos se asociaban en corporaciones con el propósito de proporcionar un lugar de entierro común. En resumen, es seguro afirmar que los cristianos primitivos siguieron el modelo judío en Tierra Santa y el pagano en otras partes, casi sin excepción.
Desarrollo de los cementerios y sus tipos.
Al igual que en otras cosas, también en esta el cristianismo demostró ser una religión de desarrollo y, una vez más siguiendo la norma general, este desarrollo fue más rápido en el oeste que en el este. Para tomar un solo punto de referencia, en el desarrollo de la cripta familiar al cementerio general, el este nunca fue más allá de unos pocos experimentos y los lugares de entierro para todos en la iglesia local fueron excepcionales, incluso en un período muy posterior. Por otro lado, el oeste, aunque comenzó con la cripta familiar, y ejemplos de esta forma persisten durante toda la antigüedad cristiana, no tardó en adoptar el cementerio comunal mayor. El desarrollo no fue igualmente rápido en todas partes; Sicilia fue menos afectada por ello y Roma más. Pero en el siglo tercero el cementerio común era la norma.
Origen del cementerio general.
Las catacumbas romanas suponen el punto más alto alcanzado en el desarrollo del antiguo entierro cristiano, el más grande y rápido avance sobre sus prototipos pre-cristianos y sobre sus propios principios. La característica más destacada no es la inmensa extensión obtenida por la asombrosa ciudad subterránea, sino el poder motivador que lo creó, el espíritu de amor fraternal y esprit de corps. Fue esta razón, más que consideraciones o necesidades de tipo práctico, las que fueron responsables de la vasta extensión del sistema. Antes de la llegada del cristianismo no fue raro para los filántropos proporcionar para clases individuales o conjuntas, principalmente entre los pobres, lugares de entierro, no habiendo nada destacable en sí mismo en los cristianos que se inspiraron en la misma benevolente idea. Pero los primeros ejemplos fueron el producto de mera bondad del corazón, mientras que el motivo de la benevolencia cristiana fue el espíritu de fraternidad. Entre aquellos que dotaron de esta manera a la iglesia romana antigua hubo un miembro de la familia imperial, Flavia Domitila, que tenía una posesión en la Vía Ardeatina, de la que otorgó porciones para que se usaran como lugares de enterramiento. El cementerio común más grande de Roma, la catacumba que lleva su nombre, fue construido en ese lugar y algunos de sus propios parientes fueron enterrados allí. Otros cristianos siguieron su ejemplo y la Iglesia en conjunto, tan renombrada por su espíritu de caridad, no se quedó pasiva en esta buena obra.

Esos comienzos proceden del siglo segundo; el tercero es la gran época del enterramiento subterráneo en Roma, donde cesó primero el nuevo desarrollo, al igual que había comenzado allí. Es verdad que nuevas catacumbas se excavaron en el siglo cuarto, tales como las de San Félix en la Vía Aurelia, pero su número y extensión fueron comparativamente insignificantes. El enterramiento sobre la superficie, anteriormente raro, aumentó en frecuencia con el cese de la persecución y para comienzos del siglo quinto se hizo la norma. Las inscripciones fechadas proporcionan una idea segura del cambio; si se toma en proporción, fueron enterrados fuera de las catacumbas un tercio de los muertos entre 338 y 360, la mitad entre 304 y 369, dos tercios entre 373 y 400 y tras 450 todos. Este sorprendente cambio no se explica suficientemente por el reconocimiento del cristianismo; el cambio decisivo no coincide con la fecha del Edicto de Milán (313) y tanto en Sicilia y Tierra Santa el entierro continuó como antes, en primer lugar sobre el suelo y en segundo bajo tierra. Tal vez mejor sea interpretarlo como meramente una expresión de la conciencia general del cambio en la posición de la Iglesia durante el siglo, correspondiente al cambio que se nota en el retrato ideal de Cristo en el mismo período.
Una vez que las catacumbas romanas cesaron de ser lugares de enterramiento, en ninguna manera fueron abandonadas, sino que fueron destino de peregrinaciones piadosas. La veneración de los mártires y sus reliquias recibió una gran atención en el siglo cuarto, viéndose aumentado el uso de los antiguos enterramientos en esta forma por la restauración de los pasadizos y cámaras y la apertura de nuevos accesos por el papa Dámaso. Varios papas de los siglos quinto y sexto siguieron su ejemplo. Las antiguas cámaras fueron ampliadas en capillas o las basílicas regulares quedaron establecidas en las catacumbas (Santa Inés, San Lorenzo Extramuros, Santi Nereo ed Achilleo).

Aunque el entierro ya fuera en catacumbas o en tierra abierta fue la práctica común del cristianismo primitivo, algunas veces tuvo lugar en mausoleos o iglesias. La construcción de iglesias para señalar los sepulcros de los mártires y hacerlos accesibles a mayor número de fieles comenzó poco después del reconocimiento del cristianismo. En las iglesias de esta clase se practicó el entierro, ya sea mediante tumbas excavadas en tierra o mediante sarcófagos. Las principales iglesias usadas en esta forma en Roma fueron la de San Pedro y San Pablo, San Lorenzo y Santa Inés Extramuros y San Pancracio, donde gran número de cristianos fueron enterrados hasta bien avanzado el siglo sexto. Si en los primeros tres siglos los cristianos habían respetado la ordenanza civil que exigía que el entierro se practicara fuera de las murallas de las ciudades, el siglo cuarto supone la tendencia a romper con esas restricciones. En Constantinopla tuvo lugar hacia el año 381; mientras tanto las reliquias de los mártires habían sido trasladadas a las iglesias dentro de la ciudad, lo que suscitó el deseo de otros de ser enterrados en su cercanía, haciendo necesario un edicto imperial que prohibió estrictamente tales enterramientos intramuros. Sin embargo, Crisóstomo, que había sancionado esta restricción, fue él mismo enterrado en una iglesia en Constantinopla en 438 y cerca de él varias personas de prominencia. Gradualmente el creciente predominio de la práctica quebró la ley; en Roma hubo otros lugares de enterramientos intramuros en el siglo sexto, un cementerio sobre el Esquilino y varios lugares dentro y alrededor de las iglesias de la ciudad, aunque el traslado solemne de las reliquias de los mártires desde los cementerios exteriores a las iglesias de la ciudad no comenzó hasta los siglos octavo y noveno.
Fossores.
El mismo espíritu de amor que veló no sólo por los pobres y enfermos sino también por los muertos en la Iglesia primitiva, tuvo que estar en el cuidado de poner aparte oficiales concretos para el cuidado de esta parte de su obra. Parece probable que ya en días de Cipriano había personas especiales que estaban oficialmente encargadas del cuidado de los funerales. Donde se habían excavado criptas en la roca o construidas mediante albañilería, no eran necesarios excavadores de tumbas; pero el trazado de las catacumbas exigía un conocimiento técnico. Por eso casi nada se oye sobre administradores de cementerios antes del reinado de Constantino, y en ese período y tras el mismo más en el este que en el oeste. La iglesia de Roma no tuvo oficiales especiales a mediados del siglo segundo, pero en Cirta, en el norte de África, ya a comienzos de la persecución de Diocleciano aparecen los fossores como el orden clerical más inferior. Por tanto, fueron reconocidos entre los clérigos entre 250 y 350. Fuera de África los fossores son a veces nombrados antes de los ostiarii. Su función era excavar las tumbas y ejercer como custodios de los cementerios. En las catacumbas no hay pinturas que los muestren en su tarea; aquí son evidentemente de una clase más alta que la de meros trabajadores. En vista de la complicada naturaleza de su obra, eran más bien comparados con arquitectos. Al principio parecen haber sido sostenidos, igual que otros oficiales eclesiásticos, por las ofrendas voluntarias de los fieles; pero varias inscripciones de los siglos cuarto y quinto implican que recibían considerables sumas por la venta de las tumbas. Esta especie de tráfico probablemente desembocó en abusos y finalmente en el declive de la orden como tal. Parece haber sido suprimida definitivamente en Roma en la primera mitad del siglo quinto. Constantinopla también tuvo sus excavadores oficiales de tumbas, aunque allí no estuvieron reconocidos entre el clero. Como clase establecida por Constantino y refrendada por Anastasio, asistían a los entierros sin estipendio, pero recibían inmunidad de impuestos y otros privilegios, por lo que su posición era deseable y codiciada incluso por comerciantes acomodados. Se sabe por Ambrosio (MPL, xvii. 745) que en la iglesia de Milán todo el cargo de enterramientos estaba en manos del clero, pero no da detalles.

Existe información antigua y plena respecto a los oficiales que tenían la administración de los cementerios. Con el desarrollo desde las criptas privadas a los lugares de entierro para toda la iglesia local, esa responsabilidad quedó dentro de la esfera de influencia del obispo. Podía delegar, por supuesto, en alguno de sus clérigos que le ayudara y en Roma desde el siglo tercero aparecen los nombres de tales clérigos como administradores de los lugares de entierro comunes; el primero que puede ser identificado positivamente pertenecía a la orden del diaconado. El Liber Pontificalis, en su relato del papa Dionisio (259-268), supone que cada una de las iglesias parroquiales o titulares de Roma tenían asignado un cementerio especial y que los sacerdotes de cada iglesia tenían la supervisión del cementerio correspondiente. Al principio del siglo cuarto el crecimiento de la iglesia local exigió una ampliación del número, haciéndose una redistribución (de nuevo según el Liber pontificalis) por el papa Marcelo (308-309). Los ayudantes del párroco en este asunto fueron los llamados desde finales del siglo quinto præpositi, que estaban a cargo de los cementerios más importantes, y los mansionarii, que estaban sobre los menos importantes. Los præpositi de la catacumba de San Calixto, que no estaban clasificados con los otros, y los de San Pedro, San Pablo y San Lorenzo, no estaban sujetos a los párrocos sino directamente al papa.
Compra de la tumba.
En la antigüedad cristiana las tumbas fueron adquiridas y preparadas como en tiempos pre-cristianos, ya sea mediante compra o donación, y en la vida del destinado ocupante o en la muerte. La gente proporcionaba tumbas a parientes, amigos y esclavos mediante testamento o donación. La única innovación es la ya mencionada de que las iglesias locales proporcionaban lugares de entierro para los pobres de los fondos comunes. Se compraban frecuentemente tumbas individuales y criptas familiares, ocupando los registros de la transacción a veces más espacio que la inscripción funeral propia, proporcionando los nombres del comprador, vendedor y testigos, el precio y localización de la tumba. En algunas de las inscripciones romanas, probablemente relativas sólo a iglesias particulares, se menciona el permiso del papa. Hay casos donde se menciona el precio de la compra, aunque puede estar incluido el coste de la construcción, ya que en algunos casos parece ser excesivo, habiendo hecho probablemente los fossores un buen negocio, especialmente con lugares cerca de las tumbas de los mártires, en los cuales la demanda se incrementaba. Gregorio Magno se opuso a la venta de tumbas, pero tras su muerte el sistema parece haber revivido. Aunque la cuestión no puede ser positivamente decidida, parece que en la antigüedad cristiana la práctica de proporcionar un lugar de entierro en vida fue más común en el este que en el oeste y durante el período tras Constantino que antes.
Una tumba usada para varios cuerpos.
Un pasaje en Tertuliano (De anima, li) y los decretos de ciertos concilios contra el amontonamiento de cuerpos uno encima de otro o juntos ha llevado a muchos arqueólogos a creer que en la Iglesia primitiva cada cristiano tuvo una tumba propia. Pero esta idea es insostenible, como muestran especialmente las excavaciones de Paolo Orsi en los cementerios de Sicilia, donde halló frecuentemente más de un cuerpo en una tumba y en un caso hasta dieciocho. Incluso en Roma, donde hubo un mayor respeto hacia los muertos, las descripciones muestran no raramente que una antigua tumba se usó de nuevo para otros fallecidos, dándose la vuelta a la lápida original y poniendo el nombre del nuevo enterrado. La práctica parece haberse originado y llevado a cabo con menor escrúpulo en el este, donde ya en el siglo tercero hubo que tomar medidas contra los violadores de tumbas, no solamente los que las abrían con el propósito de enterrar más cadáveres, sino algunos que incluso las saqueaban.
Violación de las tumbas.
La costumbre de poner una inscripción sobre una tumba para evitar su profanación es muy antigua y por otro lado fue común en la Edad Media. Las inscripciones cristianas de esta clase avisan muy frecuente y expresamente contra el uso de la tumba para enterramientos por personas no autorizadas; pero los escritos de los Padres del siglo cuarto y los edictos de los emperadores cristianos en el mismo periodo muestran que no fue el único peligro a ser temido. Gregorio de Nacianzo ha dejado más de ochenta epigramas dirigidos contra los ladrones de tumbas y Juan Crisóstomo se vio obligado a denunciar este abuso una y otra vez en sus sermones. Una sorprendente deducción es que los avisos de las inscripciones cristianas parecen ir dirigidos principalmente a cristianos, si se juzga por sus apelaciones a Dios y al juicio final. En todas las secciones principales de la Iglesia antigua se hallan numerosas inscripciones que amenazan a los violadores de tumbas bien con castigos seculares o divinos, o con ambos; pero en ninguna parte son tan numerosos como en Frigia y en las provincias adyacentes de Asia Menor. Esta frecuencia se puede explicar parcialmente por la naturaleza abierta y comparativamente desprotegida de los cementerios en esa región, aunque tales inscripciones se encuentran también en las catacumbas romanas y sicilianas; pero probablemente se debe más a la tradición pre-cristiana en Asia Menor, donde las inscripciones paganas de esta clase eran muy numerosas, mientras que en Roma, por otro lado, son igualmente raras, entre paganos y cristianos. Los gobernantes seculares impusieron graves castigos a los violadores de tumbas; quedaban excluidos de beneficiarse de las indulgencias usuales de la Pascua y a sus esposas se les permitía divorciarse de ellos. La Iglesia no se quedó atrás en la amonestación y castigo de los ofensores. Pero el mal estaba tan profundamente arraigado que a pesar de todas estas medidas duró más que la antigüedad cristiana.
Diversas conmemoraciones.
Además de las solemnidades del entierro, la Iglesia primitiva tuvo varios ordenamientos para la posterior conmemoración del difunto. El más antiguo registrado es la conmemoración anual en la tumba de Policarpo el día de su martirio (Martyrium Polycarpi, xviii). En el tiempo de Tertuliano fue costumbre en África celebrar el aniversario de la muerte de otros cristianos (De corona, iii; De monogamia, x; comp. comp. también las Constituciones Apostólicas, viii. 42; Cipriano, Epist., xxxix. 3). Otras conmemoraciones tenían lugar en los días tercero, séptimo, noveno, trigésimo y cuadragésimo tras la muerte o el entierro. Tal como se ha apreciado en cuanto al modo de entierro, aquí también hubo variantes relacionadas con la influencia de las costumbres locales pre-cristianas, ya fueran judías o paganas. Por ejemplo, Ambrosio (De obitu Theodosii, iii) atribuye la celebración del trigésimo día al ejemplo de Y los hijos de Israel lloraron a Moisés por treinta días en la llanura de Moab; así se cumplieron los días de llanto y duelo por Moisés.[…]Deuteronomio 34:8 y el del cuadragésimo al de Y se requerían cuarenta días para ello, porque este es el tiempo requerido para el embalsamamiento. Y los egipcios lo lloraron setenta días.[…]Génesis 50:3; pero Agustín (Quæstiones in Heptateuchum, i. 172) muestra el origen pagano del noveno al ser el novendial del pueblo romano y sin precedente bíblico.

Ceremonias de conmemoración.
El lugar de esas conmemoraciones no es siempre mencionado en las autoridades más antiguas. Las descritas en el Martyrium Polycarpi y el gnóstico Acta Joannis tenían lugar en el sepulcro. Lo que se puede inferir del segundo de haber sido la práctica de los cristianos de Asia Menor se muestra por Tertuliano y Cipriano que también prevaleció en África, estando la celebración de la eucaristía relacionada con esas observancias. Mediante esta fiesta sagrada, que consoladoramente unía a los vivos con los que habían partido, las ceremonias memoriales adquirieron un carácter específicamente cristiano. Posteriormente se le añadieron varias otras ceremonias. De ellas la primera fue una comida, no el antiguo ágape sino una participada en forma ordinaria de simple nutrición. Esas fiestas en el aniversario de los santos desembocaron en abusos y excesos que son frecuentemente reprendidos por los Padres, especialmente en África, pero también en Milán y Roma. Las desvergüenzas que no eran solamente contra el dominio propio sino contra la moralidad, parecen haber tenido lugar en esas ocasiones en el este, según Crisóstomo, y también a principios del siglo cuarto en España, donde un concilio legisló contra ellas. De hecho, la influencia de los dies parentales y femoralia paganos continuó haciéndose sentir, como se aprecia en que Ambrosio y Agustín se prusieron regular tales costumbres y especialmente abolir cualquier cosa que pudiera parecerse a la costumbre pagana de ofrecer alimento y bebida a los muertos (Agustín, De moribus ecclesiæ catholicæ, i. 34; Confesiones, vi. 2; y un canon del segundo sínodo de Tours, 567). Sin embargo, esas autoridades no presentaron ninguna objeción hacia otras supervivencias de las costumbres pre-cristianas, tales como las ofrendas de bálsamo y otras especies aromáticas, que se derramaban frecuentemente en las tumbas en forma líquida, tal como se aprecia en uno de los descubrimientos de Orsi en las catacumbas de Siracusa y en San Pablo Extramuros en Roma. También se usó incienso. Fue una práctica común adornar las tumbas con flores, encendiéndose a veces luces, aunque esto fue prohibido por el concilio de Elvira sobre el insólito fundamento de que "los espíritus de los santos no han de ser perturbados." Esta costumbre está evidenciada por el gran número de pequeñas lámparas encontradas en las catacumbas, ya sea colocadas en los nichos o sujetas a los muros, que difícilmente tenían como propósito meramente iluminar los pasadizos oscuros.
En la consideración de esos puntos la división geográfica es evidentemente la correcta; pero la falta de espacio permitirá desarrollar sólo la descripción de los lugares subterráneos, mientras que se adoptará una clasificación genérica para los de la superficie.

Israel es rica en tumbas excavadas en la roca, recordando más o menos la apariencia del sepulcro de Abraham (1 Y vivió Sara ciento veintisiete años; estos fueron los años de la vida de Sara. 2 Y murió Sara en Quiriat-arba, que es Hebrón, en la tierra de Canaán; y Abraham fue a hacer duelo por Sara y a llorar por ella. 3 Después Abraham se levantó de delante[…]Génesis 23; 25:9). Ya sea naturalmente perpendiculares o artificialmente excavadas en los muros de la roca fueron excavadas en horizontal, o, donde tal cosa era difícil de lograr, se realizaba una excavación perpendicular en suelo rocoso apropiado, en el que se labraban una serie de escalinatas. Los lugares para tumbas individuales o familiares se excavaban horizontalmente, con una puerta baja y estrecha, cerrada con una piedra, a veces de forma cilíndrica. En las tumbas individuales se labraba una especie de nicho, o a veces dos, en cuya base, a semejanza de un lecho, se ponía el cadáver, envuelto en una tela sin ataúd. Una variante fue la sepultura vaciada, correspondiente al arcosolium de las catacumbas romanas, permitiendo al cuerpo ser colocado en una excavación que recordaba a un ataúd. Las tumbas individuales mejor conocidas en Israel son las llamadas de Absalón y de Zacarías en Jerusalén y varias en el lado meridional del valle de Hinom. Las tumbas familiares presentan las mismas formas y posteriormente se hallan frecuentes ejemplos de otra clase, en las que la excavación en las paredes está modelada para permitir al cuerpo ser empujado por la cabeza o los pies; de éstas se han encontrado un gran número en Israel. Esta clase se puede catalogar como de origen judío exclusivamente, y, donde se encuentran en relación con tumbas indisputablemente cristianas, se asume comúnmente que los cristianos meramente se apropiaron de ellas. No hay duda de que los judíos cristianos también usaron las vaciadas y las verticalmente excavadas. Un lugar de enterramiento interesante del último tipo de tumba son las del Monte de los Olivos, que en más de un particular difieren del arreglo normal en Israel y probablemente pertenecen a un periodo comparativamente posterior de la antigüedad cristiana. En otras partes del país, incluso hasta los siglos quinto y sexto, quedó preservado el carácter original de las tumbas individuales y familiares.
Siria.
Siria ofrece un considerable número de antiguas iglesias y cementerios, tanto subterráneos como sobre la tierra, y un tipo que es combinación de ambos, excavado en la roca y construido encima de ella. Las entradas a los lugares subterráneos son verticales o horizontales. En el primer caso están cubiertas por una piedra como la de un sarcófago o a veces por un techo con columnas o una cámara completa; en el segundo, una puerta lleva directamente a ellas por unos escalones o pasando primero por un pórtico o antesala. El lugar interior, usualmente rectangular, tiene dos o tres bóvedas, cada una a lo largo de un muro, siendo seis el número más grande citado por De Vogüé. El lugar en forma de ataúd para el cuerpo está generalmente cubierto, no por una losa, sino por una pesada piedra modelada como la tapa de un sarcófago. La principal diferencia entre los lugares de entierro cristianos conocidos de Siria (principalmente del siglo quinto, a juzgar por las inscripciones) y sus prototipos paganos es la elección casi universal de la forma arcosolium entre las usadas en tiempos pre-cristianos.
Mesopotamia.
Los cementerios de Mesopotamia parecen corresponderse en sus principales características a los de Siria central, incluyendo las estructuras total o parcialmente sobre tierra y excavaciones en la roca. Una importante necrópolis es la que está fuera de los muros de Constantina en Mesopotamia septentrional, sobre la tierra, conteniendo casi 2.000 tumbas. Los lugares de enterramiento subterráneo parecen haber estado relacionados con antiguas canteras y algunos de ellos son más extensos que los similares en Siria, aunque se han encontrado numerosos más pequeños.
Asia Menor.
Los cementerios cristianos antiguos mejor conocidos en Asia Menor están en el extremo sur y oriental de las provincias de Isauria y Cilicia, de los que el primero fue explorado por L. Duchesne. Cerca de la antigua Seleucia hay numerosas cámaras rectangulares a distancias irregulares una de otra, excavadas en piedra caliza y en las que se entra por puertas. Contienen desde tres a diez tumbas, con algo semejante a arcosolia, pero fuera de las murallas. Cámaras en la roca y arcosolia aisladas se encuentran también cerca de la localidad de Libas y muchos ataúdes aislados estaban dispersos alrededor de tres basílicas en Mout, la antigua Claudiópolis, así como tumbas cavadas y cubiertas con losas de piedra. Anazarbe en Cilicia tiene una gran necrópolis que data de un período posterior de la antigüedad cristiana, en la que se encuentran cámaras y ataúdes en la roca, así como en Elæussa. Un cementerio todavía mayor fue probablemente el de Corykos, donde las cámaras están excavadas en la roca, a veces en varias filas una sobre otra. En todas las colinas de las inmediaciones hay sarcófagos aislados. En Pisidia, en Termessos, hay cámaras en las que las cruces muestran que fueron cristianos. Ya que Armenia tiene tumbas de roca cristianas en Arabissos, no es improbable que la provincia de Capadocia proporcione algunos ejemplos. Es posible que la falta de interés mostrada hacia los cementerios cristianos de Asia Menor se deba al estrecho parecido entre ellos y los lugares paganos de enterramiento, no faltando evidencia que apoya la teoría de que un considerable número que han sido clasificados como paganos, se demuestre, tras investigación, que sean cristianos.
Egipto.
La investigación científica moderna de los restos sepulcrales cristianos de Egipto no tiene proporción con la importancia de la parte septentrional de ese país en la Iglesia antigua, pudiéndose discutir la cuestión principalmente por la evidencia encontrada en Alejandría. Entre las catacumbas a las que se tuvo acceso en el siglo XIX la mejor conocida es la descubierta en 1858, cerca de Serapeum en la parte sudoccidental de la antigua ciudad. Una escalinata lleva a una antesala cuadrada, con un nicho semicircular en el lado occidental y dos cámaras que salen de ella. Una de ellas es larga y estrecha, abovedada y contiene 32 tumbas. La otra, más pequeña y cuadrada, tiene tres tumbas excavadas, una en cada lado, y otra en el suelo. Que fueron usadas por cristianos se demuestra por las pinturas e inscripciones, aunque en fecha posterior a la de su construcción. Néroutsos, el estudiante más exhaustivo de las catacumbas alejandrinas, menciona otra, descubierta en 1876, que él cree ser cristiana. En esta la antesala recuerda a una ædicula, griega o romana, aunque los capiteles de las columnas están decorados con flores de loto en lugar de flores de acanto. La cámara oblonga que sale de ésta tiene tres filas de tumbas, en ángulos rectos con el muro, una sobre otra, hasta cincuenta y cuatro. Esos cementerios fueron probablemente lugares de enterramiento familiares, que sirvieron para más de una generación. Indudablemente los paganos y judíos de Alejandría comenzaron con este sistema, pero hay razones para creer que los cristianos no siempre se adhirieron al mismo.
Cirenaica.
En Cirenaica hay un gran número de enterramientos excavados en la roca, tanto paganos como cristianos, especialmente en la antigua capital de la ciudad. Hasta donde puede determinarse, la mayoría de los lugares de enterramiento de Cirene están excavados en acantilados perpendiculares cerca de la ciudad. Sólo unos pocos de ellos proporcionan evidencia positiva de uso cristiano, aunque hay razón para pensar que no lo son todos. Muestran una gran variedad de métodos, incluyendo sarcófagos de piedra movibles e inamovibles, arcosolia, loculi, tumbas cavadas en el suelo y largos y estrechos agujeros en el acantilado en el que los muertos eran colocados unos encima de otros, separados por losas horizontales. Los arcosolia muestran considerable sentimiento artístico y donde aparecen techos abovedados recuerdan no poco a las bóvedas de los ábsides en las antiguas iglesias. En esas catacumbas a veces hay varias cámaras unidas formando una mayor, que servía evidentemente para más de una familia y en un caso es posible concluir con certeza que era un lugar de enterramiento para toda la comunidad cristiana.
África del Norte.
Incluso si la afirmación frecuentemente hecha de que no hubo cementerios subterráneos en el norte de África se abandona, es verdad, al menos, que tuvieron poca importancia comparados con el gran número al aire libre o en edificios y cerca de ellos sobre el suelo. Parece que sólo hay dos lugares subterráneos que considerar. Uno en Tipasa tuvo diez cámaras adyacentes excavadas en la roca al pie de las colinas. La cámara, trapezoide en forma, tiene un arcosolium en cada uno de los tres lados y tres tumbas excavadas en el suelo, cubiertas con losas planas. Gavault, su descubridor, las comparó con algunas cámaras en las catacumbas romanas, pero es más análoga a la oriental y siciliana. El otro cementerio, descubierto en 1885, es el de Arch-Zara. La porción accesible es elíptica en forma, terminando en una especie de ábside. Cuatro pasadizos paralelos, cruzados por otros en ángulo recto, se encuentran en la misma. En los muros de sus galerías están colocados loculi, cerrados por losas de ladrillo.
Sicilia.
Los cementerios de Sicilia sobrepasan en número a los de cualquier otra provincia del Imperio romano y muestran formas más variadas que incluso las que Roma misma puede ofrecer. Cada uno de los pueblos que sucesivamente gobernaron la isla trajo sus propias costumbres, mientras que ninguno fue lo suficientemente fuerte para imponerlas y excluir las antiguas. Al tratar con el problema de la sepultura, el cristianismo tuvo a su disposición una diversidad de métodos, tanto nativos como mezclados, para escoger y necesitó sólo adoptarlos o adaptarlos. No quedó limitado a los tipos sicilianos; los muchos lazos que relacionan la isla, incluso en tiempos cristianos, con Asia Menor, Siria, Egipto, Norte de África y Roma hacen posible que hallaran entrada otros tipos arquitectónicos. La formación geológica de la isla favoreció la excavación de lugares subterráneos de enterramiento. La piedra caliza abunda, siendo más firme que la tufa granulare de las inmediaciones de Roma.
La primera etapa del desarrollo está formada por las criptas familiares, de las cuales la más simple muestra un cuadrado, de forma oblonga o trapezoide con sepulturas en los muros, usualmente del tipo arcosolium o loculus. Luego la pequeña cripta convertida en sala, de la que surgen recovecos a cada lado, diseñados usualmente como una campana o una corola, aunque a veces son cuadrados, con una abertura en lo alto para la luz y el aire. Estructuras basadas sobre antiguas cisternas están limitadas a las inmediaciones de Girgenti y tumbas con un baldaquino de cubierta a Sicilia oriental y Malta.
Las principales diferencias en estructura dependen del tamaño del cementerio. Las galerías de las grandes catacumbas se hicieron con uno o más pasillos principales y varios pequeños cruzándose o siendo paralelos a ellos. Los pasadizos son como norma comparativamente anchos, mucho más que en Roma. Ocupando una posición intermedia entre los pasadizos y las cámaras están los recovecos, tan amplios o más amplios que los corredores, pero más cortos. Se encuentran con frecuencia en Sicilia y a veces contienen sarcófagos, arreglados algunas veces en terrazas. Donde hay cámaras en las grandes catacumbas, están conectadas con las galerías y son de forma cuadrada, oblonga, trapezoide o circular, siendo ésta especialmente preferida en las principales catacumbas de Siracusa. Las rectangulares tienen techo plano o abovedado, las circulares están a veces cubiertas con una cúpula, conteniendo una abertura en lo alto para la luz y el aire. Donde el tamaño es suficientemente grande para que pueda producirse la posibilidad de una caída del techo, se impidió mediante la construcción de pilares en la roca sólida o por la erección de columnas. Los corredores y cámaras están a veces en un solo nivel y a veces en diferentes.
La variedad de formas de los sepulcros es incluso mayor que la de la estructura general. En la mayoría de los lugares el tipo más común es el arcosolium, a veces doble, uno encima de otro. Las tumbas sencillas se hallan en número relativamente escaso; usualmente aparecen varias en una fila (hasta quince o incluso más) bajo el mismo techo abovedado. En Sicilia los loculi son mucho menos comunes que los arcosolia y donde son numerosos ciertos corredores los contienen casi exclusivamente para niños. Son raros la "tumba-mesa" y el sepulcro en ángulo recto con el muro. Por otro lado, los sarcófagos fueron comunes, bien excavados en la roca natural, elaborados artesanalmente o hechos del mejor material, tal como mármol, de manera que las tumbas excavadas en el suelo de cámaras, recovecos y galerías forman una característica de los cementerios sicilianos. La más importante de todas las catacumbas sicilianas fue la de San Juan cerca de Siracusa, que en extensión y destreza sobrepasa incluso a las romanas.
Malta.
En Malta la mayoría de los antiguos cementerios están cerca de la capital, en las inmediaciones de los lugares de enterramiento cartagineses. Donde los lados de acantilados rocosos eran accesibles las excavaciones fueron horizontales y en el terreno liso verticales. Algunas de ellas no son sino galerías, otras solamente cámaras. Como norma, las galerías son pocas y cortas, siendo su altura la de un hombre. Entre las formas hay una que no ha sido hallada fuera de Malta, conocida por conveniencia como el "sepulcro-horno." se trata de una abertura en el muro a una distancia mayor o menor del suelo, con la parte inferior y los lados rectos y la superior en forma de arco o concha o a veces recta. Esas partes externas están cuidadosamente construidas y decoradas, a veces con pilastras en el frente; en la parte posterior hay una abertura rectangular que da acceso a la longitud de un sepulcro usualmente para dos y en menos ocasiones para uno o tres cuerpos. Esas tumbas están generalmente ordenadas en una fila; en la catacumba de Tal-Liebru hay dos filas, una sobre la otra. Esta peculiar forma difícilmente puede ser de origen cristiano, sino que es más bien, como Mayr ha mostrado, el desarrollo de un tipo usado por la población fenicia de la isla. En varios lugares de enterramiento es la única forma usada, en otros aparece concurrentemente con los tipos más usuales, entre los que el arcosolium es el más frecuente. Tanto en esta clase de tumbas como en las otras es común una depresión circular para la cabeza. Los cementerios malteses, que datan la mayoría de los siglos cuarto y quinto, son como norma pequeños, y deben haber servido para familias u otros pequeños grupos. Sólo una catacumba se conoce en la vecina isla de Gozzo.
Melos.
Cerca de la localidad de Trypiti en Melos, rodeada por tumbas paganas, hay una necrópolis cristiana indudablemente usada ya en el siglo cuarto, compuesta originalmente de cinco catacumbas separadas, cuatro de las cuales estuvieron posteriormente conectadas, siendo probable que haya otras escondidas en las inmediaciones. La más antigua, la del medio, consiste de una amplia galería principal y varios corredores laterales. La anchura de las galerías varía desde 1 m. a 4 m. y la altura desde 1,30 a 2,20. Los muros contienen arcosolia con arcos semicirculares y unos pocos loculi, habiendo tumbas excavadas en el suelo de todos los pasadizos, usualmente a pares. Las tres catacumbas indudablemente cristianas no tienen cámaras, pero las otras dos, que son probablemente cristianas, los tienen. Bayet contó 150 arcosolia y 66 tumbas excavadas en las cinco.
Apulia.
En lo que concierne a Melos y Apulia, sería difícil encontrar una afinidad más cercana entre los tipos de catacumbas descritas y las de Venosa, de las que la más estudiada es en principio de origen judío. Aquí se halla la misma amplitud inusual de galerías, a pesar de la naturaleza desmenuzable del material, siendo predominante la forma arcosolium, al menos en las principales galerías, y estando el suelo lleno de tumbas cavadas, mientras que faltan las cámaras. La principal diferencia está en la forma de los arcosolia, que en Melos son de una sola clase y en Venosa de varias, respondiendo a la variedad siciliana; de hecho la catacumba judía de Venosa ofrece hasta cierto punto el paso intermedio entre Melos por un lado y Sicilia e Italia meridional por otro.
Nápoles.
Las catacumbas de Nápoles son las más importantes entre las de la Campania y de ellas la más grande y antigua es la de San Gennaro dei Poveri, cuyos principios parece que retroceden al siglo primero. Se cuentan cuatro, pero hay razones para suponer que hubo más originalmente. La más antigua tiene una base trapezoide, con una anchura máxima de diez metros y algo más de longitud. Salas más pequeñas salen de ella a derecha e izquierda, la última de las cuales fue remodelada en iglesia. En la parte posterior de la sala mayor están las entradas a dos galerías paralelas, conectadas por numerosos pasadizos transversales. De la parte exterior de cada uno surgen otras cámaras y galerías, que a su vez se ramifican todavía más, aunque en extensión mucho menor que en las catacumbas romanas. La segunda catacumba es menos importante y las otras dos todavía menos. Muestran tres tipos de sepulcros, arcosolia, loculi y excavados. Los primeros son los más numerosos en las salas y cámaras, así como en las más antiguas e importantes galerías; a diferencia de las romanas, pero al igual que las de Melos y Sicilia, a veces están en dos filas, una sobre la otra. De la disposición irregular de los loculi, que parece como si hubieran sido amontonados, es seguro atribuirles una fecha posterior. Sin embargo, forman la mayoría del número total de tumbas.
Castellamare.
En Castellamare hay una catacumba posterior pero que no carece de interés, llamada de San Blas. Además de una sala de entrada casi cuadrada, contiene una galería principal, de una nachura de casi 3 metros, alineada con arcosolia. A la izquierda surgen tres galerías, en cuyo final hay una cámara de la que continúan otras galerías añadidas. El peso de la evidencia está en favor de un origen cristiano. El ordenamiento de las tumbas en las cámaras en Castellamare y Sorrento es peculiar; están colocadas en filas una sobre otra de manera que recuerdan un panal, forma que no existe en las catacumbas más antiguas, aunque es imposible decir si se originó con los cristianos de esos lugares.

La historia de las ampliamente conocidas catacumbas de Roma comienza, como es el caso en otras partes, en el solar familiar. En los primeros dos siglos, e incluso después, hubo cristianos que escogieron lugares para enterramiento para sí mismos y sus familias, incluyendo en algunos casos a sus libertos. El ordenamiento de los primeros cementerios no está demostrado que se derive de modelos paganos, ya que hubo muchos judíos en Roma y en la iglesia primitiva en esa ciudad, quienes también enterraban a sus muertos en los cementerios subterráneos. Pero hay razones para creer que, aunque sería demasiado decir que las tradiciones judías no tuvieron influencia en el desarrollo antiguo, los primeros comienzos del sistema de entierro cristiano en Roma se derivaron más bien de prototipos paganos.
Con la evolución del solar familiar en el cementerio común para los fieles, el subsuelo de Roma se convirtió en un laberinto, aunque realmente su plan es más simple e inteligible que el de algunas de las más grandes catacumbas fuera de Roma. La excavación comenzaba cavando en ángulo en la tierra, haciéndose posible el descenso mediante escalinatas, usualmente cubiertas con ladrillo o mármol. Una vez que se había alcanzado la profundidad requerida la excavación continuaba horizontalmente en una galería principal y otras aproximadamente paralelas con ella, conectadas por pasadizos cruzados en una red regular. Los muertos eran enterrados usualmente en las paredes y con menor frecuencia en el suelo de los pasadizos. Aquí y allá, al lado, al final o en la intersección de los pasadizos, se abrían puertas que guiaban a una o más cámaras (cubicula). La forma de las mismas era como norma casi rectangular, menos veces poligonal, semicircular o circular; el techo era casi plano o abovedado en forma de cruz en la rectangular y con forma de cúpula en la poligonal o circular. Las catacumbas posteriores usualmente tienen cámaras más pequeñas.

Las catacumbas de las poblaciones alrededor de Roma y en Etruria recuerdan las romanas más que las sicilianas; pero hay notables diferencias, como en las típicas de Bolsena, Chiusi y Soriano, que, al ser examinadas en detalle, llevaron a la conclusión de que la influencia de las antiguas costumbres etruscas de enterramiento tiene mucho que ver con ellas. De hecho, se extendían hasta muy cerca de las puertas de Roma y algunas de sus características se encuentran en las catacumbas de Rignano y en los mojones de la Vía Flaminia.
Al aire libre.
La forma más simple de los cementerios al aire libre se encuentra en el alto Egipto, donde, para economizar el terreno disponible para la agricultura y al mismo tiempo proteger a las tumbas de las inundaciones, los cristianos enterraron a sus muertos en la frontera del desierto, en grandes cementerios usados por un considerable distrito. Raramente usaban ataúdes de madera, atando los cadáveres, momificados con natrón, a una tabla de sicómoro, luego los envolvían con telas y los enterraban en una tumba ordinaria.
El descubrimiento en 1873 de un cementerio que procede de los siglos cuarto y quinto en Portogruaro, la antigua Julia Concordia, proporciona una idea de otros enterramientos ya desaparecidos, especialmente en Italia septentrional. Varios cientos de sarcófagos de piedra caliza de Istria yacen bien directamente sobre el suelo o sobre grandes basas cuadradas. Están extraídos de un simple bloque de piedra, usualmente sin nada a sus lados salvo inscripciones y cubiertos con pesadas losas. Los cementerios de Arlés, Vienne y Tréveris fueron diseñados de la misma manera. En Arlés había cinco capas de tumbas, una sobre otra, separadas sólo por una capa de tierra, la inferior era pagana y las superiores cristianas. Igual ordenamiento había en Vienne y Tréveris, salvo que en la segunda se encontraron sarcófagos y tumbas marcadas con albañilería o ladrillos y cubiertas con losas de ladrillo, piedra caliza o arenisca. De nuevo aquí las inferiores contienen inscripciones y sarcófagos paganos, siendo la deducción más probable que los cristianos en la Galia y la zona del Rin ocuparon antiguos lugares de enterramiento paganos. El areæ de África septentrional obtuvo una cierta celebridad incluso durante la época de las persecuciones, siendo cuidadosamente estudiada por investigadores franceses durante el siglo XIX. Una en Lambése estaba rodeada por un ligero muro y aparentemente no contenía nada más que tumbas ordinarias. Además de eso, se construyeron pequeñas estructuras abovedadas sobre los cuerpos, como en Cesarea, en Mauritania. Dos cementerios importantes al aire libre existieron en Tipasa; en el centro de uno se construyó la basílica sobre el cuerpo del mártir Salsa.

La palabra "mausoleo", restringida actualmente a monumentos grandes e imponentes, se usó en tiempos antiguos para tumbas menos importantes, empleándose también frecuentemente memoria. Esos pequeños edificios memoriales casi han desaparecido y pudieron haber sido particularmente numerosos en regiones donde el enterramiento pequeño familiar fue la norma y donde la costumbre de construirlos fue prevaleciente en tiempos pre-cristianos. Siria y Mesopotamia han proporcionado una considerable proporción de los mismos y Asia Menor probablemente tuvo muchos, pero existieron también en países donde el enterramiento común fue la norma. Algunos estaban entre tumbas al aire libre, como encima de la catacumba de San Calixto en Roma; otros cerca o asociados a las iglesias, como en Tipasa y dos adjuntos a la antigua iglesia de San Pedro en Roma; otros estaban aislados, como la tumba de Gala Placidia y la de Teodorico en Rávena.
Base y forma.
La frecuencia de cámaras sepulcrales rectangulares en los cementerios subterráneos lleva a la expectativa de encontrar la misma estructura sobre el suelo, siendo de hecho la norma en Siria y Mesopotamia, mientras que la existencia antigua de numerosos ejemplos de esta clase se puede deducir de pinturas y esculturas que representan la resurrección de Lázaro, que casi siempre describen una tumba oblonga como una casa o templo. Ejemplos en el oeste son una construida sobre una torre sobre la catacumba de San Calixto en Roma, otra abovedada en Tropea, dos adjuntas a cada lado de una basílica en Morsott y otra en Tipasa en el norte de África. Ocasionalmente a la base rectangular se añadió una terminación semicircular en la parte posterior, como en el grupo de tumbas en el cementerio de Manastirine cerca de Salona, del siglo cuarto o antes y otros ejemplos en Tipasa y Ancona. Sin embargo, la forma de rotonda fue también frecuente desde tiempos antiguos. Dos grandes mausoleos de esta forma, Santa Petronila y Santamaría della Febbre, cerca de San Pedro en Roma, y la iglesia de San Jorge en Salónica fueron probablemente sepulcrales en origen. La tumba de Teodorico en Rávena es externamente un decágono, con la planta dentro de una cruz griega y circular arriba. Una vez que se hicieron corrientes las adiciones semicirculares a una planta rectangular original, sugiriendo la forma de una cruz, recibieron la idea de un desarrollo ulterior a manos de cristianos. El ejemplo más prominente fue el mausoleo de los primeros emperadores cristianos, la iglesia de los Apóstoles en Constantinopla, de cuya suntuosa estructura, desgraciadamente, poco más se sabe de que tenía la forma de una cruz griega. La tumba de Gala Placidia en Rávena también merece estudio en este sentido. Probablemente anterior al tiempo de Constantino es la construcción original de dos mausoleos sobre las catacumbas de San Calixto, que posteriormente recibieron los nombres de San Sixto y San Sotero.
Cementerios relacionados con iglesias.
Cuando, tras el cese de las persecuciones, se llevó a cabo en gran escala la construcción de iglesias sobre o cerca de las tumbas de los santos, el desarrollo de los cementerios en relación con ellas fue una consecuencia del deseo de los cristianos de ser enterrados próximos al lugar de los mártires. A pesar de la antigua ley que prohibía el entierro dentro de los muros de la ciudad, tales entierros continuaron una vez que se llevaron las reliquias de los mártires a las iglesias principales de varios lugares. El entierro dentro de la iglesia misma no fue aprobado en todas partes. En España e Italia, particularmente, incluso fue objeto de una legislación conciliar adversa, aunque esta barrera no fue suficiente para impedir la tendencia popular. Tanto la evidencia literaria como la monumental atestigua de la existencia de porciones claramente separadas de edificios usadas para la adoración y el enterramiento. Un gran número de ellos surgió fuera de los muros de Roma. Desafortunadamente muchos edificios más pequeños de esta clase cayeron en decadencia u olvido durante la Edad Media y posteriormente, mientras que los grandes quedaron tan transformados en el curso del tiempo que actualmente apenas les queda una huella de su uso original. Por tanto, es más fácil examinar las ruinas existentes para hacerse una idea de la constitución adoptada en el primer caso. De estos ejemplos indudablemente el más significativo es el descubierto y explorado por Delattre en Damous-el-Karita, cerca de Cartago. Aquí, en la iglesia propiamente dicha y el atrium, así como en las inmediaciones, salieron a la luz más de 14.000 inscripciones o fragmentos. Los muertos fueron enterrados en tumbas ordinarias, marcadas y cubiertas con losas, aunque algunas fueron construidas de albañilería, frecuentemente cubiertas con losas de piedra, encontrándose también varios sarcófagos. De las grandes iglesias en Roma el mejor ejemplo lo proporcionó la de Santi Nereo ed Achilleo, cuyo suelo estaba literalmente sembrado de tumbas y sarcófagos. La iglesia de San Pablo Extramuros, también en Roma, que desde el siglo cuarto fue un lugar favorito de enterramiento, estaba rodeada por un espacio destinado a entierros, cubierto por un techo sostenido por columnas y adornado con pinturas y la de Santa Balbina, que también estaba fuera de la ciudad, tenía una teglata bajo la cual se enterraban a los muertos.
Tumbas ordinarias.
En la época primitiva la simple tumba excavada en la tierra fue la forma más común para los cementerios sobre tierra. Ordinariamente no era tan profunda como las tumbas actuales y estaba frecuentemente marcada con losas de piedra, ladrillo o albañilería. Esta costumbre desembocó en la conversión de la simple tumba en una cripta capaz de guardar varios cuerpos. De esas criptas ninguna ha sido tan completamente investigada como las del cementerio de San Calixto y las iglesias de San Lorenzo y San Pablo Extramuros por De Rossi. En la primera citada se excavaron grandes huecos y luego se dividieron mediante particiones en espacios suficientes para un cuerpo en cada uno. En esos compartimentos los cadáveres eran colocados uno sobre otro, cubriendo una losa al primer enterrado y sirviendo como soporte para el siguiente. En lugar de la losa se usaba ocasionalmente una cubierta de ladrillo o una capa de albañilería. En este cementerio particular la excavación fue hecha lo suficientemente profunda para contener diez o incluso más cuerpos, siendo la media entre ocho y nueve. El mismo sistema se encuentra en Ostia, Porto y Tropea en Calabria, así como en el norte de África y Atenas. En otros casos, como en el mismo cementerio de San Calixto, los cadáveres se colocaban uno al lado del otro y separados por una losa vertical. Mientras que la forma usual de todas esas tumbas era rectangular, en el norte de África aparecen algunas que corresponden aproximadamente a la forma del cuerpo, estando redondeadas en la cabeza y los pies. Frecuentemente eran también más anchas en la cabeza que en los pies, correspondiéndose con ejemplos encontrados en las catacumbas sicilianas. En ambos casos este tipo es una supervivencia del uso nativo pre-cristiano.
La cubierta de la tumba.
El sellado de las tumbas, cualquiera que fuera la forma que tomaran, se hizo de varias maneras. En el alto Egipto comúnmente, pero en otras partes también, la tierra removida en la excavación se amontonaba sobre la tumba. En otros casos las losas se ponían sobre la tierra o en los lados, donde una línea artificial se colocaba en la tumba. Esas losas estuvieron frecuentemente decoradas en el siglo quinto con mosaicos, incluyendo una inscripción y varias representaciones pictóricas, a veces con el retrato del fallecido o dibujos simbólicos. En lugar de losas se usaron en algunos lugares grandes piedras cortadas de forma tosca, especialmente en el este y en el norte de África, donde fue una reminiscencia de la costumbre cartaginesa.

El término sarcófago se usó originalmente por los antiguos en relación con una clase de piedra encontrada cerca de Assos en Asia Menor, que se suponía que tenía la propiedad de consumir la carne del cadáver en poco tiempo (Plinio, Hist. nat., XXXVI. xvii. 27), pero a veces se empleó para receptáculos hechos de otra piedra. Los cristianos antiguos, tomando tanto el nombre como el material, usaron la piedra que encontraron a mano. Sin embargo, para las decoraciones en relieve se adaptaba mejor la piedra caliza porosa, usándose también el mármol. La forma más usual fue la de un paralelepípedo, excavado para recibir el cuerpo. La forma del cuerpo a veces fue parcialmente reproducida en el exterior, especialmente en el norte de África, o al menos la cabeza era semicircular, mientras que en Roma la cabeza y los pies eran semejantes. Los sarcófagos para niños se encuentran raramente, porque usualmente eran enterrados con sus padres. Cuando se ponía más de un cuerpo en el mismo sarcófago, las particiones de piedra se colocaban a veces en el interior. Los sarcófagos cristianos fueron frecuentemente adornados con decoraciones más o menos elaboradas, usualmente en relieve, aunque el gusto de los cristianos norteafricanos por el mosaico les llevó a emplearlos en algunos casos.

A veces se usaron ataúdes de madera, ya sea incorporados en los sarcófagos o enterrados en la tierra; pero a causa de ser un material perecedero desaparecieron casi por completo. Un ataúd de ciprés se encontró en el sarcófago de mármol de Santa Cecilia y Gsell encontró otros de roble y pino en sarcófagos en Tipasa. Un arcón rectangular de cedro, pero ricamente decorado con láminas de oro y plata, recibió los restos de Paulino en Tréveris, siendo posteriormente incorporado en un gran sarcófago de piedra. También se conocieron ataúdes de plomo, pero los receptáculos más peculiares fueron los que tenían forma de ánfora o gran vasija de agua. Fácilmente podían contener cuerpos de niños; cuando se usaban para personas adultas a veces eran tomados aparte y agrandados mediante la adición de piezas cilíndricas tomadas de otras ánforas y luego pegadas.
En correspondencia con la gran variedad de arreglo y estructura ya mencionados hay todavía una mayor riqueza de objetos pertenecientes al equipamiento y decoración de las tumbas. Muchos de esos objetos parecen naturales e inteligibles hoy, pero otros parecen peculiares, especialmente la provisión de utensilios domésticos. Las inscripciones e imágenes pintadas o grabadas son una herencia de las tradiciones de pueblos civilizados anteriores, especialmente griegos y romanos y no parece improbable que la provisión de esos diversos objetos fuera similarmente una continuidad de antiguas costumbres. Es indisputable que esos pueblos pre-cristianos contemplaron la tumba como una casa y le dieron el arreglo y decoración correspondiente. Las tumbas romanas a veces recuerdan un hogar, con atrium, triclinia y semejantes. Numerosas inscripciones paganas designan o bien una cripta o una tumba sencilla como una casa, la casa eterna, etc. Esas mismas designaciones y una forma análoga de construcción no son raras en el uso cristiano antiguo, como se aprecia en monumentos, inscripciones y los escritos de los Padres. Esta concepción de la tumba como una casa ofrece la única explicación satisfactoria de lo que de otra manera quedaría en el misterio, como es el carácter de los objetos en la tumba como donaciones para los muertos. Demuestran el poder de una larga costumbre, de la que ni siquiera el cristianismo medieval fue capaz de emanciparse totalmente.

La indumentaria apropiada para el cadáver fue universal, no importa la forma de tumba que se usara. Incluso aquellos que murieron por la peste en Alejandría tenían su indumentaria apropiada (Eusebio, Hist. eccl., vii. 22). El lino parece haber sido el material usual y el color el blanco, aunque se usaron a veces costosos materiales, como seda y púrpura y brocados de oro. Ambrosio, Crisóstomo y Jerónimo protestaron contra el uso de indumentarias bordadas de oro y el primero y el último también contra las de seda. En un periodo posterior hubo sínodos que vieron necesario legislar contra el lujo en la mortaja, como el de Auxerre en 578. En el mismo siglo Gregorio de Tours relata que una pariente del rey Childeberto fue enterrada "con grandes ornamentos y mucho oro", que, sin embargo, pronto fueron robados. Las indicaciones dadas en la literatura del periodo están confirmadas por numerosos descubrimientos, cuyo mayor número ha sido en el alto Egipto. Aquí las vestiduras son principalmente de lino, en menos casos de lana pura o seda. En cuanto a los meros ornamentos, aunque Gregorio de Nisa dice que el cuerpo de su hermana Macrina fue despojado antes del entierro de anillos y collares, los descubrimientos muestran que no fue ésa la práctica común. Al contrario, el número de tales objetos encontrados llevó a la conclusión de que muchos cuerpos estuvieron más ricamente adornados en muerte que en vida. Entre ellos se encuentran anillos, pendientes, brazaletes, collares, peines, fíbulas, etc., hechos de diversos materiales y llevando frecuentemente emblemas cristianos, tales como el monograma de Cristo, el buen pastor, la paloma, el pez y la cruz. Con esos ornamentos es fácil confundir los amuletos a veces encontrados, ya que muchos de ellos estaban en forma de anillos, brazaletes o pendientes para el cuello.
Disposición del cadáver.
Donde los cavadores de las catacumbas o los canteros que hicieron los sarcófagos delimitaban el espacio para el cuerpo, como a veces fue el caso, para que su cabeza fuera más alta que sus pies, no hubo necesidad para ningún soporte para la cabeza. Pero en otros casos se colocaron tales soportes en las tumbas, siendo el más primitivo el consistente de una o más piedras. En el alto Egipto se han encontrado ricas almohadas de cuero, tan suntuosamente decoradas como para merecer el nombre de obras de arte. Vasijas de barro servían al mismo propósito en el norte de África. A veces el soporte era para todo el cuerpo. Por razones sanitarias la tumba fue a veces demarcada con cal, que también se espolvoreaba sobre el cuerpo. Huellas de esta costumbre se han encontrado en las catacumbas romanas y en otras partes, como en el norte de África. En algunos lugares los muertos fueron también puestos sobre un lecho de hojas de laurel.
Dádivas para los muertos.
Mientras que los cristianos de la época primitiva menospreciaron usualmente el uso de aceites y ungüentos perfumados, usaron tales cosas para los muertos en cantidades considerables. Los cadáveres eran ungidos antes de ser amortajados para el entierro y luego untados con perfumes o embalsamados regularmente con especias, aunque esta última práctica parece haber sido comparativamente rara en Roma. La momificación fue todavía más extraña fuera de Egipto. Usualmente la ropa bañada en perfumes se colocaba sobre el cuerpo, especialmente el rostro, y se ponían a su lado vasijas de las más diversas formas llenas con perfumes. Es prácticamente seguro que algunas de las vasijas conocidas como ampullæ contenían esos perfumes y otras vino. Ya que se ofrecía alimento y bebida para los mártires y otros santos en las conmemoraciones festivas, es seguro decir que esa costumbre tuvo lugar también en los entierros. Hay también la posibilidad, a veces discutida, de que tales vasijas contuvieran los elementos de la eucaristía, o al menos el vino consagrado, en relación con la práctica condenada en el tercer concilio de Cartago y posteriormente, de hacer al muerto partícipe de la comunión.
Otro tipo es la forma de gran número de utensilios domésticos de toda clase que se han encontrado en las tumbas. Comprenden vasijas de todas clases, principalmente de barro pero a veces de cristal o de materiales más costosos, cuchillos, tenedores, cucharas, tablillas para escribir, tinteros y estiletes, martillos, clavos, cinceles y objetos de muchas clases diferentes. Otros objetos de uso diario pertenecen menos a la mera utilidad que al lujo y al adorno. Una variada colección de artículos tales como los que servían a las mujeres de aquellos días para el baño se han descubierto en las tumbas de las catacumbas o cerca de ellas, hechos de metal, mosaico, marfil, cristal y madreperla. Al ser concebida la tumba, en cierto sentido, como la casa o cámara del fallecido, no es sorprendente que los padres, por ejemplo, pusieran cerca de los cuerpos de los hijos los objetos que más habían amado en vida, como muñecos, pequeñas figuras de hombres y animales, pequeñas lámparas, cucharas, huchas y objetos escolares. Incluso se encuentran objetos pertenecientes a la diversión de personas adultas, como juegos de mesa, dados y semejantes. Las monedas aparecen frecuentemente. Y aquí hay evidencia de que la antigua costumbre pagana de darle dinero al muerto para pagar a Caronte persistió entre los cristianos en Grecia y en otras partes, no habiendo duda de que al menos algunas de esas monedas fueron colocadas allí con ese objeto.
Vasijas para luces e incienso.
Una vez que el entierro había acabado fue práctica común fijar pequeñas vasijas, usualmente de cristal, a veces conchas, en la todavía húmeda argamasa con la que los loculi y arcosolia de los cementerios subterráneos eran sellados, con el mismo propósito que las vasijas dentro de la tumba. Una repetición de ello se evidencia en la tumba de una tal Peregrina († 452) en la catacumba de San Juan en Siracusa, al haberse reemplazado varias vasijas rotas y haber también un incensario de barro que contenía todavía carbón y algunos granos de incienso. Las lámparas adosadas en el exterior de las tumbas tenían como propósito encenderse en el funeral en días memoriales. Se hicieron nichos semicirculares en los muros adyacentes para sostenerlas. Desde el reinado de Constantino se mantuvieron las lámparas ardiendo en las tumbas de los mártires con especial reverencia; se suponía que el aceite de las mismas tenía poder milagroso y los peregrinos a veces tomaban pequeñas cantidades para llevárselas.
Marcas de identificación.
Muchos de los objetos mencionados estaban incrustados en la argamasa en el exterior de las tumbas, a veces como donaciones, pero en otros casos indudablemente como medios de identificación entre miles de tumbas en las grandes catacumbas, la mayoría de las cuales no tenían inscripciones, posiblemente debido a la pobreza de los familiares. Algunos de esos sustitutos para los bloques de mármol y otras piedras son incisiones de letras, números, etc., grabados o incrustados en la tumba o encima de la tumba sellada; otros son pequeños objetos de gran variedad, como botones, anillos, cristales, trozos de mosaico, dientes de animal, conchas, monedas, piedras de fruta y hojas de plantas, fijadas en la argamasa antes de que se secara.

En su uso de las inscripciones sepulcrales los cristianos antiguos meramente continuaron la tradición de civilizaciones antiguas. En el exterior de las criptas familiares, sobre la puerta en la que el nombre de los ocupantes o poseedores aparecía, se colocaron inscripciones sobre las tumbas o al menos cerca de ellas. La excepción más peculiar al uso general está formada por aquellas que tienen las inscripciones dentro de las tumbas, donde no podían ser visibles a los que pasaban. Karl Schmidt descubrió varias piedras labradas en la necrópolis de Antinoe en Egipto, que parecen haber sido colocadas originalmente en las tumbas, al pie, con la escritura debajo. Las inscripciones se grababan con un cincel u otra herramienta cortante, pintadas con un pincel o compuestas en mosaico. Esas inscripciones ofrecen una evidencia confiable y clara del modo de pensamiento, fe y esperanza de los cristianos antiguos, especialmente sobre la muerte y la resurrección.
Cámaras y pasadizos.
En las mismas se aprecia la presencia de mesas, bancas y sillas para la observancia de las conmemoraciones de los muertos. Las dimensiones de tales mesas que han sido descubiertas implica que el número de participantes era pequeño. Aunque tales muebles están prácticamente ausentes de las catacumbas romanas, donde debe por tanto haberse usado la madera, se han encontrado varias mesas de material más duradero en el norte de África. Las galerías y cámaras de las catacumbas también contenían receptáculos para los materiales usados para la argamasa que tapaba las tumbas. Los que se han preservado, hechos usualmente de barro, con incrustaciones de argamasa y cal todavía sobre ellos, se pueden haber usado bien para este propósito o por motivos sanitarios, para contrarrestar el hedor. También se encuentran objetos para la iluminación, aunque las galerías deben haber estado en oscuridad comparativa, a juzgar por la manera en que Jerónimo cita el Salmo 4:15 y a Virgilio, Æneid, ii. 755, en relación con el recuerdo de su visita a las catacumbas romanas. Igual que los arcosolia fueron frecuentemente ornamentados con pinturas y los loculi en su lado exterior, también las cámaras y menos frecuentemente las galerías de las catacumbas se decoraron en la misma manera. Sin duda, las estructuras sobre la tierra relacionadas con los cementerios fueron pintadas en muchos más casos de lo que los escasos restos existentes en la actualidad llevarían a suponer.