Historia
CISMA
Naturaleza y clasificación.
En el derecho canónico es también el delito de producir, o intentar, tal división y además la deliberada retirada del vínculo con la Iglesia católica rechazando obedecer a sus autoridades por el argumento de que sus poderes no son legítimos. Pero la mera insubordinación a las reglas o mandatos particulares de las autoridades y la simple resistencia no constituyen un cisma. Cuando a la secesión acompaña la negación de dogmas, esto es, donde al cisma se le añade la herejía, el término se denomina "cisma herético". Por otro lado, en el caso de separación, cuando, por ejemplo, el papado es reconocido per se pero el papa actual es declarado ilegítimamente elegido, ese cisma se llama "cisma puro". Una división añadida se extrae de la distinción entre cisma "particular" y "universal", según que la unidad con la Iglesia se rompa directamente o por secesión del papa, o sólo indirectamente, por separación de otro superior eclesiástico, particularmente de un obispo. Según el derecho canónico católico ese cisma constituye un delito eclesiástico punible ante el tribunal espiritual y lleva la amenaza de excomunión sumaria, pérdida de oficio, suspensión de órdenes sagradas, descalificación para posiciones eclesiásticas, infamia y confiscación de propiedades.
Primeros ejemplos.
Las divisiones más serias procedieron por diferencias en la comprensión de la doctrina cristiana. A esta categoría pertenecen esas divisiones que surgieron en el siglo cuarto y posteriormente, coincidiendo con la definición y elaboración de los dogmas cristianos; luego y predominantemente en la separación final entre las Iglesias occidental y oriental en 1054; en la ruptura de los protestantes con la Iglesia católica en el siglo XVI y en la retirada de los denominados Antiguos Católicos de la Iglesia de Roma, a consecuencia del concilio Vaticano I. Otra clase de divisiones las provocaron la doble ocupación de la sede episcopal romana. Durante el periodo del Imperio romano, cuando los emperadores poseían el derecho de confirmar las elecciones del papa, una elección discordante no tenía influencia decisiva sobre la Iglesia en conjunto, siendo sin importancia esencial para su unidad. Del mismo modo en el siglo X y en la primera mitad del XI fue tal la influencia determinante que los emperadores alemanes ejercieron sobre la elección papal y la posición que ocuparon generalmente en la Iglesia, que los intentos particulares de las facciones romanas para elevar a sus candidatos al papado o mantenerlos en el puesto, no fueron influyentes y no produjeron divisiones notorias. Pero un cambio se puso en marcha desde mediados del siglo XI, cuando la facción reformista que comenzó a gobernar la política de la curia quiso frenar esta influencia del poder imperial y someter ese poder a la soberana disposición del papado. El papel central que el papado había adquirido en la Iglesia por el patrocinio de los emperadores movió a éstos, para detentar la ventaja del prestigio papal en la batalla que estaba en curso, a establecer repetidamente antipapas. Por eso en oposición a Alejandro II, en 1061, Enrique IV puso a Cadalus (Honorio II); en 1080 a Wiberto (Clemente III) contra Gregorio VII y Enrique V puso a Gelasio II en 1118 contra Mauricio Burdino (Gregorio VIII). La consecuente división de la Iglesia por causa de esta lucha entre las dos supremas cabezas de la cristiandad occidental se manifestó en el ejemplo más elevado del organismo eclesiástico. De nuevo, las elecciones discordantes en 1130 (Inocencio II y Anacleto II) y 1159 (Alejandro III y Víctor IV), se ocasionaron, a pesar del concordato de Worms (1122), por la persistente brecha entre el papado y el imperio, con su concomitante división de los cardenales y la curia en una facción imperial y otra papal, rompiendo la unidad de la Iglesia occidental por un tiempo considerable, especialmente en la última elección, en vista de que los partidarios de Federico I, tras la muerte de Víctor IV, se opusieron a Alejandro III, con Pascual III, 1164, y Calixto III, 1168-78. Desde el tiempo de la victoria del papado sobre el imperio tales divisiones no fueron tan frecuentes, pues el intento de Luis el Bávaro de torpedear a Juan XXII con un antipapa en la persona del minorita Pietro Rainulducci, como Nicolás V, 1328-1330, fracasó.

Sólo después de ese período ocurrió un cisma papal en la Iglesia católica, conmocionándola como ninguno. A causa de su larga duración (1378-1417), ha sido denominado el "Gran Cisma" y también "Cisma de Occidente", para distinguirlo del Cisma de Oriente, entre la Iglesia latina y griega en 1054. Tras la muerte de Gregorio XI (1378), quien había restaurado la residencia papal a Roma tras la cautividad babilónica del papado que había fijado la sede en Aviñón, los 16 cardenales entonces presentes en Roma eligieron el 8 de abril al arzobispo Bartolomé de Bari como papa Urbano VI. Sin embargo, él se había ganado la enemistad de algunos cardenales por su tosca dureza y la indiscriminada censura de los abusos prevalecientes en el colegio de cardenales y en la curia. Por tanto un cupo de cardenales, trece en número, que se habían trasladado a Aviñón, eligieron el 20 de septiembre al cardenal Roberto de Ginebra como papa Clemente VII, afirmando que la elección de Urbano VI era inválida a causa de la coerción ejercida sobre ellos por el pueblo de Roma. En Italia, sin embargo, el sentimiento público continuó siendo abrumador en favor de Urbano VI, mientras que Alemania, Inglaterra, Dinamarca y Suecia se pusieron también de su lado. Por otro lado, Clemente VII fue pronto reconocido por Francia y una vez que trasladó su residencia a Aviñón, la influencia francesa también atrajo a Escocia, Saboya y posteriormente a Castilla, Aragón y Navarra a su causa. De esta manera los dos papas estaban enfrentados el uno contra el otro. Cada uno tenía su propio colegio de cardenales, reforzando de esta manera la continuidad del cisma mediante nuevas elecciones papales. Urbano VI fue sucedido por Bonifacio IX (1389-1404), Inocencio VII (1404-06) y Gregorio XII (1406-15). Tras Clemente VII, en 1394, vino Benedicto XIII. Al ser el papado incapaz de acabar con el cisma, el único medio que quedaba era la convocatoria de un concilio general. Se reunió en Pisa en 1408 y los delegados llegaron a un acuerdo común desde el principio. Aunque el concilio desposeyó tanto a Gregorio XII y a Benedicto XIII y eligió en su lugar a Alejandro V, quien fue sucedido en 1410 por Juan XXIII, este procedimiento no pudo acabar con el cisma. Los dos papas anteriores se reafirmaron a sí mismos, por lo que la Iglesia ahora tenía tres papas. La inutilidad del concilio de Pisa desembocó en la convocatoria del concilio de Constanza (1414-18). En 1415 declaró que, como órgano representativo de la Iglesia ecuménica, poseía la suprema autoridad eclesiástica y todos, incluso el papa, le debían obediencia. En el mismo año desposeyó a Juan XXIII y declaró de nuevo a Benedicto XIII cismático, desposeyéndolo de su derecho a la sede papal.

Último cisma.
El último cisma en la Iglesia católica fue provocado por el conflicto del concilio de Basilea con el papa Eugenio IV, a quien el concilio, después de su destitución, opuso un antipapa en la persona del duque Amadeo de Saboya, Félix V (1439-1444). Sin embargo, este cisma fue insignificante, porque Félix V fue incapaz de ganar seguidores apreciables fuera del concilio. El concilio Vaticano I declaró al papa monarca absoluto en la iglesia y al episcopado sólo su consejo adjunto en el concilio general. Si tal es el caso, entonces el episcopado ya no es más competente, aparte del papa, para ejercer sus antiguas prerrogativas judiciales y él solo, como órgano supremo, está autorizado a decidir en materia de su legitimidad. De ahí que los medios señalados por el concilio de Constanza para abolir un cisma papal no se puedan aplicar más en el presente estatus del papa.