Historia
CISTERCIENSES
- Origen y carácter de la orden
- Edad dorada de la orden
- Declive gradual de la orden
- Historia desde la Reforma

Los monjes se quejaron por su estricta regla y en 1098 con veinte seguidores se retiró y fundó un monasterio en Citeaux (latín Cistercium) en Borgoña. Un mandato papal le requirió que volviera a Molesme (1099), siendo sucedido en Citeaux por Alberico, quien compuso el Instituta monachorum Cisterciensium de Molismo venientium, siendo a su vez sucedido por el capaz y piadoso inglés Harding (o Stephen) que estuvo a punto de ver el final del monasterio por falta de novicios. Pero la entrada del joven Bernardo y treinta de sus amigos produjo un cambio. A partir de entonces el número de monjes se incrementó, estableciéndose monasterios en La Ferté, 1113; Pontigny, 1114; Morimud y Clairvaux, 1115, siendo Bernardo abad de este último. A estos establecimientos fueron añadidos otros por Citeaux y las fundaciones hijas. Pronto se hizo necesario regular la relación de los monasterios entre sí, lo cual significó una nueva etapa en el desarrollo del monasticismo; por primera vez se efectuó una unión de los monasterios mediante una constitución formal. La Charta charitatis, resultado de las deliberaciones de los abades, fue el fundamento que después se amplió por resoluciones de capítulos generales subsiguientes.


La edad dorada de la orden se extiende hasta la segunda mitad del siglo XIII. Diferentes causas contribuyeron a su poderoso crecimiento: además de la tendencia monástica de la época, fue especialmente influyente la labor de Bernardo, quien es considerado el auténtico santo de la orden, de ahí que los cistercienses sean llamados con frecuencia bernardinos. La contemplación piadosa iba acompañada con la actividad agrícola, quedando estrictamente reguladas las relaciones autoritativas y el gobierno, en el que todos tomaban parte. A la muerte de Bernardo el número de conventos era de 288, intentando en vano el capítulo general frenar su crecimiento; a finales del siglo había 529 abadías, a las que se añadieron 142 en el siglo XIII hasta 1270. Entonces comenzó un estancamiento. Durante el siglo XIV se añadieron 41 y 26 en el XV, de manera que el número total fue de 738 durante el periodo medieval. Mientras tanto algunas fundaciones quedaron interrumpidas; a la linea Clarævallis pertenecen 353 (la mitad del número total). Desde Francia hasta Hungría, Polonia y Livonia; desde Suecia hasta Portugal y desde Escocia hasta Sicilia, había monasterios cistercienses. Durante el periodo de prosperidad se mantuvo la relación con Citeaux y las otras casas madres. En la construcción externa de los monasterios así como en el modo de vida de los monjes, especialmente en la regulación de la adoración religiosa, existió una conformidad que unió a los cistercienses de los diferentes países entre ellos mismos y los separó de las otras comunidades. En España las Órdenes Militares de Alcántara, Calatrava y Trujillo y en Portugal la orden de Aviz estuvieron relacionadas con los cistercienses. En Alemania nororiental y más al este los cistercienses prestaron grandes servicios a la civilización por su actividad colonizadora. Secaron pantanos y limpiaron bosques; plantaron huertos y viñedos a gran escala y criaron cabras y ovejas. La mejora de su propiedad se convirtió en el principal objetivo de cada monasterio. Este periodo ha sido lúcidamente descrito por Winter (comp., sin embargo, Hauck, KD, iv, Leipzig, 1903). Durante el siglo XII y en la mitad del XIII los cistercienses ocuparon una importante posición en el gobierno de la Iglesia. No pocos de ellos fueron nombrados cardenales. Arnaldo de Cietaux bajo Inocencio III acometió la cruzada contra los albigenses. Ese papa les encargó tantas cosas que el capítulo de 1211 le pidió moderación. Honorio III e Inocencio IV les abrumaron con privilegios.
Declive gradual de la orden.
En el propósito de influenciar especialmente a las masas los frailes mendicantes tomaron nota de los cistercienses. La gran facilidad con la que iban de lugar en lugar les hizo ser eficientes instrumentos de los papas. La tensión entre ambas órdenes se evidencia en la exclusión de los mendicantes de los estudios de los cistercienses y en la regla de que ningún miembro de la orden debería confesarse con un sacerdote de otra orden. Sin embargo, el declive de la orden se debió a causas internas. Las riquezas acumuladas por el trabajo y la economía gradualmente ejercieron una influencia perjudicial en la vida de la orden. La frase de Cesáreo de Heisterbach sobre los antiguos monasterios: 'La religión produjo riquezas y las riquezas destruyeron la religión', demostró ser verdadera en cuanto a los cistercienses. A esto se debe añadir la imposibilidad de más colonizaciones. Privada de su incentivo externo más fuerte, la orden rápidamente declinó en celo interior y energía. La vida se hizo laxa. Los capítulos generales se contentaban con mantener el flujo y los papas intentaban interferir (como Clemente IV en 1265 y Benedicto XII en 1335). El siglo XIV testifica del declive financiero de muchos monasterios. Bajo la ligereza de la disciplina y la creciente inmoralidad, el antiguo trabajo y la economía estricta sufrieron menoscabo. Aunque parecía imposible reformar toda la orden, dos nuevas congregaciones surgieron en el siglo XV, la Congregatio regularis observantiæ regnorum Hispanicorum en España (1425) y la Congregatio Italica S. Bernardi, definitivamente confirmada por Julio II en 1511 en Lombardía y Toscana, que se separaron casi totalmente de la orden y observaron mayor rigor. También debe mencionarse que, bajo el estímulo de los frailes mendicantes, los cistercienses cultivaron un interés científico hasta cierto grado, fundando los studia generalia, del que el colegio de San Bernardo en París fue el más importante. Sin embargo, esas medidas no fueron suficientes para inducir la productividad científica a gran escala y los servicios prestados por los cistercienses en esa línea son insignificantes comparados con los de los dominicos y franciscanos.
Historia desde la Reforma.
Durante la Reforma la orden perdió todas sus posesiones en Inglaterra, Escocia, Dinamarca, Suecia y Noruega y en gran parte de Alemania. Las retuvo en Francia, pero después del concordato de 1516 sufrió bajo la designación de abades in commendam por el poder real. Incluso la Contrarreforma no ayudó mucho a la orden. No tenía más objetivos prácticos y el conjunto general de la orden demostró ser incapaz de regresar a la austeridad del antiguo monasticismo. Sin embargo, los esfuerzos de esta clase no se desperdiciaron y desembocaron en parte en la formación de nuevas ramas, tales como la Congregatio Lusitana, confirmada en 1567 por Pío V, y los feuillants después de 1506, que se esparcieron por Francia e Italia y otras en los siglos XVI y XVII. La reforma, sobrepasando en austeridad incluso a los cartujos, que fue introducida por el abad Rancé en el monasterio de La Trappe no obtuvo mucha importancia hasta después de la Revolución Francesa. De esas ramas han de distinguirse las congregaciones, impropiamente así llamadas, unidas en la forma de provincias, cuando las lineæ y relación de filiación habían perdido mucha importancia, tales como la polaca o pelplina y la alto alemana con el monasterio de Salem (Salmansweiler) como centro. Se conocen muchos detalles interesantes sobre las condiciones en el siglo XVII por las notas de un monje de Raittenhaslach (Drey Raisen nach Cisterts, Cistercienser-Chronik iv, 1892, 45sqq.) en 1605, 1609 y 1615 y en Iter Cisterciense von 1667 (MPL,clxxxv. 1565-1622), y por el viaje del abad Laurentius Scipio de Ossegg al capítulo general en 1667 (Cistercienser-Chronik, viii, 1806, 280). A pesar de todas las pérdidas el número de monasterios cistercienses era todavía grande en el último cuarto del siglo XVIII. Desde entonces la orden recibió duros golpes que dejaron solo unos escasos restos de lo que un día fue una poderosa comunidad. José II en Austria confiscó un gran número de monasterios; la Revolución Francesa disolvió la orden en el país que la vio nacer; sus lugares más venerables, Citeaux y Clairvaux, quedaron parcialmente destruidos. Nuevas pérdidas se sucedieron por el decreto de 1803 aprobado por diputación imperial y por la secularización en Prusia en 1810. En 1834 las abadías en Portugal y en 1835 las de España fueron abolidas y lo mismo sucedió en Polonia bajo Nicolás I. Por otro lado, en 1854 hubo una restauración de la antigua abadía de Senanque, a la que siguió la fundación de otras.
La orden consiste de la Observantia communis, la Observantia media y la Observantia stricta (trapenses), separados desde 1802 de la jurisdicción del abad general escogido por la Observantia communis.