Historia

CÓNCLAVE

Cónclave (del latín cum clave, "con llave") es el término para la asamblea de cardenales que en la Iglesia católica se reúnen, bajo estricta reclusión, para elegir un nuevo papa. No más de 120 cardenales pueden votar, todos ellos de menos de 80 años de edad.

Cónclave que eligió a Pío X. Litografía de la época
Cónclave que eligió a Pío X. Litografía de la época

Historia.
La historia antigua de las elecciones papales no es uniforme. Hay evidencia de que algunos designaron a sus sucesores, aunque esta práctica no tuvo apoyo. Posteriormente la elección del obispo de Roma reflejó el proceso electivo de los obispos en otras ciudades, donde el clero local los elegía; los obispos vecinos ejercían como presidentes de la asamblea y jueces de la elección y los laicos indicaban su aprobación o desaprobación de forma más o menos tumultuosa. En ocasiones las elecciones fueron contestadas o perturbadas; en el año 217 ocurrió un cisma y dos papas rivales fueron elegidos (Calixto e Hipólito). Una vez que el emperador Constantino legalizó el cristianismo en el año 313, slos emperadores asumieron un papel en la elección, presidiendo en ocasiones el proceso e incluso imponiendo un candidato. En el siglo VI el emperador bizantino Justiniano I afirmó que el recién elegido papa no podía ser consagrado hasta que su elección fuera confirmada por el emperador. Dos siglos más tarde los reyes carolingios, el poder prominente de la cristiandad latina, sustituyeron al emperador bizantino como autoridad secular que recibía la notificación formal de los resultados de las elecciones papales, apropiándose los gobernantes occidentales los derechos y privilegios asumidos por Justiniano y sus sucesores. En los siglos X y XI los papas fueron nombrados por Otón I y Enrique III, respectivamente.

En el siglo XI el sistema de elección fue transformado. En 1059 el papa Nicolás II (1059-61) publicó un decreto que reformaba el procedimiento electoral, limitando el papel del emperador. La elección sería llevada a cabo por los cardenales-obispos con el asentimiento de los cardenales-sacerdotes y cardenales-diáconos y la aclamación del pueblo. A pesar de esas reformas, las elecciones del siglo XII continuaron siendo turbulentas, produciéndose sucesivos cismas en disputadas elecciones que desembocaron en la consagración de papas y antipapas. El III concilio de Letrán (1179), que se celebró tras uno de esos cismas, determinó que todos los cardenales fueran electores y exigió una mayoría de dos tercios para decidir la elección.

A pesar de ello, ocurrieron abusos. Cuando los cardenales fracasaron en elegir un papa durante más de dos años tras la muerte de Clemente IV (1265-68), el magistrado local encerró a los electores en el palacio episcopal, quitó el techo (exponiendo a los cardenales a las inclemencias del tiempo) y los dejó a pan y agua hasta que hicieran su elección, recayendo en Gregorio X (1271-76). En el II concilio de Lyón (1274) Gregorio promulgó una constitución que convocaba a los cardenales a reunirse en un cónclave cerrado, imponiendo estrictas regulaciones en la elección; Bonifacio VIII (1294-1303) ordenó que este decreto fuera incorporado en el derecho canónico. A pesar de la sabiduría y rigor de la reforma de Gregorio, las elecciones papales continuaron siendo difíciles en el siglo XIV. El problema más complicado fue el Cisma de Occidente, cuando dos grupos de cardenales eligieron papas rivales, residiendo uno en Aviñón y el otro en Roma. La crisis causada por el cisma se resolvió parcialmente por las reformas impuestas en el concilio de Constanza (1417).

Las normas electorales se regularizaron aún más en los siglos XVI y XVII. Pío IV (1159-65) codificó todas las leyes sobre el cónclave que fueron promulgadas desde el tiempo de Gregorio X. En 1591 Gregorio XVI (1590-91) prohibió, bajo pena de excomunión, hacer apuestas sobre la elección del papa, la duración de su reinado y la selección de nuevos cardenales. Gregorio XV (1621-23) emitió una legislación especificando el procedimiento del cónclave.

En el siglo XVII se aceptaba tácitamente un derecho de veto en las elecciones papales por parte de las monarquías católicas de Europa. Había un cardenal que estaba encargado por su monarca de informar al cónclave sobre la inconveniencia de determinados candidatos. El derecho real de exclusión impidió la elección de varios cardenales en 1721, 1730, 1758 y 1830, ejerciéndose por última vez en 1903, cuando Austria bloqueó la elección del cardenal Rampolla. El cónclave escogió al cardenal Sarto, quien, como Pío X (1903-41), abolió el derecho de exclusión y amenazó con la excomunión a cualquier cardenal que aceptara de su gobierno la misión de proponer el veto a un candidato.

En los siglos XVIII y XIX varios papas publicaron decretos que proporcionaron flexibilidad sobre el aislamiento de los cardenales y que respondían a la posibilidad de interferencia por los poderes seculares. El procedimiento se promulgó en una constitución publicada por Pío X el 25 de diciembre de 1904. La constitución de Pío XII (1939-58) de 8 de diciembre de 1945 introdujo modificaciones y aumentó la exigencia a una mayoría de dos tercios más uno. Pablo VI (1963-78) estableció que los cardenales que superaran los 80 años no podían votar; también limitó el número de cardenales votantes a 120. Juan Pablo II (1978-2005) emitió varias directivas añadidas, como la de que tras treinta votaciones la exigencia tradicional de una mayoría de dos tercios podía, a discreción de los cardenales, ser sustituida por una mayoría simple. En 2007 Benedicto XVI (2005-2013) restauró la práctica tradicional, declarando que la elección válida de un nuevo papa requería una mayoría de dos tercios.

Procedimiento.
A la muerte de un papa el cardenal camarlengo, representante del colegio de cardenales en la administración de la Iglesia católica, asume la presidencia en el palacio Vaticano tras verificar, mediante un elaborado y antiguo ritual, que el papa está verdaderamente muerto. Golpea suavemente la frente del papa con un martillo de plata mientras le llama por su nombre de pila tres veces; si no recibe respuesta declara la muerte del papa y le quita el anillo del pescador y el sello papal, rompiéndolos, simbolizando el fin de su autoridad. Desde la muerte del papa hasta el comienzo del cónclave en el palacio Vaticano, quince a veinte días después, los cardenales se reúnen cada mañana para discutir asuntos pendientes. Anteriormente el interior de la zona del cónclave se dividía en pequeñas dependencias (cellae), una para cada cardenal, asignadas por suerte. Actualmente los cardenales residen en la Casa de Santa Marta, un edifico construido para el clero visitante durante el papado de Juan Pablo II. La zona del cónclave queda completamente sellada durante la duración de la elección; solo los cardenales y sus secretarios, los maestros de ceremonias, determinados eclesiásticos con deberes específicos relacionados con la elección, médicos y personal de servicio, pueden entrar. Los cardenales no pueden tener acceso a los medios de comunicación ni usar el teléfono.

El voto de los cardenales es secreto en la Capilla Sixtina, hasta que un candidato sale elegido. El primer día se realiza una votación y cuatro cada día posterior, dos por la mañana y dos por la tarde. Tras el recuento las papeletas son todas quemadas en una estufa en la capilla, determinando el color del humo que sale por el techo si la votación ha sido positiva o negativa, señalando a la multitud congregada en la plaza de San Pedro el resultado. Si ningún candidato ha sido elegido el humo es negro, si hay nuevo papa es blanco. Paja húmeda o seca junto a las papeletas producían el color del humo, aunque actualmente se usan productos químicos para garantizar el color correcto. No obstante, a veces resulta difícil distinguirlo, como en el caso de la elección de Juan Pablo II en 1978. Por ello en 2005 repicaron las campanas de la basílica de San Pedro para confirmar que el humo era blanco.

Cuando una persona (y teóricamente puede ser cualquier católico, no necesariamente un clérigo) obtiene la mayoría requerida, el decano de los cardenales le pregunta si acepta su elección y el nombre que desea asumir. Tras su aceptación, la noticia se anuncia a la gente congregada en la plaza. El cardenal-diácono aparece en el balcón central de la fachada de San Pedro y declara "Habemus papam". Tras ello, el nuevo papa, con indumentaria pontifical, aparece en el mismo balcón y da su primera bendición como papa a la multitud. El cónclave termina cuando el nuevo papa lo disuelve, normalmente tras dirigirse al colegio de cardenales.