Historia

CONCURSUS DIVINUS

Concursus Divinus es el nombre aplicado a la actividad divina en su relación con la agencia de las criaturas y las potencias finitas, o en su relación con el desarrollo del mundo en tanto está condicionado por "causas eficientes" finitas.

concursus
Doctrinas bíblica y escolástica.
Esta relación con el desarrollo cósmico a través de las "causas finales" se denomina "gobierno." Ambos, concursus y "gobierno", envuelven el problema de la relación de la actividad divina con el libre albedrío del hombre. En la Biblia están representados ambos conceptos. La tierra produce plantas y el hombre y los animales se multiplican (Y dijo Dios: Produzca la tierra vegetación: hierbas que den semilla, y árboles frutales que den fruto sobre la tierra según su género, con su semilla en él. Y fue así.[…]Génesis 1:11 y sig.), mientras que "tus manos me hicieron y me formaron" ("Tus manos me formaron y me hicieron, ¿y me destruirás?[…]Job 10:8); por lo que, por un lado, el hombre actúa desde el impulso de su propio corazón, y, por otro, en Dios solo "vivimos y nos movemos y somos" (porque en El vivimos, nos movemos y existimos, así como algunos de vuestros mismos poetas han dicho: "Porque también nosotros somos linaje suyo."[…]Hechos 17:28). La relación de estas dos tesis no sólo envuelve a la dogmática, sino también a la filosofía. La principal hipótesis sobre el concursus divinus fue desarrollada por los escolásticos y la idea actual en la dogmática católica y protestante fue elaborada por Tomás de Aquino. Él enseña (Summa, i, quæstio 105) que "Dios trabaja en cada obra" no sólo como el fin de todo y como primer motor y preservador de las formas y potencias de todas las cosas, sino también porque "dirige las formas y poderes de todas las cosas en su actuación"; ninguna criatura puede "proceder en acción a menos que sea movida por Dios" (qæstio 109). Esta idea fue combatida por Durand de St. Pourçain, quien declaró que Dios no necesita cooperar inmediatamente en lo que sucede mediante las causas intermedias finitas, sino sólo mediatamente; y una tercera opinión fue avanzada por Gabriel Biel de que las criaturas mismas no actúan, ya que Dios mismo es el único factor, aunque sus operaciones están condicionadas por la existencia de las criaturas. La concepción tomista está también expresada en el catecismo romano y ha sido la idea prevaleciente en la Iglesia católica.

Doctrina protestante.
Entre los reformadores la convicción de que sólo la gracia pura y gratuita de Dios puede salvar de la miseria del pecado se combinó desde el mismo principio con el más profundo sentido de dependencia universal de la criatura hacia su creador y en la relación más vital de su creador con ella. Esta conciencia se aprecia en las obras de los antiguos dogmáticos luteranos. J. Gerhard (Loci, VII. vii-viii) no propuso una definición general del concursus, ya que sólo trató de la relación de Dios con los actos malos de las criaturas. Tras él hay claras declaraciones metafísicas definidas sobre este asunto en A. Calovio (Systema locorum theologicorum, iii, De providentia ii), A. Quenstedt (Theologia didactico-polemica, xiii), D. Hollaz (Examen theologicum, I. vi. 14, 16 y sig.) y otros que siguieron a Tomás en la teoría. Mientras que Gerhard señaló meramente que Dios preserva en sus criaturas el poder de la actividad libre y auténtica y les ayuda en su obra, sus sucesores argumentaron que Dios influye en el acto y actividad individual de la criatura, de manera que el acto es la obra tanto de Dios como de la criatura, postulando de esta forma una enseñanza a medio camino entre Durand y Biel. Sin embargo, a diferencia de la doctrina de Tomás de Aquino, el acto divino es contemplado por esos teólogos excluyendo una "moción inicial" de la criatura y cooperando meramente con la criatura. En lo sustancial, los dogmáticos luteranos concuerdan con las teorías de los católicos. La doctrina específicamente protestante comienza sólo con la cuestión de la limitación de la voluntad humana, especialmente por el pecado original más que por la cooperación de Dios. A causa de esta limitación se hace necesaria una actividad anticipadora así como cooperante por parte de Dios para levantar al hombre de su pecado, encontrándose esta agencia divina en la actividad del Espíritu Santo. En el hombre, al ser moralmente transformado, comienza una "cooperación" de gracia, que debe distinguirse de la cooperación general de Dios con las agencias naturales. En la dogmática reformada el concursus es tratado por algunos como una parte especial además de la "conservación" (la actividad divina considerada como primera causa) y el gobierno; por otros está incluida en el resto (comp. H. L. J. Heppe, Dogmatik der evangelisch-reformirten Kirche, Gotha, 1861, p. 190). Aquí el concursus es contemplado no meramente simultáneo, sino anticipatorio (J. H. Heidegger, Medulla theologia Christianæ, Zurich, 1697, loc. vii. 14) y también se enseña que Dios obra según la individualidad de las criaturas. Se sostiene igualmente tanto en la doctrina protestante como en la católica que Dios, que en tan ordenada manera coopera con las agencias naturales, tiene no obstante el poder de detener su actividad o trabajar sin ellas, o, en otras palabras, hacer milagros. De esta manera Dios, por cuyo concursus el fuego quema, puede retirar su concursus y el fuego no quemar, como en el caso de los tres hombres en el horno.

La cuestión la han tratado autores posteriores como A. D. G. Twesten, F. A Philippi, K. F. A. Kahnis, J. Müller, F. A. B. Nitzsch y R. A. Lipsius. El problema pertenece a la filosofía, más que a la dogmática. El control divino de los sucesos y cosas es inconcebible sin la presunción de que Dios trabaja en ellas; su actividad no se puede referir a un punto inicial, como si él las dirigiera entonces, pero estuvieran ahora inactivas, y es igualmente imposible declarar que su actividad es meramente preservadora en carácter, pues a distinción de una actividad verdaderamente efectiva aparecería entonces como algo negativo o que no admitiera la destrucción. Por otro lado, la conciencia ético-religiosa misma concede al mundo una existencia real, tal como el hombre es consciente de existir en el mundo como criatura relativamente independiente, con un ámbito y un material para su obra, tal como la palabra es una auténtica revelación de Dios y una prueba práctica del amor divino. Por esas razones debe reconocerse siempre que los sucesos finitos son producidos por la voluntad de un Dios personal, por encima de la naturaleza y el mundo, que trabaja en tal manera que preserva el mundo y lo dirige hacia sus propósitos. El término concursus no es acertado, al sugerir que una actividad va paralela a la otra.