Historia
CONFRATERNIDADES RELIGIOSAS

Parecen haber derivado su impulso inicial (bajo una forma que no tiene continuidad histórica hasta el presente) desde Inglaterra, donde hubo ya a principios del siglo octavo asociaciones para la intercesión mutua entre los miembros de una comunidad monástica, o de dos o más, incluyendo a veces a personas de fuera. Bonifacio introdujo esta costumbre en el continente. Una variante de la misma aparece en la propuesta de obispos y abades en sínodos nacionales y provinciales para unir sus capítulos con este propósito; la primera evidencia documental procede del sínodo de Attigny en 762, aunque la costumbre es indudablemente anterior. No mucho antes el laicado procuró tener una participación en las ventajas espirituales de esas intercesiones sistemáticas, siendo las de los monjes especialmente valoradas. La recepción de laicos en esas confraternidades significó la entrada de notables dones o servicios. Los nombres de los miembros eran inscritos en lo que a veces fue denominado el "libro de la vida", que sustituyó en una manera a los antiguos dípticos, como listas de los cristianos vivos o muertos por los cuales se ofrecían sacrificios. El sistema se difundió por toda la Iglesia occidental y parece haber obtenido su mayor fuerza bajo la influencia de la orden cisterciense. Al crecer el número de miembros de una confraternidad hasta llegar a miles, las ventajas de la oración especial por el individuo (ya fuera en vida o tras la muerte) disminuían en proporción y las antiguas confraternidades, aunque en algunos casos mantuvieron su existencia, gradualmente perdieron su importancia para la vida religiosa.
Sistema moderno.
El sistema moderno de fraternidad procede del período del surgimiento de las ciudades y sus industrias, de los gremios de comerciantes, que aunque servían a un propósito económico fueron puestos usualmente bajo el patrocinio de algún santo, y del casi simultáneo desarrollo de las órdenes mendicantes. Se dice que Buenaventura fundó (1267) la Confraternidad de los Gonfalonieri en París, con el propósito de rescatar cristianos cautivos entre los musulmanes. Otros la atribuyen a Domingo de Guzmán, pero el establecimiento de la Confraternidad del Rosario se la atribuyen incorrectamente a éste, pudiendo decirse como mucho con certeza que el primer desarrollo auténtico de las confraternidades más modernas tuvo lugar bajo la influencia de las órdenes mendicantes. Su propósito especial era la unión con algún objetivo espiritual definido, que no era todavía de universal obligación. Es posible que los carmelitas fueran los primeros en cristalizar esta tendencia general, al formar a aquellos que deseaban unirse con ellos en devoción a la Virgen María y recibir el escapulario, que supuestamente le había sido revelado en una visión a Simon Stock (en Cambridge, 1251), en la Confraternidad del Escapulario de Nuestra Señora del monte Carmelo. La tradición cita a los servitas como los siguientes en seguir este modelo, con su Confraternidad de los Siete Dolores de María. Confraternidades similares asociadas a varias casas de mendicantes pronto estaban esforzándose, bajo el liderazgo de los frailes, en obtener mayor santidad, sintiéndose atraídas por la expectativa de muchas gracias de acuerdo con las indulgencias papales. Cuán ampliamente se habían extendido en la segunda mitad del siglo XIV se muestra por los duros ataques de Wycliffe contra ellas, denunciando la hipocresía, la auto-búsqueda y el espíritu comercial en lo celestial, que ya se había infiltrado en ellas. Tuvieron su auténtico desarrollo popular en el siglo quince, cuando casi cada casa mendicante tuvo su asociación especial, con un altar especial en la iglesia, ante el cual los miembros se reunían al menos una vez al mes y a veces una vez a la semana. En pago por sus oraciones y limosnas, fueron titulares de grandes indulgencias y tuvieron participación en las oraciones y buenas obras de los frailes; al morir se decían misas por ellos y la fraternidad lo seguía a la tumba, pagando a veces los gastos del funeral. Las fiestas particulares de la confraternidad se celebraban con mucha pompa, habiendo como atracción adicional una comida social, que en algunos lugares desembocó en grandes desórdenes antes de finales del siglo. Los servicios de los santos se especializaron por vez primera, como protectores en varias clases de peligro o necesidad y nada fue de tan gran ayuda para hacer a un nuevo santo popular como la fundación de una confraternidad en su honor. La tasa de ingreso, por no decir nada de otros pagos, oscilaba desde uno a veinte florines en Alemania por ejemplo, lo que indica el alto valor con que el pueblo concebía esos privilegios religiosos y las vastas sumas que pasaban por las manos de los directores. Lutero rechazó firmemente sus abusos y en su lugar presentó a los hombres la auténtica confraternidad de la Iglesia de Cristo; en un corto plazo desaparecieron de todos los lugares que fueron conquistados por la Reforma, salvo unas pocas que quedaron reconvertidas en forma protestante o sirvieron a propósitos seculares. Incluso en los países católicos su influencia decayó. Los jesuitas, reconociendo el servicio que podían prestar a la Contrarreforma, infundieron fresca vida en ellas. La confusión del siglo XVII fue desfavorable para el crecimiento de las confraternidades, aunque la gran Liga del Sagrado Corazón surgió al final de ese siglo y en el racionalista siglo XVIII parecen haber tenido solamente una existencia precaria. No obstante, Viena tenía en el año 1779 no menos de 116 confraternidades, con propiedades valoradas en casi 700.000 florines. En la primera parte del siglo XIX, parcialmente por el recuperado poder de los jesuitas, tuvieron un nuevo comienzo y finalmente alcanzaron una altura nunca antes obtenida. Habían aprendido algunas cosas de las polémicas con los protestantes; mientras que en la Edad Media el principal deber de los miembros era pagar y los ejercicios devocionales eran casi incidentales, ahora poca o ninguna contribución de dinero se requería, consistiendo la esencia de la membresía en obras piadosas, ejercicio devocional y fidelidad al papa.

Las asociaciones que son estrictamente llamadas confraternidades (distinguidas de las "uniones piadosas") deben ser establecidas por la autoridad eclesiástica competente, quedando asociadas a una iglesia definida. Las que se denominan archi-confraternidades son a veces fundadas por el papa, en casos donde el objetivo es muy importante o se corresponde a una necesidad universal de la Iglesia católica; tienen el poder de afiliarse con otras confraternidades de nombre o fin semejante, impartiéndoles los privilegios ya otorgados a la archi-confraternidad. Están frecuentemente limitadas a un país definido; como norma, sólo las archi-confraternidades romanas tienen el poder de agregación ilimitada, aunque hay excepciones, como la del Inmaculado Corazón de María en París. La tendencia del período ha dado la mayor extensión a las dedicadas a la Virgen María. La primera fue fundada en el colegio romano por el escolástico Juan León de Lieja en 1563, siendo confirmada como archi-confraternidad por Gregorio XIII en 1584. Originalmente era para jóvenes estudiantes y los jesuitas encontraron en ella un poderoso auxiliar para su obra en instituciones educativas. En 1586 Sixto V extendió su operación a todos los fieles varones; la idea de los jesuitas era no incluir a mujeres, ya que su propósito era formar un cuerpo de obreros públicos activos; pero desde mediados del siglo XVIII se afiliaron ramas para mujeres y muchachas. Según su propia descripción, el objetivo de los jesuitas mediante esas sociedades era promover la perfección cristiana, de acuerdo al estado de vida de cada miembro, reformando en última instancia cada clase y de esta manera al mundo entero. Ya que la conversión de los herejes ha sido siempre una de las obras principales, es fácil ver la importancia que esas sociedades asumieron en la Contrarreforma, especialmente en Austria y Baviera. Cada "congregación" tiene un sacerdote, normalmente un jesuita, como "moderador." Al presidente, que ha de ser aprobado por el moderador, lo escogen los miembros. La solicitud para la membresía debe pasar por un periodo de prueba, bajo estricta supervisión, tras lo cual se es recibido en una pomposa ceremonia. Se toma una obligación solemne de devoción especial a la Virgen, se hace la profesión tridentina de fe, incluyendo la obligación de mantenerla y difundirla entre todos aquellos que están de algún modo bajo su cuidado y se recibe una medalla bendecida como señal de membresía y protección contra el mal; esta medalla puede ser retirada en caso de mala conducta, por lo que se introduce un sistema de disciplina y supervisión. Las regulaciones prescriben la frecuencia de la asistencia a misa, la comunión y de encuentros, además de la realización anual de los ejercicios espirituales de Ignacio de Loyola y varias devociones prácticas; en pago de ello los miembros disponen de una abundancia de indulgencias parciales y plenarias a su disposición.
Los siguientes en antigüedad e importancia son los terciarios de la orden franciscana, que, aunque tienen la forma de confraternidad, en un sentido son reconocidos como miembros de la orden. No obstante, la más aprobada e indudablemente la más esparcida de esas organizaciones es la Liga del Sagrado Corazón o Apostolado de la Oración, que tiene varios millones de miembros, así como también la cercana archi-confraternidad del Inmaculado Corazón de María para la conversión de los pecadores, fundada en París en 1856. Entre las obligaciones de los miembros de esta última organización está "el ofrecimiento de toda obra buena, en unión con el Sagrado Corazón de María, para la conversión de los pecadores" y la asistencia a misas especiales dichas por esa intención. Otras confraternidades que surgieron en el siglo XIX son la archi-confraternidad de la Asunción, para la ayuda de las almas del purgatorio; la fraternidad de San Miguel, fundada en Viena en 1860 y la Sociedad Leonina, dedicadas a la defensa del papa y la segunda especialmente del poder temporal; la archi-confraternidad de San José, fundada en 1860, fue confirmada en 1862; la archi-confraternidad de las cadenas de San Pedro, cuyos miembros portan una pequeña representación de las supuestas cadenas originales de San Pedro, tal como están preservadas en Roma, en señal de su lealtad al papa cautivo y la confraternidad de "Nuestra Señora de la Compasión" fundada por León XIII en 1897 para la conversión de Inglaterra a la fe católica. Además de las que son estrictamente denominadas confraternidades, existen un gran número de uniones piadosas, que difieren de ellas principalmente en ser más libres y elásticas. Entre ellas se pueden mencionar la asociación fundada en 1862 por Julie von Massow y otra similar fechada en 1868, con el título Ut omnes unum ("que todos sean uno", para que todos sean uno. Como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste.[…]Juan 17:21) que tiene como propósito la promoción de la unión de la cristiandad, estando relacionadas las dos con la archi-confraternidad de Nuestra Señora de los Dolores (fundada en 1450), en la que, desde la Reforma, la oración para la unidad ha sido una práctica regular. Sus miembros usan el "rosario de reunión" blanco, para cuya recitación diaria León XIII ofreció grandes indulgencias en 1888.
Organizaciones denominadas "fraternidades" se han formado en las Iglesias protestantes que, aunque teniendo algún parecido con las confraternidades de la Iglesia católica, necesariamente difieren en forma y propósito. Se pueden citar la interdenominacional fraternidad de Andrés y Felipe, la fraternidad de San Andrés de la Iglesia episcopal protestante y la fraternidad de San Pablo de los metodistas.