Historia
CONSTANTINOPOLITANO, CREDO
- Los tres textos principales
- La adición del "filioque"
- La omisión de "in" y el uso del singular
- Textos o formas menores
- El credo niceno propiamente dicho
- Falta de idoneidad
- Intentos de remediarlo
- Relato tradicional del origen
- Sus dificultades: externas
- Sus dificultades: internas
- Teoría moderna del origen
- Aceptación en el oeste
- Aceptación en el este
- Teorías sobre la manera de sanción
- Conclusión
- Texto del credo niceno-constantinopolitano
Los tres textos principales.
Hay tres textos principales del credo. (1) El texto griego según está (imperfectamente) en las actas del segundo, cuarto y sexto concilio ecuménico y en las obras de los Padres griegos posteriores. (2) El texto latino, representado por una serie de traducciones del griego en varios manuscritos, de los cuales los más importantes son la denominada traducción de Dionisio el Exiguo, las actas del concilio de Toledo (589), las del concilio de Friuli (790) y las levantadas por León III en la iglesia de San Pablo en Roma. (3) El texto griego usado en el oeste, preservado en algunos manuscritos de los siglos IX y X. También se pueden mencionar ciertas versiones antiguas, tales como la siríaca (manuscrito nitrio de 562 en el Museo Británico), la árabe-copta y las dos anglosajonas (manuscritos de los siglos XI y XIII en Oxford y Cambridge). El texto latino, especialmente en su forma actual, recibido por todo el oeste, se distingue del griego, aparte de pequeñas variaciones, por tres peculiaridades principales: la adición del filioque, la omisión de in antes de unam... ecclesiam y la forma singular de las palabras usadas para asentir, Credo, confiteor, spero.
La adición del "filioque".
La adición del filioque, que se halla primero en el tercer concilio de Toledo (589), aparece en varios documentos españoles de época posterior y en algunos de la carolingia (796). La doctrina de la doble procesión del Espíritu Santo fue formulada por Agustín, siendo prevaleciente en el oeste desde los siglos quinto al séptimo. Su inclusión en el credo tuvo lugar en España como salvaguarda contra el arrianismo visigodo; de ahí se difundió al imperio carolingio, siendo aceptada como versión oficial del credo en la primera década del siglo noveno. En Roma, aunque la doctrina agustiniana fue aprobada, el credo era recitado sin la adición hasta comienzos del siglo noveno, como se demuestra por la tablilla de León III y su réplica a los enviados francos en 809. Sin embargo, poco después fue introducido también allí, como demuestra el Ordo Romanus perteneciente posiblemente a la segunda mitad del siglo noveno, y por la controversia con Focio.
La omisión de "in" y el uso del singular.
La omisión de in antes de ecclesiam no es accidental. Fue coetánea en el oeste con el primer testimonio del credo. Algunas versiones latinas recuperaron el in, pero son o bien traducciones exactas por eruditos, o se refieren al hecho de que en ese tiempo in se pudo usar meramente para indicar que ecclesiam era el acusativo. Esta variante también retrocede a la teología agustiniana, y finalmente al sentimiento occidental todavía más antiguo, que se resistía a designar a cualquier otra cosa que no fuera el Dios trino como objeto de fe religiosa en el sentido más elevado. Esta idea recibió expresión formal en la distinción de Agustín entre creders aliquid, alicui e in aliquem. El cambio del plural al singular en las palabras de aceptación, que ocurre en las recensiones más antiguas española, romana, franca y anglosajona, está relacionado con el uso del traditio y redditio symboli, por el que el credo se usaba como expresión personal del individuo que lo recitaba. Los textos griegos occidentales comparten mayormente las peculiaridades de los latinos, mientras que los escritos con letras romanas en el sacramentario de Gelasio I, así como en un manuscrito litúrgico de la biblioteca de Viena, son idénticos con el texto oriental.
Textos o formas menores.
Hay también un número de formas del credo que se denominan a sí mismas niceno-constantinopolitanas o nicenas, siendo consideradas por Caspari modificaciones del constantinopolitano. Son las siguientes: (1) La revisión antioquena; (2) la nestoriana; (3) la filadelfiana; (4) la forma proporcionada en el pseudo-Atanasiano "Interpretación del credo"; (5) el segundo y más largo credo en el Ancoratus de Epifanio; (6) el armenio-capadocio; (7) la exposición del credo nicena atribuida a Basilio; (8) uno de los dos credos leídos en Calcedonia y descrito como niceno. A pesar del parecido de éstos con el constantinopolitano, son (como Hort ha mostrado) más bien recensiones hermanas que hijas, y son, como se verá posteriormente de no poca importancia para la solución de la cuestión del origen.
El credo niceno propiamente dicho.
El credo niceno propiamente dicho fue adoptado en el concilio de Nicea en 325, siendo la primera resolución en la controversia trinitaria. El proceso que llevó a la victoria de la teología alejandrina y a la recepción del credo es todavía oscuro y el significado original del crucial término homoousios no puede determinarse de forma absoluta. Pero Eusebio está indudablemente en lo cierto cuando dice que la fórmula propuesta por él era la base de la nueva confesión. El credo niceno difiere de esta fórmula por algunas omisiones y ligeras alteraciones, por la inserción de las fórmulas cristológicas alejandrinas y por una completa revisión basada sobre una comparación con los símbolos de Jerusalén y Antioquía. Los cambios hechos por omisión son importantes, al mostrar que la victoriosa facción alejandrina estaba inclinada a evitar cualquier ambigüedad e indispuesta al compromiso; las frases omitidas son principalmente bíblicas en fraseología, pero tal como estaban en los labios de los declarados o semi-declarados oponentes de la creencia ortodoxa estricta. Que el credo niceno no pretendía ser un símbolo bautismal, sino una regla de fe cristológica se muestra por la brevedad de la tercera sección y porque incluye anatemas añadidos. Todas esas características dieron al credo una forma teórica, no litúrgica y no bíblica que fue usada como justificación para que fuera atacado en el siguiente período por los arrianos y eusebianos, y para la aceptación con reservas incluso por algunos que eran en lo principal ortodoxos.
Falta de idoneidad.
En las siguientes décadas se agudizó la controversia y sus oponentes propusieron una serie de alternativas hasta el año 341. Esta controversia profundizó la relación de sus defensores con su expresión literal y les hizo evitar incluso cualquier expansión de la misma en un sentido ortodoxo. De esta forma en el concilio de Sárdica (344) fue simplemente reafirmado sin cambios, pudiéndose extraer numerosos pasajes tanto de fuentes ortodoxas como heterodoxas entre 350 y 450 que muestran la reverencia sin par dada a la fórmula nicena. Las dificultades surgieron sobre su uso como símbolo bautismal, de lo cual no hay evidencia entre 325 y 361, permaneciendo en uso los más antiguos credos. Sin embargo, posteriormente, tras el ascenso de Juliano y la recuperación del poder por la facción ortodoxa, que fortaleció su posición por los grandes sínodos de 360-370 y por los denodados esfuerzos de los obispos en Asia Menor y Siria, se hizo sentir el deseo de expresar la pura fe nicena en conexión con el acto del bautismo.
Intentos de remediarlo.
Esta medida se logró en tres formas: incorporando los lemas nicenos en los antiguos credos provinciales, expandiendo el credo niceno en una totalidad adecuada para el propósito, o manteniéndolo incambiable, a pesar de estar inacabado y su tono polémico, usándolo aún como símbolo bautismal. Esas tres formas, de hecho, se intentaron en el siglo que transcurre entre los sínodos de Alejandría y Calcedonia, pudiendo buscarse mejor el origen del credo bajo discusión en la historia de esos experimentos.
Relato tradicional del origen.
El relato tradicional, sostenido desde el siglo sexto y aceptado tanto en el este como en el Oeste, es que el credo fue elaborado en el concilio de Constantinopla en 381. Se supone que este sínodo complementó al credo niceno mediante una ampliación de la tercera sección, siendo el resultado el credo niceno-constantinopolitano asumido y recibido en el uso eclesiástico universal. Lo primero que conmovió la creencia común fue el conocimiento de que el Ancoratus de Epifanio (373-374) contenía un credo que, aparte de ser complementado por los anatemas nicenos y otras dos frases en el texto, era totalmente idéntico con el constantinopolitano. Esto sólo se puede explicar en armonía con la idea tradicional mediante la teoría de que Epifanio mismo lo añadió a su libro tras 381, como mantiene Franzelin, o que fue una interpolación posterior por otra mano, como Vincenzi afirma. Hefele, por tanto, igual que Tillemont antes de él, concibió la idea de que el concilio no elaboró un nuevo credo, sino que adoptó el de Epifanio con algunos ligeros cambios, dándole el rango de credo ecuménico. Él demuestra que no fue escrito por Epifanio mismo, ni en Chipre, sino más bien en Siria, unos años antes de 373. Pero no hay evidencia documental de que Epifanio tuviera parte prominente en el concilio de Constantinopla, por no decir nada de la aceptación de un credo propuesto por él.
Sus dificultades: externas.
El hecho es que la tradición del establecimiento del credo por el concilio de Constantinopla no es sostenible, aparte de la idea sostenida del credo de Epifanio. El concilio no fue realmente ecuménico; fue convocado por Teodosio desde su propia división del imperio y no tuvo representantes completamente ni siquiera del este. Sus cánones no fueron incluidos en las colecciones de los más antiguos y la evidencia muestra que no encontraron aceptación universal en el este hasta después de 451. El credo no se halla entre los pocos documentos que quedan del concilio y cuando fue puesto entre ellos posteriormente, el compilador obviamente nada sabía de su origen, al aparecer sin introducción o relación. Sócrates (v. 8) dice que el concilio se limitó a afirmar la fe de Nicea según los obispos de Macedonia sintieron y los relatos de Sozomeno (VIII, vii. 9) y Teodoreto (v. 8) son sustancialmente los mismos. Gregorio de Nacianzo, quien asistió, en su exhaustiva carta sobre la regla de fe escrita poco después de su clausura, sólo menciona el credo niceno, y guarda silencio en cuanto a su ampliación o la elaboración de un nuevo credo, además de que expresamente señala que el credo niceno es inadecuado en cuanto al Espíritu Santo, lo que habría sido casi imposible si el concilio lo hubiera completado en ese aspecto. En una palabra, entre 381 y 451 no hay huella en el este ni en el oeste de la existencia del credo de Constantinopla y durante este período no se usó en ninguna parte como credo de Constantinopla o como símbolo bautismal oficial, mientras que el credo niceno se usó más y más con este propósito, especialmente en el este, incrementando, en lo posible, su consideración. De hecho, con la sola excepción del concilio de Calcedonia (451), que menciona el credo de Constantinopla junto con el niceno, y lo atribuye al concilio de 381, no hay evidencia válida para el mismo hasta principios del siglo sexto, tras lo cual se menciona con frecuencia. Por tanto la evidencia externa está totalmente en contra de que haya sido obra del concilio de 381.
Sus dificultades: internas.
La evidencia interna todavía es más desfavorable; pues puede demostrarse que el credo de Constantinopla no es la mera extensión del niceno, lo que anula la teoría de que las autoridades que afirman la simple confirmación del niceno por el concilio quieren decir el credo bajo discusión; mientras que si el concilio elaboró un nuevo credo o amplió el antiguo, su versión no pudo posiblemente haber sido elaborada como este credo lo está. En cuanto a lo primero, ha de notarse que este credo difiere del niceno no meramente por la división de la tercera sección, sino que es realmente diferente en todo, procediendo de otra fuente original, aun cuando ha adoptado un cierto número de lemas nicenos. Para resumir los puntos de diferencia que una cuidadosa comparación de los dos muestran encontramos diez adiciones además de la larga, cuatro omisiones y cinco cambios distintivos en el orden de las palabras o estructuras de las sentencias; o, como Hort señala, de 178 palabras en el credo de Constantinopla sólo 33, menos de una quinta parte, se puede positivamente decir que han sido tomadas del credo niceno.
Teoría moderna del origen.
El credo es por tanto uno nuevo e independiente con ciertas inserciones nicenas o está basado sobre algún otro credo más antiguo bautismal, editado en un sentido niceno, probablemente lo último, ya que no hay caso conocido de composición de un nuevo credo bautismal completo en los siglos cuarto o quinto. Esta hipótesis está apoyada por la consideración de dos adiciones: "Antes de todos los siglos", que sigue a "engendrado del Padre" y "según las Escrituras", tras la afirmación de la resurrección. En cuanto a la primera, es bien sabido que los Padres nicenos cuidadosamente evitaron cualquier limitación de tiempo para la generación del Hijo por el Padre y deliberadamente omitieron esas palabras del credo de Eusebio. Esta actitud se endureció aún más por la historia de las fórmulas de compromiso de Antioquía y Sirmio, siendo imposible suponer que esas mismas palabras fueron con igual deliberación añadidas por los obispos en Constantinopla, cuando tal acción habría sido interpretada como una concesión a los semi-arrianos. La situación en el tiempo no permite otra explicación que esas palabras ya estaban contenidas en un antiguo credo bautismal, revisado en un sentido niceno (no, por supuesto en Constantinopla) y que los revisores no vieron ninguna necesidad de omitirlas, quedando satisfechos con añadir los más importantes lemas nicenos. Las palabras "según las Escrituras" se habían convertido en sospechosas en el curso de una larga controversia, de modo que ningún adherente de Nicea habría pensado en insertarlas en un credo que no las contuviera ya y menos de todos en el credo niceno.
Esas conclusiones son confirmadas por la tercera sección, que tradicionalmente se supone haber sido la obra especial del concilio de Constantinopla. Es cierto que los macedonianos fueron combatidos en este concilio, que marca su definitiva exclusión de la Iglesia y que no mostró tendencia a hacer el más mínimo compromiso con ellos. Es igualmente cierto que el "tomo" dogmático promulgado por el concilio (perdido) expresaba la completa unidad de sustancia entre el Espíritu Santo y el Padre y el Hijo. Pero el credo, en lugar de subrayar esta unidad de sustancia se contenta con frases que portan, de hecho, un sentido homoousiano pero no lo expresan claramente, frases que podrían haberles satisfecho contra el crudo arrianismo, pero que habrían sido igualmente inadecuadas para combatir las enérgicas negaciones del homoousia del Espíritu Santo hacia 380. El hecho de que el credo contiene una evidentemente ortodoxa pero no suficientemente definida expresión en este aspecto, suscita de nuevo la teoría de un antiguo credo bautismal que fue revisado en un sentido niceno y anti-macedoniano después de 362 y algo de tiempo antes de 381. Su inclusión, en el Ancoratus de Epifanio, que, está claro ahora, no puede ser contemplado como una interpolación posterior, puede ayudar a arrojar luz sobre su verdadero origen.
Aunque las palabras en las que Epifanio recomienda el credo a la iglesia de Panfilia no son claras y el texto está posiblemente corrompido en al menos un lugar, es evidente que expone un credo sustancialmente de origen apostólico y origen niceno. La cuestión en cuanto a la fuente de la cual él lo recibió nos lleva hasta los días de Gerhard Voss, a la comparación de su fraseología con la del credo de Jerusalén, justificando concluyentemente Hort en tiempos posteriores la declaración de que el credo de Constantinopla no es más que el símbolo bautismal de Jerusalén ampliado, con la adición de las más importantes fórmulas y definiciones nicenas sobre el Espíritu Santo. Toda la primera sección y la segunda hasta "antes de todos los siglos" es idéntica en ambos; la estructura de la segunda sección es la de Jerusalén, con la adición de las frases nicenas y cuatro expresiones complementarias, de las cuales solo dos pueden haber estado en el credo de Jerusalén, que es sólo conocido por reconstrucción de la enseñanza catequética de Cirilo; la tercera lee "y en un Espíritu Santo, el Consolador, quien habló por los profetas", palabras que proporcionan una base para la declaración más extensa del credo constantinopolitano.
Esta por tanto sería una revisión del antiguo credo de Jerusalén hecha entre 362 y 373, bajo la influencia, con pocas dudas, de Cirilo, obispo de Jerusalén desde 351 a 386. Tres de los credos mencionados anteriormente que se parecen pero son distintos del niceno surgieron precisamente bajo las mismas circunstancias. El credo de Antioquía fue posiblemente una revisión del antiguo credo bautismal que esa iglesia hizo, en dependencia del niceno, por mano de Melecio hacia 373; el credo nestoriano todavía en uso fue una revisión añadida del credo antioqueno hecho en base al niceno hacia 366 y designado como niceno en su introducción y el que propuso Charisio ante el concilio de Éfeso fue un antiguo credo de Asia Menor, revisado en una dirección completamente ortodoxa en el último tercio del siglo cuarto. Los siete credos pertenecen a esta clase y de hecho pueden, por más de una razón, atribuirse al período citado, que fue testigo de mucha actividad en la formulación de credos bautismales en el este.
Aceptación en el oeste.
Cómo vino a ser designado "de Constantinopla" y a disfrutar de autoridad ecuménica es una cuestión más difícil. El concilio de Constantinoplano no obtuvo su autoridad en el este hasta mediados del siglo quinto y en el oeste unos 70 o 100 años más tarde. El patriarca de Constantinopla obtuvo supremacía en el este en 451, tras lo cual tenía muchas razones para exaltar la autoridad del concilio celebrado en esa ciudad en 381 como si fuera igual a la del de Nicea. Las iglesias monofisitas se abstuvieron veinte años de reconocer esas afirmaciones, que no fueron concedidas en el oeste durante casi un siglo, no, de hecho, hasta que la dependencia de los papas de los emperadores bizantinos produjo una tácita aceptación del concilio de Constantinopla y sus decretos. El papa Vigilio (538-555) parece ser el primero en llamarlo ecuménico; pero posiblemente antes de su pontificado el credo en una versión latina fue añadido a los primeros tres cánones de Constantinopla en la colección de Dionisio el Exiguo, aunque él no afirma la ecumenicidad del concilio. Gregorio Magno, si bien recibió la lastimosa herencia del periodo bizantino, colocó a los cuatro grandes concilios, incluyendo el de Constantinopla, en el mismo plano que los cuatro evangelios. Aunque la recepción reverente del credo en el oeste no se puede mostrar claramente antes de mediados de la tercera década del siglo sexto, aumentó con notoria rapidez, una vez que la fórmula quedó estimada como el resultado de un concilio reconocido ya como ecuménico, habiendo sido elevado al rango de credo bautismal por las iglesias romana y española, parcialmente debido a la necesidad de una fuerte defensa contra el arrianismo visigodo. La adición de la palabra filioque tuvo lugar en 589, por lo tanto poco después de la recepción del credo en el oeste, por lo que era casi imposible defenderla, en el oeste, como si no fuera una innovación. Una vez que el credo tomó su posición como símbolo bautismal en las más importantes provincias del oeste y la legislación de Justiniano le dio su sello autoritativo también, quedaba poca opción para cuestionar su origen o sanción, reteniendo su lugar en la misa y otras funciones solemnes con igual validez al de los apóstoles y bajo el nombre de niceno. El concilio de Trento solemnemente lo reafirmó y los reformadores (aunque Calvino durante un tiempo se inclinó a criticarlo) lo aceptaron como niceno y aprobaron su enseñanza.
Aceptación en el este.
Su recepción en el oeste muestra que poco después del año 500 debe haber pasado a una parte del este al menos como una revisión constantinopolitana del credo niceno. El proceso de su imposición como tal ha de haber comenzado poco antes de 450 y haberse completado hacia el año 500. Se ha mantenido que su presencia en las actas del concilio de Calcedonia se debe a una interpolación, pero hay fuertes razones contra esa idea.
Teorías sobre la manera de su sanción.
Es al menos plausible suponer que Cirilo, cuya ortodoxia fue cuestionada por algunos, presentara al concilio su credo revisado de Jerusalén como garantía de su solidez; que fuera aprobado por el concilio y fuera incluido en sus actas, tal como el de Eusebio lo fue por el concilio de Nicea, el de Charisio por el concilio de Éfeso y el de Osio por el concilio de Sárdica. Cuando, en un periodo posterior, se sintió la necesidad en Constantinopla de una expansión del credo niceno, se descubrió esta confesión, que presentaba una terminación de la tercera sección capaz de una interpretación homoousiana y fórmulas valiosas en la segunda sección, siendo comparativamente fácil, entonces, que el concilio comenzara a ser recibido como ecuménico, al proporcionar lo que intentaba ser su credo ecuménico, que era culminación del niceno y al conseguir la sanción legislativa y litúrgica del mismo, aunque no sin oposición, la que finalmente feneció sólo en el siglo sexto.
Conclusión.
El credo constantinopolitano es por tanto, como el de los apóstoles y el niceno, en un sentido de la palabra, "apócrifo." Es a la vez más antiguo y posterior que el concilio cuyo nombre lleva; antiguo en su fuente original, posterior en su recepción. La exposición histórica de su texto descansa principalmente en los escritos de Cirilo y Atanasio, que algunas veces alteran el entendimiento de su significado. Los Padres que lo recibieron desde la segunda mitad del siglo quinto como ecuménico lo hicieron porque sabían cómo emplear su testimonio contra Apolinar, Nestorio y Eutiques. También las sentencias en cuanto al Espíritu Santo deben aceptarse en el más estricto sentido homoousiano, aunque su fraseología no necesariamente lo implica; la frase "que procede del Padre", históricamente considerada, es un intento no para responder a la cuestión sobre el origen del Espíritu, sino para condenar la afirmación arriana de que el Espíritu estaba subordinado y era un producto del Hijo, al referir su origen directamente al Padre, la radix primordial de la Deidad.
Texto del credo niceno-constantinopolitano.
"Creemos en un solo Dios,
Padre todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra,
de todo lo visible y lo invisible.
Creemos en un solo Señor, Jesucristo,
Hijo único de Dios,
nacido del Padre antes de todos los siglos;
Dios de Dios,
Luz de Luz,
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza que el Padre,
por quien todo fue hecho;
que por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo,
y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, Virgen,
y se hizo hombre;
y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato;
padeció y fue sepultado,
y resucitó al tercer día, según las Escrituras,
y subió al cielo,
y está sentado a la derecha del Padre;
y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos,
y su reino no tendrá fin.
Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida,
que procede del Padre y del Hijo,
que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria,
y que habló por los profetas.
Creemos en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica.
Reconocemos un solo bautismo para el perdón de los pecados.
Esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro.
Amén. "
