Historia

CONSUSTANCIAL

Consustancial es el término teológico relativo a las tres divinas personas Padre, Hijo y Espíritu Santo, para indicar que su sustancia o esencia es numéricamente la misma. Esa palabra, o mejor dicho, su equivalente griega homoousion, la empleó la Iglesia en el concilio de Nicea (325) para definir contra Arrio la divinidad de Jesucristo, en la frase "consustancial (homoousion) al Padre". Es indudable que el concilio empleó la palabra homoousion, de suyo ambigua, en el sentido antes indicado, pues la Iglesia siempre reconoció que el Verbo es personalmente distinto del Padre y que la divinidad es única e indisoluble, por tanto, al definir contra Arrio que el Verbo es verdadero Dios y consustancial al Padre, pretendió afirmar la identidad numérica de la esencia de ambos.

La ambigüedad de la palabra homoousion, compuesta de homos y ousia, proviene de que homos puede significar no sólo identidad, sino también semejanza, y ousia se puede tomar por sustancia o por persona. Esto explica que antes del concilio de Nicea, mientras Dionisio de Alejandría usaba la palabra homoousion en una carta a Dionisio de Roma (Atanasio, De dec. Syn. Nic., xxv, 26) y en su carta a Pablo de Samosata para expresar la identidad numérica de esencia; Orígenes por su parte empleaba la palabra homoousion para expresar contra los sabelianos la distinción personal. También el sínodo de Antioquía de 269 o 270 rechazó la palabra homoousion porque Pablo de Samosata la empleaba para expresar identidad personal entre el Padre y el Hijo (Hilario, De Syn., n. 81).

Tras Nicea el principal defensor de la palabra homoousion fue Atanasio, contra loa arrianos rígidos o anomeos, llamados así porque decían que el Hijo es anomoion (no semejante al Padre), los semi-arrianos que llamaban al Hijo homoioousion (semejante en la esencia) al Padre y los acacianos que admitían entre Padre e Hijo semejanza, pero no en la esencia. La controversia versó luego sobre la consustancialidad del Espíritu Santo con el Padre y el Hijo, cosa que Macedonio († 370) negó, siendo condenados sus seguidores en el cuarto sínodo romano (380) por no confesar que el Espíritu Santo es, lo mismo que el Hijo, de la divina esencia y Dios verdadero.