Procesión del Corpus Christi, de un leccionario inglés, c 1408. Harley MS 7026, f. 13Ya en tiempos de Agustín era usual celebrar la institución de la comunión el quinto día de la última semana de Cuaresma. En 1246 el obispo Roberto de Lieja, estimulado por las visiones de una monja (Juliana de Mont-Corneillo), inauguró una nueva festividad en honor del sacramento, en una carta pastoral dirigida a su propia diócesis. Las formas de su observancia eran bastante simples, siendo los elementos esenciales de la ceremonia el servicio divino, las lecturas y cantos antifonales. Poco después Pantaleón, archidiácono de Lieja, se convirtió en el papaUrbano IV, dándole a la festividad su carácter universal. Su bula de 1264 señala en el calendario el quinto día después del octavo de Pentecostés e indica que su objeto era promover la presencia real de Cristo. La suntuosa exposición, junto con la indulgencia acordada por el papa a los participantes en la festividad estaba destinada, sin duda, a ampliarla, no siendo menos decisiva la actitud del gran escolásticoTomás de Aquino. Pero en esta segunda fase la festividad continuó dentro de unos modestos límites.
El auténtico momento decisivo en el desarrollo de esta festividad llegó en el tiempo de Juan XXII (1316-34), quien instituyó la procesión acompañante, teniendo lugar la exposición pública de la hostia en la custodia. Tras el concilio de Constanza (1414-18) los papas aprovecharon la ocasión para ampliar las indulgencias y estimular el celo de los fieles católicos aún más. La espléndida exposición se hizo más suntuosa e incluso reyes y príncipes tomaron parte en las procesiones, terminando por ser una mezcla de desfile eclesiástico y esplendor mundano. Tras el siglo XV las representaciones del Corpus Christi se hicieron populares, yendo acompañadas de demostraciones populares de historia sagrada.