Historia
CRUZADAS
- La primera cruzada, 1096-99
- La segunda y tercera cruzadas, 1147-29, 1189-92
- La cuarta cruzada, 1203-04
- La quinta, sexta y séptima cruzadas, 1228-70
- Incremento del poder y de la intolerancia papal
- Devoción estimulada y absolución extendida
- El Renacimiento y la Reforma

representado en Abreviamen de las estorias, siglo XIV
La primera cruzada, 1096-99.
En 1074, cuando Asia Menor cayó en manos de los turcos seleúcidas, Gregorio VII había proyectado una guerra contra los infieles, teniendo también como propósito la unión con la Iglesia griega. Pero el plan tuvo que ser abandonado por el conflicto con el emperador Enrique IV. Urbano II (1088-99), quien tomó de nuevo la idea, estaba animado no tanto por las consideraciones políticas de Gregorio sino por el impulso religioso en sí. De la Iglesia debería venir la fuerza motriz; en los poderes seculares descansaba la ejecución del plan.

Miniatura francesa


"Si se os anunciara que el enemigo había invadido vuestras ciudades, vuestros castillos, vuestras tierras; que había violado a vuestras mujeres y a vuestras hijas, y profanado vuestros templos, ¿quién de vosotros no correría a las armas? Pues bien; todas estas calamidades, y otras mucho peores, han caído sobre vuestros hermanos, sobre la familia de Cristo Jesús, que es la vuestra. ¿Por qué vaciláis en reparar tantas maldades, en vengar tantos desmanes? ¿Permitiréis que los infieles contemplen en paz las devastaciones que han cometido en el pueblo cristiano? Recordad que el triunfo de ellos significará que estaréis sujetos a amargura y dolor durante generaciones, y que el oprobio eterno caerá sobre la generación que lo haya permitido. Sí, el Dios vivo me ha encomendado anunciaros que él castigará a todos los que no lo hayan defendido en contra de sus enemigos. Corred a las armas, pues, que una ira santa os anime en la lucha y que el mundo cristiano resuene con estas palabras del profeta: "Sea maldito el que no tiñe su espada con la sangre". Si el Señor os llama a defender su herencia, no creáis que su brazo haya perdido el poder. ¿No podría enviar doce legiones de ángeles, susurrar una palabra, y todos sus enemigos quedar convertidos en polvo de la tierra? Pero Dios ha considerado a los hijos de los hombres, y quiere abrirles el camino a su misericordia. Su bondad ha hecho amanecer para vosotros el día de la seguridad, llamándoos para vengar su gloria y su nombre. Guerreros cristianos: aquél que dio su vida por vosotros, hoy demanda la vuestra. Estos son combates dignos de vosotros; combates en los cuales es glorioso vencer y morir es ganancia. Caballeros ilustres, generosos defensores de la Cruz, recordad el ejemplo de vuestros padres que conquistaron Jerusalén y cuyos nombres están inscritos en los cielos; abandonad, entonces, las cosas que perecen, para recoger las palmas inmarcesibles, y conquistar un reino que no tiene fin."

El siguiente texto describe los preparativos de Ricardo I y Felipe II Augusto ante de iniciar la cruzada de 1189:

'Felipe, rey de Francia por la gracia de Dios, y Ricardo, rey de Inglaterra por la gracia de Dios, duque de Normandía y de Aquitania, conde de Anjou, a todos sus vasallos que reciban esta carta, salud.
Ya sabéis que nos hemos reunido formalmente y decidido, por consejo de los prelados y barones de nuestros reinos, que haremos juntos, y guiados por Dios, el viaje a Jerusalén y que nos hemos comprometido recíprocamente a respetar las reglas de la amistad y la lealtad: yo, Felipe, rey de Francia, para con Ricardo, rey de Inglaterra, mi amigo y vasallo; y yo, Ricardo, rey de Inglaterra, para con Felipe, rey de Francia, mi soberano y amigo. Así, pues, hemos decidido que, excepto aquellos que permanezcan por orden nuestra o con nuestro consentimiento, todo aquel que pertenezca a nuestras tierras partirá, antes que nosotros, o con nosotros, el domingo después de Pascua. Si alguno decidiera quedarse por cualquier otro motivo, será excomulgado por los prelados de ambos reinos, y sus bienes serán materia de interdicto. Así, pues, queremos, decidimos y ordenamos que los que se queden al frente de nuestros reinos se presten, si hay lugar a ello, asistencia mutua.
Los bienes de quienes se pongan en camino antes que nosotros o con nosotros no deberán sufrir, al igual que los nuestros, mengua ni menoscabo. Si alguien intentase atentar contra su integridad, nuestros jueces y bailes deberán exigir de él reparación, según la costumbre de nuestros reinos. Si alguien intentase hacernos la guerra en cualquiera de nuestras provincias durante nuestra ausencia o hacer la guerra a alguno de nuestros vasallos y no se somete a la justicia, en primer lugar será excomulgado y, si en los cuarenta días siguientes a la excomunión no nos da reparación alguna, entonces dispondremos que él y sus herederos sean desposeídos, a perpetuidad, de sus bienes. Los feudos de quien, por este motivo, haya sido desposeídos pasarán a ser propiedad del señor de la vecindad, quien ejercerá su poder sobre ellos. Quienquiera que haya cometido un crimen en el reino de uno cualquiera de nosotros y no haya dado la correspondiente reparación no podrá encontrar asilo en el reino del otro. Si dan con él, será entregado a los jueces del reino en que haya cometido la sanción. Por tanto, queremos y ordenamos que nuestros jueces y bailes se comprometan y sujeten recíprocamente a aplicar estas disposiciones hasta nuestro regreso, en cumplimiento del juramento de fidelidad que nos han prestado.'
(Dado el 30 de diciembre en Nonancourt (1189)

El espíritu cruzado estaba muerto y las siguientes cruzadas se han de explicar más bien como resultado de los esfuerzos del papado en su lucha contra el poder secular, a fin de desviar las energías militares de las naciones europeas hacia Siria. Tras una sistemática agitación en 1201 un gran ejército fue reunido con el plan de transportarlo en naves venecianas a Egipto. Pero los venecianos bajo su astuto dogo, Enrico Dandolo, lograron convertir el movimiento cruzado en algo para sus propios propósitos. Los cruzados se volvieron contra los bizantinos, Constantinopla fue tomada y saqueada (1204) y el imperio quedó partido entre Venecia y los dirigentes cristianos. Se creó el imperio latino en Constantinopla. Una explosión del antiguo entusiasmo dirigió la cruzada de los niños de 1212, que Inocencio III interpretó como una reprensión de los cielos a sus indignos dirigentes. Mediante procesiones, oraciones y predicación la Iglesia intentó poner en marcha otra cruzada a pie y el cuarto concilio de Letrán (1215) formuló un plan para la recuperación de Tierra Santa. Una fuerza cruzada de Hungría, Austria y Baviera alcanzó un notorio éxito con la captura de Damietta en Egipto en 1219, pero bajo la urgente insistencia del legado papal, Pelagio, procedieron a un necio ataque contra El Cairo, obligándolos una inundación del Nilo a escoger entre la rendición o la destrucción.
La quinta, sexta y séptima cruzadas, 1228-70.
En 1228 el emperador Federico II zarpó desde Brindisi para Siria, aunque condenado con la excomunión papal. Por medio de la diplomacia logró un éxito sin precedentes, pues Jerusalén, Nazaret y Belén fueron entregados a los cristianos durante un período de 10 años. Los intereses papales representados por los templarios provocaron un conflicto con Egipto en 1243 y al año siguiente una fuerza corasmiana puso sitio a Jerusalén. Los últimos esfuerzos de Europa se muestran en las dos infructíferas cruzadas de Luis IX de Francia contra Chipre, Egipto y Siria en 1248-54 y contra Túnez en 1270. Con la caída de Antioquía (1268), Trípoli (1289) y Acre (1291), desaparecieron las últimas huellas de ocupación cristiana en Siria.

El primero de los resultados que las cruzadas produjeron es el gran incremento del poder de la Iglesia y el papado. Los logros de las guerras religiosas se quedaron muy cortos de las expectativas, pero la idea de que el papa era la cabeza de la cristiandad armada alcanzó su efecto por la conquista del Santo Sepulcro. Fue el papa quien convocó a los ejércitos, quien suplió los medios necesarios de los tesoros de la Iglesia, quien otorgó a los guerreros de la cruz privilegios y bendiciones y quien los dirigió por medio de sus legados y aunque la obra auténtica de la batalla fue llevada a cabo por los príncipes seculares, éstos estaban firmemente sujetos al control de la jerarquía por su irrevocable voto de cruzados. Mediante la instrumentalidad de sus legados, que ahora se convirtieron en parte importante de la administración eclesiástica, el papa consiguió una autoridad incrementada dentro de la Iglesia. Una fuente más material de impulso fueron las riquezas que beneficiaron a la Iglesia, resultado de los sacrificios de individuos que se prestaron a sí mismos como medios para hacer la cruzada. Príncipes y caballeros vendieron o hipotecaron sus propiedades y la Iglesia fue la compradora sin competencia en el mercado abierto. Los papas consiguieron una ganancia especial de este estado de cosas, pues, aunque durante el siglo XII los obispos estaban acostumbrados a contribuir de sus fondos para el coste de las expediciones militares, tras el concilio de Letrán de 1215 esas liberalidades fueron reclamadas por Roma como supremo dirigente de la guerra santa y se convirtieron en la base de un impuesto regular que fue reforzado por toda Europa mucho después de la caída de la última ciudadela en el este. Más aún, los cruzados actuaron como un poderoso incentivo para el crecimiento del espíritu de intolerancia religiosa. De la guerra contra los no creyentes, fueran musulmanes, judíos o paganos, no había más que un paso para la guerra contra los herejes. En este aspecto también Inocencio III aparece como un hacedor de época, al aventurarse a dirigir el brazo secular contra los enemigos internos de la Iglesia y predicar una cruzada de exterminio contra los albigenses del sur de Francia. La Inquisición, con todos sus horrores, nunca podría haber echado tan profundas raíces sino por las pasiones religiosas que marcaron las cruzadas. En compensación a duras penas se puede mantener que el conocimiento europeo avanzó por las guerras con los musulmanes. La introducción del estudio de Aristóteles en el oeste se ha de atribuir más bien a las relaciones amistosas que prevalecieron entre cristianos y sarracenos en España y Sicilia. Tampoco es absolutamente cierto que el arte occidental se enriqueciera materialmente por el contacto con Bizancio y Siria, pues los numerosos objetos de arte traídos como botín del este no fueron más que una influencia en el desarrollo del arte decorativo, al suplir modelos a los que imitar.

grabado de Gustavo Doré
Por otro lado, sería imposible subestimar el estimulante efecto de las cruzadas en el espíritu de devoción de la Europa cristiana. En los emisarios papales encomendados con la predicación de la cruzada se encuentran los primeros predicadores populares de la Edad Media. Los clérigos dejaban sus iglesias y se dirigían a las multitudes en las plazas públicas y en el campo; a ellos en gran medida se debe la elocuencia ferviente e imaginativa de los posteriores monjes mendicantes. Surge la práctica cuestionable de investigar localidades supuestamente relacionadas con la tradición sagrada y el establecimiento de ceremonias dotadas de peculiar eficacia. Es un período de transición, que hasta el día de hoy ha sumido a la geografía de Oriente Medio en la confusión. El peregrino que tras la caída de Acre se vio impedido de ir a los mayores santuarios de adoración cristiana se volvió a los lugares sagrados del occidente o de su propio país y la creación de tales centros y objetos de devoción se convirtió en una función importante de la Iglesia. La adoración de reliquias se extendió enormemente y el comercio de objetos sagrados se llevó a cabo en toda forma concebible y no siempre sin los más absurdos y groseros engaños. El conjunto de la leyenda se incrementó y la Virgen se convirtió especialmente en sujeto favorito de representación en la narrativa y el arte. La gran importancia del rosario, que antes de este período aparece prominentemente sólo en ejemplos aislados, procede del siglo XIII, cuando se desarrolló bajo influencia de las similares características de la piedad musulmana conocida como tasbih.
De portentosa importancia fue el efecto producido por las cruzadas sobre el sistema de la absolución. Originalmente la inmunidad de los castigos de trasgresión se otorgaba solamente a aquellos que asumían la cruz por motivos puramente religiosos; pero ya con Celestino III († 1198) cuanto mayor es la contribución de dinero para la expedición contra los infieles mayor es la recompensa con una remisión parcial de la pena del pecado, mientras que Inocencio III otorgó remisión completa a cualquiera que enviara un sustituto a la batalla. Al poder ser absuelto cualquiera de su voto de cruzado por el pago de una suma de dinero y la absolución ofrecida por actos menores de piedad tales como meramente escuchar una exhortación para tomar la cruz, es evidente que se presentaron amplias oportunidades para eludir el castigo del pecado.
El Renacimiento y la Reforma.
Las cruzadas no quedaron sin consecuencias sobre el Renacimiento y la Reforma. La relación amistosa con el mundo musulmán puso a Europa en contacto con realizaciones y virtudes que faltaban dentro. Los hombres fueron conscientes de un sistema moral independiente del cristianismo que, no obstante, era digno de respeto. Las disputas teológicas entre cristianos y musulmanes pusieron al descubierto el hecho de que el dogma católico no era invulnerable. Al descubrir los méritos insospechados de su oponente se estaba a un paso de hacer un examen crítico de la propia condición. En Alemania se hizo manifiesta la sospecha hacia los motivos de la Iglesia al inflamar las guerras contra los musulmanes y el rechazo a contribuir a la realización de los planes formulados por un papado ambicioso. De esta forma la Iglesia, que se había convertido en dirigente de las cruzadas, sufrió las consecuencias de su fracaso. La fe en el absolutismo papal se desvaneció y apareció un nuevo espíritu religioso, primero en diversos grupos (cátaros y albigenses) y posteriormente en la Reforma. Este espíritu fue promovido por la inspiración de esa cultura más elevada de la que Federico II es el tipo prominente, mediante el desarrollo de las ciencias y por el crecimiento del comercio con el este, que enriquecieron a Europa y dirigieron la atención de los hombres de lo puramente religioso a los intereses materiales y culturales en el movimiento conocido como Renacimiento.