Historia

DEBER

Deber es la obligación moral de hacer o dejar de hacer algo, también cualquier acto u omisión que es moralmente vinculante. La doctrina del deber ha constituido un artículo principal de la ética desde tiempos antiguos. Los estoicos en particular desarrollaron con peculiar cuidado la noción de conducta de acuerdo al deber. Ellos no la llevaron más allá de un principio eudemonista, confinado a este mundo, pero aún así entendieron por felicidad una vida de acuerdo a la naturaleza, que interpretaron como una vida en armonía con la razón divina del universo. La obra de Cicerón De officiis descansa sobre el Panætius estoico. El primer libro trata de lo honestum, el segundo de lo utile y el tercero de la elección entre los dos. La misma división y forma de tratamiento la adoptó Ambrosio en una obra del mismo título. Ninguno de ellos expone a la luz un principio científico y una motivación psicológica. Ambos escribieron meramente con propósitos prácticos, Cicerón para su hijo Marcos, y Ambrosio para sus jóvenes clérigos. Sin embargo, esas dos obras, con sus concepciones superficiales y acidental ordenamiento, constituyeron la norma ética hasta que Kant reveló la verdadera esencia del deber.

El deber es la forma de la conducta ética. Esta forma está condicionada por la ley, por la demanda incondicional "harás", que a través de la mediación de la conciencia se aplica a la voluntad del hombre y le ata a la obediencia. La conciencia de esta obligación es el "imperativo categórico" de Kant; pero Kant consideró toda moralidad como un cumplimiento legal del deber, pasando por alto la naturaleza radical del mal, que la ley puede reprimir pero no erradicar. De Wette percibió esta laguna en el sistema moral de Kant e intentó salvarla aduciendo el hecho de la redención. Pero fue Schleiermacher quien, corrigiendo la exageración de Kant, asignó al deber su lugar apropiado en la ética. Por tanto, la producción o realización del bien más elevado es la meta moral. La virtud es el poder moral usado para la consecución de ese bien y el deber da forma a la acción moral virtuosa. El desarrollo anormal del hombre bajo el dominio del pecado hace la fórmula del deber, la ley, indispensable, aunque debe ser gradualmente prescindida por la subversión del pecado y la realización del bien más elevado.

En la doctrina de los deberes la casuística tiene un lugar necesario, ya que en la vida práctica es imposible reducir la ley moral a una fórmula abstracta. La ética puede proporcionar sólo las fórmulas generales del deber. El hombre mismo debe encontrar su deber al aplicar la ley a su propia persona, debiendo modelar su acción de acuerdo con el deber al recurrir a su propia "corte de apelación." Dado que el cristiano puede realizar un acto ético sólo en unión con su Redentor y ayudado por su gracia, no se puede extraer una distinción entre deberes morales y religiosos, o entre deberes hacia Dios, nuestros semejantes y nosotros mismos. Como los estoicos enseñaron, todo pecado es pecado contra Dios. La división apropiada viene sugerida porque nosotros, por un lado, imitamos en nuestra vida el ejemplo de Cristo, mientras que, por otro, tenemos que cooperar en la realización de la comunidad moral, el reino de Dios. De ahí que podemos distinguir entre deberes hacia nosotros mismos y deberes hacia la sociedad. La Iglesia católica sostiene los llamados consilia evangelica, es decir, los preceptos de Jesús o de los apóstoles, por medio de los cuales podemos obtener méritos supererogatorios. Pero no hay nada tan excelente o sublime que no pueda expresarse en la forma del deber, que es la norma absoluta de moralidad.