Historia

DOCTRINA, HISTORIA DE LA

La historia de las doctrinas cristianas en tanto campo de estudio teológico fue inaugurado por S. G. Lange de Jena, en su Ausführliche Geschichte der Dogmen (Leipzig, 1796) que llega hasta Ireneo. Le siguió la obra de W. Münscher, Handbuch der christlichen Dogmengeschichte (4 volúmenes, Marburgo, 1797-1809), que se extendía hasta Gregorio Magno y la de J. C. W. Augusti, Lehrbuch der christlichen Dogmengeschichte (Leipzig, 1805). Por supuesto, se había escrito mucho previamente sobre la historia de los dogmas y las controversias particulares.

Primeros intentos en la historia de la doctrina.
Ya en el tiempo de Ireneo (en oposición a las innovaciones gnósticas) se subrayó la continuidad de las enseñanzas doctrinales de los ancianos de la edad apostólica. Atanasio constantemente apeló a los Padres en apoyo de sus posiciones en su conflicto con Arrio y otros. Vicente de Lérins († 450) declaró que "el antiguo consenso de opinión de los santos Padres debe ser diligentemente procurado y seguido" (Commonitorium, i. 28). Naturalmente las facciones no católicas también buscaron y encontraron apoyo para sus ideas en la literatura cristiana anterior. Abelardo († 1142), en su Sic et non, al presentar autoridad contra autoridad en todas las doctrinas importantes, demostró la necesidad de aplicar libremente la mente a la solución de los problemas teológicos. La armonización de las autoridades patrísticas fue uno de los objetivos del escolasticismo. El Renacimiento produjo el menosprecio de la autoridad y el reconocimiento de la posibilidad de progreso en la comprensión de la verdad. La Reforma interrumpió para los evangélicos la continuidad de la tradición doctrinal. La adopción de las Escrituras como la única autoridad dio libre curso a la investigación de la historia de la doctrina. Melanchthon pudo decir en sus Loci (1521): "Inmediatamente después de la fundación de la Iglesia, la doctrina cristiana quedó arruinada por la filosofía platónica." Sin embargo, él y Lutero, alarmados por las indeseables consecuencias de demasiado rigor en la insistencia sobre la autoridad de la Escritura hecha por los anabaptistas, sintieron necesario defender las definiciones doctrinales de los primeros cuatro concilios generales como interpretación autoritativa de la Escritura y las inferencias necesarias a partir de ellos. Las Centurias de Magdeburgo (1559-74) asumieron que desde el siglo V (en parte desde el II) hubo un progresivo oscurecimiento de la verdad evangélica, no impedido seriamente por "testigos" aislados que aparecieron de tiempo en tiempo. El estímulo dado por la Reforma a la investigación histórica y la vasta acumulación de material sacado a la luz, hizo posible obras tales como la del jesuita Petavius, De theologicis dogmatibus (París, 1644-50) e Instructiones historico-theoliogicæ de doctrina Christiana (Ámsterdam, 1645) por el teólogo escocés John Forbes de Corse. Los antiguos teólogos luteranos hicieron poco más en la historia de la doctrina que recopilar ricos materiales patrísticos con propósitos polémicos en los diversos loci de sus sistemas dogmáticos. Ejemplos de esta clase de obras fueron la de Gerhard, Loci (Jena, 1610-25) y la de Quenstedt, Theologia Didactico-polemica (Wittenberg, 1685). No fue hasta que el pietismo y la Ilustración sacudieron la fe en la absoluta exactitud de la ortodoxia luterana, que los sistemas "heréticos" comenzaron a ser estudiados por sus méritos, al convertirse la historia de la doctrina en un departamento distintivo de estudio. La obra de Gottfried Arnold, Kirch- und Ketzer-Historie (1ª edición 1699-1700; edición más completa, 3 volúmenes, Schaffhauseen, 1740-42) sacó a la luz y trató una vasta cantidad de material auténtico sobre las facciones disidentes desde el siglo I hasta su propio tiempo. Su disposición a dar a los "herejes" su lugar fue compartido en cierta medida por Mosheim y C. W. F. Walch. Walch, Ernesti, Semler y Planck han sido considerados, junto con Lange y Münscher, como los padres de la historia de la doctrina.

Cuatro grupos de historias. El grupo de Münscher.
Dejando la consideración de la obras católicas, que (con la excepción de las de Bach y Schwane) están basadas en el postulado dogmático de la identidad del dogma durante todos los siglos, se pueden distinguir cuatro grupos de obras desde Münscher a F. Nitzsch (Grundriss der christlichen Dogmengeschichte, volumen i, Berlín, 1870) y Harnack (Lehrbuch der Dogmengeschichte, 3 volúmenes, Friburgo, 1886-90; traducción inglesa, 7 volúmenes, Boston, 1895-1900). Las obras del tipo de Münscher que conciben la historia de las doctrinas como la historia de los multiformes cambios que el cristianismo (en tanto doctrina o dogma) ha experimentado hasta el presente, constituyen el primer grupo. Münscher, aunque entendido y exacto, falló totalmente en captar las razones e importancia de los cambios y no tuvo el aprecio apropiado hacia los tiempos y las personas. Lo mismo se puede decir de Lentz y Bertholdt. Este método se puede designar racionalista-pragmático. La modificación sobrenaturalista del método (Münter, Augusti) evitó las ofensivas extravagancias del pragmatismo y reconoció legítimas para su tiempo una masa de opiniones que ya no eran aceptables, pero hizo poco avance en el método. Bajo la influencia del romanticismo y la seriedad religiosa del despertar (Schleiermacher), la visión para la permanencia y unidad en toda la diversidad de formas de doctrina se agudizó (Neander y su escuela). La profunda apreciación de todo el carácter cristiano en tanto incorporación de la nueva vida introducida por Cristo, es lo que da coherencia a la obra de Neander. Esto es verdad hasta cierto punto de Hagenbach y en mayor medida de Baumgarten-Crusius, a quien Hase llama el "historiador del espíritu religioso." Esos historiadores concuerdan en distinguir entre historia de las doctrinas "general" y "especial", al ignorar la distinción entre "dogmas" (doctrinas autoritativamente formuladas) y opiniones sobre doctrinas presentadas por cualquiera en cualquier forma (siendo su objetivo en muchos casos desacreditar el dogma al demostrar su inestabilidad) e ignorando el desarrollo doctrinal católico desde 1517. La obra de Niedner es peculiar en su combinación de la historia de la filosofía y la de la teología y en su discriminación entre las doctrinas de las escuelas y las de la Iglesia, aunque pertenece innegablemente a este grupo.

El grupo hegeliano.
El segundo grupo, introducido por la monografía de Baur sobre la doctrina de la expiación (1838), se caracteriza por el dominio de la filosofía hegeliana. Baur, igual que sus predecesores, estuvo interesado por toda la masa de cambios en la enseñanza doctrinal que ocurrieron desde el tiempo apostólico al presente. Vio en los multiformes cambios el desarrollo lógico según leyes internas de un conjunto sustancialmente inmutable. Cada doctrina es para él un desarrollo de la idea cristiana, inevitable en su tiempo. La historia de los dogmas tiene que ver tanto con la multiplicidad de dogmas como con la unidad del dogma. Siguió a sus predecesores en la distinción entre una historia de las doctrinas general y especial, teniendo poco en cuenta el desarrollo del dogma católico desde 1517. Marheineke aplicó el método hegeliano al producir una contraparte ortodoxa a la obra de Baur, abandonando la distinción entre historia de las doctrinas general y especial, limitando el alcance del dogma a definiciones públicas, identificando los contenidos sustanciales de la religión cristiana con las enseñanzas de Cristo y los apóstoles y limitando la historia de la doctrina al tiempo entre la era apostólica y la terminación de la formación de los símbolos eclesiásticos. A la escuela hegeliana pertenecieron igualmente Meier y Noack.

Engelhardt y Gieseler.
A un tercer grupo, en el que la historia de la doctrina se concibe como una representación histórico-genética de la llegada a la existencia de las ideas doctrinales de las diversas iglesias cristianas, pertenece la obra de Engelhardt, Dogmengeschichte (1839) y las clases de Gieseler. Ambos estuvieron libres de influencia hegeliana. Engelhardt tuvo mucho que ver con el grupo tratado a continuación y Gieseler con el tipo de Münscher. La peculiaridad de Engelhardt aparece en su tratamiento comparativo de los dogmas luteranos, católicos y reformados y en su breve investigación de los movimientos doctrinales en las diversas iglesias, desde la definición de las doctrinas de los grandes símbolos. La definición de dogma de Gieseler es notable: "El dogma cristiano no es una opinión doctrinal, ni el pronunciamiento de cualquier maestro, sino un estatuto doctrinal. Los dogmas de una iglesia son las proposiciones doctrinales que constituyen el contenido más esencial del cristianismo." Aunque él sostuvo que una historia de la doctrina completa abarca el desarrollo de los dogmas en todas las iglesias cristianas, prestó poca atención al desarrollo de las doctrinas en la Iglesia griega tras su separación de Roma o de la Iglesia católica tras la revuelta protestante.

El grupo luterano confesional.
El último grupo de los antiguos escritores sobre la historia de las doctrinas es el de los luteranos confesionales, cuyo objetivo fue mostrar el total acuerdo doctrinal del Libro de Concordia con la revelación divina. Engelhardt y Marheineke prepararon el camino para este tipo de historia de la doctrina. Kliefoth, profundamente inmerso en el hegelianismo, señaló su programa. Kahnis incorporó esta idea en su Kirchenglaube. El breve tratado de Schmid (1860) fue del mismo carácter. La obra más importante de este grupo es la de Thomasius (1874-76). La segunda edición de Thomasius por Bonwetsch y Seeberg pertenece más bien al grupo precedente.

Nitzsch y Harnack.
Al lado de esos cuatro grupos está la obra inacabada de Nitzsch, quien, aunque tenía una concepción estrecha del dogma, procuró hacer inteligible la actual posición de la teología cristiana, incluyendo la influencia de Schleiermacher. La parcialidad de la interpretación hegeliana de la historia queda eliminada por el sólido realismo histórico, abandonándose la separación de dogmas generales y especiales. La obra de Nitzsch es el resultado maduro del antiguo desarrollo de la historia de la doctrina. Pero el famoso manual de Harnack comienza una nueva sección de la historia de la disciplina. Aunque construye sobre el fundamento puesto por Nitzsch, Thomasius y Ritschl. creó una época en el estudio de la historia de las doctrinas, al aumentar materialmente el conocimiento del asunto, por su vívida captación de los objetos de investigación y por su brillante e interesante presentación literaria. Su abandono de cualquier plan esquemático de los materiales y su singular apreciación de las relaciones genéticas, su apreciación de la "tenacidad" del dogma y la lógica interior de su desarrollo y su esfuerzo para comprender los dogmas individuales como partes de la concepción del cristianismo en su conjunto, se pueden considerar contribuciones de valor permanente.