Historia
DOMINICOS

Tras la muerte de Domingo su orden creció con notoria rapidez. En el capítulo general de 1228 surgieron cuatro nuevas provincias: Grecia, Polonia, Dinamarca y Tierra Santa. Los primeros cuatro sucesores del fundador fueron hábiles organizadores que sabían cómo desarrollar y adaptar a las nuevas condiciones los principios que les fueron dados. Jordanus, un sajón (1222-37), codificó las constituciones por vez primera en 1228, viajó ampliamente por todas las provincias de la orden y encontró la muerte en un naufragio tras una visita a Tierra Santa. El tercer general fue el distinguido canonista Raimundo de Peñafort, de una noble familia española; dejó su cargo en 1240 tras revisar y completar las constituciones. El cuarto fue un alemán, Juan de Wildeshausen (1241-52) y el quinto un francés, Humberto de Romans (1254-64), quienes prestaron grandes servicios al sistema educativo de la orden. Al ser el propósito de su existencia combatir la herejía y fortalecer la fe por medio de la predicación, se insistió en el estudio como requisito primario. La orden dominica fue la primera que exigió el estudio como medio esencial de alcanzar su especial fin y lo reguló minuciosamente. Esto, por supuesto, estaba limitado a los sacerdotes, para quienes era posible dedicarse totalmente a su ministerio, ya que los hermanos laicos tenían que ocuparse de las tareas domésticas. Ocho años pasaban en estudio tras la terminación del noviciado; su sistema siguió al de la universidad de París. Después de 1248 cada provincia tuvo su propio studium generale, o universidad. La teología ocupaba naturalmente el primer lugar, pero las artes liberales comenzaron pronto a ser enseñadas; Raimundo de Peñafort puso especial atención en la enseñanza del griego y fundó escuelas en las casas de España y el norte de África para el estudio del hebreo y árabe. La teología se enseñaba primero de las Sentencias de Pedro Lombardo, pero hacia finales del siglo XIII la Summa de Tomás de Aquino ocupó ese lugar y el capítulo general de 1315, al exigir que sus obras estuvieran en cada monasterio, marcó su triunfo final.
De la prominencia de la orden en el campo de la enseñanza da buena cuenta la siguiente declaración en 1260 del general dominico Humberto de Romans:
'Nosotros enseñamos a los pueblos, enseñamos a los prelados, enseñamos a los sabios y a los ignorantes, a los religiosos y a los legos, a los clérigos y a los seglares, a los nobles y a las gentes del pueblo, a los grandes y a los chicos; enseñamos los mandamientos, los consejos, las cosas difíciles, las verdades ciertas, los caminos de la perfección, enseñamos todas las clases de virtud [...] Los grandes nos llaman como consejeros y nos dan un asiento junto a ellos, los prelados nos invitan a hacer sus preces, nos favorece y nos defiende la santa Madre Iglesia, por doquier el pueblo manifiesta hacia nosotros una extraordinaria devoción.'


Museo del Prado, Madrid
El rápido crecimiento de la orden se debió no sólo a sus cualidades, sino también a la protección de amigos poderosos entre reyes y nobles y a los generosos privilegios que el papa le otorgó, tanto a ellos como a los franciscanos. Sin embargo, los dominicos tuvieron la ventaja de ser preferidos, si no exclusivamente escogidos, como inquisidores hæreticæ pravitatis. Cuando Gregorio IX comenzó, en 1232, a sustituir la Inquisición episcopal por oficiales señalados directamente por el papa, normalmente escogió a los frailes predicadores, a causa de su saber teológico y cuando el brazo secular se puso a disposición de la Iglesia, Federico II ofreció su protección en 1239 a los dominicos como inquisidores y en 1255, a solicitud de Luis IX, Alejandro IV nombró al provincial dominico y al guardián franciscano como inquisidores generales para Francia.
Logros y controversias.
El crecimiento y privilegios de la orden levantó enemistades en más de una esfera. Desde finales del siglo XIII muchas de las ciudades en las cuales los mendicantes, al contrario que otras órdenes más antiguas, edificaron sus casas, comenzaron a mostrar hostilidad. Algunas de las órdenes antiguas, especialmente los cistercienses y los cartujos, manifestaron un espíritu que no era nada fraternal hacia ellos y el alto clero secular se resintió de su intrusión en la organizada cura de almas, por lo que Inocencio IV se vio obligado en 1254 a limitar sus privilegios, permitiéndoles predicar y oír confesiones sólo con el consentimiento del párroco. Las universidades, al principio, fueron inamistosas e intentaron frenar a los frailes predicadores. La famosa disputa en París terminó en favor de los dominicos en 1259 y no mucho después ocupaban las cátedras teológicas en Bolonia, Padua, Viena, Polonia, Praga, Oxford y Salamanca. El mayor de los escolásticos, Tomás de Aquino, y su maestro, Alberto Magno, son dos de los muchos distinguidos teólogos que la orden produjo en la etapa final de la Edad Media. No se limitó al cultivo del saber sino también a la instrucción religiosa del pueblo. Uno de los más populares predicadores poco después fue el dominico español Vicente Ferrer. Fueron activos en el campo misionero apareciendo en la corte de Kublai Khan en 1272 y cumpliendo mucho en las todavía partes paganas de Europa; la conversión de los lituanos, acabada en 1386, fue obra suya. Sus servicios al arte son muy considerables. Dos de ellos diseñaron la iglesia de Santa María Novella en Florencia, el ejemplo más puro y bello de gótico toscano. Aquí, en San Marcos y en Santa Catalina en Pisa la pintura se cultivó con gran éxito en los siglos XIV y XV, floreciendo esta última, bajo la iluminación mística de la escuela de Giotto, en la obra de Giovanni da Fiesole, mejor conocido como Fra Angelico († 1455).

Condición actual.
La política de secularización de José II († 1790) disminuyó todavía más el número de conventos que la Reforma había eliminado; lo mismo ocurriór en Alemania y la Revolución suprimió la orden en Francia, hasta que fue restaurada por la elocuente defensa de Lacordaire en 1840. Se hizo gran progreso bajo el generalato de Alexander Vincent Jandel, un francés († 1872), quien publicó una constitución revisada en 1872, siendo el cambio más importante la limitación de la duración del cargo de general que Pío VII en 1804 fijó en seis años y Pío IX en 1822 en doce. El general había residido desde 1272 en Santa María sopra Minerva en Roma. En la nueva constitución había 52 provincias, pero varias de ellas era meramente nominales. Había 300 casas y unos 3.000 miembros. Bajo el papa León XIII, un gran admirador de Tomás de Aquino, la orden una vez más cobró importancia por su influencia y saber teológico. Ha habido cuatro papas dominicos: Inocencio V († 1276), Benedicto XI († 1304), Pío V († 1572) y el entendido Benedicto XIII († 1730).

añadida a un salterio francés, c. 1400-1410.
Cotton MS Domitian A xvii, f. 177v.
Dos casas de la rama femenina de la orden, la de Prouille y la de San Sixto en Roma, surgieron en vida del fundador. Su regla prescribía confinamiento al claustro, prácticas ascéticas, vida contemplativa y empleo análogo del tiempo en lo posible al de los hermanos; la obligación de la pobreza no estaba, por obvias razones, tan estrictamente impuesta sobre ellas. Al principio se fundaron nuevas casas por donde la orden se esparcía, estando bajo la dirección del provincial. Al crecer su número, esto produjo dificultades e interfirió con la obra de los frailes, quienes se liberaron de esta carga en 1252 aunque quedaron obligados a reasumirla dos años más tarde, al sufrir por la separación las casas femeninas. Sólo unas pocas permanecieron bajo cuidado episcopal. En líneas generales siguieron el mismo destino que los frailes. Al principio totalmente contemplativas, se dedicaron posteriormente a la educación de muchachas, siendo su regla mitigada en consecuencia.
El siguiente texto dictamina sobre los hábitos y la tonsura de las dominicas:
'Las ropas serán blancas y corrientes, y no demasiado finas ni delicadas, de manera que vuestro hábito no sea llamativo, pues no es con los vestidos con lo que debéis agradar, sino con la manera de vivir y la limpieza de la mente, ya que toda la gloria de la hija del Rey tiene que ser interior.
A la monja deben bastarla dos túnicas y dos camisas gruesas hasta la rodilla con la correspondiente pelliza.
La túnica no debe pasar del calcañar, de manera que no se arrastre descuidadamente por el suelo.
La hermana podrá tener, si su convento se lo quiere tolerar, dos capas, una de ellas con pieles, los escapularios y el calzado necesario y dos velos.
La tonsura de las monjas, y la de los frailes, y la de los legos, se coratrá veces al año, a saber en Pascua, Pentecostés, San Pedro y San Pablo, Santa María Magdalena, la Natividad de la Virgen, Todos los Santos y la Purificación de la Virgen gloriosa.
(Constituciones de las dominicas de San Sixto de Roma, 3; A. Potthiast, Regesta Pontificum Romanorum, n.° 9.025.)