Historia

ECUMENISMO

  • Concilio Mundial de Iglesias

    Posición anglicana

    Estudio histórico

    Periodo del Nuevo Testamento.
    Durante el periodo del Nuevo Testamento Jesús y sus apóstoles subrayaron la unión de los cristianos en términos y relaciones que hacen la unión cristiana y la unidad de la Iglesia mutuamente equivalentes. "La Iglesia" representa la totalidad de los cristianos en su unidad orgánica. Jesús habla de ella en singular (Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.[…]Mateo 16:18) y en ninguna parte los escritores del Nuevo Testamento hablan de "iglesias", salvo cuando se refieren a las asambleas locales dentro de la Iglesia, teniendo plena comunión entre ellas. A sus ministros se les confiere una misión universal y permanente para hacer discípulos de todos los que crean y sean bautizados (19 Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, 20 enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.[…]Mateo 28:19-20) y quienes rechazan escuchar a la Iglesia no han de ser tenidos como cristianos fieles (17 Y si rehúsa escucharlos, dilo a la iglesia; y si también rehúsa escuchar a la iglesia, sea para ti como el gentil y el recaudador de impuesto. 18 En verdad os digo: todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en […]Mateo 18:17-18). Los cristianos han de ser un rebaño bajo un Pastor (Tengo otras ovejas que no son de este redil; a ésas también me es necesario traerlas, y oirán mi voz, y serán un rebaño con un solo pastor.[…]Juan 10:16), en una unidad que se describe bajo la figura orgánica de la vid y los pámpanos (1 Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. 2 Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo quita; y todo el que da fruto, lo poda para que dé más fruto. 3 Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado. 4 Permaneced en mí, y yo en v[…]Juan 15:1-6). Que sus seguidores puedan ser uno fue el tema de la oración de Cristo en la víspera de su crucifixión (20 Mas no ruego sólo por éstos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos, 21 para que todos sean uno. Como tú, oh Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste[…]Juan 17:20-23), pudiendo satisfacer los términos de su oración sólo una unidad orgánica. La misma idea de unidad se encuentra en la enseñanza apostólica, particularmente en las epístolas de Pablo. Todos los cristianos bautizados son miembros de un cuerpo, la Iglesia (Pues por un mismo Espíritu todos fuimos bautizados en un solo cuerpo, ya judíos o griegos, ya esclavos o libres, y a todos se nos dio a beber del mismo Espíritu.[…]1 Corintios 12:13; comp. un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo,[…]Efesios 4:5), que es el cuerpo de Cristo (la cual es su cuerpo, la plenitud de aquel que lo llena todo en todo.[…]Efesios 1:23; Ahora me alegro de mis sufrimientos por vosotros, y en mi carne, completando lo que falta de las aflicciones de Cristo, hago mi parte por su cuerpo, que es la iglesia,[…]Colosenses 1:24). Este cuerpo es uno y posee un Espíritu, un Señor, una fe, un bautismo y un Dios y Padre de todos (4 Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también vosotros fuisteis llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; 5 un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, 6 un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos, por todos y en tod[…]Efesios 4:4-6). A este cuerpo Dios lo suple de ministerios para la perfección de los santos, el destierro de la confusión doctrinal y el crecimiento orgánico del cuerpo en amor (11 Y El dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, 12 a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo; 13 hasta que todos lleguemos a la u[…]Efesios 4:11-16; comp. 4 Pues así como en un cuerpo tenemos muchos miembros, pero no todos los miembros tienen la misma función, 5 así nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo e individualmente miembros los unos de los otros. […]Romanos 12:4-5; Puesto que el pan es uno, nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo; pues todos participamos de aquel mismo pan.[…]1 Corintios 10:17; 12:12-31). A pesar de todo, el espíritu cismático comenzó a aparecer pronto, especialmente entre cristianos judíos y gentiles y entre las facciones locales en Corinto. Las disensiones en Corinto guiaron a Pablo a condenar severamente la división de los cristianos bajo liderazgos rivales (10 Os ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos os pongáis de acuerdo, y que no haya divisiones entre vosotros, sino que estéis enteramente unidos en un mismo sentir y en un mismo parecer. 11 Porque he sido informado acerc[…]1 Corintios 1:10-17; 3:3-9) y a subrayar la necesidad de un mismo sentir y pensar y de la caridad (Os ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos os pongáis de acuerdo, y que no haya divisiones entre vosotros, sino que estéis enteramente unidos en un mismo sentir y en un mismo parecer.[…]1 Corintios 1:10; 13). El enfrentamiento entre cristianos judíos y gentiles amenazaba con causar un cisma, lo que hizo necesario la convocatoria de una asamblea de apóstoles, ancianos y misioneros en Jerusalén, siendo el resultado un claro entendimiento mutuo entre los dirigentes de la Iglesia y una determinación para insitir sólo en lo esencial, no exigiendo uniformidad en lo no esencial (1 Y algunos descendieron de Judea y enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos. 2 Como Pablo y Bernabé tuvieran gran disensión y debate con ellos, los hermanos determinaron que Pablo y Bernabé, y […]Hechos 15:1-33). De este modo se estableció un precedente apostólico para dirimir las rupturas en la unidad cristiana.

    Periodo patrístico.
    Sin embargo, el espíritu cismático revivió en Corinto, dando ocasión a la "Epístola de Clemente" escrita en nombre de la iglesia de Roma hacia el año 95, declarando que el ministerio de la Iglesia fue establecido por los apóstoles en vista de las contenciones que surgirían sobre el cargo de obispo (xliv); el surgimiento de la facción disidente se califica como "abominable y sacrílega sedición" (i). Esta enseñanza resuena en Ignacio de Antioquía, hacia el año 110, en sus bien conocidas "epístolas". La necesidad imperativa de unidad es la principal carga de sus cartas, haciéndola dependiente de la lealtad al obispo con sus presbíteros y diáconos, que juntos constituyen la marca de una verdadera ekklesia (Ad Trallianos, iii). Ignacio dice en un representativo pasaje "si alguno sigue a quien causa el cisma, no heredará el reino de Dios" (Ad ephesios, iv; comp. Ad Philadelphenos, iii). El surgimiento del sectarismo montanista y gnóstico hizo que la unidad de la Iglesia fuera subrayada por varios escritores (como Ireneo, Hær., IV, xxxiii, 1,7; Clemente de Alejandría, Strom., VII, xvii. 107; Dionisio de Alejandría, en Eusebio, Hist. eccl., vi. 45). Cipriano de Cartago escribió un tratado, De unitate ecclesiæ, en el que hace del episcopado el centro de la unidad. El sentimiento general de los antiguos quedó registrado en el credo constantinopolitano: "Creo... en una Iglesia, santa, católica y apostólica." Surgieron varios cismas, pero el sentimiento de que el cisma es pecaminoso prevaleció durante ese periodo y el principal conjunto de los cristianos, en el este y en el oeste, con unas pocas interrupciones breves, logró mantener la comunión y la unidad visible. Cada obispo local era reconocido como centro de la unidad dentro de su jurisdicción, mientras que la unidad del episcopado en conjunto quedaba asegurada por el desarrollo de las provincias, teniendo cada una su metropolitano, y de cinco patriarcados, individualmente centrados en Roma, Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén. Las circunstancias políticas otorgaron a Roma el lugar principal y a Constantinopla, como nueva Roma, el segundo. No obstante, hubo serias controversias que fueron consideradas por concilios de obispos, provinciales o generales, según la necesidad.

    Periodo medieval.
    Las pretensiones que comenzó a hacer la sede romana en el periodo patrístico se convirtieron en la Edad Media en la principal causa del permanente cisma entre oriente y occidente, aunque otras causas también cooperaron. La división del Imperio romano, acompañada con el declive de la civilización, originó el aislamiento mutuo, acentuó las diferencias radicales y dio una importancia ficticia a cada divergencia mutua en la práctica y la terminología. Los enfrentamientos se sucedían entre Roma y Constantinopla, alcanzando la cima en el año 1054, cuando se consumó la división. Los asuntos más prominentes entre las dos iglesias fueron (1) las pretensiones de la sede papal, (2) la inserción de la cláusula filioque por el oeste en el credo niceno y el uso por los occidentales de pan ácimo en la eucaristía. Se hicieron intentos de reunión en los concilios de Lyón (1274) y Florencia (1439), que surgieron de la necesidad que el imperio oriental tenía de ayuda en su lucha con los turcos. El motivo era mundano y aunque en cada concilio se adoptaron importantes acuerdos por representantes de ambas iglesias, el fanatismo del clero monástico oriental y del pueblo los abortó. El cisma permanece hasta el día de hoy, aunque las excomuniones mutuas se levantaron en el concilio Vaticano II (1962-65).

    Periodo moderno durante el siglo XVI.
    El siglo XVI fue testigo de la revuelta protestante, de la que surgió la multiplicidad de entidades religiosas que dividen la lealtad cristiana en el mundo occidental. Sus causas bien conocidas no necesitan ser descritas, pero tomó dos formas: luteranos y reformados (calvinistas y zwinglianos) que desarrollaron los ministerios presbiteriano y congregacional; los anglicanos retuvieron el triple ministerio, aunque rechazaron la jurisdicción papal; los suecos retuvieron el episcopado, pero abandonaron el diaconado. Todos las confesiones protestantes, menos la anglicana, rechazaron la noción sacerdotal del ministerio, y con diversa totalidad abandonaron las doctrinas sacramentales de la Iglesia medieval, a fin de eliminar lo que consideraban barreras entre las almas individuales y la gracia perdonadora de Dios. Esta revuelta tuvo una inevitable tendencia a reducir, y en algunos casos destruir, la creencia en la Iglesia visible como cuerpo místico de Cristo, la que Cristo quiso que estuviera unida por una fe y un ministerio común. Consecuentemente, creció poderosamente el espíritu de disidencia y a pesar de los esfuerzos para frenar el proceso, la cristiandad occidental quedó rota en cientos de fragmentos rivales.

    Desde el siglo XVI.
    Desde entonces se han hecho numerosos intentos de reunión, entre los cuales los siguientes son de importancia histórica:
    (1) La Conferencia de Marburgo, 1529, entre teólogos luteranos y zwinglianos, en un intento de armonizar las ideas sacramentales, pero que acabó en fracaso por la rígida posición de Lutero.
    (2) La Concordia de Wittenberg, 1536, realmente luterana pero aceptada con explicaciones por los suizos, que acabó abortando por la misma causa.
    (3) Los Trece Artículos, 1538, adoptados por una conferencia de teólogos anglicanos y luteranos, pero anulados al año siguiente por los reaccionarios Seis Artículos de Enrique VIII.
    (4) La conferencia de Ratisbona, 1541, en acuerdo sobre la salvación por los méritos de Cristo, pero que fue bloqueada por la negativa de Lutero a transigir, siendo rechazada por la dieta de Regensburgo en 1546.
    (5) Los Interim de Augsburgo y Leipzig en 1548, en los que Carlos V hacía concesiones a los protestantes en el primero y Melanchthon accedía en el segundo a buena parte del ritual, política y doctrina católica como adiáfora; pero ninguno de los dos fue adoptado, originándose desde el Interim de Leipzig las controversias adiaforista y sinergista (1550-55, 1550-70).
    (6) El movimiento filipista para unir a luteranos y calvinistas, que resultó en la controvessia cripto-calvinista (1552-74) y desembocó en la formulación del luteranismo en la Fórmula de Concordia de 1577.
    (7) Las negociaciones con el este se emprendieron en 1575 por ciertos teólogos protestantes de Tubinga, quienes se dirigieron a Jeremías II, patriarca de Constantinopla, quedando ambas partes convencidas pronto de que la separación doctrinal y eclesiástica entre las dos confesiones era demasiado grande para permitir la unión. Cirilo Lucar, sucesivamente patriarca de Alejandría y Constantinopla, se puso en contacto con teólogos reformados en 1612, elaborando una confesión en favor de relaciones más estrechas, que se publicó en 1629; pero el único resultado fue la persecución contra él y un credo ortodoxo de Petrus Mogilas de Kiev, adoptado por todos los patriarcas orientales en 1643, que acentuó el fracaso de los esfuerzos de Cirilo.
    (8) Georg Calixto, profesor en Helmstädt tras 1614, fundó una escuela luterana que minimizaba las divergencias del luteranismo y la doctrina papal, defendiendo una unión basada en el retorno a los símbolos y decisiones conciliares de los primeros cinco siglos. Una conferencia abortiva celebrada en Thorn en 1645, organizada por Wladislaus, rey de Polonia, dio origen a la controversia sincretista entre calixtinos y luteranos conservadores. Los viajes secretos de Cristóbal Rojas de Spínola, que procuraban llevar a los luteranos a la obediencia papal (1676), fueron seguidas por negociaciones para la unión (1691-94), en las que Gerhard Molanus y Gottfried Wilhelm Leibniz representaron a los protestantes y Spínola y Jacques Bénigne Bossuet a los católicos, produciéndose una correspondencia añadida entre Bossuet y Leibniz (1699-1701) pero sin resultado.
    (9) La correspondencia entre el arzobispo William Wake de Canterbury y ciertos teólogos galicanos (desde 1716) estaba impulsada por un deseo de los galicanos para conseguir el apoyo de la Iglesia inglesa, mediante su regreso a la obediencia romana, en su defensa de las libertades nacionales; pero Wake se negó a considerar la idea de tal regreso.
    (10) Las negociaciones de los no juramentadores ingleses con el este (1716-25), contenidas con cierta exhaustividad en la obra de T. Lathbury, History of the Non-Jurors, Londres, 1862, capítulo viii, no dieron resultado, aunque la correspondencia arroja luz sobre las condiciones que han de reconocerse para entablar negociaciones con las iglesias orientales.
    (11) La Iglesia evangélica unida de Prusia fue constituida en 1817 por Federico Guillermo III mediante la unión de luteranos y calvinistas en una Iglesia estatal, pero la unión logró su objetivo sólo parcialmente al producirse una reacción luterana y obtener los disidentes reconocimiento. (12) En América los presbiterianos, tras sufrir alguna desintegración, lograron reuniones parciales. La Antigua y Nueva Escuela presbiterianas se unieron en 1869 y la Iglesia Presbiteriana en Estados Unidos se unió con la Iglesia presbiteriana Cumberland en 1906. En 1907 se constituyó por parte del Concilio de Iglesias Reformadas el sistema presbiteriano, mientras que los presbiterianos canadienses se unieron en 1875 en la Iglesia presbiteriana en Canadá. Una unión de metodistas en Canadá en 1874 y 1883 constituyó la Iglesia metodista de Canadá y una gran proporción de luteranos en Estados Unidos están más o menos estrechamente afiliados con una concilio general.
    (13) A las conferencias de reunión en Bonn, celebradas en 1874 y 1875, asistieron teólogos antiguos católicos, anglicanos, luteranos y reformados, acordándose varias propuestas, especialmente en lo tocante a la controversia filioque. (14) Los movimientos uniatas representan varias sumisiones de los cristianos orientales a la sede papal, al haberse concedido a los uniatas varias dispensas, incluyendo la del matrimonio del clero. Miembros de varias comuniones protestantes han formado alianzas y federaciones, que dejan a esas comuniones en posesión de su independencia denominacional. No son uniones eclesiásticas, porque su propósito es reducir los malos efectos de la desunión y procurar la colaboración interdenominacional en ciertas líneas. Ejemplos notables son la Alianza Evangélica, fundada en 1845, la Alianza de Iglesias Reformadas, fundada en 1875, y el concilio federal de la Iglesia de Cristo en América, organizado en 1906, en el que hay miembros de muchas denominaciones.

    Plataforma anglicana

    Actitud general.
    La comunión anglicana posee importantes puntos de contacto y simpatía con todos los tipos de cristianismo, sea católico o protestante. Su posición es realmente única en este aspecto y la obra de mediar y trabajar para la reunión cristiana parece estar providencialmente asignada a las iglesias anglicanas. Por eso el problema de la unidad ha merecido un gran esfuerzo en el pensamiento y esfuerzo anglicano. El anglicano es consciente de que un movimiento adecuado para la reunión debe ser mundial en su alcance, abarcando a católicos y protestantes; pero también percibe que hay elementos positivos de verdad en las luchas de las diferentes comuniones, elementos que son vitales para el cristianismo y que no pueden ser entregados o ignorados ni siquiera en favor de la unidad. Una unión obtenida por transigencia en asuntos tales, no puede ser permanente o bendecida. El amor debe ser primordial, pero un amor que impulsa a actuar contrariamente a las convicciones más profundas no puede ser cristiano.

    En la Iglesia episcopal americana.
    La Iglesia episcopal protestante americana ha heredado la posición anglicana y las ventajas descritas en relación al problema de la unidad. Más aún, dos circunstancias han tendido a subrayar esas ventajas: la exención de los obstáculos para la libre acción que la relación con el Estado supone y el hecho de que la inmigración ha colocado a casi cada comunión de la cristiandad en estrecho contacto geográfico mutuo. Por tanto, el problema de la unidad ha asumido una importancia creciente y peculiar entre los miembros de esa Iglesia y en las deliberaciones de sus convenciones generales. Desde 1853 se han nombrado varios comités encargados de negociaciones fraternales, lo que ha ayudado a remover ciertos malentendidos mutuos. En respuesta a un memorial, la Cámara de los Obispos publicó en 1886 su bien conocida Declaration on Unity, a la que se añadió la expresión de "nuestro deseo y voluntad... para entrar en conferencia fraternal con todos o cualquier cuerpo cristiano, en busca de la restauración de la unidad orgánica de la Iglesia, con la idea de un estudio serio de las condiciones para alcanzar felizmente tan preciosa bendición" (Journal of the General Convention of 1886, páginas 79-80). Esta declaración menciona cuatro particulares, denominada Cuadrilateral, que representan los términos formales de la unidad, cuya aceptación asegura la unión con la Iglesia episcopal, aunque, de hecho, esos particulares se propusieron como ejemplos directrices a los que los obispos declararon ser "partes inherentes" del "depósito sustancial de la fe y orden cristiano entregado por Cristo y los apóstoles a la Iglesia hasta el fin del mundo y por tanto no susceptibles de transigencia o renuncia." El documento era expositivo. Los obispos no presentaban, ni podían hacerlo (salvo con la concurrencia de la Cámara de Diputados), los términos de la unión; simplemente declaraban lo que eran los principios fundamentales, dejando la discusión de los términos para el futuro.

    Conferencia de Lambeth.
    En 1888 la conferencia de Lambeth de los obispos en comunión con la sede de Canterbury adoptó una resolución en la que la americana "Quadrilateral" quedó incorporada como sigue: "Que en opinión de esta conferencia los siguientes artículos proporcionan una base para que sea posible un acercamiento con la bendición de Dios hacia una reunión: (a) Las Sagradas Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento contienen todo lo necesario para la salvación, siendo la norma final de fe. (B) El Credo de los Apóstoles, como símbolo bautismal y el credo niceno, como declaración suficiente de la fe cristiana. (C) Los dos sacramentos ordenados por Cristo mismo, bautismo y Cena, ministrados según el inquebrantable uso de las palabras de Cristo en la institución y de los elementos ordenados por él. (D) El episcopado histórico, adaptado localmente en los métodos de su administración a las diversas necesidades de las naciones y pueblos llamados por Dios a la unidad de su Iglesia." La conferencia recomendaba conferencias fraternales "para considerar qué pasos habían de tomarse para una reunión corporativa o hacia relaciones tales que puedan preparar el camino para una más plena unidad orgánica." De este modo todo el episcopado anglicano adoptó la plataforma americana (Lambeth Conferences of 1867, 1878 y 1888, de. R. T. Davidson, Londres, 1889, páginas 280-281). La afirmación de que el episcopado histórico fue "encomendado por Cristo y sus apóstoles a la Iglesia hasta el fin del mundo" ha sido muy debatida. Eruditos modernos consideran que el episcopado histórico se originó por el desarrollo orgánico más que por la designación formal ab initio; pero la manera de su origen es irrelevante, si su desarrollo estuvo determinado por el Espíritu Santo y si la continuidad del episcopado es por voluntad de Cristo. La convicción de que es su voluntad la que puede sólo justificar la aceptación del episcopado es una condición esencial de unidad y hasta que las confesiones no episcopales lleguen a esta convicción, no ha de esperarse que reconozcan que el episcopado histórico es esencial. En resumen, una importante diferencia de convicción se ha de remover antes de que la "Quadrilateral" pueda ser aceptada generalmente como base para la discusión de los términos de la unidad.

    Negociación episcopal y presbiteriana.
    Las negociaciones que siguieron entre los comités designados por las iglesias episcopal y presbiteriana (1887-96) representan en su falta de resultados lo que era inevitable. El comité presbiteriano partió de la base de que no se llevarían adelante negociaciones para la unión, a menos que se considerara en iguales términos lo tocante al ministerio y la asamblea general de 1896 en términos corteses suspendió la correspondencia con la comisión episcopal, hasta que pudiera "reabrirse mediante la aceptación por la iglesia episcopal de la doctrina del 'mutuo reconocimiento y reciprocidad'." Este resultado negativo acentuó el hecho innegable de que, hasta donde ciertas diferencias existentes tocante a la fe y el orden continuaran, las negociaciones formales por la unidad serían un fracaso. Los cristianos sinceros no se unirán al costo de convicciones que estiman (sea correctamente o no) vitales. El problema de la unidad es inseparables del problema de garantizar un acuerdo suficiente sobre cuestiones de fe y orden, sin sacrificar nada que estimen sea vital y sin sancionar nada que consideren subversivo de los principios cristianos. No obstante la causa de la unidad es demasiado vital y demasiado encomendada directamente a nuestros esfuerzos por Cristo como para ser abandonada, aunque las negociaciones formales para la unión no sean todavía practicables.

    Posición ortodoxa

    Desarrollo del orden en la Iglesia primitiva.
    Cuando los apóstoles comenzaron su obra de proclamar el evangelio, bautizando en todas las naciones y enseñando a observar los mandamientos de Cristo (Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo,[…]Mateo 28:19), ya es evidente la latente presencia de cuatro fundamentos divinos: el evangelio, la confesión de fe, "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo" (Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.[…]Mateo 16:16; comp. Y Felipe dijo: Si crees con todo tu corazón, puedes. Respondió él y dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.[…]Hechos 8:37), expandida pronto en credos más extensos y definidos, los sacramentos de la Iglesia, bautismo, eucaristía y perdón de pecados, y la jerarquía no organizada, contenida completa en el apostolado (19 Entonces, al atardecer de aquel día, el primero de la semana, y estando cerradas las puertas del lugar donde los discípulos se encontraban por miedo a los judíos, Jesús vino y se puso en medio de ellos, y les dijo*: Paz a vosotros. 20 Y diciendo e[…]Juan 20:19-23), que necesariamente incluye la autoridad apostólica de declarar y definir, de tiempo en tiempo, todas las partes de la fe divinamente revelada, lo que implica el poder pleno de enseñar, atar y desatar, conferido a ellos por Cristo mismo. De este modo la Iglesia apostólica quedó constituida con cada principio, elemento y poder esencial necesario en el día a día para su continuo crecimiento y desarrollo consistente, ya incluso antes de que fuera escrita la primera línea del Nuevo Testamento y antes de que se produjera la primera proclamación pública del evangelio por los doce testigos escogidos de la resurrección del Cristo ascendido. Por las diversas necesidades del creciente número de creyentes se hizo necesario el nombramiento de los primeros diáconos para ayudar a los apóstoles en el cuidado de los convertidos (3 Por tanto, hermanos, escoged de entre vosotros siete hombres de buena reputación, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes podamos encargar esta tarea. 4 Y nosotros nos entregaremos a la oración y al ministerio de la palabra. 5 Lo propue[…]Hechos 6:3-6). Aquí es evidente, por dirección divina, la institución del diaconado, la menor de las tres órdenes en la jerarquía primitiva, y la adición de la ordenación, conferida por oración con imposición de manos, a los sacramentos apostólicos de la Iglesia. Aunque el servicio de los diáconos estuvo al principio limitado a la obra caritativa en la creciente Iglesia, uno de ellos, Felipe, fue impulsado a predicar el evangelio al pueblo de Samaria, por lo que los apóstoles en Jerusalén, cuando oyeron que el pueblo de Samaria había aceptado el evangelio, enviaron a Pedro y Juan a imponer sus manos sobre ellos para que recibieran el Espíritu Santo (5 Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo. 6 Y las multitudes unánimes prestaban atención a lo que Felipe decía, al oír y ver las señales que hacía. 7 Porque de muchos que tenían espíritus inmundos, éstos salían de ellos g[…]Hechos 8:5-17), añadiendo la confirmación a los sacramentos primitivos de la Iglesia, mientras que en la carta de Santiago (¿Está alguno entre vosotros enfermo? Que llame a los ancianos de la iglesia y que ellos oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor;[…]Santiago 5:14) se recoge el rito apostólico o sacramento de la unción de los enfermos. El reconocimiento del convertido Pablo, el divinamente designado apóstol de los gentiles, que ya había completado las tres órdenes de la jerarquía por la ordenación de ancianos o presbíteros en cada iglesia (Después que les designaron ancianos en cada iglesia, habiendo orado con ayunos, los encomendaron al Señor en quien habían creído.[…]Hechos 14:23), ocurrió en el primer concilio de la Iglesia en Jerusalén, cuando se usó el poder apostólico de las llaves en el conflicto de los misioneros judaizantes con Pablo, siendo su autoridad confirmada a todas las iglesias (1 Y algunos descendieron de Judea y enseñaban a los hermanos: Si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos. 2 Como Pablo y Bernabé tuvieran gran disensión y debate con ellos, los hermanos determinaron que Pablo y Bernabé, y […]Hechos 15:1-29) por la asamblea reunida de los apóstoles. Este sencillo, pero inspirado, decreto iba a transformar lenta y silenciosamente la Iglesia judeo-gentil en la homogénea Iglesia, que posteriormente llevaría el evangelio a los últimos confines del mundo conocido.

    Desarrollo de la doctrina hasta el año 787.
    En esos relatos históricos en los Hechos y en las cartas de Pablo se aprecian continuamente los efectos del uso apostólico de los cuatro fundamentos de la Iglesia indivisa: la formación de las Escrituras del Nuevo Testamento, el aumento del credo, la constante administración de los sacramentos primitivos y la presencia por doquier de la jerarquía organizada de las tres distintas órdenes, de apóstoles itinerantes, obispos o presbíteros establecidos (17 Y desde Mileto mandó mensaje a Efeso y llamó a los ancianos de la iglesia. 28 Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios, la cual El compró con su propia[…]Hechos 20:17,28) y diáconos locales, que cuidan por el bien espiritual y temporal de los fieles en las diversas ciudades. Sin embargo, desde entonces la predicación de esa fe divinamente revelada provocó de tiempo en tiempo las afirmaciones contradictorias de sectarios que mediante sus errores querían atraer seguidores, siendo inspirados los testigos apostólicos para definir más y más claramente la enseñanza tradicional de Cristo, hasta que la simple declaración de Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.[…]Mateo 16:16 y Y Felipe dijo: Si crees con todo tu corazón, puedes. Respondió él y dijo: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios.[…]Hechos 8:37 fuera ya ampliada en sin embargo, para nosotros hay un solo Dios, el Padre, de quien proceden todas las cosas y nosotros somos para El; y un Señor, Jesucristo, por quien son todas las cosas y por medio del cual existimos nosotros.[…]1 Corintios 8:6 y E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: El fue manifestado en la carne, vindicado en el Espíritu, contemplado por ángeles, proclamado entre las naciones, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.[…]1 Timoteo 3:16 (comp. también 1 Por tanto, dejando las enseñanzas elementales acerca de Cristo, avancemos hacia la madurez, no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas y de la fe hacia Dios, 2 de la enseñanza sobre lavamientos, de la imposición de manos[…]Hebreos 6:1-2). Su aumento continuó por la tradición de maestro a maestro en la jerarquía cristiana, como es evidente por los escritos de los testigos post-apostólicos: Ignacio (Ad Trallianos, ix), Ireneo (Hær., I, x. 1), Tertuliano (Adv. Praxean, ii), Orígenes (De principiis), Gregorio el Taumaturgo, Luciano el mártir y Eusebio de Cesarea, hasta que en el año 325 la fe ortodoxa cristiana se formuló en el primer credo niceno, que posteriormente sería ampliado y oficialmente aceptado, por sus obispos individuales como sucesores jerárquicos de los apóstoles, en la Iglesia católica en todas partes. Desde ese tiempo en adelante, los concilios ecuménicos de la Iglesia indivisa se convocaron una y otra vez para declarar y reafirmar el credo cristiano ortodoxo, para resolver disputas sobre jerarquía, ritual y disciplina y para imponer cánones y decretos para el gobierno general de la Iglesia en todo el imperio. Antes de este periodo conciliar que va desde 325 a 787 y en continuidad con el mismo, las dos mitades complementarias históricas de la creciente Iglesia, la oriental y la occidental, ya estaban adquiriendo inconscientemente sus formas características. Ambas eran originalmente griegas en lenguaje y poseían y usaban en común los mismos cuatro fundamentos apostólicos para la propagación del evangelio y el cuidado pastoral de los fieles.

    Aumento de la diferencia entre el este y el oeste.
    La Iglesia oriental, influenciada por un entorno penetrado de misticismo alejandrino y también por los problemas filosóficos de los griegos, especialmente el origen del mundo material, la existencia y naturaleza de la divinidad encarnada y la fuente escondida del mal, concentró más y más consistentemente su enseñanza teológica en la elucidación de la segunda cuestión, y como consecuencia completaron para toda la Iglesia de todos los tiempos la primera parte del dogma católico ortodoxo de la fe cristiana ecuménica, la cristología, al desarrollar cautamente y definir concisamente las doctrinas relacionadas de la encarnación, la persona de Cristo y la Trinidad. La Iglesia occidental estaba destinada a ser más y más diferente de su antigua hermana en el este por la influencia de su propia hija, la Iglesia norteafricana, donde tres ilustres maestros, Tertuliano, Cipriano y Agustín, influenciados irresistiblemente por el legalismo de la vida y civilización latina, desarrollaron sucesivamente esas doctrinas latinas distintivas de la soteriología y constitución de la Iglesia católica, que transformarían lenta pero inexorablemente la Iglesia griega del oeste en la Iglesia latina teocrática gobernada por los papas de Roma durante los siglos siguientes de luchas y batallas. A esas influencias eclesiásticas directas debe añadirse ese factor político potencial que ha tenido consecuencias de largo alcance durante los siglos hasta hoy. Cuando el emperador romano Constantino el Grande se convirtió en el gobernante victorioso del oeste y también en el indisputado de todo el este, su poderosa personalidad, convocante del concilio de Nicea en 325 y artífice de la nueva capital de Constantinopla en 326, no podía dejar de afectar a los destinos finales de las dos ramas de la indivisa Iglesia católica, a la que ahora él protegía personalmente. Aunque la existencia de los sucesivos obispos de Roma quedó oscurecida por la presencia de los emperadores residentes, el gobernante de la Iglesia romana estaba en pie de igualdad con los otros cabezas de las confederadas comunidades cristianas que constituían la Iglesia occidental; mientras Roma fue la residencia imperial, la autoridad eclesiástica papal estuvo históricamente subordinada al prevaleciente poder secular de los emperadores romanos. El traslado por Constantino del centro de toda la autoridad política de la antigua Roma de los césares a la nueva Roma de Constantinopla, actuó lenta pero sostenidamente en favor de la autoridad eclesiástica del obispo de Roma, que el gobernante secular ya no oscurecía. Desde entonces el rápido ascenso del obispo de Roma desde la primacía sobre la ciudad y los obispos de las inmediaciones hasta la primacía primero sobre todos los obispos de Italia y luego sucesivamente sobre todos los primados rivales de la federadas pero independientes iglesias que constituían la Iglesia colectiva occidental, es un hecho histórico. La persistente influencia de la antigua e imperial Roma, sus tradiciones, costumbres y leyes, tendieron a fijar mediante el poder de los obispos de Roma, la relación subordinada eclesiástica con él de los primados de varias iglesias nacionales occidentales, en marcado contraste con la igualdad coordinada apostólica de todos los primados de las iglesias confederadas nacionales en el este. Durante el periodo de los concilios esta autoridad papal de los obispos de Roma se hizo más y más evidente, pues no sólo las invasiones de los bárbaros del norte y otros sucesos favorecedores de aquellos turbulentos tiempos facilitaron irresistiblemente el cumplimiento de las ambiciones de los sucesivos gobernantes de la Iglesia romana, sino que su creciente influencia eclesiástica inspiró la confiada afirmación de su primacía sobre el este también.

    Cisma final.
    Desde ese tiempo en adelante la separación eventual de las dos mitades complementarias de la "una, santa, católica y apostólica Iglesia" ya se veía venir, sucediendo de hecho cuando Focio, patriarca de Constantinopla, publicó, en 866, la famosa encíclica que declaraba a la Iglesia latina herética y cuando al año siguiente un sínodo de obispos orientales excomulgó al papa Nicolás I. Aunque las dos iglesias posteriormente parecieron reconciliarse, la controversia se reavivó bajo el patriarca Miguel Cerulario, en 1054, haciéndose definitiva en 1204 por la conquista de Constantinopla por los venecianos, seguida por la intrusión de los obispos latinos en las sedes históricas de la Iglesia oriental por Inocencio III. Todos los intentos de reconciliar las dos mitades históricas en los concilios de Lyón (1274) y Ferrara-Florencia (1438-39), fracasaron finalmente; el antagonismo griego hacia la Iglesia latina se incrementó desde que la teoría de la primacía papal fue llevada a sus últimas consecuencias en la declaración vaticana de 1870, al imponer sobre toda la Iglesia las doctrinas del episcopado universal del papa y su infalibilidad oficial cuando declara ex cathedra cualquier cuestión de fe o moral.

    Postura actual entre las iglesias griega y latina.
    La Iglesia oriental, en el curso de su desarrollo doctrinal de la cristología conciliar ortodoxa, sufrió la pérdida de varias partes disidentes, la mayoría de las cuales, salvo el arrianismo, han continuado existiendo inmutables siglo tras siglo hasta el día de hoy. Las iglesias siria, copta (incluyendo la etíope) y la armenia, históricamente las iglesias nacionales de esos antiguos países, aunque rechazaron, por un mal entendido de significado, los cánones de Calcedonia, no pueden ser acusadas decisivamente del error del monofisismo. Todas esas partes antiguas de la Iglesia en el este están en comunión entre sí y la Iglesia siria ha negado oficialmente la imputación de este error cristológico. Entre las dos guerras mundiales muchos eclesiásticos ortodoxos del patriarcado de Constantinopla, de Grecia, de las iglesias balcánicas y de la emigración rusa tomaron parte en el movimiento ecuménico. Sin embargo, tras la II Guerra Mundial las iglesias de los países comunistas no se unieron al recién creado Concilio Mundial de Iglesias (1948), haciéndolo sólo Constantinopla y Grecia. La situación cambió drásticamente en 1961, cuando el patriarcado de Moscú solicitó la membresía, siendo seguido por otras iglesias autocéfalas. Antes y después de 1961 los ortodoxos declararon consistentemente que su membresía no significaba ningún entendimiento relativista de la verdad cristiana, sino que estaban dispuestos a discutir con todos los cristianos la mejor manera de restaurar la unidad perdida de la cristiandad, así como los problemas de acción cristiana común y testificar al mundo entero. Durante el reinado del papa Juan XXIII, cuando el catolicismo estuvo envuelto activamente en el ecumenismo, los ortodoxos contribuyeron, tras algunas vacilaciones, a una nueva atmósfera. Los encuentros entre el patriarca Atenágoras y el papa en Jerusalén, Estambul y Roma, el levantamiento simbólico de los antiguos anatemas y otros gestos fueron signos de acercamiento, aunque a veces se han interpretado erróneamente como si fueran el fin del cisma mismo. Según los ortodoxos, la unidad completa sólo puede ser restaurada en la plenitud de la verdad testificada por toda la Iglesia y sancionada en la comunión sacramental. Durante el último tercio del siglo XX, la Iglesia ortodoxa y las orientales ortodoxas llegaron a acuerdos teológicos por los que compartían la misma fe cristológica, a pesar de las diferencias en terminología entre "una naturaleza" o "dos naturalezas", si bien el paso institucional de reunión no se ha dado todavía. De manera similar, la sede romana alcanzó acuerdos en asuntos de cristología con algunas iglesias ortodoxas orientales, aprobando incluso el ministerio sacramental mutuo en casos de emergencia pastoral.

    Posición protestante

    Esfuerzos para la reunión con el catolicismo.
    Desde la Reforma protestante se han hecho repetidos intentos para procurar la reunión de las iglesias. Los reformadores no fueron al principio separatistas deliberados de la Iglesia católica y en Inglaterra los no conformistas dejaron la Iglesia anglicana sólo tras fracasar sus apelaciones para una reforma y un mayor grado de libertad. A pesar de la intolerancia conflictiva y las divisiones denominacionales, el instinto de la unidad eclesiástica siempre ha estado alojado en el corazón de las iglesias protestantes. En la segunda parte del siglo XVII se hizo un intento para reconciliar a las iglesias protestantes de Alemania con la Iglesia católica, cuando un obispo católico de espíritu moderado, Cristóbal de Rojas y Spínola, fue comisionado por el emperador Leopoldo para hacer todos los esfuerzos prácticos para la paz de la Iglesia en el imperio, lo que fue sancionado por el papa Inocencio XI. Esta empresa se llevó a cabo mediante incesantes esfuerzos y por una prolongada correspondencia entre el filósofo Gottfried Wilhelm Leibniz y algunos teólogos protestantes con Jacques Bénigne Bossuet, el famoso orador francés, y otros, hasta que, tras treinta años, todo acabó en nada. Las condiciones políticas de Europa, así como las diferencias teológicas, sentenciaron su fracaso.

    Intentos en la unión protestante y anglicana.
    En el siglo XVI la separación entre la Iglesia de Inglaterra y las iglesias reformadas en el continente no fue tan pronunciada como lo ha sido desde entonces, pues presbíteros de las iglesias reformadas pasaron a Inglaterra, siendo en varios casos recibidos sin reordenación y con ocasional comunicación entre las iglesias. Dos arzobispos antiguos concedieron licencia a presbíteros escoceses para oficiar como sacerdotes, sin suscitar la cuestión de su ordenación previa. Pero en el siglo XVII la línea de separación se agrandó en una época de lucha civil y religiosa. Se enfrentaron dos posturas, la presbiteriana y la episcopal, afirmando cada una que su política tenía autoridad explícita y que su existencia era de derecho divino. Desde entonces las divisiones se han multiplicado. Pero en esa época no faltaron hombres de ideas más moderadas, tales como John Hales de Eton, Lord Falkland y una sucesión de eruditos conocidos como los platonistas de Cambridge, quienes creían en la tolerancia y cabida de las diversidades dentro de la Iglesia, apoyando el orden episcopal no porque lo consideraran de autoridad superior por derecho divino, sino a causa de su antigüedad y demostrada utilidad. Igualmente, Richard Baxter y otros teólogos presbiterianos en el tiempo de la Restauración solicitaron reformas y libertad dentro de la Iglesia y sólo cuando su petición fue puesta a un lado se sintieron obligados en buena conciencia por el Acta de Uniformidad (1662) a hacerse no conformistas. Se peden aducir también muchos ejemplos individuales de ideas y proyectos para la unidad de la iglesia, tales como el plan del arzobispo Ussher para el episcopado sinodal o las incesantes labores de John Durie y sus fértiles planes para la reunión de todas las iglesias del continente e Inglaterra.

    Situación protestante actual.
    La era ecuménica moderna comenzó con una amplio movimiento de estudiantes cristianos, que formaron movimientos nacionales en Gran Bretaña, Estados Unidos, Alemania, Escandinavia y Asia. En 1895 se estableció la Federación Mundial de Estudiantes Cristianos, por la visión del metodista americano John R. Mott "a fin de llevar a los estudiantes a aceptar la fe cristiana" y para impulsar la unidad cristiana. La Conferencia Misionera Mundial en Edimburgo (1910) inauguró otro aspecto del ecumenismo al subrayar la necesidad de la unidad y la cooperación internacional para cumplir la misión mundial de la Iglesia. En 1921 surgió el Concilio Misionero Internacional (CMI), uniendo a agencias misioneras del oeste y de los nuevos concilios cristianos en Asia, África y Latinoamérica para consultas unidas, planificación y reflexión teológica. El movimiento Vida y Obra se comprometió al cristianismo práctico y la acción común, enfocando la conciencia cristiana sobre relaciones internacionales y problemas sociales, industriales y económicos. Nathan Söderblom, obispo luterano de Upsala, inspiró las conferencias mundiales sobre Vida y Obra en Estocolmo (1925) y Oxford (1937). El movimiento Fe y Orden, originado en Estados Unidos, confrontó las divisiones doctrinales y procuró vencerlas. Charles H. Brent, un obispo misionero episcopal en Filipinas, fue el responsable principal de este movimiento, aunque Peter Ainslie, de los Discípulos de Cristo, compartió la misma visión y le dio una vital dirección. Las conferencias mundiales de Fe y Orden en Lausana (1925), Edimburgo (1937), Lund (1952) y Montreal (1963) dirigieron el proceso de consenso teológico construido entre protestantes, ortodoxos y católicos, que llevó a la aprobación por la comisión de Fe y Orden del Concilio Mundial de Iglesias del histórico texto convergente sobre bautismo, eucaristía y ministerio (1982).

    Posición católica

    Papa en procesión, por Yves Brayer
    Papa en procesión, por Yves Brayer
    Requisito de unidad de fe, gobierno y adoración.
    La unidad de la Iglesia la entiende la Iglesia católica no solamente como una unión interna o espiritual de los cristianos, sino también como una unidad visible externa bajo una cabeza visible. Se reduce a tres puntos: Unidad de fe, de gobierno y de adoración. Los fieles están sujetos a una autoridad docente y gobernante, participando de los mismos sacramentos y formas de adoración. El catolicismo mantiene que el fundador del cristianismo quiso que los miembros de su Iglesia estuvieran unidos en la única fe entregada en primera instancia a los apóstoles, a quienes envió a enseñar a todas las naciones. Además, era su propósito que la unidad se mantuviera en la Iglesia por todas las generaciones posteriores mediante la autoridad de la "Ecclesia docens", una autoridad con la que los obispos han sido investidos al ser sucesores de los apóstoles, y particularmente en el obispo de Roma, quien es el centro de toda unidad y quien, como sucesor de Pedro, hereda, en su capacidad oficial, las prerrogativas implicadas en la metáfora de la roca fundacional (Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.[…]Mateo 16:18) y en otros pasajes similares del Nuevo Testamento. A esta suprema e infalible autoridad didáctica, que garantiza la unidad de la fe, está unida, según la voluntad del fundador e investida igualmente en los obispos y el papa, la suprema autoridad para gobernar a los fieles en todo lo perteneciente a la salvación, de donde resulta la unidad de dirección o gobierno, y también la unidad de adoración, ya que ésta emana lógicamente de las otras dos. Esta unidad se refiere principalmente al sacrificio de la misa y al uso del sistema sacramental. Los fieles están unidos en el uso de los mismos sacramentos porque todos aceptan la enseñanza de la Iglesia respecto a su institución y eficacia divina. Que la Iglesia católica posee esta triple unidad en un grado mayor que cualquier otra confesión cristiana difícilmente se puede discutir, siendo evidente el reconocimiento tradicional por los católicos de que la sede de Roma es el único centro de unidad en el mundo cristiano. Por tanto, la unión eclesiástica desde la posición de la Iglesia católica supone necesariamente este reconocimiento como uno de los principios fundamentales sobre el que no es posible hacer concesiones. Sin el reconocimiento de la suprema autoridad de la sede romana no se puede pretender seriamente un entendimiento con las comuniones cristianas disidentes. Históricamente este principio fue formulado ya en el siglo II por Ireneo, quien, aunque de origen asiático, afirmó plenamente los derechos de primacía de la sede romana "con la cual, a causa de su preeminencia, deben concordar las demás iglesias." (Hær., III, iii. 2).

    Posición sobre las comuniones no católicas.
    Consistentemente con este principio, el rechazo de la autoridad docente de la sede romana en asuntos doctrinales es considerado herejía, mientras que la resistencia a su autoridad gobernante constituye un cisma. El concepto tradicional de Iglesia desde el principio es el de una gran organización visible destinada a ser universal, un vasto cuerpo del que Cristo es la cabeza. Pero una iglesia visible debe tener también una cabeza visible y, según la enseñanza católica, las prerrogativas que esto supone fueron otorgadas por Cristo a Pedro y sus sucesores. En las controversias incidentales a las herejías y cismas que marcaron los primeros siglos del cristianismo, los obispos disidentes y sus seguidores fueron constantemente acusados por los Padres ortodoxos de romper la unidad de la Iglesia y cuando definitivamente se apartaban o eran expulsados los consideraban como ramas extirpadas del árbol y privadas de la savia de vida. Esa ha sido la constante actitud de la Iglesia católica. Deplora sinceramente que la cristiandad esté tan dividida y en su liturgia ruega constantemente por la unidad, continuando la oración que Jesús hizo para que todos sus seguidores fueran uno en él. Pero al mismo tiempo, esta anhelada unidad debe ser como Cristo mismo quiso, una unidad cuyas condiciones deben ser sometidas a ella como juez, ya que se considera la guardiana divinamente señalada de su doctrina y la auténtica intérprete de su voluntad. Si se muestra rígida y sin concesiones es porque siente la fuerte responsabilidad de su misión divina. Anhela juntar a los elementos dispersos de la cristiandad bajo sus alas, pero por muy preciosa que la unidad sea, no se considera libre para aceptarla bajo condiciones que considera un sacrifico de sus principios o una traición a su deber sagrado, que por otro lado es la misma actitud que tienen las demás iglesias. En asuntos que pertenecen a la disciplina eclesiástica fuera del dominio de la fe y la moral, la Iglesia católica está dispuesta a hacer concesiones razonables a comuniones disidentes que deseen volver a su redil, aunque en lo tocante a los principios esenciales ya señalados la cesión es imposible. Que los esfuerzos hechos en el pasado, notablemente en los concilios de Lyón (1274) y Florencia (1438-45), para restaurar la unión con los griegos no fueron de fruto permanente es deplorable, pero los católicos están seguros de que el historiador imparcial de esas épocas no hará responsable a la Iglesia de Roma del fracaso. El sincero deseo y esperanza de esa iglesia por la unidad cristiana, así como las condiciones bajo las que la entiende posible, lo expuso el papa León XIII en sus encíclicas "Præclara Gratulationis Publicæ" sobre la reunión de la cristiandad (20 de junio de 1894) y "Satis Cognitum" sobre la unidad de la Iglesia (20 de junio de 1896).

    El ecumenismo católico recibió definición e impulso en el Concilio Vaticano II (1962-65), bajo los papas Juan XXIII y Pablo VI y por la diplomacia ecuménica del cardenal Bea, primer presidente del Secretariado para la Promoción de la Unidad Cristiana. La Iglesia católica insufló en el movimiento ecuménico nueva esperanza en el "Decreto sobre ecumenismo" (1964), que es uno de los documentos docentes clásicos ecuménicos. Otro resultado del Vaticano II fue el establecimiento de una amplia variedad de diálogos teológicos internacionales, conocido comúnmente como conversaciones bilaterales, en los que se incluyen a los luteranos (1965), ortodoxos (1967), anglicanos (1967), metodistas (1967), reformados (1970) y Discípulos de Cristo (1977). Los asuntos tratados incluyen el bautismo, la eucaristía, el episcopado y el papado, la autoridad en la Iglesia y los matrimonios mixtos.

    Suplemento

    La cuestión de la unión de las iglesias supone tres puntos: (1) Unión de aquellas iglesias que reconocen el episcopado histórico, como la ortodoxa, católica y anglicana; (2) unión de aquellas iglesias que no basan la validez de la ordenación en el episcopado histórico; (3) unión de las dos clases en una.

    En la primera clase la unión está condicionada, primero, por el ajutse de las diferencias entre las iglesias griega y católica sobre la procesión del Espíritu Santo del Padre y del Hijo, sobre la infalibilidad del obispo de Roma y sobre la inmaculada concepción de la Virgen María. La cuestión sobre la procesión del Espíritu Santo se puede resolver bien por la Iglesia católica regresando a la posición ecuménica anterior que no enseña la doble procesión, sino que surgió en el oeste en el siglo IX, o por una declaración de la procesión del Espíritu Santo del Padre por el Hijo en lugar de del Padre y del Hijo, o las iglesias ortodoxa y católica pueden concordar en una doble misión del Espíritu del Padre y del Hijo, dejando indefinido el proceso en la Trinidad interna como en el credo niceno. La Iglesia ortodoxa tendría que llegar también a aun acuerdo con los nestorianos, armenios, jacobitas y coptos. En segundo lugar, la Iglesia anglicana y sus hijas y los antiguos católicos, así como los griegos tendrían que reconciliarse en cuanto a la supremacía del papa y el dogma de la Inmaculada Concepción de María, a menos que la Iglesia católica cediera de su posición en esas cuestiones.

    En las iglesias de la segunda clase la unión está en proceso de realización, ya que la gran mayoría de esas iglesias aceptan las primeras tres proposiciones de la "Cuadrilateral". Es posible una unión, ya sea por asociación voluntaria en la consecución de intereses comunes, como Sociedades Bíblicas, asociaciones de jóvenes y conferencias misioneras, en las que incluso la primera parte puede participar. Puede también haber uniones federales primero entre las iglesias que tienen la misma fuente y nombre general, como bautistas, metodistas, presbiterianos, donde las ramas quedan reunidas al tronco original o donde las simpatías religiosas son más cercanas y el espíritu y objetivos comunes son casi idénticos.

    La unión de la primera y tercera clase presenta un problema diferente. Desde el lado anglicano una solución se presentó hace cuatro siglos. En ese tiempo:

    'La Iglesia de Inglaterra reconoció en varias maneras, directa o indirectamente, la validez de la ordenación presbiteriana, sosteniendo la comunión con iglesias luteranas y calvinistas en el continente desde la Reforma hasta la Restauración en 1662, cuando se introdujo el ordinal en su forma actual. El arzobispo Cranmer, el más grande liturgista anglicano, llamó a Martín Bucero, mediador entre los luteranos y los suizos reformados, de Estrasburgo a la cátedra de teología sistemática en Cambridge, y a Pietro Martire Vermigli, un estricto calvinista, en la misma capacidad, a la universidad de Oxford, consultándolos en la preparación de los Artículos de la Religión y el Libro de Oración. Los obispos del tiempo de Isabel, que, durante su exilio bajo la reina María, habían buscado refugio en Zurich, Basilea y Ginebra, escribieron cartas que rebosaban gratitud por la hospitalidad y bondad recibida de los reformadores y predicadores suizos, dirigiéndose a ellos como padres y hermanos espirituales. Las Decades de Bullinger y los Institutos de Calvino fueron las más altas autoridades en las universidades de Inglaterra y la influencia de la edición del Nuevo Testamento griego de Beza, su texto y notas, es manifiesta en la Versión Autorizada del rey Jacobo. El "juicioso" Hooker, el escritor normativo sobre política eclesiástica, expresó profunda veneración por Calvino como "el hombre más sabio que nunca gozara la Iglesia francesa" (Prefacio a su Ecclesiastical Polity), admitiendo expresamente una "extraordinaria clase de vocación donde la Iglesia necesita tener a alguien ordenado y no tiene ni puede tener la posibilidad de un obispo que ordene; en caso de tal necesidad, la institución ordinaria de Dios ha tenido muchas veces, y puede tener, lugar. Y por tanto no estamos simplemente y sin excepción insistiendo en una línea descendiente de poder desde los apóstoles por la continuada sucesión de obispos en cada ordenación efectiva"(Ecclesiastical Polity, libro vii. 14). Incluso Jacobo I, que odiaba a los presbiterianos, envió cinco delegados, incluyendo tres obispos (George Carleton, John Davenant y Joseph Hall) al sínodo de Dort, quienes no suscitaron la cuestión sobre la necesidad del episcopado para el ser o bienestar de la Iglesia.'
    (Philip Schaff, The Reunion of Christendom, páginas 21-23, Nueva York, 1893).
    Pero la situación actual es muy diferente a la de entonces, por la oposición de posturas entre los que afirman y los que niegan la legitimidad exclusiva divina de la organización particular y las órdenes del ministerio. Por un lado, se defiende la doble afirmación de que sólo son ministros válidamente ordenados aquellos cuya ordenación descansa en los fundamentos del episcopado histórico, pudiendo trazarse tal sucesión históricamente hasta su fuente auténtica en el grupo apostólico original. Por otro lado, se mantiene que la ordenación válida consiste en la encomienda inmediata y ordenada de personas apropiadas para el ministerio cristiano en una manera armoniosa con el espíritu y objetivos de una iglesia en particular. Por tanto, si la unión va a producirse entre esos dos campos opuestos, será sólo mediante un entendimiento sobre este asunto vital, bien sea que los episcopalmente ordenados revisen su posición sobre el fundamento histórico del episcopado o amplíen su interpretación de la ordenación para incluir a los de comuniones no episcopales que han sido ordenados según el uso en sus denominaciones, o bien los ministros en iglesias no episcopales tendrán que confesar que sus ordenaciones son inválidas, procurando una ordenación "auténtica" de fuentes episcopales. Ya que ambas partes sustentan convicciones definitivas, la esperanza de que alguna de las partes ceda puede considerarse utópica.

    Concilio Mundial de Iglesias

    El Concilio Mundial de Iglesias es una organización ecuménica fundada en 1948 en Ámsterdam como "una comunidad de Iglesias que aceptan a Jesucristo nuestro Señor como Dios y Salvador." El CMI no es una iglesia, ni dicta órdenes o directrices para las iglesias. Trabaja para la unidad y renovación de las denominaciones cristianas y les ofrece un foro en el que puedan trabajar juntas en espíritu de tolerancia y entendimiento mutuo. El CMI surgió del movimiento ecuménico, que, tras la I Guerra Mundial, resultó en dos organizaciones. El movimiento Vida y Obra se concentró en las actividades prácticas de las iglesias y el movimiento Fe y Orden en las creencias y organización de las iglesias y los problemas que suscita su posible reunión. Poco después, los dos movimientos comenzaron a trabajar para establecer una sola organización. En 1937 la conferencia Fe y Orden en Edimburgo y Vida y Obra en Oxford aceptaron el plan para crear un concilio. Una conferencia de dirigentes eclesiásticos se reunió en 1938 en Utrecht, Holanda, para preparar una constitución; pero la II Guerra Mundial interrumpió la tarea, no pudiendo celebrarse la primera asamblea del CMI hasta 1948. Los miembros del CMI incluyen a muchos cuerpos protestantes y ortodoxos, pero no a la Iglesia católica. Los bautistas del Sur de Estados Unidos no pertenecen tampoco al CMI. El órgano que controla es la asamblea, que se reúne a intervalos de aproximadamente seis años en diversas localidades. La asamblea nombra una comité central que a su vez escoge de su membresía un comité ejecutivo de 26 miembros, que, junto con comités especializados y 6 co-presidentes, efectúa el trabajo entre asambleas. La sede del Concilio, en Ginebra, cuenta con un conjunto de empleados bajo un secretario general. La tarea del CMI se divide en tres grandes esferas: relaciones eclesiásticas, estudio ecuménico y promoción, y ayuda intereclesial y servicio a los refugiados. Bajo esas divisiones hay un número de grupos y comisiones, tales como la de Fe y Orden, la de Vida y Obra del laicado en la iglesia y la cooperación de hombres y mujeres en la sociedad.