Historia
EJERCICIOS ESPIRITUALES

edición de los Ejercicios Espirituales de Loyola
En su contenido los Ejercicios espirituales no es una nueva creación de su autor, sino que están basados en reglas más antiguas para la oración exterior y la meditación espiritual, encontrándose cercanas analogías en las obras de místicos contemplativos de finales de la Edad Media, tales como Jan van Ruysbroeck. Entre las fuentes más inmediatas estuvo probablemente el Abecedario espiritual de las circonstancias de la passion de Cristo nuestro Señor y otros mysterios (1521) del minorita Francisco de Osuna y el Exercitatorium spirituale (1500) del benedictino García de Cisneros. Del primero el libro puede haber derivado mucho de lo perteneciente a las meditaciones sobre la pasión en la "tercera semana" del curso de Loyola, mientras que el segundo le proporcionó la base para el triple modo de purificación, iluminación y unión. Manresa, donde Loyola escribió los Ejercicios espirituales, está situada cerca de Montserrat, donde fue compuesto el Exercitatorium, por lo que Ignacio indudablemente estuvo bajo la misma influencia que había estado Cisneros. Esto se aprecia concluyentemente por el benedictino Antonio de Yprés († 1621), aunque los primeros jesuitas mantuvieron que los Ejercicios le habían sido revelados milagrosamente a Loyola en Manresa por la Virgen. Sin embargo, los jesuitas posteriores reconocen más o menos la dependencia del libro de Loyola del Exercitatorium, aunque subrayan la superioridad de la obra de su fundador sobre la de su predecesor, tanto por su forma más práctica como por las reglas especiales para el examen de conciencia y cuidado del alma que faltan en la composición de Cisneros.
Arreglo.
Los Ejercicios espirituales, que contienen además de su tema principal, adiciones, anotaciones e instrucciones, se basan en una serie de meditaciones divididas en cuatro semanas. Esas meditaciones tratan de la purificación mediante la contemplación de la corrupción pecaminosa del ser humano, la iluminación por la contemplación del Redentor encarnado y crucificado y la unión mística con el Salvador resucitado y glorificado. La primera semana, o vía purgativa, lleva a la conciencia del pecado y el arrepentimiento mediante cinco meditaciones diarias sobre el propósito del hombre y la entrega completa a la voluntad divina, la caída del hombre y los ángeles, la culpa en la que incurrieron y el eterno castigo del infierno. En el curso de cada día quien practica esos ejercicios es requerido a que examine su conciencia y que vigile y combata sus acuciantes pecados, mientras que por la tarde debe revisar su conducta general del día anterior. La vía iluminativa ocupa dos semanas. La primera se dedica a meditaciones en los misterios del envío del Redentor, desde el tiempo de su encarnación a su pasión, acabando con la exigencia de escoger entre Cristo o el mundo. La segunda de la vía iluminativa se dedica a meditaciones sobre la pasión, profundizando y fortaleciendo resolver el seguimiento de Cristo. La cuarta semana está dedicada a meditaciones sobre la resurrección y exaltación de Cristo, de modo que el que ha muerto con Cristo es resucitado de nuevo como un hombre nuevo unido con Dios. Los ejercicios acaban con una oración de absoluta entrega a Dios en Cristo en la memoria, inteligencia y voluntad. Ciertas prácticas ascéticas son recomendadas para la promoción de la meditación, pero son espirituales, tales como la lectura de libros ascéticos, la confesión y comunión frecuente, en vez del ayuno, azotes y semejantes. A los ejercicios se añaden ciertas "normas para armonizar con la Iglesia", cuya intención es reconciliar a quien ha obtenido la unión con Dios mediante las tres sendas con las doctrinas cardinales de la Iglesia católica, guardándolo contra el misticismo herético y al mismo tiempo ignorando todas las enseñanzas que no sean católicas.
Historia e influencia.
Mediante una hábil adaptación a los requerimientos de las devociones católicas, así como por su elasticidad, que los hicieron idóneos tanto para dentro como fuera de la Compañía de Jesús, los ejercicios espirituales salieron victoriosos contra los ataques hechos inmediatamente tras su aparición, incluso por teólogos católicos. El dominico Melchor Cano suscitó la oposición contra la obra en la universidad de Alcalá y el arzobispo de Toledo prohibió su uso y diseminación en 1551. Sin embargo, en el curso de unas décadas el libro de Loyola halló universal aprobación en el mundo católico, incluyendo a los dominicos mismos. Carlo Borromeo lo había recomendado en un sínodo provincial en Milán en 1576, mientras que Francisco de Sales, Juan de Ávila, Teresa de Ávila, Vicente de Paúl y otros lo alabaron grandemente. Una serie de bulas papales lo sancionaron, especialmente tras 1593, cuando el Directorium de Acquaviva, general de la orden, exigió su uso entre los jesuitas. En forma abreviada los ejercicios espirituales fueron recomendados incluso a los no jesuitas, tanto clérigos como laicos. Pablo V otorgó una indulgencia plenaria a todos los que practicaran los ejercicios durante 10 días (23 de mayo de 1606); Alejandro VII otorgó privilegios similares a los laicos durante un período de ocho días (12 de octubre de 1657); mientras que Benedicto XIV redujo este mínimo a cinco días (15 de julio de 1749) y posteriormente incluso a aquellos que "pasaran un solo día bajo la dirección de los jesuitas preparándose para una buena muerte" (29 de marzo de 1753).
En esta doble forma de un curso de cuatro semanas para miembros de la Compañía de Jesús, que ha de ser realizada al menos dos veces, una durante el noviciado y otra al término de los estudios y de un curso abreviado para los no jesuitas, los Ejercicios se han convertido en un importante factor del pensamiento moderno católico y de la vida religiosa.