Historia

EMS, CONGRESO DE

El Congreso de Ems fue un encuentro de representantes de los arzobispos de Maguncia, Tréveris, Colonia y Salzburgo, celebrado en Ems (o Bad Ems, un lugar de Hesse-Nassau) en 1786, impulsado por el intenso deseo del alto clero católico en Alemania para sacudirse su dependencia de la curia. Este deseo se vio estimulado en 1763 por el libro de Johann Nikolaus von Hontheim, obispo sufragáneo de Tréveris, publicado bajo el pseudónimo de Justinus Febronius, y una tendencia a la acción manifestada en 1764 en un documento de los electores espirituales de Maguncia, Tréveris y Colonia, en el que suplicaban protección imperial. Se entablaron negociaciones y en 1770 dirigieron nuevas peticiones a José II (los denominados Artículos de Coblenza; comp. Stigloher, Die Errichtung der päpstlichen Nuntiatur in München un der Emser Kongress, Regensburgo, 1867), con el propósito de restringir el poder papal en los asuntos alemanes. Sin embargo, cuando el emperador se negó a intervenir en Roma el asunto se paralizó, reavivándose de nuevo cuando se supo de un plan para establecer una nunciatura papal en Munich.

Bartolomeo Pacca
Bartolomeo Pacca
Nunciatura papal en Munich.
Desde 1771 el elector Karl Theodor había unido bajo su dominio a Baviera, el Palatinado y los ducados de Jülich y Berg, situados en el bajo Rin. Como esos territorios estaban sujetos en asuntos eclesiásticos a obispos diferentes y al ser posesiones del imperio estaban coordinadas por el elector, la marcha de los asuntos era incómoda para él; al no poder solucionarse las dificultades resultantes de otra manera, apeló a la curia romana, que concedió en 1785 la fundación de una nunciatura permanente en Munich. La noticia causó gran conmoción, porque las nunciaturas existentes en Viena (desde 1581), Colonia (1582) y Lucerna (1586) habían demostrado ser problemáticas por su interferencia en la jurisdicción episcopal y porque los obispos anteriormente competentes en Baviera y el Palatinado sufrieron serios abusos por la nueva medida. Esos obispos eran el príncipe obispo conde Colloredo de Salzburgo, el príncipe obispo barón von Welden de Freising, el elector de Maguncia, Friedrich von Erthal, que al mismo tiempo administraba el obispado principesco de Worms, el elector de Tréveris, príncipe Wenzeslaus de Sajonia, que también era príncipe obispo de Augsburgo y finalmente el elector de Colonia, Franz de Austria, hermano del emperador José II. Tras infructuosas peticiones a la curia, el elector de Maguncia, con el consentimiento de los otros arzobispos, entregó una queja al emperador como protector supremo de la Iglesia, quien hizo una declaración de que no podía permitir que los arzobispos y obispos del imperio alemán fueran perturbados en los derechos diocesanos que les habían sido conferidos por Dios y la Iglesia; en otras palabras, que reconocería a los nuncios papales meramente como delegados para asuntos políticos y relativos al papa como cabeza suprema de la Iglesia, pero sin concederles ninguna jurisdicción. Pero la curia no iba a permitir quedarse postergada por esta protesta; en mayo de 1786 se presentó como nuncio en Munich el conde Zoglio, arzobispo de Atenas; al mismo tiempo la nunciatura en Colonia fue suplida nuevamente con Bartholomæus Pacca, arzobispo de Damieta, en lugar de monseñor Bellisomi. Zoglio fue brillantemente recibido en la corte bávara; a Pacca ni siquiera se le concedió una audiencia por parte del elector de Colonia. Todos los arzobispos alemanes se negaron a reconocer a los dos nuncios, lo que no impidió que el segundo comenzara inmediatamente a hacer uso de su comisión.

El Acuerdo de Ems.
Los arzobispos de Maguncia, Tréveris y Colonia no se quedaron de brazos cruzados. Se celebró el Congreso de Ems y su resultado fue el "Acuerdo de Ems" (Emser Punktation, comp. Mirbt, Quellen, 326-328), que fue firmado el 25 de agosto de 1786, ratificado por los obispos y enviado a José II. Los firmantes declaraban:

'El papa romano es y permanece siendo siempre el supervisor (Oberaufscher) supremo y primado de toda la Iglesia, el centro de la unidad, habiendo sido equipado por Dios con la jurisdicción, requisito para ello. Todos los católicos deben siempre prestarle obediencia canónica con plena reverencia. Pero todas las demás ventajas y reservas que no estén relacionadas con esta primacía en los primeros siglos, sino que surgieron de las Decretales pseudo-Isidorianas para manifiesto perjuicio de los obispos, no pueden sr incluidas en la esfera de esta jurisdicción, porque la falsa naturaleza de las decretales es ahora universalmente reconocida. Se han de clasificar como usurpaciones por parte de la curia romana y, especialmente porque ninguna de las protestas hechas ante la curia romana han tenido efecto, los obispos están autorizados a corregirlas por sí mismos, bajo la suprema protección de su majestad imperial, en el ejercicio del poder que Dios les ha entregado.'
Por tanto, los arzobispos hicieron las siguientes propuestas para una reforma:
'Todas las personas que vivan dentro de los límites de una diócesis deben, sin excepción, estar sujetas a su obispo. De ahí que las apelaciones a Roma que pasan por alto al obispo no deben permitirse; las exenciones, con ciertas excepciones señaladas, han de cesar; hay que prohibir al clero monástico prestar obediencia a generales y superiores extranjeros. El obispo tendrá el derecho de otorgar dispensas de mandamientos de abstinencia y de impedimentos matrimoniales y también de absolver al clero monástico de sus votos. Al mismo tiempo se propone la limitación de los impedimentos del matrimonio y el retraso de la edad para tomar votos. El obispo deberá también ser investido para modificar fundaciones filantrópicas. En el futuro no deben procurarse de la corte romana las facultates quinquennales. Las bulas, breves y otras regulaciones papales, así como las decisiones de las congregaciones romanas, no entrarán en vigor hasta que sean aceptadas por los obispos. Las nunciaturas en la forma en las que han existido deben cesar. Los obispos han de ser independientes para suplir puestos eclesiásticos. El procedimiento sobre la "información" (processus informativus) de los nuevos obispos ha de alterarse; el juramento que los obispos habían prestado antes al papa como sus vasallos debe ser reemplazado por una fórmula concordante con los deberes episcopales. Las anatas y el dinero pagado al recibir el pallium ha de reducirse y si el papa rehusara su confirmación, los arzobispos y obispos deben realizar las funciones del oficio. En la jurisdicción espiritual el tribunal de primera instancia es el del obispo, el de segunda el del arzobispo y el de tercera el de la Sede Romana, quedando las nunciaturas eliminadas totalmente; se hace la provisión de que jueces nacionales deben pronunciar el veredicto incluso en Roma. Al final los arzobispos declaraban que, tan pronto como ellos tomaran posesión de los derechos que les pertenecían, emprenderían la mejora de la disciplina eclesiástica, y la mejor organización para la cura de almas y para los establecimientos religiosos y claustros. Además, al emperador, como cabeza suprema del imperio, se le pide que exija a la curia que convoque el concilio prometido en el concordato de Aschaffenburg, o al menos uno de carácter nacional.'
La respuesta del emperador fue amable, mostrando disposición a colaborar; pero aconsejó a los arzobispos que, por encima de todo, llegaran a un entendimiento con los obispos bajo su autoridad. Esta advertencia fue inmediatamente adoptada, pero llegaba demasiado tarde. Los obispos alemanes se sintieron agraviados porque no habían sido admitidos a la consulta en Ems, e incluso aunque algunos de ellos fueron ganados, una parte se quedó totalmente alejada. Esta oposición de los obispos encontró su cabeza y portavoz en el conde Limburg-Styrum, príncipe obispo de Spira, quien manifestó en público su crítica a las resoluciones de Ems, comenzando una prolongada discusión literaria por ambas partes.

Complicaciones añadidas.
La lucha entre los arzobispos y los nuncios estalló a finales de 1786. Zoglio había nombrado un preboste en Düsseldorf, inter-nuncio para Jülich y Berg, y Pacca otorgó una dispensa matrimonial ignorando la objeción hecha por el elector de Colonia. Como éste, al igual que los electores de Tréveris y Maguncia, otorgaron ciertas dispensas matrimoniales en grados no cubiertos por sus facultades quinquenales, Pacca envió el 10 de noviembre de 1786 una circular a todos los sacerdotes y vicarios generales, declarando la invalidez de esas dispensas. Entonces los arzobispos de Colonia, Tréveris y Maguncia ordenaron a sus sacerdotes que devolvieran la carta al remitente. En este acto fueron apoyados por el emperador. El concilio imperial en Viena publicó dos decretos en los que la acción de Pacca fue designada como indecorosa e impropia, siendo su circular declarada inválida. Además, el elector del Palatinado fue inducido a no conceder ninguna jurisdicción al nuncio Zoglio y también a prohibir al internuncio designado por él que ejecutara las órdenes que Zoglio le había dado. Pero el elector del Palatinado protestó vigorosamente contra esta censura, mandando a los sacerdotes de la diócesis de Worms que, bajo pena de confiscación de sus temporalidades, devolvieran inmediatamente la orden arzobispal que les exigía la devolución de la circular del nuncio. También mandaba que no aceptaran directrices del vicariato arzobispal que les había ordenado devolver la circular del nuncio, afirmando el poder de recibir a un nuncio como uno de sus derechos como soberano y haciendo conocer al emperador que sus derechos territoriales podían ser limitados por la legislación imperial, pero no por decretos del concilio imperial. Zoglio nombró entonces, con el respaldo del elector, un subdelegado en Heidelberg.

Pero peligros mayores para los arzobispos alemanes surgieron de entre ellos mismos. En 1785 se formó la "Liga de Príncipes" alemana (Fürstenbund). Su existencia estaba en peligro si a la muerte del anciano e inválido arzobispo de Maguncia, Friedrich von Erthal, su sucesor no seguía su política. Bajo esas circunstancia Prusia se empeñó en jugar el papel de mediador en el lucha entre el elector de Maguncia y la curia, llegándose a un acuerdo secreto por el que Theodor von Dalberg, el candidato preferido por Prusia y agradable al capítulo de la catedral de Maguncia, fuera reconocido por el papa como sucesor del elector. Este acuerdo también estipulaba que el elector y Dalberg prometían ser fieles a la unión, tomando ambas partes por obligación no poner en ejecución las resoluciones del Congreso de Ems. El 5 de junio de 1787, Dalberg fue escogido como coadjutor del arzobispo de Maguncia. En cumplimiento de este acuerdo abandonó abiertamente lo acordado en Ems, solicitó a Roma la renovación de las facultades quinquenales y no presentó objeciones cuando el nuncio en Colonia fue comisionado para emprender su examinación episcopal (processus informativus).

Pío VI
Pío VI
Los otros obispos también parecían estar más apaciblemente inclinados. Entonces Pío VI adoptó una medida que provocó gran conmoción; en un breve de 6 de noviembre de 1787 otorgó la petición del elector del Palatinado bávaro para tomar el diezmos de los ingresos de la propiedad eclesiástica en toda la extensión de sus territorios. Esta concesión era de la mayor importancia porque iba a durar diez años y al nuncio en Munich se le ordenó que recogiera los diezmos, comisionándosele para castigar con todas las censuras, e incluso con la excomunión, a quienes se negaran a pagarlos, destituyendo, si fuera necesario, de sus cargos y beneficios a los infractores. Todos los arzobispos alemanes quedaron afectados por esta; Maguncia, en la diócesis de Worms; Colonia, en los ducados de Jülich y Berg; Tréveris, en Augsburgo; Salzburgo en sus territorios bávaros.

Este procedimiento por parte de la curia hizo que el elector de Maguncia retrocediera al lado de los otros arzobispos, induciéndoles a acercarse al emperador de nuevo para actuar contra los nuncios. Con su aprobación se emitió un decreto imperial que refería a la dieta de Regensburgo la controvertida cuestión de si los nuncios con jurisdicción debían ser tolerados en Alemania. Pero ni siquiera los arzobispos se propusieron seriamente suscitar una decisión en la dieta; sólo deseaban presionar a la curia. Las negociaciones no tenían contenido y finalmente los arzobispos decidieron tomar el consejo que se les había dado y alcanzar preferiblemente un entendimiento con la curia directamente; pero sus esfuerzos no tuvieron en Roma ningún éxito. La respuesta que finalmente recibieron, fechada el 14 de noviembre de 1789, era en la forma de un breve, consistente de un memorial que ocupaba 336 páginas. En el mismo el papa insistía en todas sus demandas plenamente.

Resultado.
La curia no se había equivocado en sus cálculos. Bajo la presión de la tendencia revolucionaria del tiempo, que procedía de Francia, la oposición de los obispos alemanes se vino abajo. Los electores huyeron de sus capitales en 1792 cuando se aproximó el general francés Custine. La abolición de los principados eclesiásticos, ordenada en 1803, junto con el potente factor del surgimiento del ultramontanismo, salvaron al papado del siglo XIX de una resurrección del poder de las ideas de 1786.

La derrota de los arzobispos alemanes se puede explicar por muchos factores. Fue desfavorable para ellos que la opinión pública, que los respaldaba al principio, se volviera de ellos y se interesara en otros asuntos; pero el lamentable asunto de la controversia fue principalmente resultado del carácter del movimiento de oposición mismo. Ciertamente los motivos de reforma eclesiástica y religiosa no faltaron totalmente, como tampoco las consideraciones del sentimiento nacional alemán; pero primordialmente los arzobispos anhelaban, sobre todo, sus propios intereses como arzobispos y soberanos territoriales, que consideraban lesionados por la extensión del poder papal. Como resultado la lucha adquirió pronto un carácter de política o política eclesiástica. Por tanto, perdieron el apoyo que la simpatía de la población y clero católico les habían dado, sufriendo, a consecuencia de ello, la armonía de los arzobispos entre sí. La curia debió su victoria a la actitud de los obispos alemanes, que se sintieron amenazados por un incremento del poder arzobispal, a la enérgica acción del Palatinado bávaro y al insuficiente apoyo del emperador a los arzobispos; por último, pero no menos importante, al comienzo del periodo revolucionario y a la circunstancia de que todo el desarrollo del catolicismo post-Reforma estaba del lado de la curia.