Historia
EPICUREÍSMO

Para Epicuro la virtud cardinal es el conocimiento necesario para regular el deseo y así procurar una preponderancia última del placer sobre el dolor. De esta virtud nacen las demás. En conjunto, su enseñanza es un poco menos rigurosa que la de los estoicos, quienes expresamente hicieron de la virtud el fin de la conducta. Una vida virtuosa, sostiene Epicuro, es la condición de una vida feliz. Si alguien es consistentemente virtuoso, su vida puede sólo ser de felicidad. Enseñó una justicia prudente. El hombre justo se ahorra la molestia a la que un hombre injusto está sujeto por sus semejantes. El temor de los dioses y el temor de la muerte los considera Epicuro supersticiones que perturban la vida feliz, porque, como criaturas felices e imperecederas, los dioses nada tienen que ver con los asuntos de esta tierra. Al contrario que otros filósofos de su tiempo Epicuro creía en la libertad de la voluntad. El epicureísmo fue muy popular en Roma, siendo una de las cuatro escuelas filosóficas respaldadas por Marco Aurelio. A través de su De natura rerum Lucrecio se convirtió en el principal representante literario de la filosofía epicúrea. Las enseñanzas de Epicuro, reavivadas por Pierre Gassendi, se hicieron extremadamente populares en el tiempo de los deístas ingleses y enciclopedistas franceses.
El siguiente fragmento es de su Carta a Meneceo.

'Por este motivo afirmamos que el placer es el principio y el fin de una vida feliz, porque lo hemos reconocido como un bien primero y connatural, a partir del cual iniciamos cualquier elección o aversión, y a él nos referimos al juzgar los bienes según la norma del placer y del dolor.
Y, puesto que éste es el bien primero y connatural, por este motivo no elegimos todos los placeres, sino que en ocasiones renunciamos a muchos cuando de ellos se sigue un trastorno aún mayor. Y muchos dolores los consideraremos preferibles a los placeres, si obtenemos otro mayor, cuanto más tiempo hayamos soportado el dolor. Así pues, por su naturaleza connatural a nosotros, todos los placeres son un bien, pero no por ello debemos escogerlos a todos. De modo similar, todo dolor es un mal, pero no siempre hay que rehuir el dolor. Hay que juzgar sobre el placer y el dolor según el cálculo y la consideración de los beneficios y los perjuicios, porque algunas veces el bien se torna en un mal y otras, al contrario, el mal resulta ser un bien.
Consideramos un gran bien la independencia de los deseos, pero no porque debamos siempre conformarnos con poco, sino para que, no teniendo mucho, con este poco nos baste. Estamos profundamente convencidos de que quienes gozan con mayor dulzura de la abundancia son aquellos que menos la necesitan, y de que todo lo que la naturaleza reclama es fácil de obtener, y difícil en cambio lo que representa un capricho. Los alimentos frugales proporcionan el mismo placer que los manjares exquisitos, una vez ya hayan satisfecho el dolor que nos causa su necesidad; y el pan y el agua proporcionan el mayor placer cuando se sirve de ellos quien tiene necesidad. Acostumbrarse a una comida frugal y sin complicaciones es por un lado saludable, y por otro ayuda a que el hombre sea diligente en las ocupaciones de la vida; y si de modo intermitente participamos de una vida más lujosa, nuestra disposición frente a esa clase de vida es mejor, y nos mostramos menos temerosos respecto a la suerte.
Cuando decimos que el placer es la única finalidad, no nos referimos a los placeres de los disolutos y crápulas, como afirman algunos que desconocen nuestra doctrina o no están de acuerdo con ella o la interpretan mal, sino al hecho de no sentir dolor en el cuerpo ni turbación en el alma. Pues ni los banquetes ni los festejos continuados, ni el gozar con jovencitos y mujeres, ni los peces ni todo cuanto ofrecen las mesas bien servidas, nos hacen la vida agradable, sino el juicio certero que examina las causas de cada acto de elección o aversión, y que ahuyenta las falsas opiniones de las que nace esa gran turbación que se apodera de las almas.'