Historia

EPISCOPAL, IGLESIA

Iglesia episcopal o Iglesia episcopal protestante es el nombre que recibió la Iglesia anglicana en las colonias americanas.

Árbol de la Reforma

En los días de las colonias.
La historia de esta Iglesia puede decirse que es coetánea con los viajes de los ingleses a comienzos del siglo XVII hacia el continente americano. Incluso cuando el 24 de junio de 1579 Sir Francis Drake hizo sólo un desembarco temporal en la costa de lo que hoy es California, su capellán, el reverendo Francis Fletcher, celebró servicios regulares basados en el Libro de Oración Común y en cierta manera reclamó el nuevo territorio para la Iglesia de Inglaterra. En los primeros títulos otorgados a Sir Humphrey Gilbert, Sir Walter Raleigh y otros que desembarcaron en la costa atlántica, hacia finales del siglo XVI, se puso particular énfasis en la obligación de convertir a los aborígenes paganos, estipulando que la fe cristiana que habían de enseñar a los colonos estaría en acuerdo con la de esa Iglesia. Existen registros de bautismo organizados hacia ese tiempo en diversos lugares, desde los asentamientos meridionales a los septentrionales, incluso hasta Kennebec, en Maine, y de otros servicios públicos celebrados con más o menos frecuencia, todos ellos anteriores en varios años a la llegada del Mayflower a Plymouth (1620). El primer edificio del que hay un relato confiable fue construido en Jamestown, Virginia, bajo los auspicios del reverendo Robert Hunt, quien había formado parte de la colonia que desembarcó allí en 1607. El mismo alegato de prioridad se hizo por otro construido, se dice, en el año 1607 en Maine, por los asistentes a los servicios del reverendo Richard Seymour (del que algunos decían que era bisnieto del duque de Somerset). A partir de entonces el registro de la vida y obra de la Iglesia es escaso hasta finales de siglo, aunque a lo largo de toda la costa atlántica hubo no pocos ejemplos de un creciente deseo por mayores privilegios religiosos e igualmente de un creciente sentido de responsabilidad en la cristianización de los indios y los negros. Muchos eclesiásticos en Inglaterra, incluyendo los arzobispos de Canterbury y los obispos de Londres (a cuya jurisdicción quedaron formalmente asociadas las colonias), mostraron más o menos interés en esta empresa misionera de vez en cuando; pero no fue hasta la organización en 1701 de la Sociedad para la Propagación del Evangelio en Tierras Extranjeras que la Iglesia comenzó su carrera más esforzada en América. Sin embargo, se vio grandemente impedida en esta obra hasta casi la finalización del siglo XVIII por la falta de obispos. Al formar el episcopado parte esencial de su integridad, su falta no podía ser suplida por otros medios, aunque ocasionalmente se sugirieron algunas soluciones, especialmente con referencia a la suplencia de ministros de entre los residentes. El único recurso para la ordenación y la confirmación era Inglaterra.

Organización independiente.
Por varias razones, parcialmente políticas y parcialmente eclesiásticas, y no totalmente achacables a Inglaterra, la consagración de obispos para América se retrasó año tras año, hasta que en 1784, en Aberdeen, el reverendo Samuel Seabury fue consagrado obispo de Connecticut por el canónico número de prelados, todos ellos escoceses no juramentados. En 1787 el reverendo William White fue consagrado obispo de Pensilvania y el reverendo Samuel Provoost obispo de Nueva York, ambos en el palacio de Lambeth, por los arzobispos de Canterbury y York, asistidos por el obispo de Bath y Wells y el de Peterborough. En 1780 el reverendo James Madison fue consagrado en el mismo lugar como obispo de Virginia y en 1792 en la convención general, celebrada en Nueva York, el reverendo Thomas John Claggett fue consagrado obispo de Maryland por los obispos Seabury, White, Provoost y Madison. Por esta fusión de las dos válidas fuentes de órdenes quedaron opacadas todas las dudas, quedando prácticamente resuelta la controversia en cuanto a la validez de la consagración del obispo Seabury. Mientras tanto la Iglesia estuvo febrilmente ocupada, en sus convenciones diocesana y general, en completar su organización nacional independiente. El Libro de Oración, finalmente ratificado en el año 1789, era sustancialmente el mismo que el de la Iglesia de Inglaterra, aunque las principales diferencias son la omisión del credo atanasiano y la sustitución de las características esenciales del oficio de comunión escocés. Este último cambio se efectuó principalmente por los esfuerzos del obispo Seabury, quien había prometido su influencia a este efecto antes de su consagración. Entre los misioneros pertenecientes a este período estuvieron John y Charles Wesley y George Whitefield, los cuales murieron, tal como habían vivido, en comunión con la Iglesia de Inglaterra. El carácter de la Iglesia en no pocos puntos importantes en esos primeros días se debió a los obispos Seabury y White, los cuales, aunque difiriendo en muchos aspectos, eran hombres de capacidad e influencia y de inquebrantable fidelidad a sus principios. En la etapa formativa de la independencia, la intensidad del primero y el conservadurismo del segundo se combinaron felizmente para evitar serios errores. En relación con los disturbios políticos surgidos a finales del siglo XVIII, la Iglesia se vio confrontada con graves peligros y dificultades. Entre el clero había un fuerte sentimiento de deuda hacia su madre patria que les hizo dudar en alinearse con los que se estaban preparados para la revolución, aunque reconocían la injusticia hecha a las colonias. Y entre los laicos esta lealtad a los juramentos que el clero había asumido desembocó en sospecha y tensión hacia ellos. Al mantener conscientemente su lealtad a sus autoridades inglesas, el clero soportó en muchos casos no sólo angustia mental sino severa persecución y sufrimiento físico. Pero a pesar de la oposición de algunos, ha de recordarse que la Declaración de Derechos en la que se exponían los males soportados por los colonos fue escrita por George Mason, miembro de la Iglesia en Virginia y que no menos de las dos terceras partes de los firmantes de la Declaración de Independencia, así como su autor, Thomas Jefferson, eran igualmente miembros de la Iglesia. Y cuando la independencia nacional fue finalmente alcanzada, fue de esta misma Iglesia de donde una gran proporción de hombres procedieron, quienes fueron responsables principales en la adopción de la constitución y la toma de importantes puestos en la administración de los oficios públicos. Esto es evidente cuando se mencionan los nombres de George Washington, Benjamin Franklin, John Marshall, John Jay, Alexander Hamilton, Robert Morris, Francis Hopkinson, John Randolph, Patrick Henry y los Pinkneys.

Crecimiento y cuestiones críticas.
Las perturbaciones de aquellos días y las sospechas de torysmo bulleron en las mentes de muchos, lo que unido a la escasez del clero hizo que el crecimiento de la Iglesia fuera difícil durante años. No fue hasta la apreciación más general de su auténtico carácter misionero, hacia 1830, que el progreso se hizo más amplio y evidente. Desde ese tiempo ese progreso continuó en mayor proporción que la de ningún otro cuerpo religioso, sobrepasando incluso la media de crecimiento de la población general en el país. Pasó victoriosamente por varias crisis que ocurrieron después del período de la Guerra de Independencia. Una de ellas fue contemporánea con el Movimiento de Oxford en la Iglesia de Inglaterra, hacia mediados del siglo XIX. Bajo la excitación generada por las controversias eclesiásticas envueltas en ese movimiento, las facciones que habían existido durante un tiempo bajo los nombres de Alta y Baja Iglesia se hicieron más pronunciadas en sus diferencias, manifestándose no poco enconamiento de sentimientos. Este espíritu de partidismo continuó afirmándose más o menos durante una generación, incluso sobre aspectos de carácter ceremonial que, a la luz de la armonía y buena voluntad luego existentes, parecen triviales si no totalmente insignificantes. Otro momento de crisis surgió por la guerra civil. Entre los hombres destacados que participaron en los momentos precedentes y siguientes a esta época hubo muchos en el norte y en el sur que eran igualmente prominentes en la Iglesia. Satisfechos de su éxito al establecer la Confederación, las diócesis meridionales establecieron una organización independiente y rompieron toda comunicación formal con sus hermanos del norte. Sin embargo, éstos, con una caridad admirable ignoraron el hecho de la separación y en la Convención General celebrada en Nueva York en el año 1862 las diócesis separatistas fueron convocadas regularmente y sus asientos asignados como antes. Esas diócesis no aceptaron que ninguna separación hubiera tenido lugar salvo por cuestiones puramente políticas, declarando por medio de su comité sobre el estado de la Iglesia que "aunque ahora hay diferentes barreras políticas dentro, la Iglesia permanece sustancialmente una." Cuando se reunió la Convención General en Filadelfia en 1865 estuvieron presentes los obispos meridionales (Thomas Atkinson y Henry Champlin Lay) y algunos diputados de las tres diócesis meridionales, siendo uno de ellos, el reverendo Charles Todd Quintard, consagrado obispo de Tennessee durante la sesión. Al término de la reunión no faltó algo de ansiedad por los incidentes que habían ocurrido durante la guerra. Uno de ellos fue el uso de las armas por el reverendo Leonidas Polk, obispo de Luisiana, quien fue mayor general del ejército confederado. Su muerte en batalla removió la primera dificultad. El otro fue la consagración del reverendo Richard Hooker Wilmer como obispo de Alabama sin el consentimiento de toda la Iglesia, tal como los cánones vigentes antes de la guerra exigían. Sin embargo, este asunto quedó satisfactoriamente resuelto y la Iglesia presentó a una todavía trastornada nación el primer espectáculo de reunión completa, cuya influencia fue decisiva para apresurar la resolución de todas las restantes disputas, eclesiásticas, políticas y sociales. El único caso de cisma con el que la Iglesia tuvo que tratar fue el de la formación, principalmente por sus propios ministros, de lo que ahora se conoce como Iglesia episcopal reformada. Esta, con un pequeño sector de laicos, se persuadió de que había en el Libro de Oración lo que ellos denominaban "gérmenes romanizantes" y en diciembre de 1873 se formó la organización mencionada bajo el liderazgo del reverendo George David Cummins, obispo ayudante de Kentucky y el reverendo Charles Edward Cheney de Chicago. Ambos fueron destituidos, tras haber sido tratados con gran paciencia en la esperanza de que abandonarían su actitud separatista.

Iglesia episcopal protestante. San Antonio, Texas
Iglesia episcopal protestante. San Antonio, Texas
Desarrollo posterior.
En 1880 se nombró un comité de las dos corporaciones para considerar si "las cambiadas condiciones de la vida nacional no demandaban ciertas alteraciones en el Libro de Oración Común, en la dirección del enriquecimiento litúrgico y en su flexibilidad de uso." El estudio de este importante tema ocupó la atención de la Iglesia durante doce años, por lo que no fue hasta 1892 que el Libro de Oración revisado quedó autorizado para su uso. No se propusieron cambios radicales, ni se hicieron alteraciones en las normas de doctrina, siendo firmemente mantenidos los principios prevalecientes de construcción litúrgica y de ritual. Lo que se hizo fue la corrección de unos pocos errores tipográficos y la elucidación de rúbricas obscuras o inseguras; la restauración de algunos cánticos y versículos omitidos originalmente del Libro inglés, especialmente oraciones por la unidad, misiones, días rogatorios, etc., un altar de servicio para la fiesta de la transfiguración, segundos oficios para los días de Navidad y Pascua, Salmos apropiados para ocasiones especiales, la revisión del leccionario, la impresión de los Salmos y cánticos con el colon musical y la de los Artículos de Religión al final del volumen. La discusión del asunto se llevó a cabo casi totalmente sin controversia partidista, sintiendo todos que un valor distintivo se había añadido a un libro ya grandemente venerado. La revisión del himnario ocupó incluso un período más largo, comenzando en 1859 y no concluyendo hasta 1895. Durante ese tiempo, la antigua división en Salmos métricos e himnos propiamente fue abolida y se hicieron muchas omisiones, ediciones y cambios. Un asunto que ha ocupado grande y constantemente la mente de esta Iglesia ha sido la restauración de la unidad cristiana, asunto que, en vista del carácter heterogéneo de la población americana y de los elementos peligrosos hallados en algunas partes de ella, es de gran importancia práctica. En los primeros días de la organización independiente de la Iglesia se consideró el asunto y en diferentes períodos de su historia posterior se han hecho varios llamamientos, en ese sentido, a la Convención General.

Obra misionera.
La obra de la Iglesia que puede ser calificada como misionera comenzó en el mismo inicio de su historia, ya en los días coloniales, entre los indios y negros. Desde entonces ha ocupado su atención y ha hecho continuos esfuerzos para evangelizarlos y proporcionarles todo privilegio religioso que pertenezca a otros. Desde sus filas han surgido un número de clérigos que han sido ordenados para servir especialmente entre sus semejantes. Antes de la guerra civil se contaban multitudes de negros entre los miembros de la Iglesia episcopal y desde ese período las diócesis meridionales han sido más diligentes en buscar su bienestar espiritual, con no pequeña medida de éxito. El carácter heterogéneo de la población del país ha llevado a la Iglesia a organizar misiones especiales para beneficio de sus diferentes elementos, por ejemplo entre italianos, alemanes, franceses, suecos, hispanos y judíos, con el Libro de Oración en sus diversas lenguas y clérigos de sus nacionalidades. También se ha acometido una obra especial entre los ciegos y sordos, los internos de varias instituciones, tanto benéficas como penales, así como entre soldados y marinos, etc. En cuanto a la obra en países extranjeros y paganos la Iglesia a principios del siglo XIX comenzó a mostrar su interés y sentido de responsabilidad. En 1821 el reverendo Joseph R. Andrews (o Andrus) fue a África donde murió poco después de comenzar sus trabajos. Otros le siguieron a intervalos y posteriormente fue consagrado un obispo. En 1829 se inauguró una misión en Grecia, con un departamento educativo en Atenas, fundada por el reverendo John Henry Hill y su esposa. En 1835 fueron misioneros a China y en 1859 a Japón. En ambos países la Iglesia tuvo varios obispos con varios otros clérigos y obreros laicos, tanto extranjeros como nativos. En Haití, desde 1875, el reverendo James Theodore Holly, un mestizo, se hizo cargo de la obra allí. En México, desde 1879, esta Iglesia ha estado más o menos al cargo de congregaciones nativas y reformadas que deseaban estar en comunión con ella, siendo ese país reconocido como parte de su campo misionero. En 1899 el reverendo Lucien Lee Kinsolving fue consagrado obispo del sur de Brasil, reuniéndose alrededor de él un creciente número de clérigos y congregaciones. También se hizo provisión para Cuba en el año 1904. Se han consagrado también obispos para Honolulú, Filipinas y Puerto Rico.

Política episcopal.
En el prefacio al ordinal se señala que "es evidente a todos los hombres que diligentemente leen las Sagradas Escrituras y los autores antiguos, que desde el tiempo de los apóstoles han existido estas órdenes de ministros en la Iglesia de Cristo: obispos, sacerdotes y diáconos." Por tanto, esta iglesia está constituida, en cuanto a su ministerio, según esta forma primitiva y desde 1859 ha sido la costumbre poner cada parte del territorio reconocido en los Estados Unidos bajo la jurisdicción de algún obispo. Esta regla igualmente se aplica a aquellos países que están en alguna manera formal bajo su protección. Toda misión en tierra extranjera tiene una provisión similar. Sus divisiones territoriales son conocidas como diócesis o distritos misioneros, siendo las primeras autónomas o independientes de ayuda externa, teniendo autoridad para elegir sus propios obispos y las segundas dependientes para su sostenimiento principalmente de la Iglesia en su conjunto, recibiendo sus obispos de la misma fuente. Las diócesis pueden comprender el conjunto o una parte de los Estados en los que están organizadas. Los distritos misioneros pueden ser todo o parte de cualquier Estado o territorio, ya sea dentro o fuera de los Estados Unidos. Por tanto puede suceder que incluso dentro de una diócesis anteriormente independiente, se pueda formar un nuevo distrito misionero. Para la creación de provincias se han de dar algunos pasos. Un obispo misionero es elegible, sujeto a confirmación por el resto de la Iglesia, para un episcopado diocesano; pero se ha mantenido siempre, aunque no hay provisión constitucional ni canónica a este efecto, que ningún obispo diocesano sea trasladado de su jurisdicción original. Se permite a obispos-coadjutores el derecho de sucesión. En la Convención General de 1910 se estipuló la elección de obispos sufragáneos. Bajo esta provisión un obispo sufragáneo no tiene derecho de sucesión, pero permanece elegible para ser obispo u obispo coadjutor. En esa Convención se eligió un obispo sufragáneo para Nueva York. Las iglesias distantes en países extranjeros, como en París, Roma, Dresden, etc. están bajo la supervisión de un obispo americano designado por el obispo que preside.

Disciplina.
En asuntos de disciplina hay provisiones canónicas tanto generales como diocesanas. Los deberes de clérigos y laicos están claramente expuestos en muchos ejemplos y las violaciones de la ley, tanto en doctrina como en estilo de vida, están sujetas a resoluciones aprobadas de forma madura. En la Convención General de 1904 se estipularon tribunales que revisaran los casos de obispos y otros clérigos sometidos a juicio. El principal asunto bajo este encabezamiento que ocupó la atención de la Iglesia fue el del matrimonio y divorcio. Se percibió durante años que las bajas e injuriosas ideas sobre este asunto demandaban una legislación estricta y el principal propósito fue declarar que sería ilegal para cualquier persona divorciada por cualquier motivo, incluso el del adulterio, volverse a casar de nuevo durante la vida de su marido o esposa. A este efecto se aprobó un canon por una gran mayoría de la corporación de obispos en la Convención General de 1904, pero fue derrotado por una pequeña mayoría en la otra corporación.
El cambio habido en las últimas décadas en esta Iglesia, y en otras, sobre la cuestión de la disciplina puede apreciarse por el hecho de que un obispo episcopal americano homosexual confeso y practicante no ha sido destituido de su cargo, sino confirmado en el mismo.

Árbol de los metodistas y episcopales en Estados Unidos.