Historia

EVANGELIOS

Evangelios, palabra que se aplica a las cuatro historias inspiradas de la vida y enseñanza de Cristo contenidas en el Nuevo Testamento. Se puede decir con justicia que la legitimidad de estas cuatro narraciones se basa en mejor evidencia que la de cualquier otro escrito conocido. Todos fueron compuestos durante la segunda mitad del primer siglo y antes del final del segundo siglo hay abundante evidencia de que los cuatro evangelios, como una colección, fueron generalmente utilizados y aceptados.

Columna del Codex Sinaiticus - Museo Británico
Columna del Codex Sinaiticus (porción del evangelio de Juan) - Museo Británico
Fotografía de Kenton Gribble
Ireneo, que sufrió el martirio alrededor del año 202, discípulo de Policarpo y Papías, quien, por haber estado en Asia, en la Galia y en Roma, tenía amplios medios de conocer la creencia de varias iglesias, dice que la autoridad de los cuatro apóstoles estaba tan confirmada que incluso los herejes de su tiempo no podían rechazarlos, sino que se vieron obligados a intentar probar sus doctrinas a partir de uno u otro de ellos (Contra Haer. iii. 11, § 7). Tertuliano, en una obra escrita alrededor del año 208, menciona los cuatro evangelios, dos de ellos como obra de los apóstoles y dos como obra de los discípulos de los apóstoles; y basa su autoridad en su origen apostólico (Adv. Marcion. lib. iv. c. 2). Orígenes, quien nació alrededor del año 185 y murió el año 253, describe los evangelios de manera característica como "los [cuatro] elementos de la fe de la Iglesia, de los cuales todo el mundo, reconciliado con Dios en Cristo, se compone" (In Johan. [tom. i. § 6]). En otra parte, al comentar las palabras iniciales de Lucas, traza una línea entre los evangelios inspirados y producciones como "el Evangelio según los egipcios", "el evangelio de los Doce" y similares (Homil. in Luc. pág. iii. 932 y sig.). Aunque Teófilo, que se convirtió en el sexto (¿séptimo?) obispo de Antioquía alrededor del año 168, habla sólo de "los evangelistas", sin añadir sus nombres (Ad Autol. iii. pág, 124, 125), se peude concluir con razón con Gieseler que se refiere a la colección de los cuatro evangelistas, ya conocida en su tiempo. Por Jerónimo sabemos que Teófilo ordenó los registros de los cuatro evangelistas en una sola obra (Epist. ad Algas. iv. p. 197). Taciano, que murió alrededor del año 170, compiló un Diatessaron, o Armonía de los evangelios. El Fragmento Muratoriano (Muratori, Antiq. It. iii. p. 854; Routh, Rel. Sacr. vol. iv. [vol. i. ed. alt.]), que, incluso si no es de Cayo y del siglo II, es al menos un monumento muy antiguo de la iglesia de Roma, describe los evangelios de Lucas y Juan; pero el tiempo y el descuido parecen haber destruido las declaraciones relacionadas con Mateo y Marcos. Otra fuente de evidencia son las citas de los evangelios encontradas en los primeros escritores. Bernabé, Clemente de Roma y Policarpo, citan pasajes de ellos, pero no con exactitud verbal. El testimonio de Justino Mártir (nacido alrededor del año 99 y martirizado el año 165) es mucho más completo; muchas de sus citas se encuentran textualmente en los evangelios de Mateo, Lucas y Juan, y posiblemente también en Marcos, cuyas palabras son más difíciles de separar. Las citas de Mateo son las más numerosas. En las referencias históricas, el modo de citar es más libre, y la narración ocasionalmente une las de Mateo y Lucas; en muy pocos casos alude a asuntos no mencionados en los evangelios canónicos. Además de éstos, Mateo parece ser citado por el autor de la epístola a Diogneto, por Hegesipo, Ireneo, Taciano, Atenágoras y Teófilo. Eusebio registra que Panteno encontró en la India (¿sur de Arabia?) cristianos que usaban el evangelio de Mateo. Todo esto demuestra que mucho antes de finales del siglo II, el evangelio de Mateo era de uso general. Dado que el evangelio de Marcos tiene pocos pasajes peculiares, es más difícil identificar citas que no se le asignen expresamente; pero Justino Mártir y Atenágoras parecen citar su evangelio, e Ireneo lo hace por su nombre. Lucas es citado por Justino, Ireneo, Taciano, Atenágoras y Teófilo; y Juan por todos ellos, además de Ignacio, la epístola a Diogneto y Polícrates. De esto podemos concluir que antes de finales del siglo II, la colección de evangelios era bien conocida y de uso general. Existe otra línea de evidencia. Las sectas heréticas, así como los Padres de la Iglesia, conocían los evangelios y como existía una gran hostilidad entre ellos, si los evangelios se hubieran dado a conocer en la Iglesia después de que surgiera la disensión, los herejes nunca los habrían aceptado como genuinos desde tal lugar. Pero los gnósticos y marcionitas surgieron a principios del siglo II; por lo tanto, es probable que los evangelios fueran aceptados entonces, y así se remontan casi a la época de los apóstoles (Olshausen). Tras una revisión de todos los testimonios, desde los Padres Apostólicos hasta el canon del concilio de Laodicea en 364, y la del tercer concilio de Cartago en 397, en los cuales se enumeran los cuatro evangelios en el canon de las Escrituras, difícilmente cabe dudar de que desde el principio los cuatro evangelios fueron reconocidos como genuinos e inspirados; que existe una clara distinción entre ellos y los llamados evangelios apócrifos, cuyo número era muy elevado; que, según las citas de pasajes, los evangelios que llevan estos cuatro nombres eran los mismos que poseemos en nuestras Biblias con los mismos nombres; que los incrédulos, como Celso, no negaron la autenticidad de los evangelios, incluso al rechazar su contenido; y, por último, que los herejes aunque consideraron necesario alegar algún tipo de sanción en los evangelios para sus doctrinas, ni pudieron aventurarse por el camino más fácil de un rechazo total, porque se sabía en todas partes que los evangelios eran genuinos. En cuanto a la historia literaria, nada puede establecerse mejor que la autenticidad de los evangelios; y si en estos últimos tiempos han sido atacados, se ha dicho que es evidente que en el ataque se han involucrado dudas teológicas. Se ha negado la autoridad de los libros con el deseo de ignorar su contenido. De entre una multitud de autoridades, se pueden destacar las siguientes: Norton, On the Genuineness of the Gospels, 2 vol. Londres, 1847, 2.ª ed. [3 vol. Cambridge y Boston, 1846-48]; Kirchhofer, Quellensammlung zur Geschichte des N. T. Canons, Zúrich, 1844; de Wette, Lehrbuch der hist. krit. Einleitung, etc., 5.ª ed., Berlín, 1852 [traducido por F. Frothingham, Boston, 1858; 6.ª ed. del original, por Messner y Lünemann, Berlín, 1860]; Hug, Einleitung, etc., traducción [americana] de Fosdick con las notas de Stuart [Andover, 1836]; Olshausen, Biblischer Commentar; Introducción y su Echtheit der vier canon. Evangelien, 1823; Jer. Jones, Method of settling the Canonical Authority of the N. T., Oxford, 1798, 2 vol.; F. C. Baur, Untersuchunrjen über die knnon. Evangelien, Tübingen, 1847; Reuss, Geschichte der heiligen Schriften N. T. [4.ª ed., Braunschweig, 18G4]; Greek Testament, del deán Alford, Prolegomena, vol. i.; B. F. Westcott, Historisch of N. T. Canon, Londres, 1859; Gieseler, Historisch-kritischer Versuch über die Enstchung, &c. der schriftlichen Evangelien, Leipzig, 1818.

Al comparar estos cuatro libros entre sí, una dificultad peculiar exige atención, que ha tenido mucho que ver con la controversia en cuanto a su autenticidad. En el cuarto evangelio, la narración coincide con la de los otros tres solo en unos pocos pasajes. Sin embargo, dejando de lado el relato de la Pasión, solo hay tres pasajes que Juan relata en común con los demás evangelistas (cap. 6), que parecen introducirse en conexión con el discurso que surgió del milagro, relatado solo por Juan. El tercero es la unción de sus pies por María; y es digno de mención que la narración de Juan recuerda algo de uno de los otros tres; las acciones de la mujer se extraen de Lucas, el ungüento y su valor se describen en Marcos, y la amonestación a Judas en Mateo; y Juan combina todos estos detalles en su narración. Mientras los tres presentan la vida de Jesús en Galilea, Juan se centra en Judea; de no ser por él, no sabríamos que Jesús había viajado a Jerusalén en las fiestas prescritas. Solo un discurso de Jesús pronunciado en Galilea, el del capítulo 6, es registrado por Juan. El discípulo a quien Jesús amaba se había propuesto escribir un evangelio que presentara a Jesús como el Verbo de Dios encarnado, de forma más explícita que los demás. Si también tenía en mente los inicios de los errores de Cerinto y otros antes que él en ese momento, como afirman Ireneo y Jerónimo, el propósito polémico está completamente subordinado al dogmático. Él no lucha contra un error temporal, sino que predica para siempre que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, para que al creer tengamos vida en su nombre. Ahora bien, muchos de los hechos omitido por Juan y registrados por los demás son los que habrían contribuido más directamente a este gran designio; ¿por qué, entonces, los omite? La explicación recibida es la única satisfactoria, a saber, que Juan, quien escribió el último, a finales del primer siglo, había visto los otros evangelios y se abstuvo deliberadamente de escribir de nuevo lo que estos habían registrado suficientemente.

En los otros tres evangelios hay una gran concordancia. Si suponemos que la historia que contienen está dividida en secciones, en cuarenta y dos de ellas coinciden las tres narraciones, doce más son dadas solo por Mateo y Marcos, cinco solo por Marcos y Lucas, y catorce por Mateo y Lucas. A estos hay que añadir ocho peculiares de Mateo, dos de Marcos y nueve de Lucas; y la enumeración está completa. Pero esto se aplica sólo a la coincidencia general en cuanto a los hechos narrados; la cantidad de coincidencia verbal, es decir, los pasajes que son verbalmente iguales o coinciden en el uso de muchas de las mismas palabras, es mucho más importante. "La porción más grande", dice Andrews Norton (Genuineness, i. p. 240, 2ª ed. "de esta concordancia verbal se encuentra en la citación de las palabras de otros, y en particular de las palabras de Jesús. Así, en el evangelio de Mateo, los pasajes coincidentes con uno o ambos de los otros dos evangelios, son menos que una sexta parte de su contenido; y de ello aproximadamente siete octavas partes ocurren en la citación de las palabras de otros, y solo una octava parte en lo que, a modo de distinción, puedo llamar mera narración, en la que el evangelista, hablando en su propia persona, no tuvo restricciones en la elección de sus expresiones. En Marcos, la proporción de pasajes coincidentes con el contenido total del evangelio es de aproximadamente una sexta parte, de la cual ni una quinta parte ocurre en la narración. Lucas aún tiene menos concordancia de expresión con los otros evangelistas. Los pasajes en los que se encuentra ascienden solo a aproximadamente una décima parte de su evangelio y una porción poco considerable aparece en la narración, menos de una vigésima parte. Estas proporciones deben compararse además con las que la parte narrativa de cada evangelio guarda con aquella en la que se afirma que se repiten las palabras de otros. La narración de Mateo ocupa aproximadamente una cuarta parte de su evangelio; la de Marcos, aproximadamente la mitad, y la de Lucas, aproximadamente un tercio. Por lo tanto, se puede calcular fácilmente que la proporción de coincidencia verbal encontrada en la parte narrativa de cada evangelio, comparada con la que existe en la otra parte, es aproximadamente la siguiente: en Mateo, de uno a algo más de dos; en Marcos, de uno a cuatro; y en Lucas, de uno a diez."

Sin entrar minuciosamente en el examen de ejemplos, los hechos principales relacionados con el tema pueden resumirse así: la concordancia verbal y material de los tres primeros evangelistas es tal que no ocurre en ningún otro autor que haya escrito independientemente el uno del otro. La concordancia verbal es mayor cuando se citan las palabras habladas de otros que cuando se citan los hechos registrados; y mayor en las citas de las palabras de Jesús. Pero en algunos sucesos principales, como en el llamado de los cuatro primeros discípulos, el de Mateo y la transfiguración, la concordancia, incluso en la expresión, es notable; también hay narraciones donde no hay armonía verbal al principio, sino solo en la parte crítica o enfática de la historia (Y extendiendo Jesús la mano, lo tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante quedó limpio de su lepra.[…]Mateo 8:3 = Movido a compasión, extendiendo Jesús la mano, lo tocó, y le dijo*: Quiero; sé limpio.[…]Marcos 1:41 = Extendiendo Jesús la mano, lo tocó, diciendo: Quiero; sé limpio. Y al instante la lepra lo dejó.[…]Lucas 5:13, y 19 Y ordenando a la muchedumbre que se recostara sobre la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, bendijo los alimentos , y partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la multitud. 20 Y co[…]Mateo 14:19,20 = 41 Entonces El tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, los bendijo, y partió los panes y los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran; también repartió los dos peces entre todos. 42 Todos comieron y se saciar[…]Marcos 6:41-43 = 16 Y tomando los cinco panes y los dos peces, levantando los ojos al cielo, los bendijo, y los partió, y los iba dando a los discípulos para que los sirvieran a la gente. 17 Todos comieron y se saciaron; y se recogieron de lo que les sobró de los ped[…]Lucas 9:16,17). Las narraciones de la vida temprana de Jesús, tal como las relatan Mateo y Lucas, tienen poco en común; mientras que Marcos no incluye ninguna parte de la historia en su plan. La concordancia en las porciones narrativas de los evangelios comienza con el bautismo de Juan y alcanza su punto más alto en el relato de la pasión de Jesús y los hechos que la provocaron; de modo que se establece una relación directa. Casi puede decirse que existe una relación entre el grado de acuerdo y la proximidad de los hechos relacionados con la Pasión. Después de este evento, en el relato entre su sepultura y resurrección, las coincidencias son escasas. El idioma de los tres es el griego, con modismos hebreos; los hebraísmos son más abundantes en Marcos y menos en Lucas. En las citas del Antiguo Testamento, los evangelistas, o dos de ellos, a veces muestran una concordancia verbal, aunque difieren del hebreo y de la versión de la Septuaginta (Porque este es aquel a quien se refirió el profeta Isaías, diciendo: VOZ DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO: "PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR, HACED DERECHAS SUS SENDAS."[…]Mateo 3:3 = VOZ DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO: "PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR, HACED DERECHAS SUS SENDAS."[…]Marcos 1:3 = como está escrito en el libro de las palabras del profeta Isaías: VOZ DEL QUE CLAMA EN EL DESIERTO: "PREPARAD EL CAMINO DEL SEÑOR, HACED DERECHAS SUS SENDAS.[…]Lucas 3:4; Entonces Jesús le dijo*: ¡Vete, Satanás! Porque escrito está: "AL SEÑOR TU DIOS ADORARAS, Y SOLO A EL SERVIRAS."[…]Mateo 4:10 = Respondiendo Jesús, le dijo: Escrito está: "AL SEÑOR TU DIOS ADORARAS, Y A EL SOLO SERVIRAS."[…]Lucas 4:8; Este es de quien está escrito: "HE AQUI, YO ENVIO MI MENSAJERO DELANTE DE TU FAZ, QUIEN PREPARARA TU CAMINO DELANTE DE TI."[…]Mateo 11:10 = Como está escrito en el profeta Isaías: HE AQUI, YO ENVIO MI MENSAJERO DELANTE DE TU FAZ, EL CUAL PREPARARA TU CAMINO.[…]Marcos 1:2 = Lucaas 7:27; etc.). Excepto en 24 versículos, el evangelio de Marcos no contiene hechos principales que no se encuentren en Mateo y Lucas; pero a menudo omite detalles, que a menudo corresponden al relato gráfico de un testigo ocular. No hay casos en los que Mateo y Lucas armonicen exactamente, en los que Marcos no coincida también. En varios casos, las palabras de Marcos han coincidido en armonía con cada una de las otras narraciones, llegan a formar un nexo que las conecta, donde sus palabras difieren ligeramente. Los ejemplos de concordancia verbal entre Marcos y Lucas no son tan largos ni tan numerosos como los de Mateo y Lucas, y Mateo y Marcos; pero en cuanto a la disposición de los acontecimientos, Marcos y Lucas coinciden con frecuencia, donde Mateo difiere de ellos. Estos son los detalles principales; pero están muy lejos de ofrecer una noción completa de un fenómeno que bien merece la atención y el estudio reverente del texto sagrado, que es el único medio por el cual puede comprenderse completa y justamente.

Estos hechos presentan los tres evangelios como tres registros distintos de la vida y obra del Redentor, pero con una concordancia mayor que la que cabría esperar de tres relatos totalmente independientes. El acuerdo no sería una disputa sin las diferencias; solo señalaría la única fuente divina de la que todos derivan: el Espíritu Santo, quien habló por los profetas. La diferencia de forma y estilo, sin el acuerdo, no presentaría ninguna dificultad, ya que puede haber una armonía sustancial entre relatos que difieren mucho en su modo de expresión, y la propia diferencia podría ser una garantía de independencia. La armonía y la variedad, el acuerdo y las diferencias, conforman en conjunto el problema que ha ocupado a los críticos bíblicos durante mucho tiempo.

Los intentos de solución son tantos que es más fácil clasificarlos que enumerarlos. La primera y más obvia sugerencia sería que los narradores se basaron en el trabajo de los demás. En consecuencia, Grocio, Mill, Wetstein, Griesbach y muchos otros se han esforzado por determinar cuál evangelio debe considerarse el primero; cuál está copiado del primero; y cuál es el último, y copiado de los otros dos. Es notable que cada una de las seis combinaciones posibles haya encontrado defensores; y esto en sí mismo prueba la incertidumbre de la teoría. Cuando investigadores dicen que el evangelio de Marcos está claramente fundado en los otros dos, como aseguran Griesbach, Büsching y otros y, además, que el evangelio de Marcos es ciertamente el evangelio primitivo, en el que se fundan los otros dos, como lo hacen Wilke, Bruno Bauer y otros, apoyándose ambos lados principalmente en hechos que se encuentran dentro del alcance del texto, no estamos dispuestos a esperar mucho fruto de la discusión. Pero la teoría en su forma rudimentaria es en sí misma sumamente improbable; y lo sorprendente es que se le haya dedicado tanto tiempo y erudición. Supone que un evangelista retomó la obra de su predecesor y, sin alteraciones sustanciales, realizó algunos cambios de forma, algunas adiciones y recortes, y luego permitió que todo se publicara bajo su nombre. Cualquiera que sea el orden de los tres que se adopte para favorecer la hipótesis, la omisión, por parte del segundo o tercero, de material que puede reconstruir del documento original, y que el primero añade, presenta una gran dificultad, ya que indicaría una opinión tácita de que estos pasajes son menos útiles o de menor autoridad que el resto. La naturaleza de las alteraciones no es la que cabría esperar en una época poco dada a la composición literaria, y en escritos tan simples e incultos como se admite que son estos. La sustitución de una palabra por un sinónimo, ni más ni menos adecuada, la omisión de un dicho en un lugar y su inserción en otro, la transposición ocasional de los acontecimientos, todo esto no se ajusta a las costumbres de una época en la que la composición era poco estudiada y solo se practicaba por necesidad. Además, tales desviaciones, que en escritores totalmente independientes entre sí son solo la garantía de su independencia, no pueden aparecer en quienes copian entre sí sin mostrar cierta voluntariedad —una intención de contradecir y alterar— que parece completamente irreconciliable con cualquier concepción de la inspiración. Se encontrará que estas objeciones generales adquieren una forma aún más convincente contra cualquier forma particular de esta hipótesis, ya sea que se intente demostrar que el evangelio de Marcos, al ser el más corto, es también el evangelio más antiguo y primitivo, o que este mismo evangelio muestra signos evidentes de ser el más reciente, una compilación de los otros dos; o que el orden en el canon de las Escrituras es también el orden cronológico —y todas estas opiniones han encontrado defensores en fecha no lejana— la teoría de que cada evangelio solo copió de su predecesor ofrece las mismas características generales, un argumento plausible a partir de unos pocos hechos, que se topa con dificultades insuperables una vez que se consideran los hechos restantes (Gieseler, págs. 35, 36; obispo Marsh, Michaelis, vol. iii., parte ii. pág. 171 y sig.).

La ​​suposición de un original común del que se extrajeron los tres evangelios, cada uno con más o menos modificaciones, se les ocurriría naturalmente a quienes rechazaran la idea de que los evangelistas se hubieran copiado unos de otros. Un pasaje de Epifanio se ha citado a menudo en apoyo de esto (Haeres. ii. 6), pero "de esta fuente" sin duda se refiere al Espíritu inspirador del cual los tres extrajeron su autoridad, y no a ninguna copia terrenal, escrita u oral, de su mensaje divino. La mejor idea de esa clase de especulaciones que establecerían un documento escrito como el original común de los tres evangelios, se obtendrá quizás del relato del obispo Marsh (Michaelis, vol. iii, parte ii) sobre la hipótesis de Eichhorn y de sus propias adiciones. A Eichhorn le pareció que las porciones comunes a los tres evangelios estaban contenidas en un documento común, del cual todos se derivaban. Niemeyer ya había asumido que copias de dicho documento habían entrado en circulación y habían sido alteradas y anotadas por diferentes autores. Luego Eichhorn intentó demostrar, a partir de una comparación exacta de pasajes, que "las secciones, grandes o pequeñas, que son comunes a Mateo y Marcos, pero no a Lucas, y que al mismo tiempo ocupan lugares en los evangelios de Mateo y Marcos que se corresponden entre sí, fueron añadidas en las copias utilizadas por Mateo y Marcos, pero no en la copia utilizada por Lucas; y, de igual modo, que las secciones que se encuentran en los lugares correspondientes de los evangelios de Marcos y Lucas, pero que no están contenidas en el evangelio de Mateo, fueron añadidas en las copias usadas por Marcos y Lucas" (pág. 192). Por tanto, Eichhorn se considera capacitado para reconstruir el documento original y que debe haber habido otros cuatro documentos que den cuenta del fenómeno del texto. Así, establece:
1. El documento original.
2. Una copia alterada que utilizó Mateo.
3. Una copia alterada que usó Lucas.
4. Una tercera copia, hecha a partir de las dos anteriores, usada por Marcos.
5. Una cuarta copia alterada, usada por Mateo y Lucas en común.

Como no hay evidencia externa que valga la pena considerar de que este original o cualquiera de sus copias siempre presentes existieron, el valor de esta elaborada hipótesis debe depender de que proporcione la única explicación, y que sea suficiente, de los hechos del texto. Sin embargo, el obispo Marsh considera necesario, para completar la explicación del texto, aumentar el número de documentos a ocho, sin aportar ninguna evidencia externa de la existencia de ninguno de ellos; esto, por un lado, priva a la teoría de Eichhorn del mérito de ser completa y, por otro, presenta un campo de aplicación mucho más amplio a las objeciones obvias. Supone la existencia de:
1. Un original hebreo.
2. Una traducción griega.
3. Una transcripción del n.° 1, con modificaciones y adiciones.
4. Otra, con otro conjunto de alteraciones y adiciones.
5. Otra, que combina las dos anteriores, utilizado por Marcos, quien también utilizó la n.º 2.
6. Otra, con las alteraciones y adiciones del n.º 3, y con otras adiciones, utilizada por Mateo.
7. Otra, con las del n.º 4 y otras adiciones, utilizado por Lucas, quien también utilizó el n.º 2.
8. Un documento hebreo completamente distinto, en el que se registraron los preceptos, parábolas y discursos de Jesús, pero no en orden cronológico, utilizado tanto por Mateo como por Lucas.

A esto se añade que "como los evangelios de Marcos y Lucas contienen traducciones griegas de materiales hebreos, que se incorporaron al evangelio hebreo de Mateo, quien tradujo el evangelio hebreo de Mateo al griego frecuentemente se inspiró en el evangelio de Marcos, donde tenía material relacionado con Mateo; y en aquellos lugares, pero solo en aquellos donde Marcos no tenía material relacionado con Mateo, recurrió con frecuencia al evangelio de San Lucas" (361). No sorprende, después de esto, saber que Eichhorn poco después presentó una hipótesis revisada (Enleitung en das N. T. 1804), en la que una supuesta traducción griega de un supuesto original arameo tuvo un papel destacado; ni que Hug pudiera señalar que ni siquiera la suposición más liberal de documentos escritos se había previsto para un caso, el de la concordancia verbal entre Marcos y Lucas, con exclusión de Mateo y que, aunque es poco frecuente, requeriría, según la teoría de Eichhorn, una versión griega adicional.

Se admitirá que esta elaborada hipótesis, ya sea en la forma planteada por Marsh o por Eichhorn, posee casi todos los defectos que se pueden imputar a un argumento de ese tipo. Para cada nueva clase de hechos debe asumirse la existencia de un nuevo documento; y la objeción de Hug no debilita realmente la teoría, ya que la nueva clase de coincidencias que menciona solo requiere una nueva versión del "evangelio original", que puede proporcionarse a petición. Una teoría tan prolífica en suposiciones puede mantenerse si se puede demostrar que no es posible otra solución; pero como esto no puede demostrarse, ni siquiera en contra de la teoría modificada de Gratz (Neuer Versuch, etc., 1812), recordamos la cautela del escolástico: "entia non sunt multiplicanda prater necessitatem". Suponer, para cada nueva clase de hechos, la existencia de otra edición y recensión completa de la obra original es bastante gratuito; fácilmente se podría haber supuesto que los documentos eran memoriales fragmentarios, introducidos por los evangelistas en la trama del evangelio original; o la coincidencia podría ser, como supone Gratz, casos en los que un evangelio ha sido interpolado por partes de otro. Entonces, se supone que el "evangelio original" tuvo tal autoridad que circuló por todas partes; sin embargo, era tan defectuoso que requería la anotación de cualquier mano, tan poco reverenciado, que nadie lo omitió. Si todos los evangelistas acordaron inspirarse en dicha obra, esta debió haber sido ampliamente aceptada en la Iglesia; sin embargo, no hay constancia de su existencia. La fuerza de este dilema ha sido percibida por quienes apoyan la teoría; si la obra fuera de gran autoridad, se habría conservado, o al menos mencionado; si fuera de menor autoridad, no se habría convertido en la base de los tres evangelios canónicos; y se han hecho varios intentos para evadirla. Bertholdt intenta encontrar rastros de su existencia en los títulos de obras distintas a nuestros evangelios actuales, que eran comunes en los primeros tiempos; pero Bertholdt ha minimizado tanto la fuerza de sus argumentos que solo es necesario mencionar uno de ellos. Bertholdt argumenta ingeniosamente que un evangelio usado por Pablo y transmitido a los cristianos del Ponto fue la base del evangelio de Marción; y asume que también era el "evangelio original": de modo que en el evangelio de Marción habría una transcripción, aunque corrupta, de este documento primitivo. Pero no hay prueba alguna de que Pablo usara ningún evangelio escrito; y en cuanto al de Marción, si la obra de Hahn no hubiera resuelto la cuestión, se sostiene que las investigaciones de escritores como Volckmar, Zeller, Ritschl y Hilgenfeld han demostrado que la antigua opinión de Tertuliano y Epifanio también es la verdadera, y que el así llamado evangelio de Marción no era una obra independiente, sino una versión abreviada del evangelio de Lucas, alterada por el hereje para adaptarla a sus peculiares doctrinas. (Véase Bertholdt, iii. 1208-1223; Gieseler, p. 57; Weisse, Evangelienfrage, p. 73). Debemos concluir, pues, que la obra ha perecido sin que quede constancia de ello. No solo ha corrido esta suerte el original arameo o hebreo, sino también la traducción y las cinco o seis revisiones. Pero cabe preguntarse si el estado de las letras en Palestina en aquella época era tal que hacía de esta constante edición, traducción, anotación y enriquecimiento de una historia un proceso natural y probable. Con la pérdida de independencia de los judíos, su literatura había decaído; desde la época de Esdras y Nehemías, si surgía algún escritor, sus obras se conocían, si acaso, en las traducciones griegas a través de los judíos alejandrinos. Es generalmente admitido que el período del que hablamos fue de muy poca actividad literaria para los judíos; y si esto se aplica a todas las clases sociales, sería cierto también para la clase humilde e inculta de la que provenían los primeros conversos (Al ver la confianza de Pedro y de Juan, y dándose cuenta de que eran hombres sin letras y sin preparación, se maravillaban, y reconocían que ellos habían estado con Jesús.[…]Hechos 4:13; Hermanos míos amados, escuchad: ¿No escogió Dios a los pobres de este mundo para ser ricos en fe y herederos del reino que El prometió a los que le aman?[…]Santiago 2:5). Incluso la segunda ley, que surgió después del cautiverio y en la que se basaba el conocimiento de la clase erudita, se transmitió por tradición oral, sin limitarse a la tradición escrita. La teoría de Eichhorn solo es probable en un pueblo dado a los hábitos literarios, y en una clase de ese pueblo donde la educación era buena y la actividad literaria probablemente prevalecía; pero las condiciones aquí son completamente opuestas (véase el argumento de Gieseler, pág. 59 y sig.). Estas son solo algunas de las objeciones que pueden plantearse, desde el punto de vista crítico e histórico, contra la teoría de Eichhorn y Marsh.

Pero no debe olvidarse que esta cuestión va más allá de la historia y la crítica, y tiene un profundo interés teológico. Aquí se mencionan un evangelio original compuesto por una persona desconocida; posiblemente no un apóstol, como admite Eichhorn, en su intento de explicar la pérdida del libro, que fue traducido por alguien igualmente desconocido y las diversas personas en cuyas manos llegaron los dos documentos, todas igualmente desconocidas, ejercieron el poder de alterar y ampliar los materiales así presentados. A partir de la búsqueda de materiales no comprobados, los tres evangelistas compusieron sus evangelios. En la medida en que permitieron que sus materiales los construyeran y guiaran, su valor como testigos independientes se ve reducido. Pero, según Eichhorn, todos se sintieron obligados a admitir la totalidad del documento original, de modo que es posible recuperarlo mediante un proceso sencillo. En cuanto a todos los pasajes en los que se emplea este documento, no es el evangelista, sino un predecesor anónimo a quien escuchamos; no Mateo, el apóstol, ni Marcos, el compañero de los apóstoles, ni Lucas, el amado del apóstol Pablo, quienes nos brindan la fuerza de su testimonio, sino un testigo cuyo nombre nadie ha considerado oportuno registrar. Si, de hecho, los tres evangelistas se limitaron a este documento, esto en sí mismo sería una garantía de su fidelidad y del respeto que se le tenía; pero nadie parece haberlo tomado en sus manos sin considerarse con derecho a enmendarlo. Seguramente, las personas serias tendrían derecho a preguntar, si las objeciones críticas fueran menos decisivas, con qué perspectiva de inspiración se podría sustentar tal hipótesis. La evidencia interna de la verdad del evangelio, en la representación armoniosa y coherente de la Persona de Jesús, y en las promesas y preceptos que satisfacen las necesidades más profundas de un corazón unido a la conciencia del pecado, aún permanecería para nosotros. Pero la sana confianza con la que ahora confiamos en los evangelios como historias puras, verdaderas y genuinas de la vida de Jesús, compuestas por cuatro testigos independientes inspirados para esa obra, desaparecería. Incluso el testimonio de los escritores del siglo II sobre la aceptación universal de estos libros quedaría invalidado, debido a su silencio e ignorancia sobre las extrañas circunstancias que supuestamente afectaron su composición.

Existe otra suposición para explicar estos hechos, de la cual quizás Gieseler ha sido el expositor más preciso. Es probable que ninguno de los evangelios se escribiera hasta muchos años después del día de Pentecostés, en el que el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos reunidos. Desde ese día, comenzó en Jerusalén la obra de predicar el evangelio y convertir al mundo. Tan dedicados estaban los apóstoles a esta obra que se desprendieron de la labor de ministrar a los pobres para poder dedicarse "continuamente a la oración y al ministerio de la palabra" (1 Por aquellos días, al multiplicarse el número de los discípulos, surgió una queja de parte de los judíos helenistas en contra de los judíos nativos, porque sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria de los alimentos . 2 Entonces los doc[…]Hechos 6). La oración y la predicación eran la ocupación principal de sus vidas. Ahora bien, su predicación debió ser, por la naturaleza del caso, en gran parte histórica; debió basarse en un relato de la vida y los hechos de Jesús de Nazaret. Habían sido testigos presenciales de una vida maravillosa, de hechos y sufrimientos que influyeron en todo el mundo; muchos de sus oyentes nunca habían oído hablar de Jesús, muchos otros habían recibido relatos falsos de alguien a quien los dirigentes judíos estigmatizaban como impostor. El ministerio de Jesús se desarrolló principalmente en Galilea; la primera predicación se dirigió a la gente de Judea. No existía ningún registro escrito al que los oyentes pudieran recurrir para obtener detalles históricos, y por lo tanto, los predicadores debían proporcionar no solo inferencias de la vida de Jesús, sino también los hechos de la vida misma. La predicación, entonces, debió ser de tal índole que fue para los oyentes lo que la lectura de los evangelios es para nosotros. En cuanto a los registros de la predicación apostólica en los Hechos de los apóstoles, confirman esta opinión. Pedro en Cesarea y Pablo en Antioquía predican por igual los hechos de la vida y la muerte del Redentor. No es improbable suponer que, en el transcurso de veinte o treinta años de enseñanza asidua, sin un evangelio escrito, el tema de la predicación evangélica hubiera adquirido una forma estable. No solo los apóstoles podrían considerar conveniente que sus propios relatos coincidieran, tanto en sustancia como en forma, sino que los maestros que enviaron o dejaron en las iglesias que visitaron tendrían que estar preparados para su misión; y, mientras no hubiera un evangelio completo que entregarles, sería deseable que la instrucción oral fuera, en la medida de lo posible, la misma para todos. No es en absoluto seguro que el intervalo entre la misión del Consolador y su labor de dirigir la redacción del primer evangelio fuera tan largo como se supone aquí; la fecha del evangelio hebreo de Mateo podría ser anterior. Pero el argumento sigue siendo el mismo: la predicación de los apóstoles probablemente comenzaría a tomar una forma establecida, si es que llegó a hacerlo, durante los primeros años de su ministerio. Si se nos permitiera preguntar por qué Dios, en su providencia, consideró oportuno diferir el don de un evangelio escrito a su pueblo, la respuesta sería que, durante los primeros años, la poderosa obra del Espíritu Santo en los miembros vivos de la iglesia sustituyó esos registros, los cuales, tan pronto como el resplandor de su presencia comenzó a disminuir, se volvieron indispensables para evitar la corrupción de la historia del evangelio por falsas doctrinas. Se le prometió como alguien que les enseñaría todas las cosas, recordándoles lo que el Señor les había dicho (Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, El os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho.[…]Juan 14:26). Y más de una vez se menciona su ayuda como necesaria, incluso para la proclamación de cosas que se relacionan con Cristo (pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros; y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra.[…]Hechos 1:8; A ellos les fue revelado que no se servían a sí mismos, sino a vosotros, en estas cosas que ahora os han sido anunciadas mediante los que os predicaron el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas a las cuales los ángeles anhelan mirar[…]1 Pedro 1:12); y se le describe como testigo con los apóstoles, más bien que a través de ellos, de las cosas que ellos habían visto durante el curso de un ministerio que habían compartido (26 Cuando venga el Consolador, a quien yo enviaré del Padre, es decir, el Espíritu de verdad que procede del Padre, El dará testimonio de mí, 27 y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio. […]Juan 15:26,27; Y nosotros somos testigos de estas cosas; y también el Espíritu Santo, el cual Dios ha dado a los que le obedecen.[…]Hechos 5:32. Compárese con Porque pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros mayor carga que estas cosas esenciales:[…]Hechos 15:28). La autoridad personal de los apóstoles como testigos oculares de lo que predicaban no es anulada por esta divina ayuda, pues una y otra vez se describen a sí mismos como "testigos" de los hechos (A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.[…]Hechos 2:32; 3:15; 10:39, etc.); y cuando se produce una vacante en su número debido a la caída de Judas, casi se da por sentado que su sucesor será elegido entre aquellos "que habían estado con ellos todo el tiempo que el Señor Jesús entraba y salía entre ellos" (Por tanto, es necesario que de los hombres que nos han acompañado todo el tiempo que el Señor Jesús vivió entre nosotros,[…]Hechos 1:21). Las enseñanzas del Espíritu Santo consistió, no en susurrarles hechos que no habían presenciado, sino más bien en reavivar el recuerdo que se desvanecía y en resaltar, en su verdadera importancia, los sucesos y dichos que se habían considerado demasiado a la ligera en el momento en que ocurrieron. Pero los apóstoles no podrían haber hablado del Espíritu como lo hicieron (Y nosotros somos testigos de estas cosas; y también el Espíritu Santo, el cual Dios ha dado a los que le obedecen.[…]Hechos 5:32; 15:28); a menos que supieran que obraba en ellos y con ellos, dirigiéndolos y manifestando que así era mediante señales inequívocas. Aquí está la respuesta, tanto a la pregunta de por qué no fue la primera preocupación de los apóstoles preparar un evangelio escrito, como también a los escrúpulos de quienes temen que la suposición de un evangelio oral sentaría un precedente para las perspectivas de la tradición que han sido la ruina de la Iglesia cristiana, ya que lo fueron de la judía. La guía del Espíritu Santo proporcionó por un tiempo la ayuda que hizo innecesario un evangelio escrito; pero los apóstoles vieron los peligros y errores a los que estaría expuesto un evangelio tradicional con el paso del tiempo; y, mientras aún predicaban el evangelio oral con la fuerza del Espíritu Santo, fueron amonestados por la misma Persona divina a preparar esos registros escritos que en adelante serían el alimento espiritual diario de toda la Iglesia de Cristo. Tampoco hay nada no natural en la suposición de que los apóstoles expresaran intencionalmente su testimonio en el mismo orden, e incluso, en su mayor parte, con la misma fórmula. Así, se acercarían más a la condición en la que se encontraría la Iglesia cuando los libros escritos fueran el medio de edificación. Citaban las Escrituras del Antiguo Testamento con frecuencia en sus discursos; y como su educación judía los había acostumbrado al uso de las palabras de la Biblia, así como al contenido, no violentarían sus prejuicios al asimilar los nuevos registros a los antiguos y al reducirlos a una "forma de las sanas palabras". Todos eran judíos, de origen humilde, todos igualmente cercanos, podemos suponer, al celo amoroso con el que observarían las obras de su Maestro y posteriormente propagarían su nombre; y su carácter se vería reducido a su nivel más bajo en tal grupo. El idioma de su primera predicación fue el sirio-caldeo, que era un idioma pobre y escaso; y aunque el griego estaba ahora ampliamente difundido, y era el idioma incluso de varios lugares de Palestina (Josefo, Ant. xvii. 11, § 4; 11.11.11, § 1), aunque prevalecía en Antioquía, de donde procedieron las primeras misiones a griegos y helenistas, o judíos que hablaban griego (Y cuando Pedro subió a Jerusalén, los que eran de la circuncisión le reprocharon,[…]Hechos 11:2; 13.1-3), la lengua griega, tal como la usaban los judíos, participaba de la pobreza del habla que reemplazó; ya que, de hecho, es imposible aprender un idioma completo sin tomar prestados los hábitos de pensamiento sobre los que se ha construido. Mientras que el gusto moderno apunta a la variedad de expresión y aborrece la repetición de las mismas frases por monótonas, la simplicidad de los hombres y su idioma, su educación y su nivel de alfabetización nos llevarían a esperar que los apóstoles no tuvieran tal sentimiento. En cuanto a esto, tenemos más que meras conjeturas en las que basarnos. Se dan repeticiones ocasionales en los evangelios (19 Y llamando Juan a dos de sus discípulos, los envió al Señor, diciendo: ¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro? 20 Cuando los hombres llegaron a El, dijeron: Juan el Bautista nos ha enviado a ti, diciendo: "¿Eres tú el que ha de venir, o e[…]Lucas 7:19-20; 19:31-34), algo que un escritor con un lenguaje más rico y culto tal vez habría buscado evitar. En los Hechos, la conversión de Pablo se relata tres veces (1 Saulo, respirando todavía amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, fue al sumo sacerdote, 2 y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, para que si encontraba algunos que pertenecieran al Camino, tanto hombres como mujeres, los pudie[…]Hechos 9; 22; 26), una por el escritor y dos por el propio Pablo; y las dos primeras armonizan exactamente, excepto en algunas expresiones y en una circunstancia más importante (Los hombres que iban con él se detuvieron atónitos, oyendo la voz, pero sin ver a nadie.[…]Hechos 9:7 = Y los que estaban conmigo vieron la luz, ciertamente, pero no comprendieron la voz del que me hablaba.[…]Hechos 22:9), que, sin embargo, admite una explicación, mientras que la tercera se desvía algo más en su expresión y tiene un pasaje peculiar. La visión de Cornelio también se relata tres veces (3 Como a la hora novena del día, vio claramente en una visión a un ángel de Dios que entraba a donde él estaba y le decía: Cornelio. 4 Mirándolo fijamente y atemorizado, Cornelio dijo: ¿Qué quieres, Señor? Y él le dijo: Tus oraciones y limosnas han a[…]Hechos 10:3-6; 30-32; 11:13,14), donde las palabras del ángel en las dos primeras son casi idénticas, y las demás muy similares, mientras que la otra es un relato abreviado de los mismos hechos. La visión de Pedro se relata dos veces (10 Tuvo hambre y deseaba comer; pero mientras le preparaban algo de comer, le sobrevino un éxtasis; 11 y vio* el cielo abierto y un objeto semejante a un gran lienzo que descendía, bajado a la tierra por las cuatro puntas; 12 había en él toda clase d[…]Hechos 10:10-16; 11:5-10) y, salvo en una o dos expresiones, la concordancia es verbalmente exacta. Estos pasajes de los Hechos, desde su parecido y diferencia con las narraciones de los evangelistas, muestran la misma tendencia hacia una forma común de narración que, según la presente perspectiva, pudo haber influido en la predicación de los apóstoles. Se supone, entonces, que la predicación de los apóstoles, y la enseñanza mediante la cual preparaban a otros para predicar, como lo hicieron, tendería a asumir una forma común, más o menos fija; y que las porciones de los tres evangelios que armonizan con mayor exactitud deben su concordancia no al hecho de que fueron copiadas una de la otra, aunque es imposible decir que el escritor posterior no hizo uso del anterior, ni a la existencia de algún documento original ahora perdido para nosotros, sino al hecho de que la predicación apostólica ya se había revestido de una forma establecida o habitual de palabras, a la que los escritores se inclinaban a conformarse sin sentirse obligados a hacerlo; y las diferencias que ocurren, a menudo en la proximidad más cercana a las armonías, surgen del sentimiento de independencia con el que cada uno escribió lo que había visto y oído, o, en el caso de Marcos y Lucas, lo que los testigos apostólicos les habían dicho. Las armonías, como hemos visto, se remontan al bautismo de Juan; es decir, a la consagración de Jesús a su tarea mesiánica; y con este acontecimiento probablemente comenzaría la predicación ordinaria de los apóstoles, pues su propósito era que Jesús es el Mesías, y que como Mesías sufrió, murió y resucitó. Son muy frecuentes a medida que nos acercamos al período de la Pasión, porque los sufrimientos de Jesús estarían en boca de cada uno que predicara el evangelio, y todos se familiarizarían con las palabras en que los apóstoles los describieron. Pero en cuanto a la Resurrección, que difería de la Pasión por ser un hecho que los enemigos del cristianismo se sentían obligados a disputar (Ellos tomaron el dinero e hicieron como se les había instruido. Y este dicho se divulgó extensamente entre los judíos hasta hoy.[…]Mateo 28:15), es posible que la divergencia surgiera de la intención de cada evangelista de aportar algo al peso de la evidencia de esta verdad central. En consecuencia, los cuatro, incluso Después se apareció a los once mismos cuando estaban sentados a la mesa, y los reprendió por su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado.[…]Marcos 16:14, quien a menudo arroja nueva luz sobre temas antiguos que abre nuevos, mencionan distintos actos y apariciones de Jesús para establecer que efectivamente resucitó. La concordancia verbal es mayor cuando se registran las palabras de otros, y mayor aún cuando son las de Jesús, porque aquí la predicación apostólica sería especialmente exacta; y donde el hecho histórico es la expresión de ciertas palabras, el deber del historiador se limita a un simple registro de ellas.

¿Cómo influye esta última teoría en nuestra creencia en la inspiración de los evangelios? Esta trascendental pregunta admite una respuesta satisfactoria. Jesús, en cinco ocasiones diferentes, prometió a los apóstoles la guía divina para enseñarles e iluminarlos en sus peligros (Pero cuando os entreguen, no os preocupéis de cómo o qué hablaréis; porque a esa hora se os dará lo que habréis de hablar.[…]Mateo 10:19; 11 Y cuando os lleven a las sinagogas y ante los gobernantes y las autoridades, no os preocupéis de cómo o de qué hablaréis en defensa propia, o qué vais a decir; 12 porque el Espíritu Santo en esa misma hora os enseñará lo que debéis decir. […]Lucas 12:11-12; Y cuando os lleven y os entreguen, no os preocupéis de antemano por lo que vais a decir, sino que lo que os sea dado en aquella hora, eso hablad; porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu Santo.[…]Marcos 13:11; y 1 No se turbe vuestro corazón; creed en Dios, creed también en mí. 2 En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para vosotros. 3 Y si me voy y preparo un lugar para vosotros, vendré[…]Juan 14; 15; 16). Les ordenó que no se preocuparan por defenderse ante los jueces; les prometió el Espíritu de verdad para guiarlos a toda la verdad, enseñarles todas las cosas y recordarles todo. Que esta promesa se cumplió plenamente para ellos, la historia de los Hechos lo demuestra suficientemente. Pero si la asistencia divina les fue concedida en sus discursos y predicación, también se les habría brindado cuando estuvieran a punto de escribir el mismo evangelio que predicaban; y, como éste sería su momento de mayor necesidad, la ayuda les sería concedida con toda seguridad. Así que, en cuanto a Mateo y Juan, podemos decir que sus evangelios son inspirados porque sus escritores fueron inspirados, según la promesa de su Maestro; pues es imposible suponer que Aquel que puso palabras en sus bocas cuando comparecieron ante un tribunal humano, sin temer a la muerte ante ellos, les negara su luz y verdad cuando la falta de ellas extraviaría a toda la Iglesia de Cristo y convertiría la luz que había en ella en tinieblas. El caso de los otros dos evangelistas es algo diferente. Siempre se ha sostenido que escribieron bajo la guía de apóstoles: Marcos de Pedro y Lucas de Pablo. No se nos dice expresamente, de hecho, que estos mismos evangelistas fueran personas a quienes se habían extendido las promesas de guía sobrenatural de Cristo, pero ciertamente no se limitó a los doce a quienes se hizo originalmente, como lo prueba el caso de Pablo mismo, quien fue admitido a todos los privilegios de un apóstol, aunque, por así decirlo, "nació fuera de tiempo"; y como Marcos y Lucas fueron compañeros de los apóstoles —compartieron sus peligros, se enfrentaron a tribunales hostiles, tuvieron que enseñar y predicar—, hay razones para pensar que disfrutaron por igual de lo que necesitaban por igual. En Porque pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros no imponeros mayor carga que estas cosas esenciales:[…]Hechos 15:28, se habla del Espíritu Santo como guía y luz común de todos los hermanos, no solo de los apóstoles; más aún, para decirlo con reverencia, como uno de ellos. De modo que los evangelios de Marcos y Lucas parecen haber sido admitidos en el canon de las Escrituras tal como fueron escritos por hombres inspirados en estrecha y libre comunicación con apóstoles inspirados. Pero suponiendo que la parte de los tres primeros evangelios, que es común a todos, se haya derivado de la predicación de los apóstoles en general, entonces se extrae directamente de una fuente que sabemos, por Jesús mismo, que fue inspirada. Nos llega de aquellos apóstoles en cuyas bocas Cristo prometió poner las palabras de su Espíritu Santo. No proviene de un escrito anónimo, como cree Eichhorn —no es que los tres testigos sean realmente uno, como Story y otros han sugerido en la teoría de la copia—, sino que la predicación diaria de todos los apóstoles y maestros ha encontrado tres transcriptores independientes en los tres evangelistas. Ahora bien, la inspiración de un escrito histórico consistirá en su veracidad y en la selección de los acontecimientos. Todo lo narrado debe ser sustancial y exactamente verdadero, y la comparación de los evangelios entre sí no nos ofrece nada que no cumpla con esta prueba. Hay diferencias en la disposición de los acontecimientos; aquí se aportan algunos detalles de una narración o un discurso que faltan; y si el escritor hubiera profesado seguir un orden cronológico estricto, o hubiera pretendido que su registro no solo era verdadero sino completo, entonces una inversión del orden, o una omisión de una sílaba, lo condenaría por inexactitud. Pero si es evidente —si es casi una confesión— que los datos cronológicos minuciosos no forman parte del propósito del escritor, si también es evidente que solo se pretende una selección de los hechos, o, de hecho, posible (Y hay también muchas otras cosas que Jesús hizo, que si se escribieran* en detalle, pienso que ni aun el mundo mismo podría* contener los libros que se escribirían*.[…]Juan 21:25)— entonces la prueba adecuada que se debe aplicar es si cada uno nos da una imagen de la vida y el ministerio de Jesús que es coherente en sí misma y coherente con las demás, tal que sea adecuada para el uso de aquellos que iban a creer en Su Nombre, pues esta es su intención evidente. Sobre la respuesta no debería haber duda. Hemos visto que cada evangelio tiene sus propias características, y que el elemento divino ha controlado al humano, pero no lo ha destruido. Pero la imagen que conspiran para dibujar está llena de armonía. El Salvador que todos describen es el mismo guía amoroso y tierno de sus discípulos, compadecido con ellos en las adversidades y tentaciones de la vida terrenal, pero siempre dispuesto a iluminar esa vida con rayos de verdad provenientes del mundo infinito donde el Padre se sienta en su trono. Se ha dicho que Mateo retrata más bien el lado humano, y Juan el divino; pero esto es válido solo en un sentido limitado. Es en Juan donde leemos que "Jesús lloró"; y no hay nada, ni siquiera en el último discurso de Jesús, según lo relata Juan, que abra una visión más profunda de su naturaleza divina que las palabras de 25 En aquel tiempo, hablando Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a sabios e inteligentes, y las revelaste a los niños. 26 Sí, Padre, porque así fue de tu agrado. 27 Todas las cosas me han sido en[…]Mateo 11:25-30 que comienzan con: "Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las has revelado a los niños". Todos revelan al mismo Maestro divino y humano; aquí se dibujan cuatro copias del mismo retrato, quizás con una diferencia de expresión, pero aún así idéntico. Es un retrato como nadie había delineado antes, ni, de hecho, podría haberlo hecho, salvo habiéndolo contemplado con ojos observadores y habiendo tenido la mente iluminada por el Espíritu Santo para comprender rasgos de tan indescriptible resistencia. No solo esta suprema "armonía de los evangelios" se manifiesta a todo lector piadoso de la Biblia, sino que la armonía inferior —la concordancia entre hechos y palabras en todo lo relacionado con el ministerio de Jesús, en todo lo que contribuye a una visión verdadera de su carácter inmaculado— también existe, y no se puede negar. Por ejemplo, todos dicen que Jesús se transfiguró en el monte; que la gloria divina brilló en su rostro; que Moisés, el legislador, y Elías, el profeta, hablaron con él; y que la voz del cielo dio testimonio de él. ¿Acaso hay alguna imputación sobre la veracidad de las historias que solo Mateo nos diga que los testigos cayeron postrados en tierra y que Jesús los levantó? ¿O que solo Lucas nos diga que durante un tiempo estuvieron sumidos en el sueño? Además, un evangelio, al describir la tentación de Jesús, sigue el orden de los sucesos, otro los ordena según los grados de tentación, y el tercero, pasando por alto todos los detalles, simplemente menciona que Jesús fue tentado. ¿Hay algo aquí que pueda quebrantar nuestra fe en los escritores como historiadores creíbles? ¿Tratamos otras historias con este espíritu exigente? ¿No es la propia independencia del tratamiento la garantía de que realmente tenemos tres testigos de que Jesús fue tentado como nosotros? porque si los evangelistas hubieran sido co-evangelistas, nada habría sido más fácil que eliminar una diferencia tan obvia en esto. Las historias son verdaderas según cualquier teoría que se aplique a una historia; y los pasajes que seleccionan, son al menos tales que han dado a toda la Iglesia cristiana una concepción clara de la vida del Redentor, de modo que nadie se ha quejado jamás de medios insuficientes para conocerlo.

Existe una forma pervertida de la teoría que consideramos, que pretende que los hechos de la vida del Redentor permanecieron en el estado de tradición oral hasta la última parte del siglo II y que los cuatro evangelios no se escribieron hasta esa época. La diferencia no es de grado, sino de tipo, entre la opinión de que los evangelios se escribieron durante la vida de los apóstoles, que fueron testigos oculares, y la noción de que durante casi un siglo después de que el más antiguo de ellos falleciera, el resto de los acontecimientos solo se conservaron en la forma cambiante e insegura de un relato oral. Pero para esta última opinión no hay ni una chispa de historia. Los herejes del siglo II, que con gusto habrían rechazado y desenmascarado un nuevo evangelio que los atacara, nunca insinúan que los evangelios fueran espurios; y los escritores ortodoxos atribuyen sin contradicción la autoría de los libros a aquellos cuyos nombres llevan. La teoría se inventó para concordar con la suposición de que los milagros son imposibles, pero sin ninguna evidencia; y el argumento, al ser expuesto, se desvía en este círculo vicioso: "No hay milagros, por lo tanto, los relatos sobre ellos deben haber surgido en el transcurso de un siglo a partir de la exageración popular, y como los relatos no son contemporáneos, no se prueba que existan milagros". Que la mente judía, en su más baja decadencia, hubiera inventado el personaje de Jesús de Nazaret y el sublime sistema de moralidad contenido en sus enseñanzas, que cuatro escritores hubieran fijado la impresión popular en cuatro narrativas sencillas y directas, sin ningún arrebato de prejuicio nacional ni ningún intento de dar un tono político a los sucesos que escribieron, sería en sí mismo un milagro más difícil de creer que Lázaro salió de su tumba de cuatro días al llamado de Jesús.

Pero la teoría que lleva el nombre de Strauss está lejos de estar claramente definida y ser coherente con la propia declaración del autor; y su Vida de Jesús, aunque obra de gran erudición en detalle, es singularmente deficiente en exhaustividad y unidad. La teoría, en resumen, es la siguiente: Jesús era hijo de José y María. En su infancia, demostró una inteligencia y facultades excepcionales, en comparación con sus ventajas externas, y fue objeto de admiración en el humilde círculo familiar en el que se formó. Pronto se convirtió en discípulo de Juan el Bautista; y, debido a su profunda simpatía por su entusiasta expectativa de la pronta llegada del Mesías (una expectativa que albergaban vívidamente todos los judíos leales de aquella época), concibió la idea de asumir ese personaje y lo personificó con tanto éxito que se convirtió en su propia víctima, pasando así inconscientemente de la impostura al autoengaño. Hizo prosélitos, escogió discípulos, pronunció discursos que impresionaron profundamente a la opinión pública y se ganó la hostilidad de los principales hombres de la nación, especialmente de los fariseos. Procuraron su ejecución como traidor; pero sus discípulos, creyendo que Jesús no podía mentir, sostenían que debía haber resucitado vivo del sepulcro y, como no había sido visto entre los hombres después de su crucifixión, que había ascendido al cielo. Esta sencilla historia de vida se convirtió en la base de una multitud de mitos, narraciones no intencionalmente falsas ni inventadas conscientemente, sino algunas que dieron lugar a una mayor credibilidad popular; otras, formas simbólicas en las que sus discípulos se atrevieron a encarnar las doctrinas y preceptos que constituían la base de sus discursos. Su nacimiento milagroso fue imaginado y creído, porque parecía imposible que el Mesías hubiera nacido como los demás hombres. Se le atribuían obras sobrenaturales, porque las leyendas hebreas las atribuían a los antiguos profetas, y no podía ser que aquel que era mayor que ellos, y de quien se creía que habían escrito predicciones brillantes, no hubiera realizado milagros más misteriosos y maravillosos que cualquiera de ellos. Sus apariciones después de su resurrección fueron inventadas, definidas en tiempo y lugar, e incorporadas a la fe de sus discípulos, porque era inconcebible que hubiera regresado a la vida sin ser visto. Estos mitos tuvieron su origen principalmente fuera del círculo de los apóstoles y las personas más cercanas a Jesús, y probablemente se debieron en gran parte a la imaginación constructiva de los habitantes de las zonas de Galilea donde permaneció poco tiempo, o de admiradores que habían sido sus compañeros solo por un breve período. El elemento mítico, una vez introducido en su historia, experimentó un rápido crecimiento durante unos treinta, cuarenta o cincuenta años después de su muerte, y nuevos incidentes acordes con el ideal mesiánico se añadieron constantemente al multiforme evangelio oral propagado y transmitido por sus discípulos. Durante ese período, diversas personas, ninguna de ellas apóstoles ni amigos íntimos de Jesús, recopilaron las narraciones que les habían llegado; y de estas narraciones han llegado hasta nosotros nuestros cuatro evangelios, junto con otras historias fragmentarias de igual autoridad, que llevan la denominación popular de evangelios apócrifos.

Tal es la complejidad de la teoría mítica de Strauss, tal como se desarrolla en su Vida de Jesús, publicada en 1835-36, reeditada con frecuencia. En su nueva obra, publicada en 1864, The Life of Jesus for the German People, se aparta de su postura anterior hasta el punto de acusar a los propagandistas e historiadores del cristianismo de falsificaciones deliberadas y conscientes, y de sostener, con los críticos de la escuela de Tubinga, que los cuatro evangelios fueron escritos, en gran parte, para sancionar y promover las creencias dogmáticas de sus respectivos autores, y que, por lo tanto, representan tantas tendencias teológicas divergentes. Al asumir esta base, Strauss amplía la definición del término mito, que ya no denota simplemente el desarrollo fabuloso o la encarnación de una idea sin intención fraudulenta, pero incluye falsedades descabelladas diseñadas para expresar, promulgar o sancionar dogmas teológicos.

Hemos dicho que Strauss admite un oasis histórico para la estructura mítica erigida por los evangelistas. ¿Cómo determinar esta base? ¿Cómo distinguir entre hechos y mitos? (1) El orden habitual de la naturaleza no puede, en ningún caso, manera o medida, haber sido interrumpido. Por lo tanto, todo incidente sobrenatural debe considerarse mítico. (2) Habiendo sido Jesús considerado el Mesías, era inevitable que se hicieran representaciones de él de acuerdo con las nociones mesiánicas de su tiempo y pueblo, y con las predicciones consideradas mesiánicas en los escritos de los profetas hebreos. En consecuencia, todas estas representaciones, aunque no impliquen nada sobrenatural, como su descendencia de David y su huida a Egipto, son al menos sospechosas y pueden considerarse mitos con seguridad. (3) Su Sus admiradores probablemente le habrían atribuido dichos y hechos que se corresponden con los registrados de varias personas distinguidas de la historia judía. Por lo tanto, toda parte de la narración que guarde alguna semejanza o analogía con algún incidente relatado en el Antiguo Testamento es mítico. Pero (4), por otro lado, Jesús era hebreo, confinado en el estrecho círculo de las ideas judías, y no bajo ninguna formación o influencia que pudiera haber ampliado ese círculo. En consecuencia, toda supuesta declaración, y toda idea de su misión y carácter, que sea más amplia y elevada que el judaísmo más estricto, también es mítica. Así, tenemos un personaje histórico, de quien el crítico niega a la vez todo lo nacional y todo lo extranacional. Por paridad de razonamiento, podríamos, en la biografía de Washington, arrojar sospechas sobre todo lo que se le atribuye haber dicho o hecho como un estadounidense leal, porque lo era, y su biógrafo, por supuesto, le atribuiría los atributos de un estadounidense; y sobre todo lo que se le atribuye haber dicho o hecho impulsado por un mayor sentido de humanidad, porque, siendo estadounidense, era imposible que fuera algo más; un estilo de crítica que, con referencia a cualquier personaje que no fuera sagrado, el mundo consideraría simplemente idiota. Pero esto no es todo. (5) Aunque entre los historiadores seculares, incluso de períodos y sucesos bien conocidos, hay discrepancias en detalles menores, y estos se consideran confirmaciones de los hechos principales, como evidencia de la independencia mutua de los escritores considerados como autoridades separadas, por alguna razón inexplicable y para nosotros inescrutable, esta ley no se aplica a los evangelios. En ellos, cualquier discrepancia, por mínima que sea, arroja una sospecha justa sobre un supuesto hecho o un discurso o conversación registrados. Esta sospecha se extiende incluso a la omisión o la variada narración de detalles muy leves, sin tener en cuenta los diferentes puntos de vista que necesariamente deben ocupar varios testigos independientes, ni las diferentes partes de una transacción o discurso prolongado que llegarían a sus ojos u oídos, según estuvieran más lejos o más cerca, más temprano o más tarde en el terreno, más o menos absortos en lo que estaba sucediendo. Todo, por lo tanto, en lo que los evangelios varían entre sí, es mítico. Pero mientras que su variación siempre indica un mito (6), su estrecha concordancia exige la misma interpretación; pues dondequiera que los diversos narradores coincidan circunstancial y verbalmente, su coincidencia indica alguna fuente legendaria común. Así, mutuamente inconsistentes y contradictorias son las diversas pruebas recibidas por Strauss para separar el mito de la realidad. En la práctica, si la Vida de Jesús de Strauss se hubiera perdido para el mundo, se podría reconstruir clasificándola como mito, bajo uno o más de los encabezados que hemos especificado; cada hecho de la historia de Jesús, y cada acto o expresión suya, que indique la divinidad de su misión, su sabiduría incomparable o la belleza, pureza y excelencia trascendentales de su carácter.

Sin embargo, aunque Jesús es representado en parte como un autoengañado y en parte como un impostor, y su biografía, en todos sus rasgos distintivos, es completamente ficticia, por extraño que parezca, Strauss reconoce esta biografía como un símbolo de la historia espiritual de la humanidad. Lo que es falso respecto del Jesús individual es cierto respecto de la raza. La humanidad es "Dios manifestado en carne", hija de la madre visible, la Naturaleza, y del padre invisible, el Espíritu. Obra milagros, pues somete a la Naturaleza en sí misma y a su alrededor por el poder del Espíritu. Es impecable; libre de contaminación. Se adhiere al individuo, pero no afecta a la raza ni a su historia. Muere, resucita y asciende al cielo; pues la supresión de su vida personal y terrenal —en otras palabras, la aniquilación de los hombres individuales por la muerte— es una reunión con el Padre Todopoderoso, el Espíritu. La fe en este fárrago metafísico justifica y santifica la fe cristiana. Así, una historia, que es producto conjunto de la impostura y la credibilidad, por una extraña casualidad (pues la providencia no existe), se ha convertido en una representación simbólica de la verdadera filosofía espiritual.

A continuación, se presentan algunas de las principales consideraciones teóricas, que se oponen con razón a la teoría mítica.

1. Esta teoría asume que los milagros son imposibles. Pero, ¿por qué son imposibles si existe Dios? El poder que estableció el orden de la naturaleza incluye el poder de suspenderlo o modificarlo, como lo mayor incluye lo menor. Si ese orden fue establecido con un propósito moral y espiritual, para beneficio de seres racionales, responsables e inmortales, y si ese mismo propósito puede percibirse mediante la suspensión de causas próximas en cualquier época de la historia humana, entonces podemos esperar encontrar vestigios auténticos de dicha época. Todo lo que se necesita para que los milagros sean creíbles es el descubrimiento de un propósito adecuado, un fin justificante. Tal propósito, tal fin, es el desarrollo de las más altas formas de bondad en la conducta y el carácter humanos; y si los milagros —reales o imaginarios— han desempeñado un papel esencial en dicho desarrollo, es una pregunta histórica que estamos capacitados para responder. Supongamos que anotamos los nombres de todos los hombres que han dejado una reputación de excelencia preeminente: orientales, griegos, romanos, antiguos, modernos, las luces de las épocas oscuras, los representantes escogidos de cada escuela filosófica, el producto final de la civilización más elevada de todo tipo, renovadores, filántropos, aquellos que han alcanzado las posiciones más elevadas, aquellos que han hecho ilustres las posiciones más bajas. Separemos entonces los nombres en dos columnas, colocando a los cristianos en una columna y al resto en la otra. Descubriremos que hemos hecho una división horizontal: el más pequeño en la columna cristiana es mayor que el más grande fuera de ella. De Pablo, Pedro y Juan; de Martyn, Doddridge, Judson, hombres cuyo genio y cultura conspiraron con su piedad para hacerlos muy buenos, hasta el iletrado calderero de Bedford, John Pounds el zapatero remendón, la hija del lechero, con la educación justa suficiente para leer su Biblia y conocer la voluntad de su Señor, encontramos rasgos de carácter, que en parte no son compartidos en ningún grado, en parte apenas remotamente aproximados, por los mejores hombres fuera del ámbito cristiano.

Ahora bien, cuando examinamos los elementos y procesos formativos de estos caracteres cristianos, encontraremos que los milagros del Nuevo Testamento ocupan un lugar primordial, y nos resultará imposible incluso concebir su formación bajo la teoría mítica. Es absurdo pensar en Pablo abarcando mar y tierra, desnudando su espalda al látigo, buscando la corona del martirio, para defender una resurrección y ascensión míticas de la humanidad; de Martyn o Judson, quienes renunciaron a todas las alegrías de la vida civilizada y se enfrentaron a dificultades peores que la muerte para predicar el straussianismo; del evangelio según Strauss, que sustituyó al evangelio de Mateo o Juan en manos del calderero o la lechera, desarrollando el espíritu de santidad y anunciando las muertes triunfantes, de las que tenemos registros tan frecuente en los anales de los pobres. Estos hombres y mujeres santos han sido guiados y sostenidos virtualmente por la autoridad de un Legislador divinamente comisionado, cuyas palabras han recibido porque él había sido proclamado y atestiguado como el Hijo de Dios por el poder de lo alto. Han tenido una fe activa en la inmortalidad —una fe como ningún razonamiento, analogía o instinto jamás ha dado— porque han permanecido en sus pensamientos junto al féretro a las puertas de Naín y junto a la tumba de Betania; porque han visto la luz que emana del sepulcro roto del crucificado y han escuchado la voz del ángel de la resurrección. Ahora bien, si el desarrollo del más alto estilo de carácter humano es un propósito digno de Dios, y si, de hecho, la creencia en milagros ha desempeñado un papel esencial en el desarrollo de tales caracteres, entonces los milagros no solo son posibles, sino precedentemente probables e intrínsecamente creíbles. Y este es un argumento que no puede ser impugnado hasta que el straussianismo haya proporcionado al menos unos pocos caracteres acabados, que podamos colocar junto a aquellos que han sido formados por la fe en un Maestro y Salvador milagrosamente capacitado.

El milagro, al estar claramente dentro del ámbito de la omnipotencia, solo necesita un testimonio adecuado para justificarlo. Es cierto que se apela al testimonio humano como prueba del orden inquebrantable de la naturaleza; pero, en la medida en que va, prueba lo contrario. No podemos rastrear ninguna línea de testimonio que no alcance una época milagrosa. De hecho, si hay algún elemento de la naturaleza humana que sea universal, con excepciones tan raras como la idiotez o la locura, es el apetito por los milagros. Siendo tal el anhelo instintivo de la naturaleza humana por aquello que está por encima de ella, es intrínsecamente probable que Dios haya respondido a este anhelo mediante voces auténticas del reino espiritual, mediante vislumbres auténticas tras el velo de los sentidos, mediante auténticas insinuaciones del brazo omnipotente desde debajo del manto de las causas próximas.

2. Strauss se refuta a sí mismo en su propio terreno. Sostiene la uniformidad de la ley de causalidad en todo tiempo, por igual en el universo material e intelectual, de modo que ningún fenómeno intelectual puede aparecer, excepto a partir de causas y en condiciones adecuadas para su existencia. Los mitos, por lo tanto, no pueden originarse, excepto por causas y bajo condiciones favorables para su nacimiento y desarrollo. Ahora bien, si examinamos los mitos indudables relacionados con la historia y la religión de las naciones antiguas, descubriremos que tuvieron su origen antes de la era de la literatura escrita; que su núcleo evidente debe buscarse en personajes y acontecimientos históricos de una época muy temprana; que adquirieron formas fantásticas y vastas proporciones mediante su transmisión de lengua en lengua, ya sea en relatos o canciones; que sus diversas versiones son el resultado de la tradición oral a través de diferentes canales, como en los estados separados de Grecia y entre las tribus aborígenes y los colonos prehistóricos de Italia; y que no reciben adiciones ni modificaciones esenciales después de la época en que comienza la historia auténtica. Así, los últimos dioses, semidioses y héroes milagrosos de la fábula griega —los que jamás vivieron— vivieron siete siglos antes de Heródoto, y no menos de cuatro siglos antes de Hesíodo y Homero; los diversos relatos que tenemos de ellos parecen haber existido en el período más temprano de la literatura griega; y no tenemos pruebas del origen de ninguna fábula extensa ni de la existencia de ningún personaje que se volviera mítico después de ese período. El caso es similar al de los mitos distintivamente romanos y las partes míticas de la historia romana. Todos son considerablemente anteriores a la historia y literatura escritas más tempranas de Roma; los períodos mítico e histórico de todas las naciones son completamente distintos entre sí. Ahora bien, la era cristiana se encuentra muy dentro del período histórico. De hecho, se relatan prodigios individuales en la historia de esa época, como de vez en cuando en la historia moderna e incluso reciente; pero los incidentes principales de las vidas individuales y las etapas sucesivas de los asuntos públicos y nacionales de esa época se detallan con la misma superficialidad con que se escribe la historia de los siglos XVII o XVIII. Sin embargo, si hubieran existido las condiciones para el crecimiento de los mitos, no habrían faltado personajes, cuyas vastas habilidades, extrañas vicisitudes de la fortuna y una fama extendida los habrían convertido en míticos. Es casi imposible que hubiera habido un suministro más abundante de material para mitos en la vida de Hércules, Cadmo o Medea, que en la de Julio César, Marco Antonio o Cleopatra. Tampoco se puede sostener que, en este sentido, Judea se encontrara en una etapa cultural más temprana y primitiva que Roma o Jerusalén. Josefo, el historiador judío, nació en torno a la muerte de Jesucristo y escribió casi en el período asignado por Strauss para la composición de los primeros evangelios.

3. Los mitos son vagos, intemporales, incoherentes, oníricos, poéticos; mientras que los evangelios son eminentemente prosaicos, circunstanciales y abundan en cuidadosas descripciones de personas y designaciones de lugares y tiempos. Las genealogías dadas en Mateo y Lucas son presentadas por Strauss como míticas; pero nada podría oponerse más rotundamente a nuestra idea de mito, y al carácter de los mitos reconocidos de la antigüedad, que tales catálogos de nombres. Creemos que ambas genealogías son auténticas; pues solo Mateo afirma dar la ascendencia natural y real de José, mientras que Lucas dice expresamente que da la genealogía legal de Jesús, y es bien sabido que la genealogía legal de un judío puede diferir ampliamente de la línea de su ascendencia real. Pero incluso si admitiéramos la supuesta inconsistencia de ambas, ambas presentan marcas indiscutibles de haber sido copiadas de documentos existentes, y no imaginadas ni inventadas. A lo largo de los evangelios encontramos, en estrecha conexión con los milagros de Cristo, detalles de la vida judía común, a menudo tan minuciosos y triviales que habrían quedado totalmente fuera del alcance de una ficción ambiciosa o una fantasía frívola, y solo habrían podido encontrar un lugar en la narración porque realmente ocurrieron. Los milagros no ocurren en un contexto propio, como lo habrían sido en una narración ficticia. Se insertan en una historia singularmente natural y realista, humilde y sin pretensiones. El estilo de los evangelistas no es el de hombres que se maravillaban, o esperaban que otros se maravillaran, de lo que relataban; pero es el estilo poco ambicioso de los hombres que esperaban ser creídos, y que estaban perfectamente satisfechos con los maravillosos acontecimientos que describían, y si relataban estos acontecimientos a partir de rumores, de una imaginación descontrolada o con una disposición a engañar, debieron haber escrito a menudo en un estilo inflado, con una profusión de epítetos, con frecuentes apelaciones al sentimiento de lo maravilloso, no exentos de la exhibición de argumentos para convencer a los incrédulos. Cuando no encontramos en la corriente de la historia evangélica ni una sola huella de dicción exagerada, ni una aceleración del pulso retórico, ni una desviación del flujo narrativo tranquilo, prosaico y circunstancial al describir sucesos como la caminata sobre el mar, la resurrección de Lázaro, la ascensión de Jesucristo al cielo, podemos explicar este fenómeno literario sin precedentes solo suponiendo que los testigos se habían familiarizado tanto con los milagros, ya sea por su propia experiencia o por su intimidad con testigos oculares, que los sucesos ajenos al curso ordinario de la naturaleza habían dejado de ser contemplados con asombro.

4. Otro argumento concluyente contra la teoría mítica se deriva de los sufrimientos y martirios de los cristianos primitivos. Strauss admite que el más antiguo de nuestros evangelios asumió su forma actual entre treinta y cuarenta años después de la muerte de Jesús. En aquel tiempo aún vivían multitudes de personas que podrían haber sido contemporáneas a Jesús y coetáneas a él, y que contaban con los medios para determinar la verdad respecto a su historia personal. Una mera fábula, sin consecuencias graves para quienes la recibieron, podría haber pasado desapercibida y haber sido devorada por hombres débiles y mujeres supersticiosas con fácil credibilidad. Pero los hombres no suelen arriesgar su reputación, sus propiedades ni sus vidas en historias que pueden comprobar, sin examinar cuidadosamente la evidencia de su veracidad. Ahora bien, ningún hecho histórico es más cierto que el de que, cuarenta años después de la muerte de Cristo, un gran número de personas, muchas de ellas nativas de Judea, sufrieron la más severa persecución e incurrieron en dolor y muerte ignominiosa por fuego, crucifixión y exposición a bestias feroces, como consecuencia de su creencia profesada en la misión divina, los dones milagrosos y la resurrección de Jesús. Muchas de estas personas eran hombres inteligentes y cultos. Debían saber hasta qué punto los supuestos hechos de la vida de Jesús habían sido confirmados por testigos oculares, y hasta qué punto y por qué motivos fueron cuestionados. Vivieron en una época en la que podrían haber juzgado a los testigos, y debieron ser más o menos humanos si sacrificaron sus vidas por meras exageraciones o fábulas. Strauss admite la autenticidad de varias de las epístolas de Pablo, y ni él ni nadie más duda de los prolongados sacrificios y sufrimientos de Pablo, ni de su sacrificio final como creyente cristiano. Las epístolas de Pablo muestran que fue un hombre de eminente poder y cultura; en opinión de muchos, el hombre más grande que Dios jamás creó; a juicio de todos, muy por encima de la mediocridad. Judío de nacimiento, educado en Jerusalén, familiarizado con las supuestas escenas y testigos de los milagros de Jesús, inicialmente perseguidor de la iglesia naciente, solo pudo haberse convertido en creyente y defensor de la fe cristiana con pruebas contundentes y con pleno conocimiento de los fundamentos de la incredulidad y la duda. Y tenemos su propia declaración de lo que creía, y especialmente de su indudable creencia en el milagro supremo de la resurrección de Jesús. No conocemos a ningún hombre cuyo testimonio sobre el estado del argumento, tal como se sostuvo en vida de los coetáneos de Jesús, sea tan valioso como el suyo; y es inconcebible que él, precisamente, haya sufrido o muerto para dar fe de lo que se suponía o sospechaba que eran mitos. Pero debemos multiplicar su testimonio por cientos, incluso por miles, para representar la magnitud y el peso del testimonio del martirio. Si bien no dudamos en absoluto de que nuestros evangelios fueron escritos, tres de ellos al menos en una fecha anterior a la que Strauss asigna al primero, y todos por los hombres cuyos nombres llevan, los consideraríamos, si fuera posible, más autenticados en cuanto a su contenido, si supusiéramos que son obras anónimas de fecha posterior; pues en ese caso, incorporarían narraciones ya selladas por la sangre martirizante de una multitud de testigos, y, por lo tanto, no serían la mera historia de sus autores, sino la historia de la iglesia colectiva.

5. El carácter de los cristianos primitivos es un argumento inexpugnable a favor de la verdad de la historia evangélica, en contraposición a la teoría mítica. No cabe duda alguna de que desde la vida de Jesús comenzó la regeneración moral de la humanidad. Virtudes que antes apenas tenían nombre, surgieron de repente. Vicios que habían sido embalsamados en canciones y apreciados en el corazón de la más alta civilización del imperio romano fueron condenados y denunciados. Un estándar ético más elevado —un estándar que aún no ha sido mejorado— fue propuesto por los primeros escritores cristianos y reconocido en todas las comunidades cristianas. Entre los primeros cristianos existían tipos de carácter que nunca han sido superados, y difícilmente igualados desde entonces. Strauss sostiene que no hay efectos incausados, ni efectos que no tengan causas plenamente compatibles con ellos mismos. Un joven judío, mitad entusiasta, mitad impostor, debió ser inconmensurablemente inferior a aquellos grandes filósofos y moralistas de la antigüedad clásica, que dejaron una huella profunda en la depravación de su propia y próspera época. Tal joven debió tener nociones muy vagas de moralidad y haber sido un ejemplo muy pobre de ella. Podría haber fundado una secta de fanáticos, pero no un grupo de hombres completamente puros, veraces y santos. Hay una flagrante insuficiencia; es más, una discrepancia total e irreconciliable entre la causa y el efecto. Podemos explicar la reforma moral que siguió al ministerio de Jesús solo suponiendo que estuviera dotado de una sabiduría superior y más serena, de un sentido más agudo de la verdad y la justicia, de una influencia más dominante sobre el corazón y la conciencia humanos, que la que jamás haya tenido cualquier otro ser que el mundo haya visto. Exteriormente, era un judío humilde, analfabeto, en una época degenerada, de un linaje nacional corrupto; y no hay forma de explicar su superioridad sobre todos los demás maestros de la verdad y el deber, a menos que creamos que poseía, por don de Dios, una preciada autoridad, de la cual su supuesto dominio sobre la naturaleza y victoria sobre la muerte no eran más que la expresión natural y adecuada.

6. Strauss basa su teoría en la suposición de que nuestros evangelios no fueron escritos por los hombres cuyos nombres llevan, sino que fueron obras de autores ahora desconocidos, en períodos posteriores e inciertos; y admite que la trama mítica que él supone que constituyen los evangelios no pudo haber tenido su origen bajo las manos, o con la sanción, de los apóstoles o sus compañeros. Pero la autenticidad de ningún antiguo, casi podríamos decir, de ninguna obra moderna se basa en evidencia más sólida que la autoría de nuestros evangelios por parte de los hombres cuyos nombres llevan. En épocas anteriores, su composición por sus ahora supuestos autores nunca fue negada ni cuestionada, ni siquiera por los herejes, quienes, por razones doctrinales, rechazaron algunos de ellos y habrían considerado conveniente rechazarlos todos; ni siquiera por los opositores judíos y gentiles del cristianismo, quienes argumentaron con vehemencia y vulgaridad contra su contenido sin cuestionar su autenticidad. Justino Mártir, quien escribió a mediados del siglo II, habla repetidamente de las Memorias de los Apóstoles, llamadas evangelios, y en su frecuente recapitulación de lo que afirma haber extraído de esta fuente, hay numerosas coincidencias con nuestros evangelios, no solo en los hechos narrados, sino también en palabras y pasajes de considerable extensión. A partir de sus obras existentes, casi podríamos reconstruir la historia del evangelio. Era un hombre de mente singularmente inquisitiva, de profundo conocimiento filosófico, de amplia y variada erudición; y es posible que no supiera si estos libros fueron recibidos sin cuestionamientos o si se encontraban bajo sospecha de un juicio espurio. Ireneo, quien escribió un poco más tarde, ofrece una descripción detallada de nuestros cuatro evangelios, nombrando a sus respectivos autores y señalando el orden y las circunstancias en que fueron leídos; y escribe, no solo en su propio nombre, sino en el de toda la Iglesia, afirmando que estos libros no fueron ni habían sido cuestionados por nadie. Estos son solo ejemplos de las numerosas autoridades que podrían citarse. Casi al mismo tiempo, Celso escribió contra el cristianismo, y se basó tanto en nuestros textos como en las narraciones autorizadas de la vida de Cristo, que casi podría hacerse una historia conexa de esa vida a partir de los pasajes existentes citados de sus escritos por sus oponentes cristianos.

A mediados y la segunda mitad del siglo II, había grandes grupos de cristianos en todas partes del mundo civilizado, y las copias de los evangelios se cuentan ahora por miles. Su recepción universal como obras de los hombres cuyos nombres ahora llevan solo puede explicarse por su autenticidad. Supongamos que fueran espurios, pero escritos y circulados en vida de los apóstoles; es imposible que no negaran abiertamente su autoría, y que esta negación no dejara rastros de sí misma en los días de Justino Mártir e Ireneo. Supongamos que se pusieran en circulación por primera vez bajo los nombres que ahora llevan, después de la muerte de los apóstoles; es inconcebible que no hubiera hombres lo suficientemente astutos como para preguntarse por qué no aparecieron mientras sus autores vivían, y su aparición tardía habría suscitado dudas y preguntas que no se habrían calmado durante varias generaciones. Supongamos que se publicaron y circularon por primera vez de forma anónima; debe haber habido una época en la que se les asignaron por primera vez los nombres de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y es imposible que la asociación de los nombres de hombres bien conocidos como autores a libros que habían sido anónimos no haya estado acompañada de graves dudas.

La declaración de Lucas en la introducción de su evangelio, y la propia naturaleza del caso, hacen seguro que numerosos otros relatos, más o menos auténticos, de la vida de Cristo se escribieron tempranamente, y algunos de ellos, comúnmente llamados evangelios apócrifos, aún existen. Pero tenemos amplia evidencia de que tales escritos no fueron recibidos como de autoridad, leídos en las iglesias ni sancionados por los funcionarios y líderes de las comunidades cristianas; y la mayoría desaparecieron en una fecha temprana. Ahora bien, es imposible explicar el descrédito y la supresión de estos escritos, a menos que la Iglesia estuviera en posesión de un registro autorizado. Si nuestros evangelios no tuvieran mayor autoridad que la que correspondía a esas narraciones, todos los relatos de la vida de Jesús habrían sido recibidos y transmitidos con igual crédito. Pero si hubo cuatro narraciones escritas por testigos oculares y sus acompañantes acreditados, mientras que el resto fueron escritos por personas con menos información y autoridad, entonces podemos explicar, como en ninguna otra forma, por el hecho admitido de que los cuatro evangelios expulsaron a todos los demás de la Iglesia y los llevaron al descrédito, casi al olvido.

Tenemos entonces abundantes razones para creer, y ninguna para dudar, de que nuestros cuatro evangelios actuales fueron escritos por los hombres cuyos nombres llevan; y si esto es cierto, por la confesión del propio Strauss, la teoría mítica es insostenible.


Bibliografía:
William Thomson, Andrew Preston Peabody, Dr. William Smith's Dictionary of the Bible.