Historia
EXPIACIÓN
- Importancia e historia de la doctrina. Presentación en el Nuevo Testamento
- Las cinco teorías principales de la expiación
- Teorías que inciden en Satanás; las "teorías victoriosas"
- Teorías que inciden en el hombre físicamente; "teorías místicas" y sus defensores
- Teorías que inciden en el hombre; "teorías de influencia moral"
- Teorías que inciden en el hombre primordialmente y en Dios secundariamente; teorías gubernamentales
- Teorías que inciden primordialmente en Dios y secundariamente en el hombre; "teorías de reconciliación"

La sustitución del término "satisfacción", para designar la obra de Cristo de salvar a los pecadores, por "expiación", el término más usual actualmente, es de alguna manera desafortunada. "Satisfacción" es un término más completo, más expresivo, menos ambiguo y más exacto. La palabra expiar o "expiación" aparece en el Nuevo Testamento en la traducción Reina-Valera de 1960 solamente en Por tanto, tenía que ser hecho semejante a sus hermanos en todo, a fin de que llegara a ser un misericordioso y fiel sumo sacerdote en las cosas que a Dios atañen, para hacer propiciación por los pecados del pueblo.[…]Hebreos 2:17; 10:6,8. En el Antiguo Testamento se emplea para traducir los términos hebreos kipper, kippurim, en el sentido de "propiciación", "expiación." En este sentido se ha aplicado a la obra de Cristo, descrita, en su naturaleza esencial, como una ofrenda expiatoria, que propicia a Dios y reconcilia al hombre con él. En el Nuevo Testamento se emplean muchos otros modos de describir la obra de Cristo, que, tomados en conjunto, muestran mucho más que una provisión, en su muerte, para la cancelación de la culpa humana. Por ejemplo, también se presenta como una provisión, en su justicia, para cumplir las demandas de la ley divina sobre la conducta de los hombres. Pero es innegable que en el centro de esta obra está su eficacia como sacrificio expiatorio, que garantiza el perdón de pecados, es decir, libera a sus beneficiarios de "las consecuencias penales que de otra manera la maldición de la ley quebrantada inevitablemente acarrearía." Jesús mismo dirigió la atención a este aspecto de su obra (así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.[…]Mateo 20:28; 26:28), estando incrustada en cada parte de la enseñanza del Nuevo Testamento, como en la epístola a los Por tanto, tenía que ser hecho semejante a sus hermanos en todo, a fin de que llegara a ser un misericordioso y fiel sumo sacerdote en las cosas que a Dios atañen, para hacer propiciación por los pecados del pueblo.[…]Hebreos 2:17, en la primera epístola de Pedro (Porque también Cristo murió por los pecados una sola vez, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, muerto en la carne pero vivificado en el espíritu;[…]1 Pedro 3:18) en la primera de Juan (El mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.[…]1 Juan 2:2), del mismo modo que en las de Pablo (Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo : enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne,[…]Romanos 8:3; Limpiad la levadura vieja para que seáis masa nueva, así como lo sois, sin levadura. Porque aun Cristo, nuestra Pascua, ha sido sacrificado.[…]1 Corintios 5:7; y andad en amor, así como también Cristo os amó y se dio a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma.[…]Efesios 5:2) para quien, obviamente, "el sacrificio de Cristo tuvo la significación de la muerte de una víctima inocente en lugar del culpable" y por tanto "emplea libremente la categoría de sustitución, que involucra el concepto de imputación o transferencia" de posición legal (W. P. Paterson, art. Sacrifice en DB, iv, 343-345). Teniendo en mente la importancia de esta idea, el Nuevo Testamento atribuye la eficacia salvadora de la obra de Cristo especialmente a su muerte, o su sangre, o su cruz (25 a quien Dios exhibió públicamente como propiciación por su sangre a través de la fe, como demostración de su justicia, porque en su tolerancia, Dios pasó por alto los pecados cometidos anteriormente, 26 para demostrar en este tiempo su justicia, a[…]Romanos 3:25-29; La copa de bendición que bendecimos, ¿no es la participación en la sangre de Cristo? El pan que partimos, ¿no es la participación en el cuerpo de Cristo?[…]1 Corintios 10:16; En El tenemos redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de su gracia[…]Efesios 1:7; 2:13; y por medio de El reconciliar todas las cosas consigo, habiendo hecho la paz por medio de la sangre de su cruz, por medio de El, repito, ya sean las que están en la tierra o las que están en los cielos.[…]Colosenses 1:20; 12 y no por medio de la sangre de machos cabríos y de becerros, sino por medio de su propia sangre, entró al Lugar Santísimo una vez para siempre, habiendo obtenido redención eterna. 14 ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual por el Espíritu eterno […]Hebreos 9:12,14; 2 según el previo conocimiento de Dios Padre, por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre: Que la gracia y la paz os sean multiplicadas. 19 sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y s[…]1 Pedro 1:2,19; mas si andamos en la luz, como El está en la luz, tenemos comunión los unos con los otros, y la sangre de Jesús su Hijo nos limpia de todo pecado.[…]1 Juan 1:7; 5:6-8; y de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos ama y nos libertó de nuestros pecados con su sangre,[…]Apocalipsis 1:5), de manera que se ha usado este énfasis para probar la ortodoxia de las diferentes teorías que se han elaborado sobre la naturaleza de la obra de Cristo. Todo lo que Cristo ha hecho por nosotros en el ámbito de su obra redentora está condicionado por el hecho de que llevó nuestros pecados en su propio cuerpo sobre la cruz, por lo que "la característica fundamental de la idea de la redención en el Nuevo Testamento es que la liberación de la culpa está en primer lugar; la emancipación del poder del pecado sigue tras ello y la remoción de todos los males de la vida constituye su etapa final." (O. Kirn, art. Erlösung en Hauck-Herzog, RE, v, 464).

La naturaleza exacta de la obra de Cristo en la redención no fue objeto de estudio detallado en la Iglesia antigua. Esto se debió parcialmente, sin duda, a la claridad de la presentación en el Nuevo Testamento como sacrificio expiatorio; aunque en parte también a que las mentes de los primeros maestros del cristianismo estuvieron centradas en otros problemas más inmediatos, tales como la resolución de los elementos esenciales de las doctrinas de Dios y de Cristo y el establecimiento de la incapacidad humana por el pecado y la absoluta dependencia de la gracia de Dios para la salvación. Mientras tanto, los cristianos se contentaron con hablar de la obra de Cristo en un lenguaje bíblico o en general más mediante ilustraciones y explicaciones, desarrollando ciertos aspectos de la misma, principalmente su eficacia como sacrificio, pero también, muy prominentemente, su realización como rescate para librarnos de la atadura de Satanás. De este modo no fue hasta finales del siglo XI que la naturaleza de la expiación recibió a manos de Anselmo († 1109) su primera discusión plena. Al presentarla, en términos derivados del derecho romano, en su esencia como una "satisfacción a la justicia divina," Anselmo la puso en su auténtica relación con las necesidades inherentes de la naturaleza divina y con la magnitud de la culpa humana, determinando de esta forma los bosquejos de la doctrina en el pensamiento posterior. Contemporáneos como Bernardo y Abelardo, sin duda hallaron difícil asimilar la doctrina recién bosquejada. El primero la ignoró en interés de la antigua noción de un rescate ofrecido a Satanás, el segundo la rechazó en favor de una teoría de influencia moral sobre el hombre. Pero gradualmente se fue abriendo paso. Hugo y Ricardo de San Víctor unieron a la doctrina otros elementos cuyo efecto fue curar su parcialidad, manifestando su victoria los grandes doctores de la época del escolasticismo desarrollado, al diferir entre sí principalmente solo en sus formas individuales de exponerla y defenderla. Buenaventura la desarrolla; Aquino la enriquece con sus distinciones sutiles; los tomistas y escotistas parten de ella y divergen sólo en la cuestión de si la "satisfacción" ofrecida por Cristo fue intrínsecamente equivalente a las exigencias de la justicia divina o simplemente fue aceptada para ese propósito por la gracia de Dios.


Por supuesto, esta gran exhaustividad de la doctrina de la "satisfacción de Cristo" no se ha hecho con el lugar que tiene sin controversia. Se han elaborado muchas "teorías de la expiación", poniendo cada una el énfasis en un fragmento de la verdad, olvidando o negando elementos complementarios, incluyendo ordinariamente el asunto central de la expiación de la culpa misma (comp. T. J. Crawford, The Doctrine of Holy Scripture Respecting the Atonement, Edimburgo, 1888, páginas 395—401; A. B. Bruce, The Humiliation of Christ, Edimburgo, 1881, conferencia 7; A. A. Hodge, The Atonement, Filadelfia, 1867, página 17 y sig.). Cada forma principal de esas teorías, en un método de declaración u otro, ha parecido en un tiempo u otro que se convertía en la doctrina común de las iglesias. En la edad patrística se habló con tanta predilección de la obra de Cristo como nuestra liberación del poder de Satanás, que es fácil sacar la falsa impresión de que los Padres pensaron predominantemente que cumplía ese único propósito. La denominada idea "mística", que tuvo representantes entre los Padres griegos y ha tenido siempre defensores en la Iglesia, apareció hacia mediados del siglo XIX siendo casi dominante en al menos el protestantismo europeo por la inmensa influencia de Schleiermacher. La "teoría gubernamental o rectoral" inventada por Grocio a principios del siglo XVII, con el fin de salvar algo del ataque de los socinianos, ha sido siempre un camino medio para aquellos que, tocados por el frío aliento del racionalismo, no han estado dispuestos a someter todo el núcleo de una "expiación objetiva", por lo que ha sido muy prominente en todas las épocas en las que la fe ha estado en decadencia. La teoría de la "influencia moral" obtuvo amplia difusión, primero en la persona del que fue probablemente el más agudo de todos los razonadores escolásticos, Pedro Abelardo, quien confrontaba en su formulación la doctrina de la "satisfacción", luego los socinianos en su vigorosa promulgación y de nuevo la clase inferior de los racionalistas; posteriormente sus entusiastas defensores, tal vez por una ilusión antinatural, han proclamado su victoria final (por ejemplo, G. B. Stevens, The Christian Doctrine of Salvation, Nueva York, 1905; pero comp. por contra, de la misma escuela, T. V. Tymms, The Christian Idea of Atonement, Londres, 1904, p. 8). Pero ninguna de esas teorías, por más atractivamente que puedan ser presentadas, o independientemente de la amplia aceptación que de vez en cuando puedan encontrar en círculos académicos, ha sido capaz de suplantar a la doctrina de la "satisfacción", ya sea en los credos formales de las iglesias, o en los corazones de los sencillos creyentes. A pesar de la fluidez del pensamiento moderno sobre el asunto, la doctrina de la "satisfacción" permanece hasta el día de hoy como la doctrina establecida de las iglesias en cuanto a la naturaleza de la obra redentora de Cristo.
Las cinco teorías principales de la expiación.
Una investigación de las diversas teorías de la expiación que se han mencionado se puede hacer desde muchos puntos de vista. Tal vez un método tan bueno como cualquier otro es ordenarlas de acuerdo a la noción que cada una sostiene sobre la persona o personas en las cuales la obra de Cristo incide. Cuando se ordenan de esta manera se abren naturalmente cinco clases que pueden ser enumeradas en orden ascendente.

al crucificado), carboncillo y lápiz de James Ensor.
Musées Royaux des Baeux-Arts, Bruselas
Son las teorías que conciben la obra de Cristo incidiendo sobre Satanás, de modo que contemplan la liberación de las almas retenidas bajo su esclavitud. Esas teorías, que han sido descritas subrayando el aspecto "victorioso" de la obra de Cristo, tuvieron amplia aceptación en la edad patrística (por ejemplo, Ireneo, Hipólito, Clemente de Alejandría, Orígenes, Basilio, los dos Gregorios, Cirilo de Alejandría, hasta Juan de Damasco y Nicolás de Metona; Hilario, Rufino, Jerónimo, Agustín, León Magno e incluso hasta Bernardo). Fueron feneciendo sólo gradualmente a medida que la doctrina de la "satisfacción" se abría paso. No sólo el pensamiento de Bernardo todavía va en esta misma línea, sino que incluso Lutero utilizó el concepto. La idea tomó muchas formas, hablando en algunas de ellas de compra, en otras de victoria y en algunas incluso de burla (por ejemplo, Orígenes) sobre el diablo. Pero sería injusto suponer que tales teorías representan en cualquiera de sus formas todo el pensamiento en cuanto a la obra de Cristo de aquellos que hicieron uso de ellas, o que fueron consideradas por ellos una declaración científica de la obra de Cristo. Las tales sólo incorporan el profundo sentido de sus autores sobre la atadura en la que los hombres estaban dominados por el pecado y la muerte, presentando vívidamente el rescate que Cristo ha forjado para nosotros, al vencer al que tenía el poder de la muerte.
Frómista, Palencia. Fotografía de Wenceslao Calvo
Las teorías que conciben la obra de Cristo incidiendo en el hombre, trayéndole, por una obra interior y escondida, a la participación en la vida de Cristo, son las denominadas "teorías místicas." El carácter fundamental es su descubrimiento del hecho salvador no en lo que Cristo enseñó o hizo, sino en lo que él fue. Es la encarnación, más que la enseñanza u obra de Cristo lo que subrayan, atribuyendo el poder salvador de Cristo no a lo que él hace por nosotros sino a lo que él hace en nosotros. Las tendencias hacia este tipo de teorías ya son fácilmente trazables en los Padres platónicos y con la entrada del neoplatonismo más desarrollado en la corriente del pensamiento cristiano, por los escritos del pseudo-Dionisio naturalizado en occidente por Juan Escoto Erígena, comenzó una constante tradición de enseñanza mística que nunca se apagó. En la época de la Reforma este tipo de pensamiento estuvo representado por hombres como Osiander, Schwenckfeld, Franck, Weigel y Böhme. Posteriormente se le daría un nuevo impulso por Schleiermacher y sus seguidores (por ejemplo, C. I. Nitzsch, Rothe, Schöberlein, Lange, Martensen), entre los cuales lo que se conoce como la "escuela de Mercersburgo" es de particular interés para los americanos (por ejemplo, J. W. Nevin, The Mystical Presence, Filadelfia, 1846). Un escritor muy influyente entre los teólogos ingleses de la misma clase fue F. D. Maurice (1805-72), aunque añadió a su idea fundamental mística de la obra de Cristo las nociones añadidas de que Cristo se identificó con nosotros y, al participar de nuestros sufrimientos, presenta un ejemplo perfecto de sacrificio a Dios (comp. especialmente Theological Essays, Londres, 1853; The Doctrine of Sacrifice, Cambridge, 1854). En este grupo hay que clasificar la teoría sugerida en los escritos tardíos de B. F. Westcott (The Victory of the Cross, Londres, 1888), que están basados en una hipótesis de la eficacia de la sangre de Cristo, prestada parece ser directamente de William Milligan (comp. The Ascension and Heavenly Highpriesthood of our Lord, Londres, 1892), si bien retrocede hasta los socinianos, en el sentido de que la ofrenda de Cristo de sí mismo no se ha de identificar con sus sufrimientos y muerte, sino más bien con la presentación de su vida (que está en su sangre, liberada mediante la muerte para este propósito) en el cielo. "Al estimar esta sangre eficaz en virtud de la vitalidad que contiene, el doctor Westcott sostiene que fue liberada del cuerpo de Cristo para que pueda vitalizar los nuestros, como si dijéramos, por transfusión (C. H. Waller, en Presbyterian and Reformed Review, ii, 1892, p. 656). Algo similar expone H. Clay Trumbell (The Blood Covenant, Nueva York, 1885) al concebir los sacrificios como la única forma de pacto de sangre, es decir, la institución de una fraternidad de sangre entre el hombre y Dios por transfusión de sangre, representando el sacrificio de Cristo la comunión en la sangre, es decir, en el principio de vida, entre Dios y el hombre, a los cuales Cristo representa. La teoría que ha sido llamada "salvación por el ejemplo" o salvación "por la extirpación gradual de la depravación" también tiene sus afinidades aquí. Algo parecido a eso ya viene de Félix de Urgel († 818), habiendo sido enseñada en su pleno desarrollo por Dippel (1673-1734), Swedenborg (1688-1772), Menken (1768-1831) y especialmente por Edward Irving (1792-1834), y, por supuesto, por los seguidores de Swedenborg (por ejemplo, B. F. Barrett). La esencia de esta teoría es que Cristo asumió la naturaleza humana tal como la encontró, esto es, caída y que esta naturaleza humana, asumida por él, fue por el poder de su naturaleza divina (o del Espíritu Santo morando en él más allá de toda medida) no sólo paralizada del pecado, sino purificada del mismo, presentándose perfecto ante Dios como primicias de una humanidad salvada; los hombres se salvan en la medida en que son participantes (por la fe) de esta humanidad purificada, al ser leudados por esta nueva levadura. Ciertos elementos que el teólogo alemán J. C. K. von Hofmann elaboró en su complicada y no totalmente estable teoría, una teoría que fue ocasión de mucha discusión a mediados del siglo XIX, reproducen algo del lenguaje característico de la teoría de la "salvación por el ejemplo."

de Matthias Grünewald, 1515;
en el museo Unterlinden, Colmar, Francia
Las teorías que conciben la obra de Cristo incidiendo en el hombre, de modo que le inducen a la acción, guiándolo a un mejor conocimiento de Dios o a un sentido más vívido de su auténtica relación con Dios, o a un cambio revolucionario de corazón y vida con referencia a Dios, son las denominadas "teorías de influencia moral." La esencia de las mismas es que transfieren el hecho expiatorio de la obra de Cristo a la respuesta que el alma humana da a las influencias o apelaciones que proceden de la obra de Cristo. La obra de Cristo tiene efecto inmediato no sobre Dios, sino sobre el hombre, llevándole a un estado de mente y corazón que será aceptable a Dios, por cuyo solo medio se puede decir que la obra de Cristo incide en Dios. En su nivel más elevado, esto significará que la obra de Cristo está dirigida para guiar al hombre al arrepentimiento y la fe, que el arrepentimiento y la fe garantizan el favor de Dios y efectúan lo que se puede atribuir a la obra de Cristo sólo mediatamente, esto es, por medio del arrepentimiento y la fe que produce en el hombre. Por tanto, ha sido bastante común decir, en esta escuela, que "es la fe y el arrepentimiento lo que cambia la actitud de Dios", afirmando los defensores de esta clase de teorías con total franqueza: "No hay otra expiación que el arrepentimiento." (Auguste Sabatier, La Doctrine de l'expiation et son évolution historique, París, 1903).
Diversas formas de esas teorías.
Las teorías de este tipo general difieren entre sí, según se ponga el énfasis entre los medios por los que Cristo incide en las mentes y corazones de los hombres, en su enseñanza, en su ejemplo, o en la impresión hecha por su vida de fe o en la manifestación del amor infinito de Dios asequible por su misión total. La presentación más poderosa nunca hecha de la primera de esas ideas fue probablemente la de los socinianos (seguidos posteriormente por los racionalistas, tanto primeros como postreros: Töllner, Bahrdt, Steinbart, Eberhard, Löffler, Henke, Wegscheider). Estimaron la obra de Cristo resumida en la proclamación de la disposición de Dios a perdonar pecados, sobre la única condición de su abandono y explicaron sus sufrimientos y muerte meramente como los de un mártir por causa de la justicia o en alguna otra manera no esencial. Las teorías que ponen el acento de la obra de Cristo sobre el ejemplo que nos ha dejado de una vida elevada y fiel o de una vida de amor sacrificial, han hallado representantes populares no sólo en la sutil teoría con la que F. D. Maurice presentó su idea mística y en las ideas en cierto modo amorfas con las que el predicador F. W. Robertson engalanó su idea de la vida de Cristo como una batalla larga (e impotente) contra el mal del mundo, ante el cual finalmente sucumbió, sino posteriormente en escritores como Auguste Sabatier, que no tiene complejo en transformar el cristianismo en mero altruismo y hacer del mismo lo que él denomina la religión de "la redención universal por el amor" esto es, el amor de cualquiera, no específicamente el amor de Cristo, pues cualquiera que ama se pone al lado de Cristo siendo, si no igualmente, un salvador tan auténticamente como él es (The Doctrine of the Atonement in its Historical Evolution, traducción inglesa, ut sup., páginas 131-134; también Otto Pfleiderer, Das Christusbild des urchristlichen Glaubens in religionsgeschichtlicher Beleuchtung, Berlín, 1903; comp. Horace Bushnell, Vicarious Sacrifice, Nueva York, 1865, p. 107: "El sacrificio vicario no fue en ningún modo peculiar"). A esta misma categoría general pertenece también la teoría a la que Albrecht Ritschl dio amplia difusión. Según la misma la obra de Cristo consiste en el establecimiento del reino de Dios en el mundo, esto es, en la revelación del amor de Dios a los hombres y sus propósitos de gracia para con ellos. De este modo Jesús se convierte en el primer objeto de este amor y como tal en mediador de los demás; sus sufrimientos y muerte son, por un lado, una prueba de su fidelidad, y, por otro, la coronación de su obediencia (Rechtfertigung und Versöhnung, iii, §§ 41-61, 3ª edición, Bonn, 1888). De forma similar, aunque con muchas modificaciones, que en algunos casos no son insignificantes, escritores tales como W. Herrmann (Der Verkehr des Christen mit Gott, Stuttgart, 1886, p. 93), J. Kaftan (Dogmatik, Tubinga, 1901, página 446 y sig.), F. A. B. Nitzsch (Evangelische Dogmatik, Friburgo, 1892, páginas 504-513), T. Häring (en su Ueber das Bleibende im Glauben an Christus, Stuttgart, 1880, donde procura completar la idea de Ritschl, añadiendo la de que Cristo ofreció a Dios un sufrimiento perfecto por el pecado del mundo, que complementa nuestro arrepentimiento imperfecto; en sus escritos posteriores, Zu Ritschl's Versöhnungslehre, Zurich, 1888, Zur Versöhnungslehre, Gotinga, 1893, asume la teoría de Grocio), E. Kühl (Die Heilsbedeutung des Todes Christi, Berlín, 1890), G. A. F. Ecklin (Die Heilswerth des Todes Jesu, Gütersloh, 1888; Christus Unser Bürge, Basilea, 1900 y especialmente Erlösung und Versöhnung, 1903, que es una elaborada historia de la doctrina desde el punto de vista de lo que Ecklin denomina en antagonismo hacia la idea "sustitutiva-expiatoria" la noción "solidaria-reparatoria" de la expiación, cuya idea es que Cristo vino para salvar a los hombres no primordialmente de la culpa, sino del poder del pecado y de que "la única satisfacción que Dios demanda para su honor violado es la restauración de la obediencia" p. 647). La forma más popular de la teorías de la "influencia moral" ha sido siempre aquella en la que el énfasis se pone en la manifestación hecha en la misión y obra total de Cristo del inefable e inescrutable amor de Dios hacia los pecadores, que, siendo percibido, quebranta nuestra oposición a Dios, ablanda nuestros corazones y nos lleva como hijos pródigos a los brazos del Padre. En esta forma la teoría fue defendida (pero con la sugerencia de que hay otro lado de la misma), por ejemplo, por S. T. Coleridge (Aids to Reflection), siendo recomendada a los lectores de habla inglesa con una extraordinaria habilidad por John Young de Edimburgo (The Life and Light of Men, Londres, 1866) y con el más grande atractivo literario por Horace Bushnell (Vicarious Sacrifice, Nueva York, 1865); posteriormente sería presentada en una forma elaborada y polémica por W. N. Clarke (An Outline of Christian Theology, Nueva York, 1898, páginas 341-367), T. Vincent Tymms (The Christian Idea of Atonement, Londres, 1904), G. B. Stevens (The Christian Doctrine of Salvation, Nueva York, 1905) y C. M. Mead (Irenic Theology, Nueva York, 1905).
En un volumen de ensayos publicados primero en Andover Review (iv, 1885, página 57 y sig.) y posteriormente recopilados en otro bajo el título Progressive Orthodoxy (Boston, 1886), los profesores del seminario Andover hicieron un intento de enriquecer la teoría de la expiación de la "influencia moral" según una forma bastante común en Alemania, con elementos derivados de otras formas bien conocidas de enseñanza. En esta elaboración, la obra de Cristo consiste primordialmente en transmitir al hombre una revelación del odio de Dios hacia el pecado y del amor por las almas, lo que hace al hombre capaz del arrepentimiento y le guía al mismo; mediante este arrepentimiento, entonces, junto con la propia expresión de empatía de Cristo en el arrepentimiento, Dios es propiciado. Aquí la obra de Cristo se supone que tiene al menos algo, aunque secundariamente, de incidencia en Dios, pudiéndose hablar de una propiciación de Dios por medio de Cristo, aunque es realizada por un "arrepentimiento de empatía." Por tanto, se ha convertido en normal para aquellos que han adoptado este modo de entendimiento decir que hubo en esta obra expiatoria no verdaderamente "una sustitución de un Cristo impecable por una raza pecaminosa", sino una "sustitución de la humanidad menos Cristo por la humanidad más Cristo." Estas teorías curiosamente mezcladas forman la transición a la siguiente clase.
Teorías que inciden en el hombre primordialmente y en Dios secundariamente; teorías gubernamentales.
Estas teorías suponen que la obra de Cristo incide sobre el hombre por el espectáculo de los sufrimientos soportados por él, hasta el punto de disuadir al hombre de pecar, lo que permite a Dios perdonar el pecado con la garantía de que su gobierno moral del mundo queda preservado. En esas teorías los sufrimientos y muerte de Cristo llegan a ser, por vez primera en esta visión general de teorías, de cardinal importancia, constituyendo de hecho la misma esencia de la obra de Cristo. El hecho expiatorio, lo mismo que en las teorías de "influencia moral", es la propia reforma del hombre; aunque esta reforma se supone que es forjada en la idea gubernamental no primordialmente al quebrantar la oposición del hombre a Dios mediante la manifestación conmovedora del amor de Dios en Cristo, sino por inducir en el hombre un horror hacia el pecado al contemplar el odio de Dios hacia el mismo expresado en los sufrimientos de Cristo, lo que induce al hombre a considerar el amor de Dios hacia los pecadores al ser capaz de mostrar su justicia al infligir tales sufrimientos en su propio Hijo, pudiendo, con justicia para su gobierno moral, perdonar pecados.
Defensores de esas teorías.
Esta teoría fue forjada por el gran jurista holandés Hugo Grocio (Defensio fidei Christianæ de satisfactione Christi, etc., Leiden, 1617) en un intento de salvar lo que era salvable de la doctrina establecida de la desintegración por los ataques de los defensores socinianos de las teorías de "influencia moral". Fue adoptada por los arminianos que fueron más influenciados por el razonamiento sociniano y después se convirtió en propiedad de los denominados sobrenaturalistas (Michaelis, Storr, Morus, Knapp, Steudel, Reinhard, Muntinge, Vinke, Egeling). Ha permanecido en el continente europeo, siendo el refugio de aquellos que influenciados por el espíritu moderno, intentan todavía preservar alguna forma de expiación "objetiva", esto es, hacia Dios. Bajo esta influencia han surgido una gran cantidad de representantes que combinan elementos de las ideas de satisfacción y gubernamental. Un representante típico sería el comentarista F. Godet, quien enseña, especialmente en su comentario a Romanos, la teoría gubernamental, aunque en una forma elevada. En Gran Bretaña y en América se ha convertido prácticamente en la ortodoxia de los independientes. Ha sido enseñada, por ejemplo, en el primer país por Joseph Gilbert (The Christian Atonement, Londres, 1836) y en una forma especialmente bien trabajada por R. W. Dale (The Atonement, Londres, 1876) y Alfred Cave (The Scriptural Doctrine of Sacrifice, Edimburgo, 1877). Cuando el calvinismo de los puritanos de Nueva Inglaterra comenzó a resquebrajarse, uno de los síntomas de su decadencia fue la sustitución gradual de la idea de satisfacción por la idea gubernamental. El proceso se puede trazar en los escritos de Joseph Bellamy (1719-90), Samuel Hopkins (1721-1803), John Smalley (1736-1820), Stephen West (1735-1819), Jonathan Edwards, Jr. (1745-1801), Nathanael Emmons (1745-1840); Edwards A. Park pudo, por tanto, a mediados del siglo XIX presentar la teoría gubernamental como la "doctrina ortodoxa tradicional" de los congregacionales americanos (The Atonement: Discourses and Treatises by Edwards, Smalley, May, Emmons, Griffin, Burge, and Weeks with an Introductory Essay by Edwards A. Park, Boston, 1859; comp. Daniel T. Fiske, en Bibliotheca Sacra, abril 1861, y además N. S. S. Beman, Sermons on the Atonement, Nueva York, 1825, 2ª edición, 1846; N. W. Taylor, Lectures on the Moral Government of God, Nueva York, 1859; Albert Barnes, The Atonement in its Relation to Law and Moral Government, Filadelfia, 1859; Frank H. Foster, Christian Life and Theology, Nueva York, 1900; Lewis F. Stearns, Present Day Theology, Nueva York, 1893). Los primeros wesleyanos gravitaron también hacia la teoría gubernamental, aunque no sin vacilación; una vacilación que se ha mantenido entre los británicos (comp., por ejemplo, W. B. Pope, Compendium of Christian Theology, Londres, 1875; Marshall Randles, Substitution, a Treatise on the Atonement, Londres, 1877; T. O. Summers, Systematic Theology, 2 volúmenes, Nashville, Tennessee, 1888; J. J. Tigert, en Methodist Quarterly Review, abril 1884), aunque muchos han enseñado la teoría gubernamental con gran decisión (como Joseph Agar Beet, en Expositor, nvoiembre 1892, páginas 343-355; Through Christ to God, Londres, 1893). Por otro lado, la teoría gubernamental ha sido la dominante entre los metodistas americanos y ha recibido algunas de sus mejores declaraciones de ellos (comp. especialmente John Miley, The Atonement of Christ, Nueva York, 1879; Systematic Theology, ii, Nueva York, 1894, páginas 65-240); aunque se levantaron voces negando que su afirmación pudiera ser considerada la doctrina de la Iglesia metodista (J. J. Tigert, ut sup.; H. C. Sheldon, en AJT, viii, 1904, páginas 41-42).
Horace Bushnell.
La forma final que Horace Bushnell dio a su versión de la teoría de la "influencia moral" en su Forgiveness and Law (Nueva York, 1874; segundo volumen de su revisado Vicarious Sacrifice, 1877) no muestra relación con las teorías gubernamentales pero ha de ser clasificada de su lado, porque supone, como ellas, que la obra de Cristo incidió secundariamente en Dios, si bien su efecto primario fue en el hombre. En su exposición, Bushnell presenta la obra de Cristo en profunda identificación con el hombre, cuyo efecto es, por un lado, manifestar el amor de Dios al hombre y de esta manera conquistarlo para él y, por otro, romper el resentimiento de Dios hacia el hombre, preparando el corazón de Dios para recibir al hombre cuando éste regrese. La idea motriz es que cualquier cosa que nosotros hacemos por aquellos que nos han ofendido y que en proporción nos cuesta algo hacer al respecto, debilita nuestro resentimiento natural por la injuria que hemos sufrido y nos prepara para perdonarla cuando el ofensor busca el perdón. Por esta teoría se hace la transición natural a la siguiente clase.

Albright-Knox Museum
La forma más inferior que esta postura ha tomado es sin duda la que fue expuesta en una forma extraordinariamente atractiva por John McLeod Campbell (The Nature of the Atonement and its relation to Remission of Sins and Eternal Life, Londres, 1856), siendo posteriormente razonada renovadamente con incluso mayor poder de seducción, profundidad y riqueza por R. C. Moberly (Atonement and Personality, Londres, 1901). Esta teoría supone que Cristo, al identificarse con nuestra condición (una idea sugerida independientemente por Schleiermacher y subrayada por muchos pensadores continentales, como, por ejemplo, por citar sólo a un par de ellos, por Gess y Häring), sintió tan profundamente nuestros pecados como si fueran suyos, hasta el punto que pudo confesarlos y arrepentirse adecuadamente de ellos ante Dios, consistiendo en esto la expiación que la justicia demanda. Aquí la "identificación de empatía" sustituye al concepto de sustitución, la "solidaridad" a la unidad de la raza y el "arrepentimiento" a la expiación. No obstante, la teoría se eleva inmensurablemente por encima de la masa de quienes ya la habían enumerado, al contemplar a Cristo realmente como un Salvador, que realiza una auténtica obra salvadora, que incide inmediatamente sobre Dios. A pesar de sus insuficiencias, que han hecho que escritores como Edwards A. Park y A. B. Bruce (The Humiliation of Christ, ut sup., páginas 317-318) hablen de ella con un matiz de desprecio, ha ejercido amplia influencia, habiendo elementos de ella discernibles en muchas elaboraciones que están alejadas en sus presuposiciones fundamentales.
Ciertas "teorías sacrificiales".
La denominada "teoría media" de la expiación, que debe su nombre a su supuesta posición intermedia entre la teorías de "influencia moral" y la doctrina de la "satisfacción", parece haber sido atractiva para los escritores latitudinarios de finales del siglo XVIII y principios del XIX. En ese tiempo se enseñó en Essay on Redemption de John Balguy (Londres, 1741), en Apology of Ben Mordecai de Henry Taylor (Londres, 1784) y en Sermons on Christian Doctrine de Richard Price (Londres, 1737). Basándose en la idea de los sacrificios considerados regalos que procuran la buena voluntad de Dios, los defensores de esta teoría imaginaron la obra de Cristo consistente en la ofrenda a Dios de su obediencia perfecta hasta la muerte, comprando por la misma el favor de Dios y el derecho a hacer lo que él hará con los que Dios le ha dado como recompensa. Al lado de esta teoría se puede poner la teoría ordinaria remonstrante de la acceptilatio, que, reviviendo esa concepción escotista, está dispuesta a concebir que la obra de Cristo sea un sacrificio expiatorio, pero no a que su sangre, igual que la de los "toros y ovejas", tenga valor intrínseco equivalente, cuya carencia fue aceptada por Dios en su gracia como expiación. Esta teoría se puede hallar, por ejemplo, en Limborch (Theologia Christiana, 4ª edición, Ámsterdam, 1715, iii, capítulos xviii-xxiii). Tales teorías, aunque preservan la forma sacrificial de la doctrina bíblica, y, con ello, su implicación inseparable de que la obra de Cristo en su propósito primordial incide en Dios y consigue de él una estimación favorable para el hombre (pues es siempre a Dios a quien tales sacrificios son ofrecidos), no obstante se quedan cortas de la doctrina bíblica de la naturaleza y efecto del sacrificio de Cristo, al ser poco menos que un remedo de la misma.
La doctrina de la "satisfacción."
La doctrina bíblica del sacrificio de Cristo no halla pleno reconocimiento en otra elaboración que no sea en la doctrina de la satisfacción. Según la misma la obra redentora de Cristo es en su esencia un verdadero y perfecto sacrificio ofrecido a Dios, de amplio valor intrínseco para la expiación de nuestra culpa y al mismo tiempo es una auténtica y perfecta justicia ofrecida a Dios, en cumplimiento de las demandas de su ley; siendo ambas facetas ofrecidas en favor de su pueblo y, al ser aceptadas por Dios, aplicadas en su beneficio; mediante esta satisfacción son liberados de la maldición de su culpa por haber quebrantado la ley y de la carga de la ley como condición de vida; todo ello por una obra de tal clase y realizada de tal manera que es capaz de guiar los corazones de los hombres a un profundo sentido de la indefectible justicia de Dios y a darles una revelación perfecta de su amor, de manera que por esta obra única e indivisible, tanto Dios es reconciliado con nosotros como nosotros, bajo la influencia vivificadora del Espíritu, somos reconciliados con Dios haciendo de esta forma la paz externa entre un Dios airado y unos hombres pecaminosos y la paz interna, en la respuesta de la conciencia humana a la restaurada sonrisa de Dios. Esta doctrina, que ha sido incorporada con más o menos exactitud de declaración en los credos de todas los grandes ramas de las Iglesias, griega, latina, luterana y reformada y que ha sido expuesta con más o menos profundidad y poder por los maestros destacados de las iglesias durante los últimos 900 años, fue expuesta científicamente por Anselmo en su Cur Deus homo (1098); pero alcanzó su desarrollo completo sólo en manos de los denominados escolásticos protestantes del siglo XVII (comp., Turrettini, The Atonement of Christ, traducida por J. R. Willson, Nueva York, 1859; John Owen, The Death of Death in the Death of Christ, 1650).