Historia

FE

Antes de la Reforma.
Fe, en el lenguaje religioso, es la actitud personal que se apropia de la revelación divina. En Pablo es la base suficiente de la justicia y la justificación (Por lo cual también su fe LE FUE CONTADA POR JUSTICIA.[…]Romanos 4:22 y sig.), una idea que pronto quedó oscurecida en la Iglesia. En los Padres apostólicos la relación de la fe con el amor fue más un postulado que una necesidad inherente (1 Clemente x. 7; xii.1; Pastor de Hermas, Sim. VIII. ix. 1). Los pensamientos moralistas e intelectualistas de origen extraño penetraron en el cristianismo y ya en Clemente de Alejandría la fe quedó suplantada por el amor como condición de salvación y por la gnosis como conocimiento de la revelación, no siendo más que un rudimentario paso en el desarrollo del cristiano. Para Agustín también la fe significa sólo el "comienzo de la religión." Creer significa cum assensione cogitare (De prædestinatione sanctorum, v) y asentimiento es obediencia a la ley de una autoridad formal que primordialmente es la Escritura, pero luego también la Iglesia. La fe es decisiva para la recepción de la salvación sólo hasta donde es activa mediante el amor. El efecto culminante de la gracia es, por tanto, la inspiración del amor (inspiratio dilectionis). Similares pensamientos siguió Anselmo de Canterbury, acuñando Pedro Lombardo las expresiones fides informis (mera fe) y fides formata (fe relacionada con el amor). Tomás de Aquino definió la fe sobre la base de la fórmula de Agustín (cum assensione cogitare) como un acto del intelecto que es impulsado a asentir por la voluntad. Aunque en última instancia está relacionada con la primera causa, Dios, la fe tiene referencia primordialmente con la Iglesia, pues se trata de una fe de autoridad.

En la Reforma y la teología posterior.
La Reforma devolvió a la fe su relación inmediata con la revelación de la salvación y la entendió en el sentido paulino como la apropiación personal de la gracia de Dios en Cristo. Lutero describe la fe como una confianza viva del corazón. Según él, el assensus, es un impulso de asentimiento de la voluntad que se origina por la impresión de la verdad de la palabra divina en la conciencia y el corazón. La revelación de Dios, que despierta la fe, pone todas las facultades espirituales del hombre en movimiento, naciendo el asentimiento a su palabra y el conocimiento de su gracia sólo con la confianza en la salvación. El amor no se puede separar de la fe. Melanchthon enseñó las mismas ideas, pero en la forma posterior de su Loci distinguió entre notitia, assensus y, fiducia, preparando el camino para la idea mecánica de la escuela ortodoxa posterior, que consideraba la notitia y el assensus pasos preliminares de la fiducia. Johann Gerhard avanzó en esta idea. Según él, es necesario un conocimiento racional de la revelación divina antes de que pueda ser interiormente asumida. David Hollas extrajo la consistente conclusión de que tal abstracta convicción de la verdad de la Escritura sólo puede ser una fe de autoridad.

En la teología posterior Schleiermacher con su idea de la religión como una experiencia interior original, distinguió conocimiento y acción, lo que ejerció una decisiva influencia sobre el tratamiento de la noción de la fe, mediante el establecimiento de un esquema psicológico; pero debido a su insuficiente apreciación de la revelación histórica, su doctrina de la fe lleva el sello de una religión general más que el de la fe cristiana salvadora. R. Rothe preparó el camino para una percepción más definida de la fe cristiana, al subrayar más vigorosamente el elemento histórico y al mismo tiempo el sobrenatural de la revelación. A. Ritschl definió la fe como confianza (fiducia) en la revelación de Dios en Cristo y demandó que la fe de la providencia debe entenderse como la realización de la fe cristiana de la expiación; pero su conexión de la justificación con la existencia de la comunidad de creyentes le llevó a la conclusión de que la recepción del perdón de pecados es más la presuposición que el contenido de la fe individual. En general se puede decir que hay en la teología protestante posterior un acuerdo sobre los siguientes puntos: (1) La fe no se origina de procesos lógicos, sino de una experiencia interior inmediata. (2) No es un logro humano ni el reconocimiento de una autoridad humana, sino que es resultado de Dios por su revelación. (3) El assensus en el sentido de convicción fe y conocimiento de la fe no se puede separar de la fiducia. (4) La confianza en la salvación presupone un conocimiento avivado del pecado y el deseo de salvación. (5) La nueva vida moral del cristiano tiene como fundamento el perdón de los pecados, que se recibe por la fe.

En la teología sistemática.
La noción de fe se trata usualmente en la teología sistemática tanto en una forma general en tanto principio del conocimiento cristiano como, más específicamente, en la doctrina de la salvación, como el medio de apropiación de dicha salvación. En el primer caso se refiere a la revelación en general, tratándose en su relación con el conocimiento; en el segundo caso se refiere al saludable don del perdón de pecados, tratándose en su relación con el arrepentimiento y las obras. Dado que la revelación cristiana culmina en la redención, sólo la fe salvadora es la verdadera fe cristiana de la revelación. En la redención Dios se revela a sí mismo como santo y amor que salva al pecador; la fe del cristiano es portadora de una confianza agradecida en Dios que efectúa su salvación en Cristo. Esta confianza tiene su fundamento y apoyo en la revelación de la salvación que el creyente se apropia. La fe, por tanto, se puede trazar hasta dos elementos primarios, que son la actividad de Dios, en la que lleva a cabo su amor santo mediante la redención, y la experiencia del hombre por la que reconoce y toma la revelación de la salvación como posesión propia. Al estar basada la confianza de la salvación en la revelación histórica, incluye un cierto reflejo de Dios y su actividad que se desarrolla en el conocimiento de la fe; pero dado que esta revelación solo puede ser entendida por el que la toma en confianza, el conocimiento de la fe no puede existir sin la experiencia de la fe. Se pueden levantar objeciones a la declaración de que la fe descansa en una experiencia interior, porque de esta manera su base objetiva en la revelación de Dios puede quedar oscurecida; pero el origen de la fe debe trazarse a la acción de Dios y no a la propia decisión humana. El acto fundamental de Dios que despierta la fe cristiana ha de hallarse en el envío de Cristo y en su obra de redención. El motivo decisorio de la fe es Cristo, tal como está reflejado en el testimonio de sus primeros discípulos. Aunque la fe es una experiencia original y espontánea que no se puede derivar de nada más, se puede hablar de una definida disposición interior que la fe salvadora no origina; es decir, ante el conocimiento del pecado y su miseria, Cristo puede ser percibido como redentor con confianza verdadera sólo por quien desea ser libre del pecado. Por tanto, es pertinente que la doctrina de la salvación sitúe al arrepentimiento antes de la fe. No obstante, el arrepentimiento que prepara el camino para la fe no es un conocimiento perfecto del pecado ni una completa liberación del mismo. Es sólo un anhelo por la justificación. De ahí que sea verdad que el arrepentimiento, sin la fe salvadora, no llega a la existencia, siendo un hecho cumplido sólo con esa fe. La división de la función uniforme de la fe en los tres actos de notitia, assensus y fiducia es engañosa, si se entiende como un explicación racional del origen de la fe. Notitia y assensus tienen que ver con la fe sólo si están incluidos en la fiducia. Por tanto, es evidente que la confianza de la salvación no puede originarse sin escuchar el mensaje de la salvación, pero el assensus en tanto convicción del poder de redención de Cristo y de la realidad de un Dios trascendente sólo tiene lugar donde hay fiducia. Toda certeza y entendimiento de Dios y de las cosas divinas tiene su origen en la fiducia. A esta certeza que la fe da pertenece, antes de nada, esa certidumbre confiada de la salvación personal que la Reforma opuso a la incertidumbre de la salvación, según enseñó la Iglesia medieval y el concilio de Trento. Es sostenida por el testimonio del Espíritu, es decir, por la experiencia interior de la unión con Cristo y Dios. Pero en esta comunión con Dios está al mismo tiempo la fuente de una nueva actividad moral. No hay apropiación de la gracia salvadora divina que no incluya la apropiación de la santa voluntad de Dios; pero incluso como principio de la moralidad cristiana, la fe no pierde su carácter receptivo. La voluntad para hacer el bien no viene de un poder que la fe posee en sí misma, sino del poder que continuamente recibe de su unión con Cristo.