Historia
FERRARA-FLORENCIA, CONCILIO DE


Bajorrelieve de Filarete en la puerta de bronce de San Pedro
En lo que concierne al contenido del decreto, las principales diferencias doctrinales fueron ajustadas sobre el papel; los griegos reconocían la verdad del filioque sin adoptarlo en su símbolo. Los otros puntos sobre la eucaristía, purgatorio, etc., no eran esenciales. Los griegos retenían su ritual completo y el matrimonio de los sacerdotes. Sobre el papado se adoptó una fórmula que los griegos podían interpretar como reconocimiento de su primado 'en la manera que está determinada en las actas de los concilios ecuménicos y en los sagrados cánones'. Los patriarcas de Constantinopla, Alejandría, Antioquía y Jerusalén podían imaginar que preservaban sus privilegios. Sin embargo, los latinos interpretaron la última cláusula como una confirmación de sus pretensiones y leyeron que el papa tenía primacía en la Iglesia 'como está determinado en las actas de los concilios ecuménicos y en los sagrados cánones'. (La copia original del decreto con otras copias está en Florencia en la biblioteca Laurentiana). El 26 de agosto de 1439 el emperador salió para Constantinopla camino de Venecia. La auténtica unión no se había realizado, los griegos no fueron 'latinizados' y no se impidió la caída de Constantinopla, celebrándose en 1472 un sínodo en Constantinopla en el que solemne y abiertamente se renunció a la unión de Florencia.
El siguiente pasaje es una definición del concilio de Ferra-Florencia sobre las diferencias existentes entre la Iglesia católica y la griega:
'[...] Así pues, en nombre de la Santa Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, con aprobación de este sacro concilio universal de Florencia, definimos como verdad de fe que ha de ser creída y aceptada por todos los cristianos y así profesada por todos, que el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo, y que tiene su esencia y su ser subsistente juntamente del Padre y del Hijo, y que procede eternamente de ambos como de un único principio y única espiración, declarando que lo que los santos Doctores y Padres dicen, que el Espíritu Santo procede del Padre por el Hijo, tiende a este mismo significado, de modo que por esto se entienda que también el Hijo es, como el Padre, causa indudable según los griegos, verdadero principio según los latinos, de la subsistencia del Espíritu Santo.
Y puesto que todo lo que es del Padre el Padre mismo se lo dio a su Hijo unigénito al engendrarlo, excepto ser el Padre; incluso esto, que el Espíritu Santo procede del Hijo, lo tiene el Hijo eternamente del Padre, del que además ha sido engendrado eternamente.
Definimos además que la adición de aquellas palabras «y del Hijo» [Filioque] fue lícita y razonablemente incluida en el Símbolo para declaración de la verdad y por necesidad entonces grave.
Igualmente, se consagra verdaderamente el cuerpo de Cristo en pan de trigo, ácimo o fermentado, y los sacerdotes deben consagrar el cuerpo del Señor en uno u otro, cada uno según la costumbre de su iglesia oriental y occidental.
Igualmente, las almas de quienes mueran verdaderamente penitentes en el amor de Dios, antes de satisfacer con adecuados frutos de penitencia por los hechos cometidos y por las omisiones, serán purificadas con penas purgatorias después de la muerte, y, para que sean liberadas de estas penas, son útiles los sufragios de los fieles vivos, los sacrificios de la misa, oraciones, limosnas y otras obras de piedad que acostumbran hacer unos fieles por otros, según las costumbres de la Iglesia.
Las almas de aquellos que no recibieron mancha alguna después de la recepción de bautismo; también aquellas que, después de contraída la mancha de pecado, han sido purificadas en sus cuerpos o en los despojos de sus cuerpos, como se ha dicho más arriba, son recibidas inmediatamente en el cielo y ven claramente al mismo Dios uno y trino, tal como es, plenamente cada uno según la diversidad de sus méritos.
Las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual, o sólo el original, descienden inmediatamente al infierno para ser castigadas con penas diferentes.
Igualmente, definimos que la Santa Sede Apostólica y el Romano Pontífice tienen el primado sobre todo el orbe, y que este Romano Pontífice es el sucesor de san Pedro, príncipe de los Apóstoles, verdadero vicario de Cristo, cabeza de toda la Iglesia, y padre y doctor de todos los cristianos, y que le ha sido trasmitida la plena potestad que Nuestro Señor Jesucristo otorgó a san Pedro de apacentar, regir y gobernar la Iglesia universal, del modo que se contiene en las decisiones de los concilios ecuménicos y en los sagrados cánones.
Recordamos además el orden atribuido en los cánones a los demás venerables patriarcas, que el patriarca de Constantinopla es el segundo después del santísimo Romano Pontífice, tercero el de Alejandría, cuarto el de Antioquía y quinto el de Jerusalén, salvo todos sus privilegios y derechos.'
(Decreto Laetentur coeli del concilio de Florencia. Sesión V, de 6 de julio de 1439. En Conciliorum Oecumenicorum Decreta, cit., páginas 523-528. Traducción de Vicente Ángel Álvarez Palenzuela.)