Historia
FETICHISMO
- La palabra y su empleo
- Fetichismo primario y secundario
- Carácter del fetiche
- Operación ayudada por la sugestión
- Objetos empleados y zona de culto
- Casos de reversión
- Condenación

Rijksmuseum, Ámsterdam
Fetichismo (portugués feitiço, "amuleto, talismán") es una forma de adoración, a la que se atribuye un poder sobrehumano para dirigir o ayudar en la consecución de algún fin deseado. El uso de la palabra vinculada al culto religioso retrocede a C. de Brosses, Du culte des dieux fétiches (París, 1760), quien rectamente supuso que ciertas costumbres de los africanos constituían una forma primitiva de religión. El término portugués es el nombre dado a los abalorios, medallas y crucifijos llevados por los marinos y que supuestamente proporcionan protección ante el peligro, aplicándose a los fetiches de los africanos por los mismos marinos, de quienes De Brosses la obtuvo. En tratados posteriores sobre religión el término se usó muy ampliamente. Comte (Philosophie positive, París, 1830-42) equiparó el fetichismo al animismo. Lippert (Die Religionen der europäischen Culturvölker, Berlín, 1881) lo consideró la incorporación de los espíritus de los difuntos en algún objeto visible o tangible. M. H. Kingsley y R. H. Nassau engloban en el término prácticamente toda la vida religiosa africana, aunque Kingsley reconoce la ambigüedad de su propio uso. Es necesaria una delimitación del término para acabar con la confusión que ha engendrado su uso. El New English Dictionary define que un fetiche "difiere de un ídolo en que es adorado en su propio carácter, no como símbolo, imagen o morada ocasional de la divinidad." A. Lang describe el fetichismo como "la adoración de cachivaches", una descripción que cuadra admirablemente con la fortuita selección de un fetiche y la evidente falta de valor intrínseco del objeto escogido. Schultze lo considera "una adoración religiosa de objetos materiales", definición que se acoplaría a muchas fases del animismo. Waitz define un fetiche como "un objeto de veneración religiosa, en el que lo material y el espíritu dentro del mismo se consideran una sola cosa, siendo ambas inseparables."
Fetichismo primario y secundario.
Las dificultades del asunto y la confusión resultante se deben a dos circunstancias: sus afinidades y relaciones con el animismo, por un lado, y con la magia por otro. En el fetichismo hay la misma concepción antropomórfica de los objetos materiales que en el animismo; los objetos más pasivos se pueden considerar que tiene voluntad y poder para realizar algún fin. Un fetiche se usa a veces como se usan los materiales de la magia, con similares propósitos. Pero otra causa de confusión es que no se hace distinción entre una variedad primitiva y otra desarrollada. El fetichismo primitivo está sugerido en la descripción de A. Lang. El fetiche original es un hallazgo advenedizo del que se tiene cuidado, al que se le atribuye el éxito en una empresa y se le da la consecuente adoración. El ejemplo clásico es el de un bosquimano que al dejar su cabaña para algún asunto importante tropieza con alguna piedra que le causa daño. Entonces coge la piedra, considerándola un fetiche que le ha obstruido, avisándole sobre la continuidad de su propósito. Por consiguiente, le da a la piedra el debido reconocimiento. Lo advenedizo del suceso en el momento del inicio de la empresa fue para el africano una indicación de su carácter fetichista y su éxito en la tarea le demostró su potencia en esa dirección particular. Casi tan clásico es el caso del ancla arrojada en la costa africana occidental. Un nativo rompe una lengüeta para usar el hierro y poco después muere. Los nativos al pasar por el lugar siempre rinden reverencia al ancla y frecuentemente la emplean como medio destructivo. La secuencia de percepción, sucesos y pensamiento fue lo novedoso de la forma del objeto, el daño causado por romper el ancla, la muerte del ofensor, y la deducción de que el ancla era un fetiche maligno que ha de ser propiciado. Sobre este principio cualquier objeto de forma peculiar, un cuerno deformado de un ciervo, el gatillo de una pistola o cualquier objeto dejado caer por un europeo, una piedra modelada de forma rara, una pluma multicolor, un diente, etc., puede ser un fetiche, cuyo uso puede ser indeterminado en el tiempo pero que se cree tiene poder en algún sentido particular por su propia rareza. Pero el parecido a un objeto o el logro deseado no necesariamente juegan un papel como en la magia mimética. El fetichismo secundario muestra semejanza con la magia en que es el resultado del ejercicio de la invención primitiva, como intentar producir lluvia simulando su caída. Se trata de un intento de forzar o crear lo que no está disponible a mano. Los nativos de la costa de Guinea toman un trozo de bambú, una concha u objeto similar y lo llenan con diversos materiales, suponiendo que habilita una morada para un espíritu al que se puede inducir a entrar en el conjunto, que lo haga su hogar y convertirse en uno con ello y así estar disponible para ayudar al poseedor. O el hogar de un espíritu puede ser un trozo de madera tallada en un rudo parecido con algún objeto. En este caso hay un reconocimiento de la distinción entre el espíritu y su morada, distinción que no existe en el fetichismo primario, en el que la piedra, ancla, pluma, etc., es en sí mismo un fetiche. Por otro lado el fetiche ha de distinguirse de talismanes, amuletos y semejantes, porque se supone que opera mediante su propio poder inherente, mientras que los talismanes actúan por la virtud impartida por algún poder superior.
Carácter del fetiche.
El carácter fundamental de un fetiche es que el objeto material es en sí mismo el poder y el objeto de adoración, poseyendo personalidad y voluntad. Una segunda característica es que su poder no es general, sino en una dirección particular, usualmente material y para una sola clase de propósito. De ahí que para los diversos propósitos de la vida el adorador puede acumular un vasto número de fetiches. Se conoce el caso de un individuo que tenía más de 20.000, pudiendo describir el uso de cada uno de ellos. El valor y poder asociado de un fetiche depende, por tanto, de la coincidencia accidental, basada en la falacia de post hoc propter hoc. El éxito en una empresa hace casi cierto el poder del fetiche escogido para ese propósito particular. Pero el fetichista puede reconocer tras repetidos fracasos que el objeto es inválido para el fin propuesto y puede desecharlo. Pero ni siquiera entonces admitirá su impotencia sino que únicamente admitirá que su poder no funciona en esa dirección. La creencia descansa sobre un rudo empirismo. El primer ensayo con un fetiche es una prueba que posteriores ensayos confirmarán o desaprobarán. Puede haber una serie de éxitos que eleven al objeto tanto que su servicio sea deseado por una tribu y en ese caso el poseedor, que se supone conoce sus peculiaridades, se convierte en una especie de sacerdote. Y la reputación del fetiche puede crecer hasta tales dimensiones que su uso se convierte en multi-tribal, siendo el resultado el aumento del poder y las posesiones e influencia del poseedor y de la tribu madre.
Operación ayudada por la sugestión.
Mientras que el uso individual del fetiche es tan variado como las necesidades del individuo, el uso tribal o multi-tribal está en gran medida relacionado con una tosca justicia, con disputas inter-tribales y con la guerra. En casos de justicia la operación es por medio de la sugestión o la auto-sugestión. En casos de infidelidad doméstica o de robo, el procedimiento es el de la ordalías. Por ejemplo, donde el lagarto es un fetiche, en caso de crimen o daño el animal es atrapado y golpeado, con lo que el inculpado, por terror a la venganza del fetiche, confiesa y hace devolución. El mismo proceso se sigue en el caso de disputas inter-tribales, estando la tribu que ha conseguido la ayuda del fetiche para propósitos de guerra investida de una confianza tan sólida que es irresistible. Cada éxito aumenta la estimación del objeto. Que de esta clase de fetiches se pueden haber desarrollado algunas de las grandes divinidades, es algo que los estudiantes de la religión reconocen, considerándose el fetichismo una de las fuentes del politeísmo. Las cualidades humanas más un poder sobrehumano atribuido al fetiche, especialmente el celo por sus propias prerrogativas, es objeto del mayor cuidado. Debe ser continuamente conciliado. Para agradarle se hacen votos que han de ser escrupulosamente realizados. Esos votos se hacen a los niños durante su infancia, que los esclavizan durante toda su vida al servicio del fetiche cuya protección se invocó. El descuido en el mantenimiento del voto incita la autosugestión, sobreviniendo el desaliento y no siendo rara la muerte de la víctima por el terror causado. El mismo resultado sucede cuando se sabe que un enemigo maneja un poderoso fetiche contra alguien, especialmente si parece imposible contrarrestarlo con un poder mayor.
Objetos empleados y zona de culto.
Los objetos empleados como fetiches son muy variados. Nada es demasiado pequeño o demasiado grande, demasiado repulsivo o demasiado atractivo para usarse. Piedras, montañas, agua, viento, fuego, plantas y árboles, animales, seres humanos que tienen alguna característica especial (como los albinos), residuos, partes de animales o de cadáveres (particularmente los ojos); en resumen, se escogen los objetos más insignificantes o los más magníficos.
Casos de reversión.
Hay que tener en cuenta la persistencia supersticiosa de prácticas y nociones fetichistas o una reversión de las mismas en las naciones occidentales. Sin duda, en países católicos hay personas que tienen sus medallas y otros emblemas religiosos en forma fetichista. Se sabe de un mujik ruso que cuando iba a cometer un crimen tapaba el icono de la habitación para que no fuera testigo del hecho. La Biblia se ha empleado en forma de fetiche en Escocia, al ponerla a la entrada de la casa para ahuyentar a las brujas.
Condenación.
Como toda práctica que entra en el terreno de la superstición y la idolatría, la Biblia condena el fetichismo, por atribuir a un objeto lo que es propio de Dios. Se puede encuadrar entre las prácticas propias de los cananeos antes de los israelitas entraran en aquella tierra (10 No sea hallado en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni hechicería, o sea agorero, o hechicero, 11 o encantador, o médium, o espiritista, ni quien consulte a los muertos. 12 Porque cualquier[…]Deuteronomio 18:10-12).