Historia
FILIOQUE, CONTROVERSIA

El Credo de los Apóstoles tiene simplemente "y en el Espíritu Santo", a lo cual el credo constantinopolitano añadió "que procede del Padre." Allí se detuvo la Iglesia griega, mientras que la latina, sin la sanción de un concilio ecuménico, o ni siquiera la consulta con la Iglesia griega, añadió "y del Hijo" (filioque). La Iglesia griega protestó tan pronto descubrió la adición, haciéndose intentos desde entonces para restablecer la unión entre las dos Iglesias, que ha sido dañada principalmente por esta palabra.
El siguiente texto sobre la procedencia del Espíritu Santo por un autor griego muestra la posición de la Iglesia oriental al respecto:
'Muchos años después de los siete concilios generales, la Iglesia vio caer de nuevo en la herejía a alguno de aquellos que frecuentemente habían acostumbrado hacerlo, que aseguraban que el Espíritu Santo procede sólo del Padre y no del Hijo, y que afirmaban este dogma con palabras muy persuasivas [...] ¿Qué hizo [la Iglesia]? Acudió a sus doctores, a aquellos que desde mucho tiempo atrás tuvo como santos, los bienaventurados Agustín, Ambrosio, Jerónimo y Gregorio, y, escrutados sus escritos, vio que éstos, como una sola voz, aseguran en muchos pasajes y muy frecuentemente que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo [...] E interrogó a los Padres de la Iglesia griega y vio que muchos de éstos, los más importantes, afirman esto mismo, y que los restantes apenas dicen nada al respecto, excepto solamente uno, el Damasceno, que parece decir lo contrario. Sin embargo, no dice éste que el Espíritu Santo no proceda del Hijo, sino que no dice del Hijo. Y es claro que dice que el Espíritu Santo procede del Padre por el Hijo, y que el Espíritu es imagen del Hijo, y que el Hijo y el Espíritu son iguales, del mismo modo que lo son, respecto al sol, el rayo y la luz, ambos procedentes del sol, pero se dice que la luz nos llega por medio del rayo. De lo cual se deduce que éste tampoco puede ser tenido como contrario, pues él mismo dice que es tan cierto decir que la luz procede del sol por el rayo como del sol y del rayo: del mismo modo en la Trinidad. Así pues, éstos [los Padres griegos] afirman conjuntamente la procedencia del Padre y del Hijo, de uno u otro modo: tanto del Padre por el Hijo como del Padre y del Hijo.
Viendo la concordancia de tantos Padres, no contenta con ello, a causa de la magnitud del asunto, [la Iglesia] convocó a todos los prelados de las iglesias para hacer pública la investigación. Así, congregados todos los que quisieron estar presentes, y todos los demás tras oportuna investigación, fueron concordes en la misma afirmación; finalmente, en virtud de la autoridad apostólica, determinó lo que es preciso creer y declaró herejes a quienes sostengan lo contrario.
Además, yo pienso que las puertas del infierno nunca prevalecerán contra la Iglesia, y siendo esto verdad absoluta, las puertas del infierno habrían prevalecido sobre la Iglesia si en verdad la Iglesia romana se hubiera equivocado.'
(Barlaam de Seminara, De unione Romanae Ecclesiae et processione Spiritus Sancti, en PG, CLI, cols. 1281-1282. Traducción de Vicente Ángel Álvarez Palenzuela.)
El papa León III, cuya confirmación de la decisión del concilio fue solicitada por Carlomagno, rehusó formalmente incorporar el filioque en el credo, aunque admitió lo adecuado y sólido de su doctrina; esta actitud de cauta reserva del papa se mantuvo mientras pudo soportar la presión de la constante impaciencia del este y la práctica universal del oeste. Hacia finales de siglo, sin embargo, esta actitud se hizo imposible. Focio, en su carta encíclica, enfatiza que el filioque es uno de los más graves errores del papa y el concilio de Constantinopla lo anatematizó. Las circunstancias políticas obligaron al papa a tomar el desafío. Sin embargo, la primera vez que un papa usó la adición del credo fue en 1014, por Benedicto VIII, en la coronación de Enrique II. Desde ese momento el papa aparece como defensor de la práctica de la Iglesia occidental y en el concilio de Ferrara-Florencia parece que se había olvidado enteramente que, al menos históricamente, había un defecto en su argumento.
La defensa teológica de la posición católica la hizo de esta manera Tomás de Aquino:
'Es necesario decir que el Espíritu Santo procede del Hijo, porque, si no procediese del Hijo, no podría distinguirse personalmente de él. Y esto se comprende por lo que llevamos explicado. No es posible decir que las personas divinas se distingan unas de otras por algo absoluto, porque se sigue que no sería una misma la esencia de las tres, puesto que todo lo que es absoluto en Dios, pertenece a la unidad de la esencia. Sólo, pues, por las relaciones se distinguen entre sí las personas en Dios. -Pero las relaciones no pueden distinguir las personas sino en cuanto son opuestas, y esto se comprueba observando que el Padre tiene dos relaciones, con una de las cuales se refiere al Hijo y con la otra al Espíritu Santo, y, sin embargo, por no ser opuestas, no constituyen dos personas, sino que ambas pertenecen a la sola persona del Padre. Si, pues, en el Hijo y en el Espíritu Santo no se hallasen más que las dos relaciones con que uno y otro se refieren al Padre, éstas no serían relaciones opuestas, como tampoco lo son las dos con que el Padre se refiere a ellos; de donde se sigue que, así como la persona del Padre es una, así también el Hijo y el Espíritu Santo serían una sola persona con dos relaciones opuestas a las dos del Padre. Mas esto es herético, puesto que destruye la fe en la Trinidad. Luego es necesario que el Hijo y el Espíritu Santo se refieran uno al otro con relaciones opuestas. -Pero en Dios no puede haber otras relaciones opuestas más que las de origen, como ya hemos demostrado, y las opuestas relaciones de origen sonn relaciones de principio y de lo que proviene de un principio. Luego no queda otro recurso que decir, o que el Hijo procede del Espíritu Santo, cosa que nadie dice, o que el Espíritu Santo procede del Hijo, que es lo que nosotros confesamos.
Y esto está en armonía con el concepto de la procesión de uno y otro. Hemos dicho que el Hijo procede por vía de entendimiento como verbo, y el Espíritu Santo por vía de voluntad como amor. Pero el amor es necesario que proceda del verbo, pues no amamos cosa alguna sino en cuanto la hemos concebido en la mente. Por tanto, esto mismo prueba que el Espíritu Santo procede del Hijo.
Convence de esto mismo la consideración del orden natural de las cosas. Nunca se ha visto que de un ser procedan muchos sin que entre ellos haya algún orden, como no sean las cosas que sólo materialmente difieren: tal si un fabricante produce muchos cuchillos diferentes por su materia, pero sin relación de unos con otros. Mas entre las cosas en que la distinción no es sólo material, siempre se observa algún orden en la muchedumbre de los seres producidos, y de aquí que en el orden de las criaturas producidas se manifieste la hermosura de la sabiduría divina. Si, pues, de la sola persona del Padre proceden dos personas, la del Hijo y la del Espíritu Santo, es necesario que guarden algún orden entre sí, y no se puede asignar otro que el orden de naturaleza, por el cual una se origina de otra. Por consiguiente, no es, pues, posible decir que el Hijo y el Espíritu Santo proceden del Padre de tal manera que ninguno de ellos procede del otro, a menos de suponer entre ellos una distinción material, cosa imposible.
De aquí que los mismos griegos reconocen que la procesión del Espíritu Santo dice algún orden al Hijo, pues conceden que el Espíritu Santo es Espíritu del Hijo y que procede del Padre por el Hijo, y hasta se dice que algunos llegaron a conceder que es del Hijo o que fluye de él, pero no que procede. Mas esto parece efecto de ignorancia o de protervia, porque quienquiera que considere atentamente las cosas, hallará que entre todos los vocablos que expresan origen, sea éste el que fuere, el de procesión es el más amplio y de aplicación más general, puesto que nos servimos de él para designar un origen cualquiera; y así decimos que la línea procede del punto; el rayo, del sol; el arroyo, de la fuente, y cosas parecidas; por lo cual, de cualquier otro vocablo que exprese origen se puede concluir que el Espíritu Santo procede del Hijo.'
(Summa theologica, I, q. 36)
Un compromiso se sugirió a partir de los escritos de Juan de Damasco; es decir, que el Espíritu procede del Padre, por el Hijo. Esto fue aceptado por la conferencia celebrada en Bonn (agosto de 1875) entre los antiguos católicos, orientales y anglo-católicos, en la quese reconoció el filioque como una adición no autorizada al credo.