Historia
FLAGELACIÓN, FLAGELANTES
- El castigo corporal como disciplina de la Iglesia
- Azote o flagelación
- Los flagelantes de 1260. Venturino de Bérgamo, 1334
- Los flagelantes de 1348-49
- Los albati o bianchi de 1399
- Flagelantes en Turingia hacia 1360. Konrad Schmid
- Fraternidades italianas posteriores
- Manifestaciones posteriores y desarrollo

Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid
Desde el tiempo de los merovingios en adelante se fue haciendo más común y para el siglo XVII estaba reservado como castigo en casos de blasfemia, simonía, concubinato y otros delitos cometidos por el clero. Hay establecimientos correctivos de la Iglesia católica donde el castigo corporal ha continuado en la práctica contra clérigos infractores, confinados en los mismos hasta el día actual. La flagelación como castigo monástico por iniquidades de los monjes retrocede al primer período del monasticismo y la regla de Benito de Nursia hace extenso uso del castigo corporal. Las congregaciones que tuvieron su origen en la orden benedictina, así como las otras órdenes monásticas, fraternidades femeninas y órdenes de caballeros fundadas en el siglo XII y posteriormente, adoptaron la flagelación; pero varias órdenes que surgieron después del concilio de Trento no incluyen este castigo en sus reglas. Para ciertos delitos de laicos (profanación del domingo, adivinación, etc.), la Iglesia desde el siglo sexto prescribió castigos corporales, siendo el azote en particular la amenaza contra tales delitos hasta el siglo XVIII. Posteriormente, la Inquisición aplicó la flagelación como uno de los castigos más ligeros en caso de retractación voluntaria de la herejía. En la disciplina penitencial, el castigo corporal y particularmente la flagelación comenzó a tener rápidamente una creciente importancia a comienzos del siglo X. El castigo corporal en este sentido se menciona primero en la colección de cánones de Regino de Prüm (c. 960); aparece como sustituto para la penitencia pública y al principio fue siempre indudablemente ejecutado por alguna mano ajena, mayormente por el sacerdote. Los sermones del predicador de las cruzadas Fulco de Neully intensificaron el celo ascético en París hacia el año 1195 en la gran multitud de penitentes que presentaba sus cuerpos al castigo de Fulco.

Los comienzos de la auto-flagelación ascética, o flagelación propiamente dicha, son todavía oscuros. Se supone que se originaron hacia el año 1.000 entre ciertos ermitaños italianos, cuyo efusivo fervor penitencial se convirtió en entusiasmo visionario y extático, comenzando un movimiento religioso que se difundió por toda Italia. El ermitaño Marino, que vivió en una isla del Po, y su discípulo Romualdo († 1027) así como los discípulos posteriores en monte Sitrio, se castigaban mutuamente con cuerdas y látigos. La auto-flagelación fue una práctica acostumbrada en la primera mitad del siglo XI entre los monjes de Fontavellana (cerca de Faenza) en Umbria, quienes se denominaban discípulos de San Romualdo. En ambos lugares el monje Dominico Loricato († 1060) se distinguió por sus severas flagelaciones, encontrando un entusiasta admirador en Pedro Damián, quien entró al convento de Fontavellana hacia 1035. A la extensa influencia de Pedro Damián, quien también fue prominente como apologista literario de la flagelación, se debe su rápida extensión y posterior preeminencia.
El movimiento de reforma monástica que surgió desde Cluny con su profundo sentido del pecado avivado por Bernardo de Clairvaux y especialmente el entusiasmo ascético propagado entre el pueblo por las órdenes mendicantes y su predicación de la pasión de Cristo, rápidamente hizo de la flagelación un medio ampliamente extenso de penitencia y expiación. Muchas de las órdenes monásticas y fraternidades femeninas adoptaron la provisión de la flagelación en sus reglas. Sin duda, principalmente por la influencia de las dos grandes órdenes mendicantes, esta práctica ascética fue luego posteriormente popularizada entre los laicos. En la mayoría de las órdenes más estrictas (entre otras los trapenses, cartujos, sacerdotes del oratorio, padres de la doctrina cristiana, carmelitas descalzos, capuchinos, redentoristas y Hermanos de la Caridad), la flagelación ha continuado en la práctica hasta hoy. Es ejercitada en su mayor parte como un acto de devoción, usualmente una o varias veces a la semana, según un ritual prescrito detalladamente. La oposición a la práctica incitada por el reformador monástico Jan Busch es un incidente sin paralelo.

1898. Kunstmuseum, Basilea
La gran peregrinación flagelante del año 1260 fue la primera de su clase. Un significativo preludio fue el poderoso movimiento religioso surgido en Italia en 1223 por la predicación del arrepentimiento y el perdón por varios monjes mendicantes, particularmente el dominico Giovanni da Vicenza. Causas más profundas de ambos movimientos fueron la excitación religiosa y la disposición penitencial de la población a la fenomenal actividad de Francisco de Asís, así como la tensión extrema de sentimientos a causa de los apasionados conflictos entre el papado y el imperio y el desorden general y ruina inducido por la lucha de esas facciones. La situación, de nuevo, se agravó en 1259 por la aparición de una violenta epidemia y sobre todo por la expectativa propagada ampliamente por los seguidores de la enseñanza de Joaquín de Fiore, de que en el año 1260 ocurriría una revolución general de las cosas, especialmente una purificación y renovación de la Iglesia. La ocasión directa para las cruzadas de los flagelantes de ese año fue provista por la llegada del venerable ermitaño Raniero Fasani, quien ya en 1258 se dice que había fundado la primera fraternidad flagelante en Perugia, proclamando que le había sido revelada una próxima visitación del juicio. En el otoño de 1260 el movimiento se esparció por todo el centro y el norte de Italia y ese mismo año cruzó los Alpes y se difundió por la alta Alemania y los dominios eslavos vecinos. Sin embargo, en Alemania los poderes espiritual y temporal al percibir en el movimiento elementos hostiles al orden eclesiástico y civil, se opusieron al mismo con decisión ya en 1261 y con la excepción del sur de Francia las flagelaciones públicas y las cruzadas de flagelantes al norte de los Alpes en el período entre 1261 y 1349 se manifestaron sólo en casos aislados. Sin embargo, en la alta Italia los sermones penitenciales del dominico Venturino de Bérgamo dieron ocasión, en 1334, a un muevo movimiento flagelante que se estancó en el año próximo.

El gran movimiento flagelante de los años 1348-1349 está estrechamente relacionado con la aparición de la terrible plaga conocida como la Peste Negra. Apareciendo en el este hacia 1347 la plaga había hallado entrada en Dalmacia, Italia superior y sur de Francia y desde esos tres centros se contagió por Europa central en 1348. Probablemente los intentos para conjurar el amenazador desastre mediante las procesiones de flagelantes se realizaron primero en Italia. Desde la Italia superior el movimiento tomó su curso, como precursor de la plaga, camino de Hungría hacia Alemania, luego Holanda, Bohemia, Polonia, Dinamarca e incluso Inglaterra y alcanzó su cima en el verano de 1349. La población ya estaba grandemente excitada por las expectativas apocalípticas, siendo la peste contemplada como el signo premonitorio de la gran revolución de todas las cosas. La flagelación parecía la preparación adecuada para la llegada del reino de Dios. Una carta apócrifa de Cristo, originada en fecha anterior, y pretendiendo haber caído a la tierra en Jerusalén, en la que había amenazas de juicios espantosos llamando a los hombres al arrepentimiento, se leyó en todas partes por los flagelantes errantes, pareciendo ser uno de los medios más efectivos en sus manos para extender su doctrina de la penitencia por la flagelación. En más de un caso los flagelantes tomaron una posición hostil contra el clero. También fueron activos en las persecuciones de los judíos en 1348-49, aunque en verdad ya estaban incitadas antes de la aparición de los flagelantes. Probablemente también fue un factor contribuyente una anticipación apocalíptica de una convulsión social general.

Anales de Gilles le Muiset

Los albati o bianchi de 1399.
En 1399 apareció un nuevo movimiento de flagelación de amplia extensión en los países romances con el surgimiento de los denominados "blancos" (albati, bianchi); desde Provenza el movimiento se esparció por Francia, España e Italia. El impulso en este caso vino por revelaciones ficticias de juicios divinos futuros y el supuesto mandato de la Virgen María. El movimiento se vio fortalecido por la llegada del conocido dominico español y popular predicador Vicente Ferrer, quien profetizó el fin inmediato de todas las cosas. Multitudes innumerables de flagelantes le siguieron por Francia, España e Italia entre los años 1400 y 1417. Esas cruzadas de flagelantes provocaron en el concilio de Constanza no poca ansiedad. Jean Gerson, en 1417, presentó al concilio un memorial en el que se pronunció decididamente no sólo contra las procesiones de flagelantes, sino también contra el auto-castigo del laicado en general.

1896. Staatliche Kunstsammlungen, Dresde
El procedimiento de la Iglesia contra las fraternidades flagelantes alemanas en el período tras 1349 tuvo su igual en el hecho de que de esas asociaciones surgió una secta flagelante herética, cuyo combate ocupó a la Iglesia hasta finales de la Edad Media. Esta secta poseyó una fuerte organización en Turingia hacia 1360 por el apocalíptico Konrad Schmid. Él calculó la fecha del juicio final para el año 1369 y sus numerosos seguidores se prepararon para el suceso mediante la flagelación penitencial. Es probable que Schmid y sus seguidores estuvieran también fuertemente influenciados por las doctrinas de los valdenses, que estaban ampliamente diseminados en Turingia. Los flagelantes de Turingia supuestamente habrían rechazado todos los sacramentos y el sistema ceremonial y jerárquico eclesiástico; había que levantar en su lugar un reinado milenial, a cuyo gobierno Schmid se creía llamado. En 1369 muchos flagelantes, entre ellos él mismo, fueron quemados. Pero sus seguidores desde entonces le identificaron con Enoc y Elías y esperaron que ejecutara el juicio final en lugar de Cristo. Desde finales del siglo XIV la Iglesia católica repetidamente combatió con severidad sanguinaria a los flagelantes turingios, aunque ellos furtivamente se mantuvieron hasta finales del siglo XV.
Fraternidades italianas posteriores.
Las asociaciones flagelantes italianas, tras su primera aparición en 1260, cumplieron en todos los puntos con las normas de la Iglesia y experimentaron, en no poca medida, su favor. Las asociaciones de flagelantes quedaron organizadas en casi todas las ciudades de Italia; en muchas ciudades existieron una lado de la otra al mismo tiempo, como por ejemplo, en Gubbio, Perugia y Fabriano por lo menos tres y en Padua seis. La dirección de varias de esas fraternidades, aunque no todas, quedó adjudicada a las órdenes mendicantes. Un buen número de ellas se dedicó al cuidado de los pobres y los enfermos y mantuvo hospitales. Los flagelantes italianos ocuparon una importante posición en la historia de la literatura italiana como creadores de la lírica popular religiosa y el drama espiritual. Incluso los primeros flagelantes de 1260 habían cantado himnos religiosos en el habla popular (laude). Posteriormente el canto espiritual vernáculo fue celosamente cultivado en las fraternidades flagelantes, excluyendo más y más los himnos latinos y convirtiéndose pronto en la forma literaria más rica de la lengua italiana. En un período temprano ciertos elementos dramáticos hallaron su expresión en el canto espiritual popular haciendo, por ejemplo, apelaciones y preguntas los cantores a Cristo o María y recibiendo respuestas de ellos. A partir de este punto no se necesitaba sino un paso para completar la dramatización de los laude y la creación del teatro popular religioso. La presentación de esos dramáticos laude, cuyo tema, por supuesto, procuraba ser primero y principalmente la historia de la vida y pasión de Cristo, se ha de catalogar entre los principales servicios de las fraternidades flagelantes italianas.
Manifestaciones posteriores y desarrollo.
Desde el siglo XVI en adelante la Compañía de Jesús promovió, con apasionado celo, la difusión del auto-castigo. En estrecho contacto con los jesuitas estaban también las fraternidades penitenciales y flagelantes francesas del siglo XVI, que tuvieron mucha influencia en la vida política de Francia bajo el rey Enrique III (1574-89). También en Alemania, debido principalmente a la influencia de los jesuitas y capuchinos, el auto-castigo de laicos se difundió ampliamente en el siglo XVI. El erudito alemán más notable de los jesuitas, Jacob Gretscher, compiló (1606-13) una historia y vindicación completa del auto-castigo, con la idea de promover su difusión tanto como fuera posible. Gracias de nuevo a la propaganda jesuita, la flagelación obtuvo brillantes triunfos, tras el siglo XVI, en partes más allá de Europa, especialmente en la India, Persia, Japón, Filipinas y particularmente en las provincias americanas de España. De hecho, incluso hasta el día presente, la flagelación ha sido tenazmente practicada en Sudamérica, México y en el sudoeste de los Estados Unidos; las fraternidades (hermanos penitentes) de Nuevo México y Colorado llegaron a contar entre sus miembros a miles y llevaron su fanatismo hasta el punto de crucificar a sus miembros, por lo que León XIII se sintió obligado a oponerse a sus procesiones. En Sudamérica la flagelación de laicos todavía se practica en muchos lugares como práctica costumbrista regular en iglesias específicas y según formas rituales. De manera semejante la práctica de la auto-flagelación en público es mantenida en el este de la India y partes de Portugal, Italia y España. La flagelación de laicos en privado actualmente está limitada a círculos estrechos. En la Iglesia griega la flagelación apareció sólo aquí o allá en ciertos círculos monásticos. Algunos grupos rusos, sin embargo, se dicen que la practican en sus denominados servicios que recuerdan a los derviches.