Historia
FRATICELLI
La vida y práctica de los fraticelli difería de los observantes principalmente en que deseaban ser enteramente independientes de los minoritas y de la Iglesia y su jerarquía. Su indumentaria era tosca, vistiendo cortos hábitos y sucias bolsas para distinguirse de los franciscanos. Rechazaban a la Iglesia católica al considerarla caída de la pureza cristiana, estimando a los papas desde Celestino V, o al menos desde Juan XXII, usurpadores, a la vez que ineficaces los sacramentos administrados por sacerdotes e indignas las indulgencias papales. Los fraticelli estuvieron sujetos a severa persecución como resultado de la bula condenatoria emitida por Juan XXII el 23 de enero de 1318, especialmente en Toulouse y sus inmediaciones, en Italia después de 1321 y de nuevo en 1350, repetidamente en Flandes después de 1322 e incluso en Florencia en el siglo XIV, siendo ejecutados varios en Roma en 1466.
El siguiente relato describe el caso de un fraticelli quemado en el patíbulo:
'Los pobres hermanos de san Francisco establecidos en la Marca de Ancona, que ahora y desde hace mucho tiempo sufren persecución por haber abrazado la pobreza de Cristo, enviaron según su costumbre a Florencia el hermano Miguel y un compañero, para edificar a los fieles de la ciudad, lo cual se pasó el día 26 de enero del año 1388. [...] A la hora de vísperas, el jefe de los Fariseos mandó por el hermano Miguel para examinarlo y le dijo: «¿Qué clase de gente tienes tú, qué normas sigues, qué doctrina es la tuya y dónde y con quién andas?». El santo hermano replicó sencillamente que era un pecador, sin tener más derecho que el de Jesucristo, ni profesar otra doctrina que la de Cristo y su Iglesia. Entonces él, interrumpiéndole, le preguntó si era sacerdote y quién le había ordenado y dónde. A lo cual el hermano Miguel contestó toda la verdad, salvo que no dijo dónde. Entonces el jefe de los Fariseos (o acaso su vicario), con ciertos notarios, redactó una confesión de diez y siete o diez y ocho artículos, que parecía una confesión hecha para gente sencilla, pero que llevaba disimuladas muchas consecuencias heréticas y falsas, y parece había acarreado tiempo atrás la condena de Lorenzo Gherardi. Se la leyeron capítulo por capítulo, preguntándole: «¿Qué piensas de esto?», contestando él a todo con sencillez pero anticipándose a las falsas conclusiones que podrían sacarse. Pero el efecto de esa confesión era que Cristo, como un hombre mortal en la vida presente, lo mismo que sus Apóstoles, enseñó el camino de la perfección no teniendo ninguna clase de propiedad, tanto individual como en comunidad, rechazando cualquier señorío temporal. La confesión iba siendo escrita por un notario, al cual el santo hombre protestaba de que no firmaría nada que él mismo no hubiese dicho. Luego los fariseos, con muchas mofas y escarnios, le dijeron: «¿De manera que la Iglesia está con vosotros?». Y le llevaron a la cárcel. [...] Después de leerle la confesión, le preguntaron si asentía a las doctrinas que habían sido enseñadas por maestros venerables y creía todo el pueblo de Florencia. A lo cual él contestó que creía haber sido Cristo crucificado un hombre pobre y que Juan XXII era un hereje en cuanto decía lo contrario, y que todos sus sucesores que asintieran a sus decretales y las defendieran serían herejes también. [...] En la mañana de su martirio, fue a verle un Gonfaloniero, diciéndole: «Ve hermano Miguel cómo mis gentes están armadas para llevarte a la muerte. Yo no sé qué clase de hombre eres. ¿Por qué no crees lo que cree todo el mundo?». A lo que fue contestado por el santo hermano: «Yo creo en Cristo pobre y crucificado». «Yo también creía y creo eso, y lo mismo las demás gentes», contestó el Gonfaloniero. Respondiendo el santo hombre: «El papa Juan XXII no lo creía, y tampoco ahora lo cree el obispo». A lo cual el Gonfaloniero se volvió para seguir el camino ordenado diciendo: «Este hombre tiene el demonio en el cuerpo». [...] Y mientras le estaban atando al patíbulo, muchos se llevaban las manos a la cabeza pidiéndole que se retractara, pero él se mantenía más y más firme. Preguntándole uno: «¿Qué es eso por lo que te dejas matar?», a lo que contestó el hermano Miguel: «Es una verdad que llevo en mi alma y de la que sólo puedo dar testimonio con la muerte. [...] Al fin, después de haberle asediado con variados argumentos prendieron fuego a la leña, y el hermano Miguel, habiendo terminado el Credo, empezó a cantar el Te Deum, y cuando llevaba ocho versos, pareció como que estornudaba y dijo: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu. Cuando se quemaron las cuerdas, cayó muerto en tierra sobre sus rodillas, con la cara hacia el cielo y la boca muy abierta.'
(De la miscelánea Scelta di curiosità letterarie inedite e rare, Bolonia, 1864, n.° 50.)