Historia

GIRÓVAGOS

Giróvagos es el nombre aplicado a los monjes errantes que subsistían gracias a la caridad. Benito de Nursia los menciona en su regla, deseando que desaparecieran (Regula i). Aprovechándose de la hospitalidad vagaban de una celda a otra, sin adoptar un estilo de vida comunitario. Incluso antes de los días de Benito ya eran comunes en occidente. Agustín los llama circelliones o circumcelliones y refiere que fueron los primeros monjes en realizar un activo tráfico con los huesos espurios de mártires. Casiano también menciona una clase de monjes que eran probablemente idénticos con los giróvagos de Benito y los circumcelliones de Agustín. Eran notorios glotones, rechazaban el ayuno e incluso seducían a los internos de los conventos a romper la observancia del ayuno. Los informes más antiguos sobre esta clase de monjes en el oriente están en un tratado griego sobre las reglas ascéticas (comp. MPG, xxxi. 84, 119). Nilo el Sinaíta († c. 430) se queja de los 'falsos monjes' (bk. iii, epist. 119) y Juan Clímaco († 649) avisa a los establecidos anacoretas a que se cuiden de los giróvagos (Scala paradisi gradus, xxvii).

La Iglesia se dio pronto cuenta del deber de restringir los excesos de estos monjes errantes. Los sínodos de Angers en 453 (canon viii) y Vannes en 465 (cánones vi y vii) determinaron que los monjes vagabundos deberían ser apartados de la comunión y ser estrictamente disciplinados; los dos concilios españoles en Toledo en 633 (canon liii) y 646 (canon v) exigieron que los religiosi vagabundi fueran o sometidos al clero o consignados a un claustro. Las fundaciones monásticas de Cesáreo de Arlés, Benito de Nursia y Casiodoro en el siglo VI sirvieron para reprimir a los monjes errantes, sometiendo expresamente a sus internos a perseverar en el estado monástico hasta la muerte y a permanecer en el primer monasterio escogido. El triunfo de la regla benedictina en el siglo VIII puso al monasticismo occidental bajo la forma cenobítica. En el este las medidas para suprimirlos fueron tomadas por el concilio de Calcedonia en 451 (canon iv), también por Justiniano y luego por el segundo sínodo de Trullo en 692 (canon xlii). A pesar de todo, hubo monjes de este tipo por toda la Edad Media. Posteriormente el término giróvagos se aplicó a clérigos inestables y cambiantes.