Historia

GLOSAS BÍBLICAS Y ECLESIÁSTICAS

Página de la Biblia de Lutero, edición de 1534, con glosas marginales al capítulo 18 de Job
Página de la Biblia de Lutero, edición de 1534, con glosas marginales al capítulo 18 de Job
Origen y desarrollo de los términos.
Una glosa es una nota marginal empleada para explicar o ilustrar. El término se deriva del griego glōssa, "lengua, habla, dialecto". El uso de notas marginales se puede trazar a los tiempos clásicos, cuando se emplearon para explicar a los estudiantes griegos el significado de palabras obsoletas, provinciales o extranjeras, ocurriendo especialmente en los poemas homéricos. Se hicieron índices de las glosas junto con sus equivalentes en el habla común, comenzando de este modo la obra de lexicografía. Glossa llegó a significar cualquier palabra que no estaba en uso común en cualquier tiempo particular o una usada en sentido limitado que requería elucidación. Un sinónimo, glossēma, entró en uso posteriormente cuando, especialmente en tiempos alejandrinos, se exigió la anotación de manuscritos a causa de la difusión de la lengua griega. Naturalmente esta anotación evolucionó de la mera explicación de las palabras a la discusión de las formas gramaticales y luego al tema. El uso de las glosas pasó a los romanos, que acuñaron el término glossarium.

Glosas en el mundo griego.
El fabricado término glossa se aplicó a las notas marginales encontradas en los manuscritos bíblicos, tales como el kere del Antiguo Testamento y las explicaciones de los términos hebreos usados en el Nuevo Testamento. El término Glossæ sacræ se usó para las colecciones de pasajes difíciles que había en las Biblias en diversas lenguas con las elucidaciones acompañantes, aplicándose pronto a las explicaciones solamente. La multiplicación de tales glosas se comprende al recordar que la primitiva enseñanza y predicación cristiana consistió en gran parte en interpretar la Biblia en las lenguas usadas por los oyentes. Naturalmente los pasajes difíciles se anotaban en el margen. El alcance de las anotaciones se amplió gradualmente, incorporando la sustancia de la tradición oral y luego de la escrita sobre el asunto tratado, especialmente en lo que concernía a la traducción de los términos hebreos. Tal discusión y elucidación era particularmente necesaria en el mundo griego en relación a la Septuaginta, donde se empleaban inusuales construcciones griegas para procurar reproducir el hebreo original, y en la traducción de Símaco y Aquila. En los casos de diferencias textuales las notas marginales incorporaron las diferentes lecturas o en alguna manera las indicaban. De tales colecciones, centradas en gran parte en la explicación de palabras individuales que contenían principalmente extractos de los comentarios más populares, se desarrollaron las denominadas Glossæ sacræ, de la que un buen ejemplo es el léxico de Hesiquio, ya sea en su forma original o desarrollada. Otros de esa clase son el Lexeōn synagōgē de Focio, el léxico de Suidas, el denominado Cyril-Glossarium, el léxico de Zonaras, el Etymologicum magnum y la obra del siglo XVI compilada por el benedictino Varino Favorino (comp. J. C. G. Ernesti, Glossæ sanctorum Hesychii, Suidæ et Phavorini, Leipzig, 1785-86; F. G. Sturz, Zonaræ glossæ, ib. 1818).

Transferencia al oeste.
Una labor análoga exactamente a la descrita sobre la Biblia griega, se aplicó en el oeste a la latina, siendo las necesidades del mismo carácter. Pero como las notas marginales consistían no sólo de explicaciones de palabras individuales, sino de comentarios más largos (comp. Tertuliano, Adv. Valentinum, capítulo vi), el término glossa significó el "sentido asignado del pasaje", como por ejemplo en las Etymologiæ (i. 30) de Isidoro de Sevilla y en un pasaje de Alcuino (MPL, ci. 850), aunque esto no excluye el antiguo significado de elucidación de palabras aisladas. Pero en el caso de equivalentes latinos usados para explicar la palabra en el texto, a veces se escribían entre líneas. De ahí surgió la costumbre de reservar el margen para las anotaciones más largas, que se convirtieron en comentarios relacionados, aplicándoseles en singular el término glossa. Así fue como la palabra se hizo equivalente de "comentario", aunque todavía podía usarse en su sentido original de "explicación de palabras oscuras." En la Edad Media la palabra recibió una doble connotación, significando explicación de palabras sencillas o comentarios sobre una obra entera, como la Biblia. Algunas autoridades usaron el término para designar el kere de la Biblia hebrea, incluyendo otras partes al menos del aparato masorético. Así significó cualquier colección de observaciones exegéticas explicativas, ya fueran escritas entre las líneas, en el margen o interpuestas paragráficamente en el texto. Se puede mencionar la obra de Walafrido Estrabón como ejemplo de esa clase, así como una compilación de los escritos de Alcuino, Ambrosio, Agustín, Beda, Casiodoro, Crisóstomo, Gregorio Magno, Haimo, Hesiquio, Jerónimo, Isidoro de Sevilla, Orígenes, Rabán y otros, que durante seis siglos fueron el vade-mecum de la exégesis. Sin embargo, el carácter de esta obra era más teológico que filológico. En este aspecto ha de mencionarse la "Glosa interlineal" de Anselmo de Laon († 1117). A partir del siglo XIV muchos manuscritos de la Vulgata fueron enriquecidos con la adición de esas dos obras o partes de ellas, junto con las Postillæ de Nicolás de Lira y las Additiones de Pablo de Burgos, escritas al pie e incluso hasta impresas. Pero junto a ellas también había glosas interlineales que trataban con asuntos filológicos, originadas en algunas escuelas de los monasterios. Por supuesto esta clase de labor se hizo en otros libros, como los escritos de Homero, obras patrísticas, cánones, himnos, leyendas, reglas monásticas, etc. Esas glosas interlineales se convirtieron naturalmente en versiones interlineales en las diversas lenguas de los pueblos a los que el cristianismo fue llevado.

Influencia en las obras enciclopédicas.
En otra dirección esas glosas se desarrollaron en una clase de literatura que anticipaba la obra de las enciclopedias, de la que la obra de Isidoro, Etymologiarum libri viginti es un ejemplo y representa una numerosa clase de obras. Otras obras de este carácter son las Glossæ de Salomón III, obispo de Constanza († 919), impresa en 1483; el Papiæ elementarium doctrinæ erudimentum, compilada hacia 1050 e impresa desde el siglo XV; la Panormia de Osbern de Gloucester (c. 1150), en Mai, Classicorum auctorum... tomi, Roma, 1836); Dictionarius sive de dictionibus obscuris de Juan de Garlandia; el Repertorium vocabulorum y vocabularium biblicum de Alexader Neckam († 1215) y el Breviloquus vocabularius, editado por Reuchlin.

Uso moderno en la crítica bíblica.
El uso posterior de la palabra se aplica a las inserciones que, en el curso de la transmisión del texto, se introdujeron en el cuerpo de una obra. Surgen de la inclusión por un copista de material que encontró escrito entre líneas o en el margen. Esto ocurre a veces con un plan manifiesto, aunque sin mala intención por parte del copista, y también por su error. Sin embargo, el resultado en ocasiones es que es imposible descubrir si una corrupción de un texto ocurre por una pretendida mejora o por una interpretación de la nota marginal. Correcciones de esta clase se encuentran en el texto de las lenguas originales de la Biblia, ya que cuanto más se usa y copia un libro, con más probabilidad habrá tales correcciones. Este es el caso con el texto hebreo. Un medio de detectarlo es a veces la comparación de dos o más traducciones (comp. la edición de Wellhausen de la obra de Bleek, Einleitung in das Alte Testament, Berlín, 1893, § 269; F. Buhl, Kanon und Text des Alten Testaments, Leipzig, 1891, p. 257, traducción inglesa, Londres, 1892; y para el Nuevo Testamento comp. E. Reuss, Geschichte der heiligen Schriften des Neuen Teetaments, Brunswick, 1874, § 359, traducción inglesa, 2 volúmenes, Boston, 1874). En forma similar las antiguas versiones se corrompieron por la incorporación de glosas, como en el caso de la Septuaginta, a pesar de la crítica de hombres tales como Orígenes, Luciano y Hesiquio, y de la Vulgata (comp. Z. Frankel, Vorstudien zu der Septuaginta, Leipzig, 1841, §§ 11 y sig.; F. Kaulen, Geschichte der Vulgata, Maguncia, 1868, páginas 212 y sig., 266).