Historia

GRIEGO HELENISTA (KOINĒ)

Árbol de la familia de lenguas helénicas
Árbol de la familia de lenguas helénicas
Definición.
La definición que se dio en su día sobre el griego helenista fue la de "ese modo de hablar en uso entre los judíos que vivieron entre los griegos o esa peculiar forma de la lengua griega que se forjó en el pensamiento y habla del oriente semítico, cuando las dos esferas de la vida comenzaron a actuar la una sobre la otra." Pero tal definición no sólo es estrecha e históricamente insuficiente sino también imposible. El conocimiento de esta lengua no se obtiene sólo de las obras judías, al haber ahora un rico fondo de fuentes en inscripciones y papiros de muchos países que es de tal carácter que suscita el interés no sólo de los filólogos sino de quien esté comprometido con el estudio de la cultura y la historia religiosa. El griego helenista no puede ser aislado como "lengua sagrada" o "griego bíblico", que son nociones imbuidas por un lado de la dogmática religiosa y por otro de la dogmática filológica, jugando esta última con los lemas "griego clásico" y "vulgar" o "griego común", lo que impide la percepción del hecho histórico de la amplia difusión de una lengua y de su consecuente desarrollo. Para un método imparcial de percibir el asunto desde un punto de vista histórico-lingüístico el griego helenista debe definirse como la lengua mundial de los tiempos de los Diádocos y los emperadores. Si el griego en conjunto se divide en griego "antiguo", "medio y tardío" y "nuevo", el griego helenista es en general idéntico con el "medio y tardío", usado entre 300 a. C. y 600 d. C., es decir, comienza con las conquistas de Alejandro y acaba con el establecimiento de un Estado griego nacional, el imperio bizantino. Se han usado varias designaciones para la lengua así definida: Griego helenista, lengua griega mundial, griego medio o tardío y koinē ("común"). La más usada es la última, koinē, empleada sólo como nombre, aunque sin acuerdo general en cuanto a su significado. Algunos entendieron que se refería a la literatura post-clásica con la excepción de las obras áticas (como Winer-Schmiedel). Hatzidakis entiende el desarrollo completo del griego común, oral y escrito, entre los límites asignados antes, 300 a. C. - 600 d. C. Schweizer concuerda con esto, excluyendo sólo las obras áticas. El uso variado al que el término koinē ha sido sometido hace aconsejable retener la denominación griego helenista para la lengua.

Componentes del griego helenista.
En las investigaciones históricas de la lengua se observan dos tendencias. Una subraya el ático como el auténtico fundamento del griego helenista, la otra minimiza su influencia. Esto se debe a que los investigadores enfatizan sólo uno de los dos grupos de fuentes, al fijarse exclusivamente bien en los libros, tales como las obras de Polibio, o bien en las inscripciones y papiros, olvidando o no reconociendo que ambos son dos lados de una posesión común. Ha de observarse con Schweizer y Kretschmer (Wochenschrift für klassische Philologie, xvi. 1899, cols. 2 y sig.) que existe una diferencia en cualquier lengua entre lengua escrita y hablada, entre literatura y conversación. La primera está limitada por la norma, quedando pulida y regulada, mientras que la segunda es algo de crecimiento espontáneo y libre, sometida a la emergencia del momento. Pero no hay que esperar la una de la otra como si fueran entidades separadas. Si sólo se observa la literatura se puede apreciar un mayor o menor grado de influencia ática, detectándose más o menos influencia de la lengua vernácula. Muchas de esas obras apenas llevan huella de sabor ático, pero están marcadas por expresiones, giros de pensamiento y un vocabulario extraño al ático clásico. Tales resultados produjeron una reacción y un intento consciente de acercamiento a la norma clásica, cuyo primer ejemplo es Dionisio de Halicarnaso, contemporáneo de Augusto. Como consecuencia incluso en la literatura que más estrechamente se acerca a esta norma hay mucho discernible que es imitación o mero ornamento. La investigación cuidadosa despojará esta máscara y expondrá el núcleo, los orígenes y peculiaridades de la nueva lengua mundial, tal como aparece en las inscripciones, ostraca y papiros del tiempo, que proceden en gran cantidad de Grecia, Egipto y Nubia y son tan ricos que prometen un renacimiento de la filología griega. Auxiliar a esta masa de material es la literatura del griego del Antiguo y Nuevo Testamento, los apócrifos y pseudo-epígrafos, las leyendas y libros de mártires, la correspondencia de varias clases y particularmente el material en las obras de los gramáticos y lexicógrafos, incluyendo la materia que los maestros de escuela eliminaron de la lengua, pero que existía en la lengua vernácula. Contiene elementos áticos con muchos que no lo son y que no pueden ser llamados ni ático ni ático pervertido. De tal carácter es la reducción en pronunciación de diptongos a vocales simples, que continúa hasta hoy y está recogida también en inscripciones del griego egipcio, que retrocede al dialecto de Boecia. Otros cambios registran influencia jónica o eólica sobre las vocales de toda la lengua. Las consonantes también experimentaron cambio. Por sibilización la tt se convirtió en ss, la aspiración se bajó y añadió (kuthra por chutra), mientras que también se hicieron sentir las influencias dóricas. De este modo surgió un hablar nuevo de elementos diversos, tal como el nuevo alto alemán ha surgido de elementos del alto, medio y bajo alemán. Al coexistir elementos de los diversos pueblos de habla griega en Egipto y en oriente, amalgamaron las variedades de su lengua materna en una vernácula común, basada en el ático pero que abarca los demás componentes.

Fundamentos vernáculos del griego helenista.
Junto con esos cambios es obvio que con la difusión de la lengua en nuevas partes del mundo se introdujo una gran masa de palabras procedente de Egipto, Persia y las lenguas semíticas, con nombres para animales, plantas y los productos de la vida privada y pública. Las condiciones políticas produjeron una mezcla de peculiaridades locales del dialecto en la lingua franca común, ya que ni el ático, ni el dórico ni el jónico eran la norma de la lengua en el nuevo dominio. El deseo de saber esta nueva lengua que estaba en camino de convertirse en el lazo de una nueva ciudadanía mundial promovió su crecimiento. E indudablemente mucho de lo que surgió como nuevo en la literatura era realmente antiguo, habiendo salido a la luz por vez primera en los nuevos documentos. La antigua hipótesis de que en la nueva lengua los dialectos macedonio y alejandrino eran predominantes no puede sostenerse, si por "macedonio" se entiende la lengua de Macedonia. Que el vocabulario de Alejandría era influyente en el mundo helenístico por razón de la importancia de esa ciudad es por supuesto correcto. Pero el carácter de esta nueva lengua se debió a la conjunción de elementos, especialmente, pero no exclusivamente, del ático y el jónico, en una nueva lengua vernácula, que a su vez se convirtió en vehículo de la literatura. La lengua helenista vernácula no es la vulgarización de una lengua literaria, sino que ésta es el ennoblecimiento de aquélla.

Unidad del griego helenista.
Parece bastante natural diferenciar el griego helenístico según las peculiaridades locales, como cuando K. Dieterich lo dividió en el de Egipto, Asia Menor y Grecia. La antigua noción de un "dialecto" alejandrino como una entidad filológica separada tuvo una popularidad extensa y un cierto fundamento, ya que la mayoría de los escritores de categoría eran de Egipto. Naturalmente las peculiaridades que mostraban se llamaron griego "egipcio". Sin embargo, hay que alertar contra la noción de que las diferencias locales en la lingua franca se consolidaron en "dialectos". Aunque hubo diferencias locales, no fueron significativas; el habla común era una y Schmid habla correctamente de la "maravillosa totalidad" de esta lengua común y de la unidad que impregnó sus cambios fonéticos y morfológicos. Por eso las expresiones "griego judío". "griego cristiano" y semejantes son "extravagantes" (Jülicher, en GGA, 1899, p. 258), aunque sean veneradas por los gramáticos, lexicógrafos y exégetas de la Biblia griega. No existe una base histórica para aislar esta literatura filológicamente. Hay peculiaridades lingüísticas que estuvieron aisladas o contempladas aparte, también tendencias religiosas que fueron y permanecen autoritativas para la doctrina del griego "bíblico". Al ser la Septuaginta y el Nuevo Testamento los únicos ejemplos conocidos de griego helenista no era necesario ningún sentido lingüístico especial para diferenciarlos del griego clásico. Su comparación con Polibio reveló un mundo diferente, repleto de hebraísmos y semitismos. El griego "helenista" se convirtió en el lema para expresar una cierta mezcla de dos lenguas totalmente diferentes, exactamente como el yiddish se usa en tiempos actuales. La fijación de este término o del término griego "bíblico" fue promocionado por otro factor, el dogma de la inspiración. A consecuencia de ello a los no regenerados no se les permitió juzgar el carácter lingüístico de la Biblia (Quenstedt, en Luthard, Kompendium der Dogmatik, Leipzig, 1886, p. 312) y la inspiración asumida para el Antiguo y Nuevo Testamento se trasladó a la Septuaginta. De este modo no sólo el texto sino la cualidad de la lengua en tanto lengua quedó aislada, surgiendo una distinción entre griego "profano" y "sagrado". Uno de los más influyentes promotores de esta teoría fue Hermann Cremer, quien, en el prefacio de su léxico aprueba expresamente la posición de Richard Rothe (en Zur Dogmatik, Gotha, 1863, p. 238), quien afirma que se puede hablar de una lengua del Espíritu Santo vertida en la Biblia, ya que el Espíritu divino, operando en la esfera de la revelación, ha construido para sí mismo una lengua de contenido religioso a partir del habla de la gente de las regiones en la que operaba, formando esta nueva lengua según una modelación apropiada para el propósito particular. Cremer procura introducir la prueba de esta posición en muchas partes de su léxico. Por tanto, durante un tiempo los modos de pensamiento lingüístico y teológico concordaban en proponer el griego bíblico aparte como algo sui generis. El desmentido de esta teoría, que ha sido una barrera para la lingüística, la exégesis y la fe cristiana, lo acometió Adolf Deissmann en Bibelstudien y Neue Biblestudien. El mismo autor arroja más luz en New Light on the New Testament (Edimburgo, 1907); The Philology of the Greek Bible (Londres, 1908) y Licht, vom Osten, as Neue Testament und die neuentdckten Texte der hellenisc-römischen Welt (Tubinga, 1908).

Pronunciación e inflexión.
Las característica más significativa del griego helenista fue su tratamiento de los sonidos y la inflexión, quebrándose por esa concepción la idea de un griego bíblico especial. Cada una de las precisas peculiaridades que distinguen el texto de la Biblia del de Platón y Jenofonte se hallan en el griego contemporáneo de la lingua franca, como evidencian las inscripciones, ostraca y particularmente los papiros. Que esta cualidad es inherente en los papiros no es un accidente, ya que tratan con la vida privada y común de la gente. Las inscripciones, al ser públicas, muchas veces, particularmente cuando son oficiales, se aproximan conscientemente al estilo literario, mientras que los papiros son sencillos y expresan las muchas necesidades y situaciones variadas de la vida diaria de la masa de la población y esta situación general es confirmada por las fórmulas y usos de procedimiento legal.

Lexicografía.
El vocabulario de la Biblia griega muestra las adiciones características del griego helénico. Es evidente que el vocabulario de esta lengua mundial que se enriqueció de todas las tierras sujetas a los griegos, no puede ser plenamente entendido. De las fuentes descubiertas emergen continuamente palabras que en vano se buscan en los léxicos; no es sorprendente por tanto que muchas palabras en los textos conocidos ocurran sólo una vez. Que fueron acuñadas por los autores sin pensarlo no lo mantendría ninguna persona inteligente; son simplemente hapax heurēmena ("palabras hallas sólo una vez"), no hapax eirēmena ("palabras usadas solo una vez"). Esas palabras "halladas" sólo una vez son numerosas en la Biblia griega y se han empleado para fortalecer la teoría de un griego "bíblico" o "perteneciente al Nuevo Testamento", en este último caso debiéndose a la fuerza constructiva del cristianismo, en lo que es seguido por Grimm, quien transmite la impresión de que eran desconocidas en otras partes, aunque la edición de Thayer es, en este asunto, más prudente. De un gran número de tales hapax heurēmena se puede afirmar sobre bases internas que su rara ocurrencia es mero accidente. En otros casos aparecen en autores desconocidos, en las inscripciones, ostraca y papiros, palabras y combinaciones que hasta entonces habían sido asumidas como exclusivamente "bíblicas" o del Nuevo Testamento. Y lo mismo es verdad de los significados "bíblicos" de las palabras comunes, que han sido considerados peculiares del griego bíblico. En comentarios del Nuevo Testamento esos significados han recibido mucha atención, quedando su utilidad dogmática disminuida cuando se impone un examen cuidadoso de los hechos. Desafortunadamente la situación en este aspecto ha sido confusa al no mantenerse la distinción entre los puntos de vista lingüístico-histórico y el religioso-histórico. Es verdad que el judaísmo y el cristianismo han creado nuevas palabras y nuevos significados para las palabras, pero eso son hechos en la historia de la religión, no de la lingüística, ya que las palabras o significados se originan de la fe judía o cristiana y no de la græcitas judía o cristiana. Sería tan correcto hablar del griego gnóstico o del griego de la Stoa o del griego del neoplatonismo como del griego "judío" o "cristiano" sobre el fundamento de que crearon nuevas palabras o dieron nuevos significados a palabras. Por tanto, desde el punto de vista lexicográfico la Biblia griega es un documento de la lengua helenista mundial.

Sintaxis.
A primera vista la sintaxis de la Biblia griega puede parecer que garantiza la designación de griego bíblico. En los Salmos y en los evangelios sinópticos hay construcciones, órdenes de palabras y métodos de construir frases que no pueden ser duplicados ni siquiera en los papiros que proceden de los campesinos de Egipto. Se trata de un griego lleno de semitismos. Pero otras partes de la Escritura no contienen esos elementos; IV Macabeos, las epístolas paulinas, la epístola a los Hebreos difieren en este aspecto de los libros citados anteriormente y pertenecen a la lengua helenista común. Sintácticamente hay que distanciarlos de las obras con un sabor judío tan pronunciado y la razón es que son composiciones originales, mientras que los otros mencionados son traducciones del hebreo o arameo; de este modo se consigue una nueva medida para sus peculiaridades sintácticas, pudiendo hablarse no de griego judío, sino de traducción griega. Pero surge la pregunta de si esta traducción está hecha en el griego cotidiano del traductor o es simplemente un griego moldeado según el modelo semítico. En el primer caso sería una parte de la lingua franca; en el segundo sería un griego judío existente sólo en un documento en el que el original no fue traducido al griego, sino simplemente transferido palabra por palabra a equivalentes griegos. O, para decirlo de otra manera, ¿son los "semitismos" de la Biblia normales o excepcionales? Siguiendo esta distinción hecha por H. Paul, Prinzipien der Sprachgesichte (Halle, 1898) la traducción griega es una variedad cuya artificialidad se aprecia y existe sólo en el documento; sus numerosos semitismos sintácticos son por tanto excepcionales. Si hubiera habido un griego idiomático judío ¿cómo fue que el judío griego, Pablo, que escribió no libros sino cartas, no lo empleó? y ¿por qué Filón y el autor de la carta de Aristeas escriben en un griego que es tan poco judío? Dos autores bíblicos aportan argumentos adicionales innecesarios, como Sirach y Lucas. Ambos tienen prólogos de los que no se puede decir que son "greco-judíos" o que "hebraizan", aunque ambos autores hacen uso de semitismos, si bien no con la misma frecuencia. Para quienes argumentan en favor de un "griego judío" la existencia de esas dos clases de griego en la misma pluma es algo embarazoso. Sin embargo, la explicación es sobremanera simple. En el prólogo esos autores escriben como hablan; en el contenido de la obra fueron más o menos dependientes, directa o indirectamente, de una base semítica. El griego judío no fue, por tanto, una lengua viva, sino un método inferior de traducción. La Septuaginta es más judía que los evangelios sinópticos porque la primera tiene una base documental; los segundos proceden de una tradición oral de un pueblo bilingüe. Que hay, por así decirlo, semitismos normales junto con lo excepcional ha de reconocerse; existen para colorear ciertos libros, tal como los sermones y documentos religiosos actuales están coloreados por la terminología bíblica. Por tanto, es necesaria una investigación de los semitismos en los textos cristianos. Una comparación de los escritores de la lengua helenista común muestra sin duda que muchos de los denominados semitismos son más bien partes de la lengua cotidiana. Tales casos son el uso de anastrephesthai ("andar") y anastrophē ("ando") en un sentido ético, onoma ("nombre") en el sentido de persona, etc. El número de semitismos se vería reducido y parecería ligado a la terminología religiosa. Cuánto se introdujo en el habla común en tiempos pre-cristianos difícilmente puede estimarse, pero es cierto que se introdujeron palabras técnicas, aunque sólo se conoce un "egipcismo", onos hypo oinou. Por eso desde el punto de vista de la sintaxis la Biblia griega pertenece a la lengua helenista común.

La Biblia griega no es griego literario.
Cuando se pregunta si la Biblia griega es un monumento de la lengua vernácula o de la lengua literaria hay que tener en mente que los límites entre ambas son fluctuantes. Más aún, ha de hacerse una distinción entre los diversos libros de la Biblia. Blass afirma de la epístola a los Hebreos que es el único libro en el Nuevo Testamento que en estructura y estilo muestra el cuidado y acabado de un escritor artístico. Las cartas paulinas, por el contrario, son monumentos de la lengua vernácula; su vocabulario es de esa clase que un gramático ático habría continuamente corregido para eliminar palabras prohibidas para la literatura. Su sublime combinación en Estad alerta, permaneced firmes en la fe, portaos varonilmente, sed fuertes.[…]1 Corintios 16:13 de grēgoreite stēkete ("velad, estad firmes") es de esa clase que ningún escritor se habría permitido usar; ambos verbos, como Blass los denomina, son "plebeyos". Pero esperar griego literario del apóstol sería erróneo, pues él no era un littérateur, sino un escritor de cartas, que habla a la gente común de Éfeso y Corintio; Pablo conocía la lengua de Asia, Europa y Egipto, con una elocuencia nativa y un pathos profético que surge de su alma fogosa, hablando tal como escribe. Igualmente los evangelios son monumentos de la lengua vernácula, pudiendo decirse lo mismo de los libros de la Septuaginta, que están repletos de palabras que serían abominación para los aticistas. Para los hombres del cristianismo primitivo los escritores del periodo clásico no son sino ratones de biblioteca. En los textos más populares de los siglos cristianos posteriores, las leyendas, novelas, cartas, relatos de mártires y semejantes son monumentos del habla viva que desembocaría en el nuevo griego.