Historia
HESICASTAS
Primeras noticias. Barlaam.
Desde la elevación de los Paleólogos al trono imperial, la Iglesia ortodoxa estuvo en un estado de continua perturbación, inclinándose la política del gobierno alternativamente a la unión con la Iglesia católica y a la hostilidad hacia ella; la primera mitad del siglo XIV fue un período de guerra civil, siendo éste el tiempo en el que se formaron los hesicastas, primero en el Monte Athos, bajo el liderazgo de Gregorio Palamas, posterior arzobispo de Tesalónica. Hablaban de una luz divina eterna, increada, pero comunicable que había brillado en el monte Tabor, el monte de la Transfiguración, y había pasado a ellos. Sin embargo, pronto fueron atacados por el monje Barlaam, nativo de Calabria, de ascendencia griega y originalmente miembro de la orden católica basilia. Fue a Grecia al principio del reinado de Andrónico, se unió a la Iglesia griega y ganó prominencia por sus polémicas contra la Iglesia católica y como agente de Andrónico ante Benedicto XII en Aviñón, especialmente para procurar el apoyo de la Europa occidental contra los turcos, pero realmente para trabajar por una unión entre las Iglesias griega y romana. Tras su regreso a Grecia, Barlaam atacó a los hesicastas y declaró su enseñanza herética, ya que tal luz sólo podía ser la esencia de Dios. Al argumento de Palamas de que la luz no era la esencia absoluta, sino una agencia y gracia divina comunicada, Barlaam replicó con la acusación de enseñar una doble divinidad, accesible e inaccesible, que se aproximaba al dualismo. El asunto fue llevado por Barlaam ante el patriarca Juan, en un sínodo convocado en Constantinopla en 1341 bajo la presidencia del emperador y del patriarca. Barlaam fue derrotado y regresó a Italia, donde volvió a unirse a la Iglesia católica, siendo nombrado en 1342 obispo de Gerace en Calabria. Escribió también violentamente contra la Iglesia griega, como antes lo había hecho contra la latina. Murió en 1348. Un segundo sínodo confirmó la decisión del primero, especialmente porque Barlaam era sospechoso en Grecia de ser seguidor de Roma. A pesar de todo esto el número de los que concordaban con él aumentó y en un tercer sínodo su facción fue capaz, por la influencia de la emperatriz Ana, de destituir al patriarca, aunque su éxito quedó frenado por la victoria de Juan Cantacuzeno sobre Ana. En 1351 se celebró un cuarto sínodo y la decisión final se decantó completamente a favor de los monjes. Los hesicastas fueron aprobados, mientras que Barlaam quedó excomulgado y su partidario, el arzobispo de Éfeso, fue destituido.
La doctrina hesicasta.
El objetivo de los hesicastas era un reavivamiento del misticismo, que había prevalecido en la teología griega desde tiempos antiguos. Desde Clemente de Alejandría había sido un axioma que la iluminación puede ser obtenida por la purificación y el pseudo-Dionisio, que procuraba algunos otros medios de aproximarse a Dios aparte del método ordinario del conocimiento y la meditación, postuló una luz escondida a la cual todo el que es estimado digno de ver a Dios tiene acceso. Conceptos similares, bajo diferentes terminologías, aparecen en Máximo, pero el principal teólogo en elevar la teoría de la luz divina a una doctrina cardinal en el sistema griego fue Simeón Neoteólogo, quien floreció hacia el año 1000. Él estimó la visión de Dios y la unión consecuente con lo divino como el principal objetivo del cristiano y para la obtención de este objetivo exigió una educación sistemática que tenía que ser perfeccionada por el bautismo, ascetismo, penitencia y los sacramentos. Esta enseñanza fue la base de los hesicastas del Monte Athos, aunque ellos idearon un modo artificial de obtener esas visiones. La luz era tenida por sobrenatural y divina, pero no era identificada con Dios, haciéndose una distinción entre esencia y actividad. Esta última se dividía en un número infinito de energías individuales de sabiduría, poder, consejo, iluminación y vida. Esas forman las "divinidades", que emanan de Dios y están inseparablemente conectadas con él. A ellas pertenece la luz del Tabor, que es sobrenatural, visible, eterna y creada, aunque deifica aquello a lo que pasa y lo lleva a la región de lo increado. En contra de esto los seguidores de Barlaam, representados especialmente por Nicéforas Gregoras, argumentaron que la luz increada podía ser una sustancia o una cualidad. En el primer caso, se asume una cuarta hipóstasis y en el segundo una cualidad que es imposible sin un sujeto. En cualquier caso, se presuponen dos dioses: uno superior y el otro inferior y capaz de ser alcanzados por la visión física. Por otro lado, los atributos más necesarios de Dios son unidad y bondad; pero el primero excluye toda combinación y el segundo es impensable, salvo en una unión de esencia y actividad.
El siguiente pasaje instruye a los hesicastas sobre el modo de hacer oración:
'De qué modo debe hacerse oración.
[...] desde por la mañana [...] une tu inteligencia al corazón y retenla en él, y, fatigosamente encorvado y golpeando con severidad el pecho, los brazos y el cuello, suplica perseverantemente con tu mente y alma: «Señor Jesús Cristo, ten piedad de mí». Después, con sollozos y esfuerzo, y quizá con enojo, teniendo asiduamente los tres nombres casi como único objeto, encomendándose con insistencia, [...] fija la inteligencia en la otra mitad: «Hijo de Dios, ten piedad de mí», y repitiendo con frecuencia esta parte no debes jamás alterar estas palabras: pues no se enraízan las plantas que son trasladadas continuamente. Contén la respiración, y no respires sin necesidad: pues el hálito salido del corazón oscurece la mente y expulsa de allí al intelecto estimulado y lo entrega cautivo a la memoria o le arrastra aherrojado a pensamientos inconvenientes sin sentido. No te asombres si vieses surgir ante tu mente inmundos pensamientos e imágenes de los malos espíritus, y, si se te presentaren buenos pensamientos, no te detengas en ellos, sino que, reteniendo la respiración cuanto puedas, encerrando el alma en el corazón y repitiendo asidua y permanentemente la invocación «Señor Jesús», habrás aniquilado rápidamente aquéllos y habrás rechazado éstos golpeándolos invisiblemente con el divino nombre. Pues dice Juan Clímaco: «Flagela a tus enemigos con el nombre de Jesús: no existen armas más eficaces ni en el cielo ni en la tierra».'
(Gregorio Sinaíta, Sobre la quietud y sobre los dos modos de hacer oración, cap. XV, 2. PG, CL, cols. 1314-1315.)
El problema presentado al sínodo era doble: la distinción entre esencia y actividad y la interpretación hesicasta de sus energías increadas como "divinidades", que era el principio de una deificación misteriosa. Esta última cuestión a duras penas la podían haber sostenido los hesicastas, pero el sínodo dio preeminencia al problema puramente especulativo sin estimar el peculiar punto de vista del cual era deducido. Los Padres griegos habían siempre reconocido la cima de la trascendencia divina como lo absoluto, a lo cual no se puede dar nombre y a lo que ningún ojo, ya sea de la mente o del cuerpo, puede pertenecer. Por otro lado, admitían que la vida y la actividad proceden de lo absoluto y esas cualidades no pueden fallar, a menos que lo finito se separe de toda asociación vital con Dios. Al fluctuar en tal diferenciación, que formó una base dispuesta para el misticismo, no era difícil encontrar pruebas de analogías en los teólogos antiguos; consecuentemente el sínodo por tanto definió su decisión sin tener en cuenta el error filosófico contenido en las deducciones místicas de los hesicastas. La justicia de sus pretensiones sobre el descubrimiento de la luz del Tabor, la retención de su descripción gnóstica de las energías y la reconciliación de la contradicción de una visibilidad increada quedaron sin explicar; tampoco la relación de esencia y actividad fue claramente definida. No obstante, la Iglesia griega quedó satisfecha con este insatisfactorio resultado, parcialmente porque cuadraba con la tendencia de su teología. A su vez, la Iglesia católica respaldaba a Barlaam, e incluso hizo de la controversia uno de los puntos de diferencia entre ella misma y la Iglesia griega. La batalla de los hesicastas era en defensa del dogma, esencialmente griego, de que el Espíritu de Dios todavía opera creativamente en la Iglesia como lo hizo en la edad apostólica y de esa manera era una batalla contra el escolasticismo occidental, que fue entonces rechazado para siempre por la Iglesia griega.
Desde este punto de vista queda claro por qué la doctrina de la contemplación de la luz divina ha sido retenida en la teología griega y por qué ganó nuevo poder con el avivamiento en esa confesión en el siglo XIX. El principal representante de los hesicastas en este período fue Nicodemo Hagiorita, un monje de Athos, quien en su "Manual de simbolismos" (Venecia [?], 1801), fue seguido por dogmáticos tales como Eugenios Bulgaris en su "Teología" (edición de Leontopulos, Venecia, 1872) y Atanasios Parios en su "Epítome" (Leipzig, 1806) mientras que una obra sobre la "oración espiritual" que guía a la visión de la luz, se publicó en Atenas en 1854 bajo el título de "Sinopsis espiritual" por Sofronios, un archimandrita de un monasterio en Athos.
El siguiente es un pasaje en el que se aprecia la doctrina de la luz del Tabor, característica de los hesicastas:
'Las afirmaciones de los santos contradicen claramente a quienes dicen que la luz manifestada a los discípulos en el Tabor fue una imaginación y que apareció y desapareció como un símbolo, pero que no fue verdadera [...] En efecto, éstos tanto en sus expresiones como en sus escritos la designan como inefable, increada, eterna, intemporal, no encendida, inmensa, infinita, indeterminada, invisible a los ángeles y a los hombres, belleza modélica e inmutable, gloria de Dios, gloria de Cristo, gloria del Espíritu, rayo de la divinidad, y de otras formas semejantes. Así pues, dicen, es glorificada la carne asunta, y la gloria de la divinidad se hace gloria del cuerpo [...] De modo que se trasfigura, no asumiendo lo que no tenía, ni trasformándose en lo que no era, sino abriéndoles los ojos y haciendo videntes a los ciegos. Así permaneciendo él mismo, parecía otro distinto al que antes era: de este modo se hizo visible a sus discípulos. Él mismo es el verdadero esplendor de la gloria, y relucía como el sol [...]'
(Tomo hagiorítico, presentado por los monjes del Athos en 1341, inspirado por Gregorio Palamas, en PG, CL, col. 1231. Traducción de Vicente Ángel Álvarez Palenzuela.)