Historia

HOPKINSIANISMO

Hopkinsianismo es un sistema de teología que fue prominente en Nueva Inglaterra en la última parte del siglo XVIII. Sus raíces se hunden en los escritos e ideas de Jonathan Edwards, de ahí que haya sido llamado también 'teología eduardiana'. Los puntos principales están recogidos en los escritos de Samuel Hopkins, de Newport, Rhode Island (de ahí el nombre del sistema). Tales principios fueron desarrollados y de alguna manera modificados por los tres amigos de Hopkins, Stephen West, Nathanael Emmons y Samuel Spring. Al estar lógicamente relacionados entre sí, tal como son entendidos por la mayoría de sus defensores, el sistema contiene los siguientes principios:
(1) Cada agente moral que escoge lo recto tiene el poder natural de escoger lo torcido y al escoger lo torcido tiene el poder natural de escoger lo recto.
(2) No está bajo la obligación de realizar un acto, a menos que tenga la capacidad natural de realizarlo.
(3) Aunque en el acto de escoger cada hombre es tan libre como pueda serlo un agente moral, al actuar lo hace en consecuencia libremente y la divina providencia, tal como decreta, se extiende a todas sus voliciones torcidas y rectas.
(4) Todo pecado está tan controlado por Dios que lo convierte en la ocasión de hacer bien al universo.
(5) La santidad y la pecaminosidad de cada agente moral le pertenecen a él personal y exclusivamente y no pueden ser imputadas en un sentido literal a ningún otro agente.
(6) Ya que la santidad y el pecado del hombre son ejercicios de su voluntad, no hay pecado ni santidad en su naturaleza, aparte de esos ejercicios.
(7) Al ser todos sus actos morales, antes de la regeneración, pecaminosos, no hay promesa de gracia regeneradora para ninguno de ellos.
(8) El pecador impenitente está obligado, y debería ser exhortado, a que deje todo acto impenitente y comience una vida santa. Su incapacidad moral para obedecer esta exhortación no es una incapacidad literal, sino una mera certeza de que, dejado a sí mismo, pecará; y esta certeza no es razón para que no se le exija que se abstenga inmediatamente de pecar.
(9) Cada pecador impenitente debería estar dispuesto a sufrir el castigo que Dios quiera infligirle. En cualquier aspecto debería someter a la justicia divina el castigo de otros pecadores, en el mismo sentido que debería someter a la justicia divina el suyo propio. En cualquier sentido, el castigo del finalmente obstinado promueve el mayor bien del universo, en el sentido de que debería someterse a la voluntad divina castigándose a sí mismo si finalmente se obstina.
(10) Toda santidad consiste en la preferencia electiva de lo mayor por encima de lo menor y todo pecado consiste en la preferencia electiva de lo menor por encima de lo grande, en los seres sensibles.
(11) Todos los atributos morales de Dios están comprendidos en la benevolencia general, que es esencialmente lo mismo que la justicia general e incluye la benevolencia simple, complaciente y compuesta; así como la justicia pública, retributiva y legislativa.
(12) La expiación de Cristo no consiste en que soportó el castigo de la ley, ni en que realizó las exigencias requeridas por la ley, sino en que manifestó y honró en sus sufrimientos, y especialmente en su muerte, todos los atributos divinos que habrían sido manifestados en el mismo, y no más alto, grado por el castigo de los redimidos.
(13) La expiación fue efectuada por todos los hombres, tanto elegidos como no elegidos.