Historia
HUGONOTES
- Comienzos
- Historia, 1525-34
- Historia, 1534-47
- Persecuciones, 1547-60
- Crecimiento del protestantismo, 1560-61
- Primera y segunda guerra, 1562-68
- Tercera y cuarta guerra, 1563-73
- Batallas posteriores, 1574-89
- Enrique IV, edicto de Nantes, 1589-1624
- Richelieu y Mazarino, 1624-61
- Revocación del Edicto de Nantes
- Refugiados hugonotes. Primer período, 1520-1660
- Segundo período, 1661-1791. Los Países Bajos y Suiza
- Inglaterra y América
- Alemania y otras partes
- Influencia de los refugiados hugonotes

Comienzos.
Posiblemente el término deriva de Eidgenossen, "confederados" o "conspiradores"; tal vez de Hugo, en el sentido del fantasma de la noche, por la superstición popular de que el espíritu de Hugo Capeto vagaba por la noche, en alusión a las reuniones nocturnas y secretas de los hugonotes. La influencia de los evangélicos radicales del siglo XII y siglos siguientes, a pesar de las medidas inquisitoriales contra ellos para exterminarlos, todavía persistían con considerable fuerza a comienzos del siglo XVI. El interés de Francisco I (1515-47) en asuntos eclesiásticos era político y humanista. Su hermana Margarita atrajo a su alrededor un grupo de humanistas y entusiastas religiosos. Entre los reformadores humanistas que influenciaron a Margarita, y fueron influenciados por ella, estaban Guillaume Briçonnet y Faber Stapulensis. Este último se anticipó a Lutero al negar la eficacia de las obras externas y al rechazar la transubstanciación (1512). La excomunión de Lutero (1520) y su condena por la dieta de Worms (1521) fue seguida por una denuncia de las obras de Lutero por la Sorbona y una orden del parlamento de París de que Briçonnet y Faber Stapulensis se entregaran. Briçonnet se sometió pero Faber Stapulensis, protegido por Briçonnet y Margarita, permaneció firme. Guillaume Farel, un joven y celoso discípulo de Faber, se marchó inmediatamente a Suiza. Gérard Roussel fue, como Faber, obligado a dejar la diócesis en octubre de 1525. Un cardador de lana, Jean Leclerc, provocó la persecución al romper una bula de indulgencia papal y colocar en su lugar una denuncia del papa como Anticristo (diciembre de 1524). Su continuado celo desembocó en su ejecución en Metz (julio de 1525).

Historia, 1525-34.
La derrota y encarcelamiento del rey por el emperador (1524-26) dejó a Francia debilitada y desangrada en las manos de la reina madre, Luisa de Saboya, quien atribuyó las desgracias de Francia al desagrado divino por la tolerancia de la herejía. En marzo de 1525 se estableció una comisión inquisitorial. Varios de los dirigentes de la reforma en Meaux, una ciudad a pocos kilómetros de París, tuvieron que huir para salvar sus vidas. Habiendo sufrido tanta humillación a manos del emperador, sin protesta efectiva por parte del papa, era natural que el rey permitiera que su espíritu de tolerancia humanista controlara momentáneamente su política, especialmente al tener su hermana Margarita correspondencia con nobles protestantes y persuadiéndole para que recuperara su fortuna formando alianza con ellos contra la casa de Habsburgo. Los evangélicos de Meaux regresaron a Francia y Faber Stapulensis llegó a ser tutor del hijo del rey. El hecho de que dos de los príncipes franceses estuvieran todavía secuestrados por el emperador para garantizar el tratado con el que Francisco había sido liberado, hizo toda alianza con los príncipes luteranos impracticable. El envío de un ejército luterano por el emperador para capturar y saquear Roma y encarcelar al papa provocó la indignación de los católicos franceses, quienes, en una asamblea de notables (diciembre de 1527) se ofrecieron a contribuir a las vacías arcas reales con 1.300.000 libras si el rey, "desarraigaba y extirpaba la condenable e insufrible secta luterana." A esto se comprometió rápidamente. El cardenal de Borbón hizo que se convocaran varios concilios eclesiásticos provinciales (1528) en Sens, Bourges y Lyón para la intensificación del sentimiento anti-luterano. La mutilación de una imagen de la Virgen María con el niño Jesús en sus brazos por algunos evangélicos fanáticos en una calle de París precipitó el ataque contra los "luteranos." Las procesiones expiatorias intensificaron el celo católico, mientras que el martirio de Louis de Berquin ganó muchos amigos para la causa evangélica. La preparación de los protestantes alemanes para una resistencia armada frente al emperador tras el rechazo de su confesión en la dieta de Augsburgo (1530) revivió la esperanza del rey para una alianza con los príncipes luteranos y con Enrique VIII de Inglaterra. La persecución cesó; un ministro evangélico fue invitado a predicar en el Louvre y miembros de la Sorbona fueron desterrados por acusar a Margarita de Navarra de herejía. En noviembre de 1533, Nicholas Cop, rector de la universidad de París, pronunció una conferencia evangélica en cuya composición su joven amigo Juan Calvino se dice que tuvo parte, suscitando tal conmoción que ambos tuvieron que huir precipitadamente de Francia. Católicos y evangélicos hicieron gran uso de pasquines que eran impresos y colocados en los lugares públicos en París y en otras ciudades.

En octubre de 1534 un inusual placard (pasquín), colocado en las principales calles de París, se titulaba "artículos verdaderos sobre los horribles, grandes e insoportables abusos de la misa papal." El papa, clero y monjes eran estigmatizados como "falsos profetas, engañadores condenables, apóstatas, falsos pastores, idólatras, seductores, mentirosos y blasfemos execrables, asesinos de almas, renunciadores de Jesucristo... falsos testigos, traidores, ladrones y robadores del honor de Dios y más detestables que los demonios." Una copia apareció pegada en la puerta de la habitación del rey. Éste, furioso, se convirtió en un violento perseguidor. Margarita intercedió en vano. El rey incluso llegó a prohibir (enero de 1535) cualquier ejercicio del arte de imprimir, aunque cuando el parlamento rechazó la aprobación del decreto, su ejecución quedó suspendida. Se decía que los protestantes habían formado una trama para asesinar a los católicos reunidos en todas las iglesias. Para expiar la ofensa realizada a la Iglesia católica se convocó una procesión en la que el entusiasmo católico llegó a su éxtasis; al finalizar la ceremonia Francisco declaró que si uno de sus brazos fuera infectado con el veneno de la herejía se lo amputaría y si sus propios hijos fueran contaminados los inmolaría. La reacción de los príncipes luteranos y las medidas de tolerancia en los Países Bajos pudieron influir para que Francisco no continuara con la terrible persecución que siguió. Invitó en marzo de 1535 a Melanchthon a que fuera a París para ayudar a restaurar la armonía religiosa, esperando una alianza con los príncipes luteranos contra el emperador; pero el elector se negó a dejar ir a Melanchthon. Apelaciones de tolerancia vinieron de los teólogos suizos y luteranos. Calvino dedicó sus "Institutos", "al cristianísimo rey de Francia" con la esperanza de suavizar su furia perseguidora. Con la publicación de esta monumental obra y su asentamiento en Ginebra, Calvino se convirtió en el dirigente reconocido del protestantismo francés y Ginebra en la escuela de preparación de la que cientos de ministros volvieron a Francia. Los edictos reales (1538, 1539, 1540, 1542) aumentaron los esfuerzos para el exterminio de la herejía. Los valdenses del Piamonte se habían puesto en contacto con los reformadores suizos (1532). Francisco los protegió hasta 1545, cuando ordenó su exterminio. Veinte de sus poblaciones fueron quemadas y casi 4.000 masacrados, mientras que 700 de los hombres más fuertes fueron enviados a galeras. Un número considerable huyó a Suiza. Los calvinistas en Meaux fueron capturados en una reunión y muchos de ellos fueron ejecutados.

Francisco murió en marzo de 1547. Enrique II, quien se había casado con Catalina de Médicis estaba influenciado hacia una política total de exterminio por su amante, Diana de Poitiers, el condestable Montmorency y los Guisa, quienes habían ascendido a alta consideración bajo Francisco. Los calvinistas estaban ahora presentes en cada parte de Francia menos en Bretaña. Evangelistas disfrazados recorrían el país celebrando reuniones secretas y distribuyendo literatura. Al comienzo de su reinado Enrique II estableció un nuevo tribunal inquisitorial, la Chambre Ardente. Tras el edicto de Fontainebleau en el que se prohibía la impresión e importación de libros relacionados con las Escrituras hubo muchas ejecuciones. En noviembre de 1549 a los jueces eclesiásticos se les dio el poder de tratar independientemente con los casos ordinarios de herejía. El edicto de Chateaubriand (junio de 1551) renovó y fortificó las medidas inquisitoriales, por lo que la quema de herejes se convirtió en un asunto casi diario. Justo en ese tiempo (1551) Enrique se entendió con Mauricio de Sajonia y Alberto de Prusia contra el emperador y ayudó a salvar al protestantismo alemán del desastre. Se habían organizado congregaciones en Meaux (1546) y Nimes (1547), aunque habían sido disueltas. En 1555, siguiendo el consejo y métodos de Calvino, se inauguró un movimiento organizado. París dirigía. Meaux, Poitiers, Angers, Saintonge, Agen, Bourges, Issoudun, Aubigny, Blois, Tours, Lyón, Orleáns, Rouen y muchas otras ciudades siguieron su ejemplo. Hacia 1560 había unas 50 iglesias totalmente organizadas, además de muchas congregaciones sin organizar. En mayo de 1559 el primer sínodo nacional compiló una confesión y un libro de disciplina. La confesión era una adaptación de la preparada por Calvino dos años antes y dirigida cortésmente al rey. El libro de disciplina proporcionaba consistorios en las iglesias locales, coloquios de representantes de varios consistorios, sínodos provinciales y un sínodo nacional. Ninguna iglesia tenía rango por encima de las otras. Todos los ministros debían firmar la confesión y sujetarse a las provisiones de disciplina. Durante algunos años antes de la muerte de Enrique II varios colegios (Angers, Bourges, Fontenay, La Rochelle, etc.) fueron acusados de promover el protestantismo. En 1559 una minoría del parlamento de París protestó contra los crueles procedimientos de la Chambre ardente. Cuatro de los miembros más valientes fueron enviados a la Bastilla. Al morir Enrique II (10 de julio de 1559) y siendo Francisco II menor de edad, el gobierno cayó en manos de los Guisa (Carlos, cardenal de Lorena y Francisco, duque de Guisa). Ellos impulsaron la muerte de los miembros encarcelados del parlamento. La ejecución de Antonie du Bourg, un hombre heroico, provocó una reacción en favor de los protestantes. Los príncipes de Borbón, Luis de Condé y Antonio de Borbón, y sus muchos amigos entre los nobles, se resintieron de la abusiva autoridad tomada por los Guisa. Antonio se había casado con Juana d'Albret, hija de Margarita de Navarra, quien era una celosa evangélica. Ni Antonio ni Luis eran profundamente religiosos, pero la influencia de Juana y la hostilidad de los Guisa les hizo ponerse al frente de los evangélicos perseguidos. Un ataque popular contra los evangélicos de París produjo una apelación a Catalina para pedir su protección. Al tener ella personalmente celos de los Guisa dio apoyo a los perseguidos.

Bajo el liderazgo de La Renaudie se formó una conspiración en Amboise para la captura de los Guisa (febrero de 1560). La traición de la trama acabó en una masacre. Bajo la influencia de Gaspard de Coligny, quien se convertiría en el militar y estadista de los hugonotes, y del canciller Michel de L'Hospital, Catalina se propuso mitigar la persecución. En una asamblea de notables en Fontainebleau (21 de agosto de 1560) Coligny leyó una petición de los evangélicos pidiendo tolerancia. Declaró que se podían conseguir 50.000 firmas sólo en Normandía. Poco después se informó de otra conspiración en la que Antonio y Condé estaban involucrados. Se les citó ante el tribunal y Condé fue condenado a muerte. Los Guisa estaban pensando preparar una masacre total. A la muerte de Francisco II (5 de diciembre de 1560) Catalina asumió la regencia en favor de su joven hijo Carlos IX. Asoció con ella en la regencia a Antonio de Borbón, liberó a Luis de Condé, restauró la confianza a Montmorency e hizo canciller a L'Hôpital. Los estados generales se reunieron el 13 de diciembre. El canciller exhortó a la unificación de la religión y Coligny presentó una petición de los evangélicos para tolerancia. La "ordenanza de Orleáns" (28 de enero de 1561) suspendió la persecución. Los impetuosos procedimientos por parte de los evangélicos y la violencia de las turbas por parte de los católicos intensificaron la animosidad de ambas partes. Muchos nobles se habían identificado con la nueva religión. En muchos lugares se congregaban grandes asambleas, a veces armadas para la defensa. Coligny, Juana d'Albret y otros nobles rehusaron obedecer un edicto real (julio de 1561) que prohibía tales asambleas y al volverse a convocar los Estados Generales (agosto de 1561), los nobles y el tercer estado demandaron tolerancia y un concilio nacional para la resolución de las dificultades religiosas. Tras ello siguió una suspensión de la persecución, los prisioneros fueron liberados y los fugitivos regresaron. Carlos IX mandó a las autoridades ginebrinas que retiraran sus predicadores y amenazó la ciudad. Calvino replicó que las autoridades de la ciudad no habían enviado misioneros y que la obra era puramente voluntaria. Estando convencido de que había un pacto secreto entre Antonio y Catalina para hacer que Francia pasara a manos hugonotes, Montmorency hizo pacto con Francisco de Guisa y St. André (abril de 1561) para hundir el plan (triunvirato). Se decía que se había formado una conspiración, en la cual el rey de España estaba implicado, para la destrucción de los calvinistas y todos los Borbones y en Ginebra para la masacre de todos sus habitantes y finalmente para la erradicación del protestantismo en toda Europa. Brotes violentos llevaron al gobierno a prohibir el uso de los términos "papista" y "hugonote" y a la intromisión en los hogares para interferir en las reuniones religiosas, aunque el parlamento de París protestó contra tal reconocimiento de los hugonotes.


Para alcanzar la política de conciliación de Catalina se celebró la conferencia religiosa de Poissy en septiembre de 1561, entre los obispos católicos y representantes de los evangélicos. En enero de 1562 se emitió un edicto real exigiendo a los evangélicos entregar todos los edificios eclesiásticos de los que se habían apropiado y prohibiendo las reuniones evangélicas dentro de ciudades amuralladas, aunque permitiéndolas en casas privadas dentro de las ciudades y en cualquier lugar fuera de las ciudades. Calvino estimó este compromiso satisfactorio, al igual que los dirigentes hugonotes. La paz se rompió (marzo de 1562) por un sangriento ataque, por orden del duque de Guisa, quien estaba de paso, contra una congregación hugonote en Vassy, una ciudad amurallada. A éstos siguieron ataques similares en muchos lugares. En Toulouse 3.000 evangélicos fueron asesinados traicioneramente. La guerra se desató con Guisa y Montmorency a la cabeza de las fuerzas católicas y Coligny y Condé como dirigentes de los evangélicos. Calvino intentó mitigar, igual que había intentado impedir, la guerra religiosa. A Guisa le disparó un hugonote (febrero de 1563); Montmorency y Condé fueron hechos prisioneros; el mariscal Saint-André y Antonio de Borbón murieron durante la guerra; Catalina había abandonado su política de conciliación; no obstante quería la paz y el Edicto de Amboise (18 de marzo de 1563) incorporó los resultados de las negociaciones para este fin. A los nobles se les concedía el derecho de practicar la "religión que ellos llaman reformada" en sus propias casas. En cada dominio los evangélicos podían celebrar una reunión a escondidas. En las ciudades donde la adoración evangélica ya era practicada se podía retener uno o dos lugares designados por el rey. Los hugonotes tendrían libertad de conciencia, pero devolverían a los católicos las propiedades que habían tomado de ellos y despedirían a todas las fuerzas extranjeras. A los nobles se les restituirían todos los honores, oficios y dignidades que poseían antes de la guerra. Una bula papal que pedía la entrega a la Inquisición de los prelados y nobles herejes y los declaraba delincuentes, incluyendo al cardenal Odet de Coligny y a Juana d'Albret, provocó una sentida protesta del consejo real. Las estrechas relaciones en las que Catalina había entrado con Felipe II de España (él se había casado con su hija en 1559) mediante el duque de Alba (conferencia de Bayona, junio de 1565) y las muchas indignidades que los evangélicos sufrieron desembocaron en la ruptura de la tregua y provocaron la segunda guerra. Coligny, Condé y otros dirigentes estaban convencidos de que era inminente una masacre y decidieron tomar la iniciativa. El plan, que estuvo a punto de lograrse, era ordenar un levantamiento general de los hugonotes, sacar de la corte y capturar al cardenal de Lorena, disolver la guardia suiza, principal instrumento de la tiranía real, y secuestrar al rey. El condestable Montmorency fue asesinado en la batalla de Saint Denis. Catalina estaba desde el principio deseosa de paz, siendo los hugonotes traicioneramente guiados (con la oposición de Condé y Coligny) a un acuerdo para el cese de hostilidades (Paz de Longjumeau, 1568). El gobierno procedió a poner grandes guarniciones en las ciudades hugonotes, acuartelando los soldados con las familias. Incluso si el gobierno hubiera tenido las mejores intenciones hacia los hugonotes habría sido imposible protegerlos completamente, especialmente porque su celo les llevaba a actuar de forma iconoclasta y a usar un lenguaje de confrontación.

La organización de los católicos celosos en una "Liga cristiana y real" (1568) para la extirpación del protestantismo hizo la situación todavía más crítica. Las influencias papal, española y jesuita seguían trabajando. El gobierno había adelantado a Condé y Coligny fondos para pagar a las tropas alemanas. La ruinosa exigencia para un pago inmediato fue un estímulo que puso a las masas contra los evangélicos. Los hugonotes fueron puestos además en una difícil posición (agosto de 1568) por la exigencia de jurar lealtad al rey. Durante algún tiempo el cardenal de Lorena y el canciller L'Hôpital habían luchado por el dominio de la dirección del gobierno. Este último era amistoso hacia los hugonotes, pero el cardenal triunfó. Una trama para capturar a Condé y Coligny se frustró por su huida a La Rochelle. Viendo que la guerra era inevitable, apresuradamente prepararon sus tropas. Louis d'Andelot reunió un ejército en Bretaña y Normandía, Juana d'Albret con su joven hijo, Enrique (nacido el 13 de septiembre de 1553) se puso al frente de las tropas de Gascuña y Provenza. A pesar de una derrota aplastante en Moncontour, Juana y Coligny rechazaron someterse y en agosto de 1570 habían obtenido tales ventajas como para conseguir en el edicto de St. Germain libertad de conciencia en toda Francia, libertad de adoración como la que había habido antes de la guerra, el mantenimiento de La Rochelle, Montauban, Cognac y La Charité (ciudades fuertemente fortificadas) como prendas de buena fe del gobierno y la retirada del rey de su alianza con España. Catalina tenía en mente el matrimonio de uno de sus hijos con Isabel de Inglaterra y de su hija con Enrique de Navarra. Carlos IX comenzó entonces a ejercer su reinado, estando deseoso de ayudar a los evangélicos holandeses en su lucha contra España. Coligny era su consejero favorito y receptor de grandes donativos; Enrique de Navarra se casó (18 de agosto de 1572) con la hija del rey, Margarita de Valois. La ascendencia de Coligny sobre el joven rey ponía en peligro la influencia de Catalina y la continuidad de la paz con España. Los Guisa (una nueva generación) eran fuertemente hostiles a Coligny.
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Catalina resolvió la muerte de Coligny y planeó la Matanza de San Bartolomé (24 de agosto de 1572). Enrique de Navarra y Enrique de Condé fueron perdonados, pero obligados a arrodillarse ante el altar. Aunque la mayoría de los dirigentes habían sido destruidos, la gran masa de la membresía hugonote permaneció firme. Como resultado de los esfuerzos del gobierno para capturar Sancerre y La Rochelle, todavía en manos de los hugonotes, comenzó una cuarta guerra. La primera ciudad, tras soportar los horrores de un largo asedio, se vio obligada a rendirse; la segunda sufrió mucho, pero logró que los asediadores se retiraran. La Paz de Boulougne (julio de 1573) restringió la adoración evangélica a La Rochelle, Nimes, Montauban y las casas de los nobles. Los hugonotes seguían con sus preparativos de guerra. Los sínodos en Nimes y Montauban exigieron libertad de adoración en toda Francia, el mantenimiento de las guarniciones hugonotes por el gobierno, dos ciudades de refugio en cada provincia, condenación de la masacre y castigo de sus perpetradores y una garantía de sus derechos mediante los Estados protestantes de Europa. La masacre había generado un vigoroso partido nacional (Les Politiques), que estaba dispuesto a unirse con los hugonotes en la batalla contra la tiranía de los extranjeros, Catalina y los Guisa en alianza con España y el papa.
Batallas posteriores, 1574-89.
Carlos IX (muerto el 30 de mayo de 1574) fue sucedido por su hermano, entonces rey de Polonia, Enrique III. Su hermano más joven, el duque de Anjou, escapó de la corte el 15 de septiembre de 1575 y se unió a Enrique de Condé, quien estaba reuniendo un ejército de hugonotes y Politiques (quinta guerra); Enrique de Navarra se escapó el 3 de febrero de 1576. En mayo siguiente el rey publicó el edicto de Beaulieu, que otorgaba libertad de adoración en todas las ciudades menos en París y los lugares de residencia real, daba a los hugonotes ocho ciudades fortificadas, negaba toda participación en la masacre del Día de San Bartolomé y concedía a los hugonotes representación en los parlamentos. Pero Enrique III repudió pronto la paz sobre la base de que le había sido impuesta y con el duque de Guisa y Catalina promovió la formación por todo el país de ligas católicas.

tras derrotar a los protestantes, por John Millar Watt
Una octava guerra, la "Guerra de los tres Enriques" (el rey, Enrique de Guisa y Enrique de Navarra) estalló antes de que acabara el año. Los comprometidos en la Liga dieron al rey sólo un apoyo condicional y parcial, procurando poner al cardenal de Borbón en el trono. Tras algunos primeros reveses Enrique de Navarra ganó terreno firmemente y en Coutras (20 de octubre de 1587) casi aniquiló al principal ejército de sus oponentes. Un ejército de 8.000 jinetes alemanes y 20.000 infantes suizos, a cuyo equipamiento Inglaterra había contribuido, marchaba para unirse a Enrique de Navarra, pero fue interceptado y expulsado del país. Los Guisa, como dirigentes de la Liga, insistieron en que el rey debería publicar los decretos del concilio de Trento, admitir la Inquisición, ejecutar a los prisioneros hugonotes y remover a todos los oficiales del ejército cuya lealtad al catolicismo fuera dudosa. Se formó un gobierno secreto y una trama para capturar al rey que estuvo a punto de tener éxito. El rey trajo a París a 4.000 suizos como cuerpo de guardia adicional. París, bajo la influencia de la Liga se levantó en revuelta ("el día de las barricadas", 18 de mayo de 1588) y el rey se vio obligado a someterse a las demandas de Enrique de Guisa para que se le permitiera huir de la ciudad. La convocatoria de los Estados Generales en Blois (octubre de 1588) demostró además que los Guisa estaban al mando. Los Estados dieron a los Guisa todo el control del ejército. La Armada española acababa de ser destruida y el rey esperaba, por tolerar a los hugonotes, conseguir la ayuda de Inglaterra contra la Liga. Mandó ejecutar al duque y al cardenal de Guisa, encarcelando a los miembros dirigentes de la Liga. La revolución estalló. Catalina de Médicis murió el 5 de enero de 1589. El rey se vio obligado a pedir ayuda a Enrique de Navarra y a los hugonotes. Tras varias victorias Enrique de Navarra y el rey habían sitiado París y estaban preparando el asalto cuando el rey fue asesinado el 1 de agosto de 1589.

Enrique de Navarra era ahora el legítimo heredero para el trono, pero fue abandonado por las tropas realistas y los leales a la Liga declararon al cardenal de Borbón rey como Carlos X. Los de la Liga exigieron a Enrique que se hiciera católico, prometiéndole su apoyo sobre esa condición. Él lo rechazó, pero prometió que el catolicismo seguiría siendo la religión del Estado. Durante la guerra que siguió, con números y recursos notablemente inferiores, se defendió vigorosamente. Cuando Carlos X murió (10 de mayo de 1590), algunos dirigentes de la Liga estaban a favor de ofrecer la soberanía de Francia a España. Viendo que su facción estaba en minoría y a sus oponentes tan resueltos a no someter jamás la nación a un rey hugonote, Enrique resolvió que "París bien vale una misa" y dio el paso, para la paz del país y la seguridad de su reinado, de conformarse a la Iglesia católica. Hay que tener en mente que Enrique era más un soldado y un político que un héroe moral o religioso y que el trono de Francia había sido durante años objeto de sus aspiraciones. La Liga retiró su oposición; París lo recibió con aclamaciones y alegría; las tropas españolas fueron despedidas y se declaró una amnistía general. La guerra con España retrasó la prometida formulación de Enrique para la seguridad de los hugonotes. En su Asamblea General (1593-94) se comprometieron a perseverar en la fe, discutiendo plenamente la situación político-eclesiástica y designando cuatro delegados para conferenciar con el rey. Por el Edicto de Nantes de 2 de mayo de 1598, todas las instituciones públicas y oficios quedaron abiertas a los hugonotes y 200 ciudades, varias de ellas fuertemente fortificadas, vigiladas por tropas hugonotes pagadas por el Estado, quedaban en sus manos. El asesinato de Enrique IV (14 de mayo de 1610) dejó a los hugonotes en una posición menos favorable. Aunque el edicto de Nantes fue una y otra vez confirmado por Luis XIII y Luis XIV, sus provisiones fueron frecuentemente violadas. Los hugonotes estaban naturalmente celosos de las libertades que habían disfrutado y se resentían incluso de la más mínima infracción. Constituían un Estado dentro del Estado. Tras 10 años de enconamiento, del que ambos lados fueron en alguna medida responsables, estalló la guerra en 1621 y duró hasta el 19 de octubre de 1622. El edicto de Nantes fue confirmado, pero todas las fortificaciones recientes hugonotes fueron demolidas y las asambleas políticas estrictamente prohibidas. Casi la mitad de sus ciudades de refugio quedaron con ellos, pero su tenencia quedaba a la voluntad del rey.

Tras un breve período estalló una segunda guerra (enero de 1625 a febrero de 1626), que resultó en severas pérdidas del poder militar y añadidas restricciones de privilegios. La tercera guerra, a la que los hugonotes fueron incitados, ayudados por los ingleses y del que el asedio, la heroica defensa y la caída de la Rochelle son las características más notorias (1626-29), resultó desastrosa para ellos. Los términos de pacificación fueron más favorables de lo que se podía haber esperado. El edicto de Nantes quedó reafirmado, pero todas las fortificaciones tenían que ser abandonadas y la libertad para levantar y mantener ejércitos fue abolida. Richelieu, quien dirigía ahora el gobierno, asumió una actitud conciliatoria, prometiendo que la lealtad fuera la única base de discriminación entre los súbditos del rey, ganándose la confianza de los hugonotes en grado destacable. Desde 1629 a 1659, bajo el gobierno de Richelieu y Mazarino (Luis XIII y en la minoría de edad de Luis XIV), las condiciones del edicto de Nantes fueron observadas por ambas partes. El gobierno estaba demasiado ocupado con asuntos internacionales como para querer entrar en una batalla civil y los hugonotes estaban moderadamente contentos con los privilegios que disfrutaban. Fue un período de notoria prosperidad. "Rico como un hugonote" se convirtió en una expresión proverbial. Las empresas de manufacturas comerciales y financieras, con control de la marina mercante, estaban en sus manos. Las profesiones del saber estaban ocupadas por ellos. Las instituciones educativas, apoyadas generosamente, se hicieron famosas en el mundo ilustrado. En sus grandes iglesias los más elocuentes predicadores de la época predicaban a miles de ansiosos oyentes. Entre los más eminentes predicadores estaban Du Moulin, Daillé, Amyraut, Caches, Claude, Du Bosc, De Superville, Mestrezat y Saurin. La escuela en Nimes representaba una tendencia pacificadora que llevó a muchos a aceptar la fe católica. Entre sus grandes profesores y alumnos se puede mencionar a Viret, Ferrier, Petit, Turrettini, Claude, De Serres, Baduel, Brousson y Martin. Saumur destacó por su tipo liberal de doctrina. Sus grandes representantes fueron Michel, Boyd, Cameron, Amyraut, Placeus y Pajon. Sedan y Montauban permanecieron en la defensa del calvinismo riguroso. Entre los representantes de la primera se pueden mencionar a Du Moulin, Des Marests, Jurieu y de la segunda a Chamier, Garissolles, Abbadie, Bayle y Benoist. Hacia el final del gobierno de Mazarino se tomaron severas medidas contra los hugonotes, respondiendo a las peticiones de los prelados. En 1656 Luis XIV promulgó una ley por la que los hugonotes quedaban restringidos a los privilegios del edicto de Nantes, que en muchos casos habían traspasado y que todas las medias restrictivas que habían sido añadidas de tiempo en tiempo a causa de su rebelión deberían ser impuestas. Se designaron comisionados para supervisar la imposición rigurosa de las medidas represivas. Los ministros hugonotes no se llamarían a sí mismos pastores y no podían usar otro epíteto sino el de católica al hablar de la Iglesia nacional. No podían convocar para consulta a los miembros principales, tomar colectas, o cantar salmos en la ejecución de un criminal. El uso del término "Anticristo" en la liturgia y de los términos "idolatría" y "engaño de Satanás" en la confesión, para condenar la fe católica, quedó prohibido. Los hugonotes fueron gradualmente excluidos de los oficios públicos. Los esfuerzos para imponer las restricciones desembocaron en disturbios locales, siendo severamente castigada la insubordinación.
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Con la muerte de Mazarino (9 de marzo de 1661) comenzó el autocrático reino de Luis XIV. Durante 24 años se llevó a cabo una persecución sistemática, culminando en la revocación del edicto de Nantes el 17 de octubre de 1685. Se prohibió la adoración pública y los ministros tenían que dejar Francia en 15 días o abrazar el catolicismo. Las escuelas hugonotes se cerraron. Los refugiados que no regresaran se quedarían sin sus propiedades. Miles, algunos de ellos ministros educados, fueron enviados a galeras, donde muchos murieron quebrantados; miles murieron en prisión y cientos, si no miles, fueron cruelmente ejecutados. Las dragonadas continuaron con barbarie incrementada. Algunos cientos de miles profesaron la conversión, mientras que varios cientos de miles dejaron Francia, a pesar de que la emigración estaba prohibida. Se ha estimado que unos 100.000 hallaron refugio en Holanda, 100.000 en Inglaterra, Irlanda y América, 25.000 en Suiza y 75.000 en Alemania. De este modo Francia perdió una gran proporción de sus mejores intelectos y habilidades manuales, y al exiliarse los hugonotes, estableciendo manufacturas en el exterior, levantaron una ruinosa competencia para los franceses. En muchas partes de Francia el pueblo perseguido se atuvo a los riesgos y se reunió secretamente para adorar. Se defendieron en gran número en los montes Cévennes. Desde 1702 a 1710 los hugonotes de los Cévennes llevaron a cabo una feroz guerra de guerrillas contra los católicos. Con la muerte de Luis XIV (1715) la persecución se relajó, pero fue renovada con vigor furioso en 1724 bajo el cardenal Fleury. Desde 1715 en adelante Antonie Court desempeñó una obra de gran importancia en espíritu verdaderamente apostólico al reorganizar y fundar iglesias. En 1730 estableció en Lausana una escuela de preparación para predicadores, de la que decenas de jóvenes sacrificados salieron para ministrar a los perseguidos en Francia. Igualmente fructíferas fueron las labores apostólicas de Paul Rabaut. A la muerte de Fleury (1743) la persecución casi cesó. Como resultado de la agitación por parte del clero se desató una furiosa persecución entre 1745 y 1752. Escritores escépticos como Voltaire, Rousseau, Diderot y D'Alembert desde mediados del siglo XVIII difundieron un espíritu de tolerancia que repercutió en beneficio de los hugonotes. Principalmente por los esfuerzos de Rabaut St. Etienne y Court de Gébelin, hijos de Paul Rabaut y Antoine Court, se obtuvo un edicto de tolerancia en 1787. Una gran proporción de los hugonotes, como de los católicos, quedó absorbida por la infidelidad en la Revolución Francesa. En 1802 los hugonotes fueron puestos en igualdad con los católicos por Napoleón, como organización controlada y apoyada por el Estado. Esta relación continuó hasta la separación de la Iglesia y el Estado en 1905.

La historia de los refugiados hugonotes comienza con la historia de la Reforma de Francia, aunque el nombre "Huguenot" no se usó hasta 1560. François Lambert tuvo que salir de Francia en 1522 y Guillaume Farel en 1524. Tras el comienzo de una persecución general en 1535 muchos refugiados encontraron asilo en Ginebra y otras ciudades suizas. En 1545 unos 700 valdenses hallaron refugio en Ginebra y bajo Enrique II (1547-59) 1.400 familias francesas se establecieron allí. Las iglesias establecidas por los refugiados hugonotes fueron conocidas como "iglesias de refugio". A iniciativa de Juan Calvino la primera iglesia de refugio se fundó en Estrasburgo en 1538. En 1575 los refugiados franceses en esta ciudad superaban los 15.000, aunque al finalizar la Guerra de los Treinta Años quedaban sólo 36 familias y la parroquia no tuvo completa libertad de adoración hasta 1788. En 1550 Eduardo VI puso a los protestantes extranjeros en Inglaterra bajo el cuidado de Johannes a Lasco. La Iglesia francesa se estableció en Londres en 1550 siendo importante como centro de organización para otras iglesias en Inglaterra y América. Bajo la reina María, Johannes a Lasco, con unos 175 refugiados, se estableció en Emden, Frisia oriental, aunque al ascenso de la reina Isabel la mayoría de sus refugiados volvieron a Inglaterra. En total unos 6.000 hugonotes buscaron refugio en Emden. Bajo Francisco II (1559-60) miles de hugonotes se establecieron en los Países Bajos, donde, en 1562, había más de 100.000 protestantes. Mientras que las partes meridionales de los Países Bajos eran casi enteramente católicas por la Inquisición española, numerosos establecimientos hugonotes en las provincias septentrionales continuaron recibiendo refuerzos hasta el tiempo de Enrique IV. Como resultado de la persecución en los Países Bajos españoles, las iglesias hugonotes se establecieron en varias ciudades alemanas, Stade, Altona, Francfort, Mannheim, Heidelberg, Wetzlar y Otterberg. Bajo la reina Isabel 3.000 o 4.000 protestantes franceses se establecieron en Inglaterra en el plazo de dos años. Establecieron un sínodo que fue posteriormente lo suficientemente fuerte para protestar contra las exigencias del arzobispo Laud. Varios asentamientos hugonotes en América (Nueva Ámsterdam [es decir, Nueva York], Boston, etc.) datan del tiempo de las persecuciones de Laud. Cromwell fue un caluroso amigo de los refugiados franceses.

el reinado de Luis XIV, por C. I. Doughty
Igual que en el primero, en el segundo período de emigración los refugiados se establecieron en gran cantidad en los Países Bajos. A causa de la guerra con los Países Bajos hubo un paréntesis en la persecución y la emigración durante los años 1672-79. Pero esto fue sólo la calma antes de la tormenta de la emigración de los años inmediatamente precedentes y siguientes a la revocación del edicto de Nantes (1685). Frisia ofreció (1 de mayo de 1681) asilo y plena ciudadanía a todos los que fueron expulsados de sus hogares por persecución religiosa e incluso libertad de impuestos durante doce años. Los Estados de Holanda y Ámsterdam siguieron este ejemplo y los Estados Generales ordenaron (3 de diciembre de 1682) una colecta en todas las provincias para los emigrantes. Sólo en Ámsterdam había 15.000 hugonotes hacia finales del siglo XVII, mientras que unos 60.000 se establecieron en otras ciudades y provincias. En 1715 a los emigrantes se les concedió la naturalización. Cada clase tuvo intereses particulares en los protestantes de su propia clase y les ayudaban procurándoles trabajo, prestando dinero, etc. En 1688 había en el ejército de Guillermo de Orange 736 oficiales de nacimiento francés, por no hablar de los soldados en el ejército y la armada. En este tiempo había en los Países Bajos 62 iglesias francesas. Unos 3.000 protestantes franceses aceptaron la invitación de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales para establecerse en las posesiones de la Compañía en el Cabo de Buena Esperanza. Suiza se convirtió en un refugio para los hugonotes de las provincias orientales y meridionales de Francia. Ginebra, el cuartel temporal para muchos de ellos, no pudo ofrecer protección permanente, debido a las amenazas de Luis XIV. Entre 1682 y 1720 los ciudadanos de Ginebra distribuyeron más de 5 millones de florines entre los 60.000 refugiados. Igualmente Zurich ayudó a más de 23.000 emigrantes entre 1683 y 1689. Otras ciudades actuaron en el mismo espíritu, aunque en menor escala. Se calcula que unos 25.000 franceses se establecieron permanentemente en suelo suizo.

Inglaterra y América.
Inglaterra estuvo bien dispuesta hacia los hugonotes, aunque Jacobo II no los favoreció. Sin embargo, tuvo que someterse a la presión popular, haciéndose una colecta durante su reinado, aunque por sus órdenes no fue recomendada desde los púlpitos, que alcanzó las 40.000 libras. Entre 60.000 y 70.000 protestantes se habían establecido en Inglaterra hasta 1695 y Londres y las inmediaciones tuvieron en un momento dado 30 florecientes iglesias francesas. Guillermo de Orange otorgó a los protestantes franceses en Inglaterra 17.200 libras anualmente, lo que fue, con interrupciones y una proporción decreciente, continuado hasta 1812, cuando se hizo un último pago de 1.200 libras. Pero el gran número de emigrantes despertó la desconfianza de la población y su naturalización fue otorgada y rescindida varias veces por el parlamento. Sin embargo, los hugonotes fueron gradualmente absorbidos por el pueblo inglés y la Iglesia anglicana. A finales del siglo XVII miles de hugonotes se habían establecido en Nueva York, Massachusetts, Maryland, Virginia, Carolina del Norte y del Sur y Pensilvania. El mayor número de hugonotes se estableció en Carolina del Sur. Una colonia de hugonotes se estableció en Paramaribo, Guayana Holandesa, donde comenzó la obra misionera entre los indios.

hugonotes emigrados a Brandeburgo
Refugiados hugonotes en Alemania se establecieron principalmente en Brandeburgo. En 1672 a los hugonotes en Berlín (unos cien) se les otorgó el derecho a tener sus servicios en francés. Cuando el edicto de Nantes fue revocado, Federico Guillermo de Brandeburgo abiertamente defendió la causa del protestantismo francés y censuró a Luis XIV públicamente. Ofreció a los emigrantes asilo en su país y les extendió numerosos privilegios con plena ciudadanía. Incluso fue más allá al publicar una invitación a los hugonotes para que vinieran a Brandeburgo y que tuvieran sus representantes en Hamburgo, Colonia, Francfort, Ámsterdam y por doquier para cuidar de los emigrantes. Aunque Luis XIV prohibió la publicación, esta invitación enseguida fue conocida por toda Francia y unos 25.000 franceses la aceptaron antes de 1700. El margrave fundó un colegio francés en Berlín (1689) y un profesorado francés en la universidad de Francfort sobre el Oder. Doce sociedades francesas ayudaron a los recién llegados y estimularon de alguna manera la inmigración de sus paisanos. En un momento dado hubo 33 colonias en Brandeburgo, pero la mayoría de ellas se convirtieron en alemanas durante el siglo XVIII. Tras la muerte de Federico el Grande y durante el renacimiento de Prusia durante las guerras napoleónicas se cortó el último lazo que unía a los emigrantes con Francia. Berlín fue la única ciudad de la antigua Prusia donde los cultos franceses se mantuvieron regularmente. Otras partes de Alemania, como Ansbach, Baireuth, Baden, Würtenberg, Sajonia y Hesse extendieron a los hugonotes muchos privilegios y un refugio seguro. La mayoría se hicieron pronto alemanes. Entre las ciudades libres, Hamburgo tuvo la distinción de mantener el servicio en francés, en una nueva iglesia desde 1904. Las otras ciudades libres, Francfort sobre el Main, Bremen y Lübeck, recibieron muchos emigrantes transitorios, aunque fueron pronto absorbidos por los alemanes, si bien en Francfort una pequeña congregación persistió en relación con el sínodo reformado. Dinamarca tuvo una iglesia hugonote en Copenhague que data de 1685; Suecia una en Estocolmo y Rusia dos, una en Moscú y otra en San Petersburgo.

No es sorprendente que los protestantes franceses fueran bienvenidos a donde llegaron, ya que representaban la porción más inteligente, moral y trabajadora de la población francesa. Llevaron con ellos las artes, la erudición y el conocimiento en asuntos militares a varios países. Federico Guillermo de Brandeburgo tuvo 600 oficiales franceses y miles de soldados en su ejército; los eruditos franceses estuvieron entre los fundadores de la academia prusiana de ciencias; mecánicos y artesanos de todas clases ayudaron a promover las industrias de ese país y los hábiles granjeros convirtieron las estériles llanuras de Brandeburgo en fértiles campos. Federico el Grande tuvo siete generales de ascendencia francesa en su ejército y el ejército prusiano llegó a tener 1.200 oficiales con nombres franceses. La influencia del éxodo hugonote sobre Francia fue tan desastrosa como beneficiosa para otros países. La austeridad de los hugonotes había ejercido una influencia en conjunto sobre los franceses, pero cuando su número se redujo desde 1.800.000 en 1660 a 400.000 en 1700 y cuando este número quedó privado de todos los derechos civiles y religiosos, la corrupción de la corte francesa bajo Luis XIV se precipitó. El año después de la revocación del edicto de Nantes, Vauban informó al ministro de Guerra, Louvois, que Francia había perdido 100.000 habitantes, 60 millones de francos en moneda, 9.000 sastres, 12.000 soldados y 600 oficiales. La Iglesia católica se convirtió en el único árbitro del destino de Francia, pero a costa de perder constantemente su autoridad. Las industrias de Francia sufrieron grandemente. En Touraine quedaron, en 1698, sólo 44 curtidurías de 400, sólo 1.200 telares de 8.000, sólo 4.000 tejedores de seda de 40.000, sólo 70 fábricas de algodón de 700. Normandía se quedó con 26.000 casas vacías; Dauphiné perdió 15.000 habitantes y otros lugares en la misma proporción; por ejemplo, de París salieron 1.202 familias hugonotes del total de 1.938. Ferdinand Brunetière, un leal católico, dijo: "La revocación del edicto de Nantes detuvo el progreso moral de Francia, porque impulsó al exilio a gente que se denominaban a sí mismos hombres de la Biblia y quienes llevaron su moralidad, fe e inteligencia por doquier... Desde Dunquerque a Bayona, desde Brest a Besançon, él [Luis XIV] cortó el nervio de la moralidad francesa por la satisfacción metafísica de alabar a Dios sólo en latín." (RDM, 15 de octubre de 1898).