Historia

ICONOCLASTA, CONTROVERSIA

Controversia iconoclasta es el nombre con el que se designa la pugna entre los enemigos y los defensores del uso de las imágenes en la Iglesia.

Iconoclastas en acción en el imperio bizantino
Iconoclastas en acción en el imperio bizantino
Diversas opiniones, 100-400.
Aunque la Iglesia primitiva no era enemiga del arte, sin embargo no tuvo imágenes de Cristo e Ireneo reprochó a los carpocracianos (Hær., I, xxv. 6) que poseyeran tales figuras. En los Hechos de Juan, se alude al apóstol reprobando duramente a un artista que había hecho un retrato de él mismo (Zahn, Acta Joannis, 223 y sig.). La prohibición de las imágenes por el canon 36º del sínodo de Elvira pretendía prevenir cualquier obstáculo a la adoración espiritual de Dios, mostrando que este peligro ya existía. Eusebio también se opuso a las imágenes de los apóstoles y de Cristo (Hist. eccl., vii. 18) y exhortó a Constancia, la viuda de Licinio, a que buscara la imagen de Cristo en la Escritura. Es un hecho bien conocido que Epifanio una vez rompió una cortina sobre la que una imagen de Cristo o de un santo estaba pintada, aunque Ambrosio y Jerónimo señalan que había retratos de los apóstoles, mientras que Agustín menciona pinturas del Salvador y la adoración de imágenes. Gregorio Magno desaprobó débilmente la conducta de un obispo que había destruido imágenes en su iglesias, porque se las adoraba (Epist., xi. 13).

Abusos orientales que desembocaron en la iconoclastia.
El uso y adoración de imágenes fueron especialmente populares en el este, incrementándose esa tendencia tanto por la asimilación de conceptos, costumbres y formas de adoración paganas, como por la cristología alejandrina, con su énfasis en la penetración de la naturaleza divina en la naturaleza humana. Los escritos del pseudo-Dionisio, que hacen de los símbolos la representación verdadera de las cosas invisibles, pusieron los fundamentos teológicos para una veneración religiosa de las imágenes y consecuentemente para su adoración. La frase de Basilio (De spritu sancto, xlv), "el honor dado a la imagen pasa al prototipo", se convirtió en la frase clásica en la justificación de esta adoración. La extravagancia de la misma quedó subrayada por los iconoclastas (comp. la carta de Miguel el Tartamudo, Mansi, xiv. 417 y sig.), quien señala, entre otras cosas, que las imágenes fueron solicitadas para que actuaran como patrocinadoras, y que el colorante con que estaban pintadas se raspaba para mezclarlo con el pan y el vino del sacramento, por lo que la eucaristía era recibida de mano de las imágenes. La oposición a la adoración de imágenes se hizo aguda en las controversias iconoclastas, cuyo origen estuvo causado por factores no claramente conocidos todavía, pero sí ciertamente que la atmósfera espiritual producida por el desarrollo del islam incrementó la oposición a las imágenes. En una Iglesia que creía que el misterio de la redención estaba presente en la imagen, todo movimiento de reforma naturalmente atacaba la iconolatría.

Imperio bizantino: Conflicto entre las doctrinas
Imperio bizantino: Conflicto entre las doctrinas

Los iconoclastas, por C. Formilli
Los iconoclastas, por C. Formilli
Iconoclastia bajo León el Isáurico y posteriormente.
Esto resulta claro tanto desde la oposición religiosa de los paulicianos como del antagonismo político de León el Isáurico, por lo que no es improbable una influencia mutua. La prohibición de León forma parte de sus movimientos reformistas para dar nueva vitalidad a su imperio, que él se sentía autorizado a acometer en su doble capacidad de rey y sacerdote. En 726 parece haber comenzado con la retirada de las imágenes, mientras que el consejo de Estado y el nuevo patriarca estuvieron en armonía con el segundo edicto, que fue publicado en 730. Sin embargo, a León se le opuso Juan de Damasco en tres escritos y los papas Gregorio II, que le reprobó duramente, y Gregorio III, que condenó a los enemigos de las imágenes, incluso al costo de la pérdida de valiosas provincias eclesiásticas. Todavía más atrevido en sus medidas contra la adoración de imágenes fue el hijo de León, Constantino V. El concilio de Constantinopla (754) que se proponía ser ecuménico, denunció la adoración de imágenes como herejía e idolatría. Los monjes todavía resistieron, pero tuvieron que experimentar la severidad de la ira imperial. Las posesiones eclesiásticas fueron confiscadas y las reliquias arrojadas al mar. En 766 Constantino se propuso imponer un juramento contra la adoración de imágenes a todos sus súbditos e incluso hizo que el asunto fuera llevado a un sínodo en Gentilliy, cerca de París. Pero el sínodo de 769 anatematizó al sínodo de 754 y tras la muerte de León IV la regencia de su viuda, Irene, provocó un cambio total. Tarasio, un defensor de las imágenes, fue nombrado patriarca en 784 y tras el abortivo intento de celebrar un concilio ecuménico en Constantinopla dos años más tarde, se convocó el concilio en Nicea en 787, que atribuyó a las imágenes una "reverencia respetuosa", pero reservó la "verdadera adoración" para Dios sólo. Sin embargo, los Libros Carolingios explícitamente niegan todo valor religioso a las imágenes, llegándose a la misma decisión en el sínodo convocado por Carlomagno en Francfort el 794. En el este, León V el Armenio, reafirmó enfáticamente la prohibición de las imágenes y Teodoro el Estudita, defensor de las imágenes y la libertad eclesiástica, tuvo que exiliarse de nuevo. Miguel el Tartamudo se opuso a la adoración pública de la imágenes, al menos después de 823, y un sínodo celebrado en París en 825 expresó de nuevo una idea en armonía con los Libros Carolingios. Durante el reinado de Teófilo la hostilidad contra las imágenes y el monasticismo reapareció como en los días de Constantino V, pero la temprana muerte del emperador cambió la situación.

Iconoclasta encalando una imagen
Iconoclasta encalando una imagen
Incremento del culto tras 850.
Durante el reinado de su viuda, Teodora, la adoración fue restaurada, probablemente el 11 de marzo de 843. Las doctrinas básicas de los defensores de la iconolatría fueron desarrolladas especialmente por Juan de Damasco, el patriarca Nicéforo y Teodoro el Estudita. Ellos extrajeron sus argumentos tanto de la Biblia y la tradición como de la naturaleza y los milagros atestiguados de las imágenes. Contra la prohibición de imágenes en el Antiguo Testamento se llamó la atención a la diferencia entre "reverencia de adoración" y "reverencia de respeto" y el progreso del plan de salvación, señalándose el más perfecto conocimiento de Dios por parte del cristiano. Ya que el Logos divino se había manifestado en el mundo, también podía ser representado pictóricamente. De ahí que la importancia de la imagen no se limita a quien no puede leer, sino que es la portadora auténtica del prototipo, difiriendo del mismo solo en sustancia. Toda virtud del prototipo pertenece relativamente a la copia, por lo que lo que sucede a uno tiene referencia en la otra (MPG, xcix. 425 D, 1184 A). Un rechazo de las imágenes es una negación de la encarnación de Dios (1188 D) y Teodoro incluso declara que "Cristo no es Cristo, a menos que sea esculpido" (1225 D). Por la imagen los ojos del espíritu son elevados a la esencia espiritual de Dios. Sin embargo, esta posterior distinción entre prototipo y copia no aparece en tipos más inferiores de cristianismo. Se pensó que la idolatría podía ser evitada haciendo meramente una copia y confinándola principalmente a la pintura.

Uso eclesiástico moderno.
El ruso corriente tiene el hábito de designar al icono como su Dios y los que "no están hechos con mano" gozan de gran veneración. A la imagen de la "madre de Dios en Kazán" se le atribuye la liberación de Rusia en 1812; la misma confianza en los iconos se mostró en la guerra ruso-japonesa de 1905; mientras que el icono íbero de la Virgen es el más celebrado sanador de Moscú, Rusia es más rica en imágenes hacedoras de prodigios que Italia y España. En general la iconolatría nunca ha sido tan prominente en el oeste como en el este, aunque incluso Tomás de Aquino había declarado que una imagen de Cristo tiene derecho a la misma veneración que Cristo mismo (Summa III, qu. 25, art. 3-4). El concilio de Trento en su 25ª sesión se expresó con cautela y justificó la adoración de la imagen por su relación con el prototipo. Sin embargo, en la práctica religiosa la línea trazada no es observada.

Los siguientes son textos referentes a la cuestión iconoclasta:

Disposiciones iconoclastas de Constantino V.

Habiendo decidido Constantino ultrajar a la Iglesia y combatir la piedad, reunió, como por inspiración de un mal espíritu, un concilio de ciento treinta y ocho obispos, presidido por Teodosio, patriarca de Éfeso. Dio también la Iglesia de Constantinopla a un monje que era obispo de Sillea.
Se ordenó que las imágenes fueran retiradas y se publicó el decreto en pleno mercado para dejar en ridículo a los fieles que las habían rendido culto. A continuación se pronunció anatema contra Germán, que había sido patriarca de Constantinopla, contra Gregorio de Chipre y contra Juan Damasceno, llamado Mansur.
(Histoire des empereurs Constantin, Heracle et leurs successeurs, por Nicéforo, patricio de Constantinopla, en Histoire de Constantinople III, Cousin, París, 1685, p. 388.)
El nuevo concepto de las artes plásticas bajo la iconoclastia.
En aquellos tiempos, el tirano imperial [Constantino V] destruyó temerariamente cl templo de las Blaquernas dedicado a la Madre de Dios y cuyos muros habían estado antes decorados con pinturas que representaban la venida de Dios entre los hombres, sus milagros y su vida hasta el tiempo de la Asunción y Pentecostés. Retirando así todas las representaciones de Cristo entregó la iglesia a la vegetación y a los pájaros. La dejó inculta, cubierta de árboles, de todas las especies aladas y salvajes. Y de frondas de hiedra. Como ornamento utilizó los círculos que describen grullas, cornejas y pavos reales.
(Vita S. Stephani Junioris, en PG, C, col. 1.120.)
El iconódulo Teodoro el Estudita invoca frente al emperador el papel de los patriarcas para decidir en cuestiones espirituales.
Nuestra discusión no versa sobre cuestiones mundanas. Al emperador y a los tribunales seculares les compete juzgarlas. Ahora estamos hablando de cuestiones divinas que no incumben más que a aquel a quien dijo el Verbo divino: «Todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desatares sobre la tierra quedará desatado en el cielo».
¿Quiénes han recibido este mandato? Han sido los apóstoles y sus sucesores. ¿Quiénes son estos últimos? El que se sienta en el trono de Roma y que es el primero; el segundo es quien se sienta en el trono de Constantinopla. Tras de éstos están los que se sientan en los tronos de Alejandría, Antioquía y Jerusalén. He aquí la autoridad pentárquica de la Iglesia. Ellos son los que tienen autoridad para fallar sobre los dogmas divinos. El emperador y las autoridades civiles están obligados a prestarles su apoyo y a confirmar aquello que decidan.
(PG, IC, col. 1.417, carta 129.)
Carta de Teófanes el Cronógrafo al emperador León V en defensa de las imágenes.
Debéis saber, oh emperador, que el Dios que te dio el imperio, por quien los reyes reinan y dominan los señores, con ser infinito, se humilló hasta tomar nuestra naturaleza, en todo semejante a nosotros, fuera de pecado. Y en nuestra asumida naturaleza, obró portentos, resucitó a los muertos, alumbró a los ciegos, limpió a los llagados, sufrió la muerte, resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado para siempre a la diestra de Dios Padre. Esta humana naturaleza, que los evangelios atestiguan, honramos en Cristo y reverenciamos. Y si esto es así ¿quién nos podrá recriminar si veneramos a Cristo en sus imágenes? ¿No son iniciados por este medio los más rudos neófitos facilísimamente en la verdad de nuestra fe?, ¿qué concilio proscribió jamás tan piadosas prácticas?, ¿por ventura, el mismo Jesucristo no nos legó su faz milagrosa por medio de Ancaro?, ¿no nos trasladó la Virgen deípara su imagen por el apóstol san Lucas?, ¿y qué otra doctrina nos enseñan los Padres? Basilio, declarador de los más inefables misterios, dice: Se tributa al prototipo el honor deferido a la imagen. Juan, Boca de Oro, protesta: Amé la imagen, aunque fuese en cera fundida. Cirilo, cítara del Espíritu Santo, exclama: Muchas veces contemplo la imagen dolorida del Señor y rompen, sin que pueda impedirlo, mis ojos en lágrimas. Y si los seis primeros concilios nunca reprobaron el culto de las imágenes, ¿querrás saber tú más que los concilios? Emperador, tú debes procurar el bien temporal del Estado, de los Padres de la Iglesia y vigilar por la integridad de la fe.
(Vida de san Teófanes, PG, XV, cols. 9-30, recogido en Textos y documentos de época medieval. Siglos v al xli, edición de M. Riu et al., Barcelona, 1975, p. 260.)
Normas para el culto a las imágenes.
En cuanto a las imágenes y su culto, aunque no habría necesidad de escribiros, puesto que la santa solicitud de nuestros predecesores, pontífices venerables, inflamada de fervor católico, determinó muchas cosas muy útiles y provechosas para la Iglesia de Dios, sin embargo, la frecuente repetición de instrucciones hace la atención de los oyentes más respetuosa. Por ello nos preocupamos de exponer algo acerca de ello, para conservar la unidad del pueblo de Dios.
Así pues, la santa Iglesia católica y apostólica mantiene íntegra hasta el presente y defiende la antigua tradición de los santos Padres que recibimos en custodia de nuestros beatísimos y ortodoxos predecesores que después del bienaventurado Pedro ocuparon la Sede Apostólica. Es necesario venerar y honrar con toda la atención de la mente y con todo el esfuerzo de la voluntad las venerables imágenes tanto las de nuestro Señor Jesucristo como las de su santísima madre, las de los bienaventurados apóstoles y las de todos los santos. En cuanto sea posible, procuremos resistir denodadamente la locura de los herejes que prohíben este culto al pueblo fiel.
Pues a los establecidos en la paz de la Iglesia, nada puede ser contrario, si las imágenes pintadas de los santos aumentan en ellos el amor. En verdad, mientras se mira su rostro y se recuerdan sus hechos, Dios, que como se sabe habita en ellos, es perfectamente alabado. Ciertamente, si Dios que es invisible e incorpóreo se apareció a los ojos de los mortales no en su propia naturaleza divina sino en la creación para que los creyentes le tributen un culto supremo, epor qué no veneraremos con gran honor las almas de los santos, que viviendo tuvieron cada uno su rostro según el orden divino y realizaron obras agradables a Dios?, ¿por qué hemos de execrar las imágenes de aquellos por los que conocimos la verdad de la fe?
(Primera carta de Nicolás I a Miguel III, en D. Stiernon, Constantinopla IV, Vitoria, 1967, páginas 303-304.)