Historia
IMPUTACIÓN
- Origen y significado del término
- Tres actos de imputación
- Oposición pelagiana a la doctrina
- Importancia de la doctrina
- Oposición sociniana, arminiana y racionalista
- La Place y teólogos y escuelas posteriores

Iglesia de San Bartolomeo, Venecia
El uso teológico del término "imputación" está enraizado probablemente en última instancia en el empleo del verbo imputo en la Vulgata para traducir el verbo griego logizesthai del ¡Cuán bienaventurado es el hombre a quien el SEÑOR no culpa de iniquidad, y en cuyo espíritu no hay engaño![…]Salmo 32:2 en la Septuaginta. Este pasaje es citado por Pablo en BIENAVENTURADO EL HOMBRE CUYO PECADO EL SEÑOR NO TOMARA EN CUENTA.[…]Romanos 4:8, siendo uno de los fundamentos de su argumento que, al salvar al hombre, Dios le atribuye una justicia sin obras. Es sólo en esos dos pasajes y en las dos declaraciones axiomáticas de Ahora bien, al que trabaja, el salario no se le cuenta como favor, sino como deuda;[…]Romanos 4:4 y 5:13 que la Vulgata usa imputo en ese sentido (comp. con especial aplicación En mi primera defensa nadie estuvo a mi lado, sino que todos me abandonaron; que no se les tenga en cuenta.[…]2 Timoteo 4:16; Y si te ha perjudicado en alguna forma, o te debe algo, cárgalo a mi cuenta.[…]Filemón 1:18). En la traducción al español en la Biblia Reina-Valera se ha empleado el término "contar" o "inculpar", para verter el griego logizestai (y ellogein). El empleo de imputo en la versión latina bastó para que la palabra fuera adoptada en el preciso lenguaje de la teología como término técnico de lo que expresan las palabras griegas en su sentido denominado "comercial", o, lo que puede ser, más correctamente llamado, su sentido forense o "judicial", esto es, "poner a la cuenta de alguien" o en su doble referencia al crédito y al débito, "poner al crédito de alguien" o "poner a la cuenta de alguien."
Tres actos de imputación.
Desde el tiempo de Agustín (a principios del siglo quinto) al menos, el término "imputación" ya se encuentra firmemente arraigado en la terminología teológica en ese sentido. Pero las aplicaciones y relaciones de la doctrina expresada por dicho término fueron completamente desarrolladas sólo en las discusiones que acompañaron y sucedieron a la Reforma. En la teología desarrollada que se convirtió en posesión de la Iglesia, hay varios actos de imputación que se establecieron y explicaron La imputación del pecado de Adán a su posteridad, la imputación de los pecados de su pueblo al Redentor y la imputación de la justicia de Cristo a su pueblo. Aunque, por supuesto, con más o menos pureza de concepción y precisión de aplicación, esas tres grandes doctrinas se convirtieron en propiedad de toda la Iglesia y hallaron un lugar en la teología clásica de los católicos, luteranos y reformados. Para entender apropiadamente la idea es importante tener en mente que el acto divino llamado "imputación" es en sí mismo precisamente el mismo en cada una de las tres grandes transacciones en las que es parte constituyente. Las bases sobre las que procede pueden diferir, lo imputado puede ser diferente y el consecuente tratamiento de la persona o personas a las que la imputación se hace puede diferir tal como lo imputado a ellas difiere. Pero en cada caso la imputación misma es simplemente el acto de poner en la cuenta de alguien y ese acto es el mismo, ya sea que se ponga en el lado del crédito o del débito. Que el pecado de Adán se puso en la cuenta de sus descendientes al compartir verdaderamente el castigo que ese pecado conlleva, que los pecados de su pueblo fueron puestos en la cuenta de Cristo que los llevó en su propio cuerpo en la cruz y que sus méritos son puestos en la cuenta de su pueblo, que es sanado por sus heridas, lo afirman todos los cuerpos cristianos históricos.
Oposición pelagiana a la doctrina.
La oposición a esas doctrinas, por supuesto, no ha faltado en la historia del pensamiento cristiano. El primer caso de contradicción importante del principio fundamental involucrado está representado en el movimiento pelagiano, que surgió a comienzos del siglo quinto. Los pelagianos negaban la equidad y, por tanto, bajo el gobierno de Dios, la posibilidad de involucrar a un agente libre en los actos de otro; rotundamente negaron, por tanto, que los hombres puedan sufrir perjuicio por el pecado de Adán o beneficio por el mérito de Cristo. Sólo por sus ejemplos, dijeron, pueden Adán o Cristo afectarnos a nosotros y por la libre imitación de ellos compartimos sus méritos o deméritos. Es obvio por qué Pelagio llegó a tal extremo de negación. Lo que estaba en el centro de su pensamiento era la afirmación de la ineptitud del ser humano para tener capacidad plena de voluntad para cumplir toda justicia. Para salvaguardar esto tuvo necesariamente que negar todo daño subjetivo a los hombres del pecado de Adán (y de sus propios pecados también, en ese sentido) y la necesidad o actualidad de la gracia subjetiva para su perfeccionamiento. Pero no había razón que surgiera de este punto de vista por la que él no pudiera permitir que la culpa del pecado de Adán fuera imputada a su posteridad, proporcionando el fundamento para infligirles los castigos temporales o eternos; o que los méritos de Cristo les pudieran ser imputados a su pueblo como fundamento meritorio de su liberación de esos castigos, así como del perdón de sus propios pecados actuales y de su aceptación en el favor de Dios y la bienaventuranza celestial. Los pelagianos posteriores descubrieron esto y no fue anormal (especialmente tras la fuerte afirmación de Duns Escoto de la doctrina de la "imputación inmediata") que la imputación del pecado de Adán fuera explotada precisamente en interés de la negación o debilitamiento de la idea de la derivación de la corrupción inherente de Adán. Un ejemplo muy apropiado de esa tendencia de pensamiento se halla en el teólogo católico Ambrosio Catarino, cuyo admirable discurso en el concilio de Trento lo recoge el padre Pablo (Hist. of the Council of Trent, traducción inglesa, Londres, 1676, p. 165). Ni siquiera Zwinglio se vio libre de ello. Ciertamente quedó libre de la atenuación pelagiana de la corrupción de la naturaleza, que es el efecto subjetivo del pecado de Adán sobre su posteridad. Para él, el "pecado original" fue tanto extensa como intensamente una depravación total, el manantial de toda mala acción. Pero la contempló más como una desgracia que como una falta, una enfermedad más que un pecado y colocó todo el peso de nuestra ruina en nuestra participación directa en la culpa de Adán. Un esclavo sólo puede engendrar un esclavo, dice él, por lo que toda la progenie del hombre bajo maldición nace bajo maldición.
Importancia de la doctrina.
En claro contraste con la tendencia a reducir al punto de fuga el daño subjetivo forjado por el pecado de Adán sobre su posteridad, las iglesias subrayaron la profundidad del daño y especialmente su pecaminosidad. Incluso el concilio de Trento reconoció la transfusión en el género humano del "pecado, que es la muerte del alma." Los protestantes, que, como agustinianos convencidos, estaban libres de la tendencia pelagiana de Roma, fueron naturalmente incluso más firmes en afirmar el mal y la culpa de la depravación original. Por tanto, constantemente destacaron que la culpa primigenia de los hombres a los ojos de Dios yace no meramente en la imputación del primer pecado de Adán, sino también en la corrupción que deriva del mismo, un lenguaje que se halla ya en Pedro Lombardo ("Sentencias" II, xxx) y por la misma razón. La polémica engendrada por esas definiciones fue ocasión de un destacado malentendido, como si se quisiera subordinar la imputación de la transgresión de Adán a la transgresión de su naturaleza corrupta como fuente de la culpa humana. Precisamente el hecho es lo contrario. La imputación de la transgresión de Adán no estaba en disputa; todas las partes en el gran debate de la época lo reconocían, siendo dada por supuesto. Lo que importaba era aclarar que la depravación original iba a la par con nuestra culpa ante Dios. De esta manera se procuraba equilibrar la balanza y hacer justicia a ambos elementos en una doctrina completa del pecado original. Mientras tanto, la recuperación de la gran doctrina de la justificación por la fe enfocó su luz sobre la doctrina de la satisfacción de Cristo, que había estado en posesión de la Iglesia desde Anselmo, originando el mejor entendimiento de esta doctrina, a su vez, una iluminación de la doctrina del pecado, cuyo correlativo es. De este modo surgió en las manos de los grandes dirigentes protestantes del siglo XVI y de sus sucesores, los sistematizadores protestantes del siglo XVII, la triple doctrina de la imputación: la del pecado de Adán a su posteridad, la de los pecados de su pueblo al Redentor y la de la justicia de Cristo a su pueblo, obteniendo un puesto central y convirtiéndose en tres doctrinas constitutivas del cristianismo: la pecaminosidad del género humano, la satisfacción de Jesucristo y la justificación por la fe. La importancia de la doctrina de la imputación es que es el eje sobre el cual esas tres grandes doctrinas giran y el guardián de su pureza.

Por supuesto a la Iglesia no se le permitió disfrutar en quietud del nuevo entendimiento de esos tesoros doctrinales. En la época de la Reforma surgieron oponentes extremistas, siendo los más importantes los socinianos. Para ellos era una estupidez hablar de la transferencia de mérito o demérito de una persona a otra; podemos ser malos con la maldad de otro o buenos con la bondad de otro, decían, de la misma manera que podemos ser blancos con la blancura de otro. El núcleo del ataque sociniano era sobre la doctrina de la satisfacción de Cristo; no es posible, afirmaban, que una persona lleve el castigo que otra merece. Pero su crítica atacaba igualmente con igual profundidad las doctrinas protestantes del pecado original y la justificación por la fe. La influencia de su tipo de pensamiento, muy grande desde el principio, aumentó según pasó el tiempo y se hizo un factor importante tanto en la revuelta arminiana a principios del siglo XVII como en la defección racionalista cien años después. Ni los arminianos (como Limborch, Curcellæus) ni los racionalistas (como Wegscheider), admitirían una imputación del pecado de Adán, atacando también ambos con argumentos muy similares a los de los socinianos la imputación de nuestros pecados a Cristo o de su justicia a nosotros. El racionalismo casi devoró el corazón de las iglesias luteranas, salvándose las iglesias reformadas del mismo destino sólo por la rápida expulsión de la facción arminiana y el fortalecimiento de su posición al entrar en conflicto con ella. En particular, hacia mediados del siglo XVII el método "pactante" o "federal" de presentar los tratos de Dios con los hombres comenzó a hallar gran aceptación entre las iglesias reformadas. No había nada novedoso en este modo de concebir la verdad. La idea estuvo presente en las mentes de los Padres de la Iglesia y los escolásticos y subrayó el pensamiento protestante, tanto luterano como reformado, tomando clara expresión desde el principio y posteriormente, primero en Ursinus. Pero ahora rápidamente se había convertido en dominante, siendo la manera preferible de concebir el método del trato divino con los hombres. El efecto fue recalcar la triple doctrina de la imputación y hacer manifiesta como nunca antes la dependencia de las grandes doctrinas del pecado, la satisfacción y la justificación.
La Place y teólogos y escuelas posteriores.
Hacia el mismo tiempo un brillante profesor francés, Josué de la Place, de la escuela reformada de Saumur, redujo todo lo que podía ser denominado la imputación del pecado de Adán a su posteridad simplemente a esto: que a causa del pecado inherente, nosotros desde nuestro origen merecemos ser tratados en la misma forma como si hubiéramos cometido esa ofensa. Esta reducción del efecto del pecado de Adán sobre su posteridad a la transmisión de una disposición pecaminosa, pecado inherente, era ciertamente nuevo en la historia del pensamiento reformado; Andreas Rivetus no tuvo dificultad en recopilar una larga lista de "testimonios" de las confesiones y teólogos representativos que explícitamente declaraban que los hombres son contados culpables a los ojos de Dios, tanto a causa del acto de la transgresión de Adán imputada a ellos como a su propia disposición pecaminosa derivada del mismo. El choque de ideas se agudizó, sin duda, por la hegemonía en ese tiempo de la "teología del pacto" en la que la imputación inmediata de la transgresión de Adán se subrayaba de forma particular. De manera que la imputación "inmediata" y "mediata" (nombre éste que posteriormente La Place llamaría a su idea) se enfrentaron la una a la otra como doctrinas mutuamente excluyentes; la cuestión en liza era si el hombre estaba condenado a los ojos de Dios únicamente a causa de su pecado "adherente" o únicamente a causa de su pecado "inherente". La primera de esas doctrinas nunca había sido sostenida en las iglesias reformadas, desde Zwinglio, y la segunda nunca había sido sostenida en ellas antes de La Place. De la primera tanto el pecado "adherente" como "inherente" había sido confesado como el doble fundamento de la culpa, y los defensores de la "teología del pacto" estaban todo lo lejos posible de negar la culpa del pecado "inherente". La innovación de La Place fue por supuesto condenada por el mundo reformado, formalmente en el sínodo de Charenton (1644-45), en el Consenso Helvético (1645) y por argumentos a manos de los teólogos principales Rivetus, Turrettini, Maresius, Driessen, Leydecker y Marck. Pero las tendencias del tiempo estaban a su favor y se abrió paso. Fue adoptada por teólogos como Wyttenbach, Endemann, Stapfer, Roell, Vitringa y Venema; posteriormente halló camino a través de las islas británicas a América, donde tuvo una interesante historia, formando una de las etapas por las que pasó la teología de Nueva Inglaterra en su camino hasta su negación final de la cualidad del pecado que supone la culpa a cualquier cosa que no sean los actos voluntarios de un agente libre, convirtiéndose finalmente en uno de los principios característicos de la denominada "nueva escuela de teología" de las iglesias presbiterianas. De manera que hubo muchos debates en América sobre la "imputación", en ese sentido, de la imputación del pecado de Adán, fraguándose diversos tipos de teología, especialmente entre los congregacionales y presbiterianos, centradas en las diferencias de concepción sobre esta doctrina. Entre los presbiterianos, por ejemplo, hay cuatro tipos bien destacados, cada uno de los cuales ha sido enseñado por teólogos de distinción. Son (1) la "federalista" caracterizada por su adhesión a la doctrina de la "imputación inmediata", representada, por ejemplo, por Charles Hodge; (2) la "Nueva Escuela" caracterizada por su adhesión a la doctrina de la "imputación mediata", representada, por ejemplo, por Henry B. Smith; (3) la "realista", que enseña que toda la humanidad estaba presente en Adán como humanidad genérica y pecó en él, siendo por tanto culpable del pecado suyo que es común, representada, por ejemplo por W. G. T. Shedd y (4) una que puede ser llamada "agnóstica", caracterizada por un intento de aceptar el hecho de la transmisión tanto de la culpa y depravación de Adán, sin elaborar una teoría sobre su modo de transmisión o su relación entre la una y la otra, representada, por ejemplo por R. W. Landis.
El siguiente pasaje procede del sermón "The Lord our Righteousness" de J. C. Ryle, en el que expone la doctrina de la imputación:
'El tiempo es breve. Un poco más de tiempo, y el Señor Jesús vendrá en su gloria. Se formará el tribunal de justicia y se abrirán los libros. "Y serán reunidas delante de él todas las naciones... para que cada uno reciba según lo que haya hecho mientras estaba en el cuerpo, sea bueno o sea malo" (y serán reunidas delante de El todas las naciones; y separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos.[…]Mateo 25:32; Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo.[…]2 Corintios 5:10). Los secretos más íntimos de todos los corazones serán revelados: "Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre" comparecerán juntos a un mismo nivel ante el tribunal y se verán cara a cara, y uno por uno tendrá que dar cuenta de sí mismo a Dios ante todo el mundo (Y los reyes de la tierra, y los grandes, los comandantes, los ricos, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes;[…]Apocalipsis 6:15). Así está escrito, y por lo tanto es cierto y seguro que sucederá.
¿Y que piensa decir cada uno de ustedes en esa hora? ¿Cuál es la defensa que están preparados para presentar? ¿Cuál es la respuesta que se proponen dar? ¿Cuál es la causa que tienen la intención de mostrar sobre la razón por la cual no debiera pronunciarse una sentencia en contra de ustedes?
Queridos amigos, lo que temo es que algunos entre ustedes no saben la respuesta. Todavía no han pensado en ella -están resueltos a pensar en ella algún día; o no les es muy clara en el presente, o han inventado un plan ingenioso y plausible que no coincide con el criterio de la Biblia. ¡Ay, que caso terrible el de ustedes! La vida es tan incierta; los más hermosos o los más fuertes aquí presentes pudieran ser los próximos en partir de este mundo, no se puede hacer un acuerdo con la muerte-y aun así no pueden ustedes decirnos en qué depositan su confianza.
En el gran Día Final no faltarán testigos: sus pensamientos y palabras y acciones aparecerán escritos uno tras otro en el libro. Nuestro Juez es el escrutador de nuestro corazón. No obstante, y a pesar de todas estas realidades, muchos de ustedes duermen como si la Biblia no fuera veraz; son demasiados los que no saben cómo ni por qué se debe escapar de la ira y condenación de Dios.
I. Primero, entonces, quiero mostrarles cómo tienen que contar con alguna justicia. La Biblia dice claramente: "Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres" (Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres, que con injusticia restringen la verdad;[…]Romanos 1:18). "Los injustos no heredarán el reino de Dios" (¿O no sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os dejéis engañar: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales,[…]1 Corintios 6:9). "E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna" (Y éstos irán al castigo eterno, pero los justos a la vida eterna.[…]Mateo 25:46). "Vestidos con la coraza de justicia" dice Pablo en Efesios (Estad, pues, firmes, CEÑIDA VUESTRA CINTURA CON LA VERDAD, REVESTIDOS CON LA CORAZA DE LA JUSTICIA,[…]Efesios 6:14). ¡Y cómo puede uno atreverse a decir que puede entrar en el cielo sin ella!
Quiero exponer la necedad de todos aquellos que hablan de la misericordia de Dios superficialmente y usando generalidades. Los hombres dicen con frecuencia, cuando uno insiste en que piensen en su salvación: "Es cierto, no soy lo que debo ser, he quebrantado con mucha frecuencia la Ley de Dios, pero él es muy misericordioso, y confío que me perdonará". Ahora bien, queridos amigos, afirmo firmemente que esto es una falsa ilusión tremenda, un refugio de mentiras que no tendrá validez al compararla con las Escrituras, y es más: no perdurará ni un instante en el fuego de las pruebas y aflicciones.
¿Nunca han oído decir que Dios es un Dios de santidad perfecta: santo en su carácter, santo en sus leyes, santo en su morada? "Habla a toda la congregación de los hijos de Israel, y diles: Santos seréis, porque santo soy yo Jehová vuestro Dios" (Habla a toda la congregación de los hijos de Israel y diles: "Seréis santos porque yo, el SEÑOR vuestro Dios, soy santo.[…]Levítico 19:2). "Él es Dios Santo", dice Josué (Entonces Josué dijo al pueblo: No podréis servir al SEÑOR, porque El es Dios santo, El es Dios celoso; El no perdonará vuestra transgresión ni vuestros pecados.[…]Josué 24:19). "Seguid... la santidad, sin la cual nadie verá al Señor" (Buscad la paz con todos y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.[…]Hebreos 12:14). Y el libro de Apocalipsis, hablando de la morada celestial, dice: "No entrará en ella ninguna cosa inmunda" (y jamás entrará en ella nada inmundo, ni el que practica abominación y mentira, sino sólo aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida del Cordero.[…]Apocalipsis 21:27). ¿Y me van a decir, en vista de todos estos versículos, que el hombre, corrupto, impuro, profano -como lo somos ciertamente los mejores de nosotros- podrá pasar por el juicio ardiente de nuestro Dios y entrar a la Jerusalén celestial simplemente confiando en la misericordia de su Creador, sin siquiera un solo trapo para cubrir sus iniquidades y tapar su impureza? No puede ser: la misericordia de Dios y la santidad de Dios requieren la reconciliación, y ustedes todavía no la han buscado.
¿Y nunca han oído que Dios es un Dios de justicia perfecta, cuyas leyes no se pueden quebrantar sin castigo, cuyos mandamientos tienen que ser cumplidos so pena de muerte? "Porque todos sus caminos son rectitud", dice el libro de Deuteronomio: "Dios de verdad, y sin ninguna iniquidad en él. Es justo y recto" (¡La Roca! Su obra es perfecta, porque todos sus caminos son justos; Dios de fidelidad y sin injusticia, justo y recto es El.[…]Deuteronomio 32:4). "Justicia y juicio son el cimiento de tu trono", dice David (La justicia y el derecho son el fundamento de tu trono; la misericordia y la verdad van delante de ti.[…]Salmos 89:14). "No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas", dijo Jesús: "no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido" No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir.[…]Mateo 5:17, 18). No puedo encontrar ningún lugar que diga que la Ley ya caducó y que no se tiene que cumplir, entonces, ¿cómo puedo ayudarles a aprender que no basta con recurrir a la misericordia de Dios? Leo en la Biblia acerca de dos caminos únicamente: Uno es que cumpla toda la Ley uno mismo, el otro que uno recurra a que otro lo haga por uno. Les digo, pues, que tienen que tener en cuenta tanto la misericordia de Dios como la justicia de Dios, y esto ustedes no lo han hecho aún.
Bien dicen ustedes que todavía no son lo que deberían ser, pero agregan que Dios es misericordioso. Les respondo que esto no tiene validez según la Biblia: La carga del pecado es muerte, el que ofende en un punto es culpable de todos. Dios... exige que sus demandas sean pagadas en su totalidad: tienen que pagar toda la deuda ustedes mismos o contar con un tercero que lo haga. Dios es indudablemente todo amor: no quiere la muerte de ningún pecador. Pero por más pequeñas que sean sus iniquidades, no pueden descartarse hasta que todas las demandas de su Ley hayan sido satisfechas hasta el último detalle. Por algún medio, pues, tienen que lograr ser considerados justos, de otra manera resulta claro que no pueden ser salvos.
II. Prometí, en segundo lugar, mostrarles que no tienen justicia propia, y por lo tanto no pueden ser salvos por sus propios medios. Observen la Ley de Dios y midan sus requisitos. ¿Acaso no pide de cada uno una obediencia perfecta, sin pecado de principio a fin, en pensamiento y palabra y obra, sin ni un ápice de fallas? ¿Y dónde está el hijo o hija de Adán que pueda decir: "Todo esto he cumplido"? Hasta tomaría el caso del mejor cristiano entre nosotros, y le preguntaría si puede mencionar un solo día que no haya pecado en muchas cosas. ¡Oh, cuánto nos contaría de sus divagaciones al orar, de lo deshonroso de sus pensamientos, de su indiferencia hacia Dios, de su falta de amor, de su orgullo, mal temperamento o vanidad o pensamientos mundanos!
Algunos nos dicen que el arrepentimiento y la enmienda nos capacitarán para prevalecer en el gran Día. Pero la Biblia no lo garantiza. No hay duda que sin estas cosas, ninguno de ustedes entrará en el reino de Dios; pero no pueden librarse de sus pecados ni soportar la severidad del juicio de Dios.
Algunos dicen que confían en su vida bien vivida: nunca le hicieron mal a nadie. Siempre han hecho lo mejor que han podido, y entonces esperan que serán contados justos. Queridos hermanos, esto es una triste ilusión. Hagamos que nos digan de un solo día en que no han quebrantado aquella ley espiritual encontrada en el Sermón del Monte. ¡Qué! Nunca tuvieron un pensamiento malo? ¿Nunca tuvieron una mirada impura? ¿Nunca dijeron algo hiriente? ¿Nunca codiciaron? O que nos digan de una sola hora cuando no dejaron de hacer algo que estaba en su poder hacer... Entonces, ¿no resulta claro que no leen las Escrituras, o que descuidan sus preceptos si es que las leen; y entonces, de cualquier manera, no están actuando de la mejor manera posible?
Algunos nos dicen que confían en que su sinceridad los hará salir victoriosos en el juicio. Quizá no tengan opiniones claras, pero siempre han tenido buenas intenciones, y entonces esperan ser aceptados. No puedo encontrar para ellos ningún lugar en el cielo. Por último, algunos nos dicen que pueden argumentar su derecho a la justicia basados en los formulismos y ordenanzas de su religión. "¿No nos ha ordenado Dios", dicen, "que honremos su Palabra, su casa, sus ministros, sus sacramentos? Hacemos todo esto, así que seguramente nos aceptará". No encuentro esto en la Biblia.
Ahora quiero mostrarles claramente que no tenemos ningún mérito en que apoyarnos. La doctrina puede parecer dura y desagradable, y no obstante hay algunos que la aceptan en un momento importante de sus vidas, si nunca la aceptaron antes. Me refiero a la hora de la muerte. Vean entonces, qué ansiosos se ponen casi todos, a quien Dios permite conservar el uso de sus sentidos. El Día del juicio aparece entonces tal como es. El hombre se siente desnudo y vacío. Sabe que está a punto de escuchar esa pregunta terrible: "¿Qué tienes que decir acerca de por qué no debes morir por esta larga lista de pecados?" Y si no da la única respuesta posible, el panorama delante de sus ojos no puede ser más que sombrío, negro y sin esperanza. En suma, tanto las Escrituras como su propia experiencia son una prueba irrefutable de que nada que podamos hacer puede salir victorioso bajo el examen de Dios.
"Pero, ¿qué vamos a hacer?", quizá se pregunten. "Parece que nos quitó usted toda esperanza. Nos dijo primero que tenemos que contar con algo de justicia, y ahora nos ha dicho que no tenemos por nosotros mismos nada de ella. ¿Qué vamos a hacer? ¿A quién hemos de recurrir? ¿Qué quiere usted que digamos? ¿En quién hemos de confiar?"
III. Prometí, en tercer lugar, decirles cómo Dios puede ser un Dios justo y a la vez mostrar misericordia y justificar al peor impío. El Señor Jesucristo ha hecho lo que nosotros deberíamos haber hecho y sufrió lo que nosotros deberíamos haber sufrido. Ha tomado nuestro lugar y se ha convertido en nuestro Sustituto en la vida al igual que en la muerte, y todo por el bien de criaturas desgraciadas, corruptas, ingratas como nosotros. Entonces, ¿no es acertado llamarlo: "El Señor, Justicia nuestra"?
Cristo fue considerado un pecador, y por lo tanto fue castigado por nosotros; nosotros sontos considerados justos, y por lo tanto glorificados en él. Él fue considerado como un pecador, y por lo tanto fue condenado; nosotros somos considerados justos en él, y por lo tanto justificados.
La Ley de Dios ha sido satisfecha, y ahora podemos ser salvos. El pecado ha sido castigado, y ahora los pecadores podemos ser libres. Dios ha demostrado ser un Dios justo, y no obstante puede ser el Salvador del hombre culpable.
Querido amigo, ¿no son maravillosas estas cosas? ¿No son éstas, buenas nuevas para el cansado y cargado? El Señor mismo es nuestra Justicia... y será nuestra defensa y nuestro alegato cuando la tierra y todas sus obras se hayan consumido y suene la trompeta, y los muertos se levanten incorruptibles, y el Pastor Principal aparecerá para juzgar a los hijos de los hombres. ¿Quién acusará entonces como culpables a los que han acudido a Cristo? ¿Se atreverá alguien a decir que no ha hecho todo lo requerido? "El Señor", responderemos, "es nuestra justicia".
Ahora bien, habré predicado en vano, queridos amigos, si esta misma mañana ustedes no se preguntan: "¿Es el Señor mi justicia, o no?"... No sé cómo puedo enfatizar la importancia de esta pregunta; y no obstante, con tristeza me temo que muchos de ustedes no pensarán que hablo en serio, o quizá supongan que la pregunta es provechosa para sus vecinos, pero no muy necesaria para ustedes.
Digo esto para darles una seria advertencia, y ahora vuelvo a decir a cada hombre, mujer y niño: "¿Es el Señor tu justicia, o no lo es?" Sé que aquí hay dos grupos. Uno responderá, si es honesto: "Me temo que no", y el otro contestará: "Confío que lo es". Quiero, entonces, concluir este sermón con algunas palabras a cada uno de los dos grupos.
Primero, ofreceré algunos consejos a los que entre ustedes están preparados para decir: "Confiamos en que el Señor Jesús es nuestra justicia". Respondo entonces, y creo que no me equivoco: "Han hecho una buena profesión de fe. Pero les pido que se examinen diariamente y se aseguren que ustedes mismos no se están engañando". Aseguren que su boca no esté afirmando más de lo que su corazón ha recibido y sabe. Asegúrense que su vida y sus palabras coincidan completamente. Muestren a todo el mundo que él, en quien confiamos, es nuestro Ejemplo tanto como nuestra justicia y que mientras esperamos su Segunda Venida, se esfuercen diariamente a ser más como él. Estudien para ser santos, así como el que los ha llamado y lavado en su propia sangre es santo. Cuídense de dar a los enemigos del Señor ocasión para blasfemar. Los están observando muy de cerca, no se pueden ustedes esconder. Estén siempre diciéndose a sí mismos "¿Qué haré, y cómo me comportaré, para demostrar mi gratitud al Señor, a él quien cargó con mis pecados y me ha dado su justicia?" Pero tengan por seguros que si el mundo dice: "¿Qué hacen estas personas que sea más que lo que hacen los demás?" Si los que viven con ustedes no pueden ver que ustedes permanecen en Jesús, si no tienen frutos de ninguna clase para mostrar, si no son habitual y cotidianamente sobrios, justos, santos, moderados, humildes, mansos, cariñosos, fervientes en espíritu, sirviendo al Señor, con hambre y sed de justicia, si no tienen nada de esto, son casi como bronce que resuena o címbalo que retiñe, están arruinando su propia alma, y en el Día del juicio recurrirán en vano al nombre de Jesús. El Señor dirá: "No los conozco, en realidad nunca acudieron a mí".
Sólo queda ahora hablar a aquellos entre ustedes que no pueden decir: "El Señor es nuestra justicia". Ciertamente, amigos queridos, me aflige la condición de ustedes. No puedo comprender, nunca puedo, qué argumento usar para apagar la insistencia del Espíritu de Dios, detener el ardor de su propia conciencia. Realmente sospecho que nunca discuten, nunca razonan. Cierran los ojos y tratan de olvidar sus propias almas que perecen. Pero, ¿no conocen todavía ese versículo de la Biblia que declara "Los malos serán trasladados al Seol, todas las gentes que se olvidan de Dios" (Los impíos volverán al Seol, todas las naciones que se olvidan de Dios.[…]Salmos 9:17): no los que ridiculizan, o que insultan sino sencillamente todos los que sencillamente olvidan. ¿Y no conocen este otro versículo: "¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? (¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande? La cual, después que fue anunciada primeramente por medio del Señor, nos fue confirmada por los que oyeron,[…]Hebreos 2:3)? No dice abusar o no creer ni negar, sino sencillamente descuidar. Y esta, me temo, es una acusación que no pueden hacer a un lado.
Ay, piensen en que la muerte puede estar cerca. La indiferencia desidiosa de ustedes, cambiará entonces, pero sin Cristo encontrarán un aguijón en esa hora que ningún poder propio podrá jamás quitar. Piensen en la eternidad en el infierno: nada de amigos alegres, nada de divertidas habladurías, nada de ruidosas juergas nocturnas, nada fuera de sufrimiento inalterable, incesante tormento e indescriptible lamento. Piensen en el juicio de ustedes: El nombre de cada uno será llamado por turno, y comparecerá ante la presencia de millones reunidos: pastores, padre, madre, esposa, hijos, parientes, todos lo verán; cada uno tendrá que dar cuenta de sus acciones y sabrá que será condenado. ¿Pero quién será el que dictamine la sentencia? ¡No un ángel, ni siquiera Dios el Padre, sino el Señor mismo! ¡Ay! ¡Pensamiento punzante y que destroza el corazón! El Señor Jesús, cuya sangre y justicia ahora rechazan, será el que pronuncie su condena.
No conozco nada que habría de impedir su salvación si está usted dispuesto... pero escuche bien, no le prometo nade más allá de hoy: "He aquí ahora el tiempo aceptable" (pues El dice: EN EL TIEMPO PROPICIO TE ESCUCHE, Y EN EL DIA DE SALVACION TE SOCORRI. He aquí, ahora es EL TIEMPO PROPICIO; he aquí, ahora es EL DIA DE SALVACION.[…]2 Corintios 6:2). Hasta aquí puedo ir, pero no puedo dar un paso más sobre tierra firme. Si rechaza el consejo de Dios ahora, no puedo prometerle ni al más joven entre ustedes otra oportunidad... mañana pudiera interferir la muerte, o Jesús pudiera volver para juzgar, y será demasiado tarde.
Vuelvan a sus casas, y si valoran su alma y hacen de las palabras del texto una oración, y ruegan al Señor que los reciba y sea la justicia de ustedes ...Señor Jesús, ven pronto a cada corazón. Amén y amén.'