Historia
INFALIBILIDAD DEL PAPA
Los Padres y los antiguos credos y concilios nada sabían de esta doctrina y la Iglesia oriental la rechaza como afirmación blasfema. Surge en la Edad Media en relación con las Decretales pseudo-Isidorianas y fue defendida incluso por Tomás de Aquino, quien fue el primer teólogo en discutir la teoría de la infalibilidad papal como parte integral del sistema teológico. Los concilios reformistas de Pisa, Constanza y Basilea afirmaron la superioridad de un concilio ecuménico sobre el papa. Se disputa entre los eruditos católicos si Martín V, al aprobar las actas del concilio de Constanza, incluyó su afirmación distintiva de la supremacía del concilio (comp. F. X. Funk, Abfhandlungen und Untersuchungen, i. 489-498, Paderborn, 1897). Tras el concilio de Trento la doctrina se convirtió en tema de controversia entre galicanos y jesuitas. Estos últimos triunfaron en el concilio Vaticano I que formuló el nuevo artículo de fe el 18 de julio de 1870 en estos términos:

Espíritu Santo. Encuadernación en marfil,
entre el año 850 y 1000.
Viena, Kunsthistorischen Museum
'Nos ... enseñamos y definimos ser dogma divinamente revelado: que el Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra -esto es, cuando cumpliendo su cargo de pastor y doctor de todos los cristianos, define por su suprema autoridad apostólica que una doctrina sobre la fe y costumbres debe ser sostenida por la Iglesia Universal-, por la asistencia divina que le fue prometida en la persona del bienaventurado Pedro, goza de aquella infalibilidad de que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición de la doctrina sobre la fe y costumbres; y, por tanto, que las definiciones del Romano Pontífice son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia.'
La infalibilidad papal fue el asunto principal del Vaticano I. Cuando la votación fue realizada por vez primera en sesión secreta el 13 de julio, 601 miembros estaban presentes, votando afirmativamente 451 obispos, 88 negativamente, 62 con una cualificación (placet juxta modum) y más de 80, aunque estaban presentes en Roma, se abstuvieron de votar. La tarde de ese mismo día la minoría, que incluía prelados tan capaces e influyentes como Darboy de París, Schwarzenbetg de Praga, Rauscher de Viena, Dupanloup de Orleáns, Förster de Breslau, Ketteler de Maguncia, Strossmayer de Bosnia, Hefele de Rotenburgo y Kenrick de St. Louis, enviaron una diputación al papa, rogándole que modificara el propuesto decreto y haciendo algunas concesiones para la paz y unidad de la Iglesia. Pero Pío IX sorprendió a la diputación con la seguridad de que la Iglesia había creído siempre en la infalibilidad incondicional del papa. El 17 de julio cincuenta y seis obispos opuestos al dogma enviaron un escrito de protesta al papa y 60 miembros adicionales de la oposición, dejaron Roma para evitar votar. Al día siguiente, de los 535 miembros presentes todos votaron a favor del dogma, excepto los obispos Riccio de Sicilia y Fitzgerald de Little Rock, Arkansas, quienes cambiaron su voto antes de la clausura de la sesión. Tras la votación el papa leyó el decreto de su propia infalibilidad en San Pedro.
Crítica.
El dogma no puede soportar la prueba de la historia y es una mera pretensión. El sexto concilio ecuménico (Constantinopla, 680) condenó y excomulgó al papa Honorio I (625-638) "como hereje [monotelita], quien, con la ayuda de la serpiente antigua, había difundido el mortífero error." Este anatema fue solemnemente repetido por el sexto y octavo concilio ecuménico (787 y 869), e incluso por los papas mismos, quienes, hasta el siglo XI, en solemne juramento en su ascenso, respaldaban al sexto concilio ecuménico y pronunciaban "un anatema eterno" sobre los autores de la herejía monotelita, junto con el papa Honorio, "porque habían dado ayuda y consuelo a la perversa doctrina de los herejes." La historia conoce a otros papas heréticos. Ceferino (201-219) y Calixto I (217-222) fueron patripasianos [aunque esta acusación descansa sobre el manifiestamente prejuiciado testimonio de Hipólito, quien insistió que el patripasianismo mismo estaba lógicamente envuelto en su protesta contra el diteísmo]; Liberio firmó un credo arriano en 358; Félix II (355-358) fue un decidido arriano; Zósimo (417) al principio respaldó la herejía de Pelagio y Celestio, a quienes su predecesor, Inocencio I, había condenado; Vigilio (538-555) vaciló entre dos decisiones opuestas durante la controversia de los Tres Capítulos, y por tanto produjo un largo cisma en el oeste; Juan XXII († 1334) denunció una opinión de Nicolás III y Clemente V como heréticas. Sixto V publicó una edición de la Biblia latina con innumerables errores; Bellarmino, el gran controversista y promotor de la infalibilidad, no pudo negar los hechos y aconsejó la impresión de una nueva edición con la declaración destacada en el prefacio en la que acusaba de los errores de la infalibilidad papal al falible impresor, aunque el papa mismo había corregido las pruebas.
La posición católica.
Los argumentos aducidos por los teólogos católicos en apoyo de esta doctrina están en parte a priori basados en la necesidad asumida de una autoridad suprema central en asuntos de fe y moral cuyas decisiones sean finales y a la cual se pueda presentar recurso fácil y convenientemente cuando las diferencias doctrinales y las disputas surjan. La autoridad infalible de la Iglesia en su capacidad de enseñanza es, por supuesto, asumida como un postulado, pues, entre otras razones, parece estar claramente implicada en la promesa de Cristo de permanecer con la organización fundada por él ("columna y baluarte de la verdad" pero en caso que me tarde, te escribo para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad.[…]1 Timoteo 3:15, "yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado; y he aquí, yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.[…]Mateo 28:20). Más aún, el reconocimiento del principio de infalibilidad parece absolutamente necesario para el mantenimiento de la unidad de la fe en la Iglesia, una lucha que es ampliamente demostrada por la historia y desintegración doctrinal del protestantismo. La infalibilidad de la Iglesia quedando asumida, deja la cuestión sobre el sujeto de esta prerrogativa. Si se considera que reside indiscriminadamente en la Iglesia como conjunto, claramente puede ser de poco beneficio práctico. Ni es suficiente para el fin exigido que resida simplemente en la Ecclesia docens, esto es, en su cuerpo jerárquico de obispos con el papa como su cabeza, quienes son considerados como sucesores legítimos de los apóstoles a quienes las promesas de Cristo fueron hechas, pues es obviamente difícil determinar cuál es la enseñanza de todos los obispos esparcidos por todo el mundo sobre algún punto dado en un momento dado y los concilios ecuménicos, por su propia naturaleza, pueden ser convocados sólo en ocasiones importantes y solemnes. De ahí la necesidad afirmada de una autoridad central a la cual se pueda hacer la apelación fácilmente, cuyas decisiones ex cathedra tengan la misma inmunidad de error como las atribuidas a la Ecclesia docens. Esta autoridad la reconocen los católicos en el obispo de Roma, sucesor tradicional de San Pedro, y heredero de sus prerrogativas, aduciéndose varios textos para demostrar la primacía de Pedro y el don de infalibilidad implicado. A este respecto se subraya el pasaje de Yo también te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.[…]Mateo 16:18: "Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella." Aquí la seguridad imperdurable del edificio (incluyendo la inerrancia doctrinal) se deriva de Pedro la piedra fundamental, haciéndose deducciones similares de otros pasajes, como Simón, Simón, mira que Satanás os ha reclamado para zarandearos como a trigo;[…]Lucas 22:31 y sig. y Entonces, cuando habían acabado de desayunar, Jesús dijo* a Simón Pedro: Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos? Pedro le dijo*: Sí, Señor, tú sabes que te quiero. Jesús le dijo*: Apacienta mis corderos.[…]Juan 21:15 sq. También hay textos extraídos de varios Padres de la Iglesia, como Ireneo, mostrando que en una fecha antigua la sede de Roma era ampliamente reconocida, como centro de unidad doctrinal y disciplinaria para la Iglesia entera y que sus decisiones en ese aspecto deberían ser tomadas como finales.